domingo, 24 de abril de 2016

CUANDO LAS COSAS NO VAN COMO UNO QUISIERA...


Mirada esperanzada de una realidad inesperada 
Por Emmanuel Sicre SJ

Más de una vez nos sucede que las cosas toman un rumbo inesperado, poco deseado, que no nos gusta. Si miramos la política internacional no pareciera que haya en realidad un esfuerzo por acabar la guerra o el hambre. Al observar nuestros países vemos que un manto de indignación encubre nuestros ojos, tanta corrupción, tanto revanchismo, tanto egoísmo y desmemoria.
Y así nos vamos acercando a nuestro mundito. Las condiciones en las que trabajamos podrían mejorar, pero a menudo se estancan y nos quedamos en una especie de mediocridad ambiente. Las personas con las que vivimos no son como quisiéramos que fueran. Sin miedo a equivocarnos podemos recodar más de un proyecto por el que apostamos buena parte de nuestras mejores energías mentales, espirituales y físicas, y nada. Se cayó, fracasó o simplemente salió el tiro para otro lado. Como cuando rezamos para que alguien se cure, y pasa todo lo contrario. Entonces, nos invade un sentimiento como de bronca, de hastío, de resignación... Aunque en el fondo quizá sea un dolor no aceptado.
Este sinsabor amarga nuestra sensibilidad que poco a poco se va endureciendo para no volver a pasar por lo mismo. Nos ponemos más bien defensivos, toscos contra la realidad y los demás, y nos involucramos cada vez menos en procesos personales, sociales o estructurales de transformación.
El mal espíritu nos sopla al oído que "siempre me pasa lo mismo", o "a mí nunca me salen bien estas cosas", " a los otros siempre les va bien", “siempre lo mismo”. Y así es que nos suspendemos hasta que aparece algún otro proyectito que nos entusiasme de nuevo. Pero vamos precavidos, como quien se quemó con leche y ve una vaca y llora. A veces tan cautelosos que lo dejamos pasar. Y con los años hasta se llega a adormecer la capacidad de soñar. Todo bien condimentado con el sarcasmo, la ironía y el escepticismo.

¿Qué puede decirnos esta situación? 
Quizá que el fracaso y la decepción no son tan malos como parecen porque pueden llegar a convertirse en una fuente de sabiduría interesante. Experiencias de ruptura son las que nos detienen a pensar, a reflexionar sobre nosotros mismos y sobre los demás, aún con el riesgo de caernos dentro de nuestro ego desilusionado.
En verdad, lo que ha pasado cuando fracasamos es que en algún momento nos adueñamos de la realidad y pretendimos controlarla de tal manera que nos comimos el cuento de que éramos todopoderosos de nuevo, como cuando niños.
Alguna vocecilla traviesa nos dijo que podíamos hacer y deshacer a nuestro antojo, y lo creímos. Por eso, el fracaso en verdad nos cura de la omnipotencia infantil y nos redirecciona hacia lo real mismo. Hacia aquello que no nos pertenece, hacia la necesidad de despojarnos para quedarnos con aquello que es invisible a los ojos.

¿Y entonces…?

Es el momento de agachar la cabeza y empezar de a poco a juntar los pedacitos de nuestro interior herido para rearmarse con paciencia.
Es el momento en que aceptar con humildad ser parte de la realidad y no sus amos nos da la certeza de que caminamos hacia la madurez.
Es el momento de dejar que nuestro pretencioso ‘yo’ se desinfle y descanse en los brazos de quien  puede darle paz.
Es el momento de evitar todo autocastigo alejando cualquier sentimiento de culpa malsana que pueda llegar a hundirnos en la depresión de jugar al todo o nada.
Es el momento de sentirnos pequeños e insignificantes para dejar que sean los vínculos con quienes nos aman de verdad los que nos sostengan y ayuden a pararnos.
Es el momento de reconocer la fragilidad que intentamos maquillar y acariciarla diciéndole: “vamos de nuevo”.

Es el momento de abrirnos y dejar pasar el consuelo de Dios que se va filtrando lentamente por nuestras grietas como un bálsamo que todo lo regenera.
E insistir, e insistir, e insistir…



jueves, 31 de marzo de 2016

LA VERGÜENZA DE TENER FE

Un sentimiento frecuente de los creyentes en el espacio público. 

Por Emmanuel Sicre, sj


¡Qué difícil resulta para algunas personas reconocer su fe ante otros! Tal como si fuera un lunar algo feo en un lugar visible, o un
pariente impresentable, o un defecto que sólo conocen unos pocos en mi entorno. ¿Es que acaso ser creyente trae pocos beneficios?


Creyentes en una sociedad plural

Ser creyente en una sociedad que se dice plural pero desprecia a los que tienen fe porque los considera como bobos, o anticuados, o faltos de lucidez, no resulta nada fácil. Creer en Dios ha devenido la caricatura, muchas veces, de una persona santurrona, abstraída, y fuera de moda que va todos los domingos a misa y sostiene unos valores bastantes cuestionables desde la ciencia, la academia, la política, el mundo del arte y la técnica.
En efecto, por eso en varios momentos de la vida la mayoría de los creyentes desarrolla una doble moral, un doble comportamiento, uno para pertenecer a la sociedad 'plural' y otro para los espacios religiosos que frecuenta. No es justificable, pero se entiende desde el punto de vista de que todos necesitamos ser aceptados, y que la sobrevaloración social a la pertenencia exacerba esta tendencia.
Y se comprende más aún cuando nos preguntamos por el tipo de dios que está detrás de esa creencia, porque a decir verdad el creyente se parece mucho al dios al cual le ‘reza’. A dios-juez, creyente-juez. A dios-castigador, creyente-castigador. A dios-permisivo, creyente laxo. A dios-Ley, creyente legislador. A dios-mágico, creyente iluso. A dios-templo, creyente de sacristía. A dios-sacerdote, creyente clericalista. A dios-sacrificio, creyente negociante. A dios-obsesivo sexual, creyente reprimido. A dios-culposo, creyente culpógeno. A dios-triste, creyente de cara larga. ¡Qué panteón Dios mío!

Creyentes que contagian

Pero qué distinto es un creyente alegre, fecundo, audaz, servidor, orante, amigos de los pobres y humildes, libre de estructuras asfixiantes y cuestionador de la sociedad en favor del bien común. Qué lindo es conocer a un creyente amante de conocer más a su Dios, que no condena los errores ajenos porque reconoce su debilidad, que no juzga como dueño de la verdad sino que se declara buscador de ella como todos, capaz de sufrir con el que sufre y gozar desinteresadamente con quien goza, comprometido a amar a todos sin distinción de ningún tipo, dispuesto a entregar su vida por lo que cree y experimenta en el corazón propio y de su comunidad. ¿Te suena en qué Dios cree alguien así? Sí, el Dios de Jesús.

La privatización de la fe

Sin embargo, nos ha sucedido es que tanto relegar la fe a lo privado, terminamos apagándola y haciéndola extraña al espacio común de un grupo de amigos, de una comunidad de trabajo, de una familia entre familias, de una institución cualquiera. Es increíble ver cómo las personas creen que la fe es una cuestión individual, íntima y personal que sólo se sostiene en el fuero interno. Lamento desilusionar a alguno, pero no. La fe es un hecho social, comunicable, práctico y que se nutre en la apertura hacia los demás. ¿Por qué? Porque la única forma de saber si nuestro Dios es verdadero es confrontando con los demás las experiencias de fe, no conservándola en un laboratorio particular alejado de la realidad en el cual entran algunos expertos en el tema. La fe es comunitaria y se sostiene comunitariamente.
Por eso cuando la compartimos nos expande el corazón, nos abre la mente, nos invita a amar más, a entregarnos más, a tener esperanza en medio de los conflictos, nos despeja la mirada para ver más allá, nos oxigena los momentos de dolor y nos acerca cada vez más a una vida plena, vivible, feliz. Esta es la señal de una fe auténtica.
Es cierto, hay actitudes de personas que se dicen de fe que son lamentables y nos sirven para escondernos de la responsabilidad de responder personalmente al misterio de la vida. Cuando la hipocresía o el fanatismo, errores que condensan lo peor del creyente, invade un ámbito todo queda relativizado y se vuelve cuestionable. Las personas de a pie se sienten extrañas a esto.
A su vez, resulta curioso que la coherencia se le exige a las personas de fe con mucha más fuerza que a las personas de ciencia, o del arte, o de la política, o de la técnica. Un médico puede hacer de su vida privada lo que quiera mientras cure, pero un creyente no puede hacer lo que se le monte con su vida privada y poner linda cara para cumplir con su religión. ¿Ves hasta dónde la vida es atravesada por la fe?
Quizá esta santa inconformidad ante la incoherencia viene porque justamente vemos que la fe es un valor tan alto para el hombre que quien lo manosea, trastoca también la experiencia de fe de cada uno de nosotros. 

Recibir la fe


Por lo general nos gusta pensar que tener fe es una decisión personal, pero, hay que decir, por otro lado, que se trata más bien de una forma de responder a lo que hemos recibido de toda una larga tradición de personas que nos trasmitieron algo que ellos creyeron importante para la vida.  Es un don, un regalo. En efecto, lo recibido forma parte fundamental del ser humano. Desde la antropología podemos afirmar que el hombre está preparado para tener fe porque su existencia está atravesada por la experiencia de trascender y ser trascendido. Somos trascendidos por el mundo en el que gozamos de nuestro estar vivos. Somos trascendidos por nuestro propio ser cuando hacemos el ejercicio de conocer nuestro cuerpo, nuestros pensamientos y nuestro espíritu de libertad. Somos trascendidos por los demás porque conforman nuestro mundo de relaciones. Somos trascendidos, finalmente, por el misterio de la existencia, del límite, del fundamento, de lo desconocido y más allá de nuestro control.
En esta dinámica de ser trascendidos es que se ubica la fe, como respuesta a algo que nos viene desde adentro, no como algo impuesto desde afuera. Por eso hay tantas personas sin fe que crecieron en ambientes muy religiosos pero cuando avanzan en la vida no quieren saber nada. Esto sucede porque a fuerza de meter ideas de ‘catecismo’, no se nace a la experiencia vital de la fe. Sino cuando nos damos cuenta de que somos trascendidos. Y como cuando vamos madurando las preguntas crecen también las respuestas deben estar a la altura, cosa que sucede poco, teniendo en cuenta el grado agudo de ignorancia de los cristianos sobre las Escrituras, el origen de su fe y el mensaje de Jesucristo.

Experimentar la fe  

Tener fe es darse cuenta de que estamos habitados por una Vida que nos desborda cuando caemos en la cuenta de que nos invita a vivir felices, cuando nos mueve a amar de una manera amplia a quienes nos rodean, cuando descubrimos que no caminamos solos en el deseo de servir.
La fe nace del encuentro con la voz de Cristo en nuestro interior que siempre está susurrando paz, esperanza, entrega. Si te animas a abrir los oídos interiores te sentirás como aquel ser humano que se descubre tan habitado por el Dios de la vida, que se abre a ser su hijo y se anima a ser hermano de los demás hombres en pos de un mundo mejor.  


AGREGADO de un LECTOR muy valioso: Gracias por tu artículo, Emmanuel. Nos ayudas a pensar. Quisiera comentarte que habría que considerar que no hay dos polos de creyentes: lo que no confiesan su fe por falta de preparación, por vergüenza, por miedo al qué dirán, y los convencidos que mencionas en el apartado "Creyentes que contagian". Muchos creyentes se encuentran a medio camino, o en camino de un polo al otro. La vergüenza de confesar la fe tiene muchas causas, y creo que muchos no se sienten seguros todavía en ella. Hasta los más preparados se pueden sentir inseguros en la confesión de su fe porque se encuentran en ambientes muy agresivos, porque no tienen respuestas a muchas preguntas y porque, muchas veces, no es tan fácil comunicar la experiencia fundante. La no confesión de la fe no sólo se da en ambientes latinoamericanos, sino también en otras latitudes. Lo encontré también en Europa. La maduración de la fe es progresiva, y hay que hacer dialogar con frecuencia la presencia de Jesús en nuestros corazones con el Evangelio, que siempre será una referencia autentificadora de nuestra propia imagen de Dios y de Jesús, así como un llamado a una humilde revisión de nuestras concepciones siempre incompletas del mismo Jesús. Los creyentes siempre necesitamos estar en proceso de crecimiento en nuestra fe pero, y en esto coincidiríamos, necesitaríamos tener el valor de dialogar más abiertamente sobre nuestras creencias y nuestras propias dudas. 

viernes, 18 de marzo de 2016

¿QUÉ TRAE EL REGALO DE LA PASCUA?


Por Emmanuel Sicre, SJ


¿Presenta algún desafío interesante este tiempo de Pascua que estamos viviendo? Para los cristianos más distraídos quizá solo sea un receso o el tener que ir a unas misas largas en el caso de que asistan. Pero puede suceder que más de uno se pregunte ¿qué cambia el hecho de que cada año celebremos la Pascua después de la Cuaresma? ¿Hay alguna novedad en mi año por la Pascua? ¿O da igual? Si resulta que la Pascua es el acontecimiento central del cristianismo, ¿no debería aportar algo a los creyentes en Jesús de hoy?

La Pascua primera: 
Como es sabido entre los cristianos, el término Pascua viene del hebreo pésaj y significa paso. En la tradición judía es todo un acontecimiento porque nuestros hermanos mayores en la fe, conmemoran el paso de la esclavitud que estaban viviendo en Egipto a la liberación que Dios los invitaba a vivir en la Tierra Prometida de la mano de Moisés. Este minúsculo pueblo del Medio Oriente fundado por Abraham, pobre, explotado y deprimido encuentra en su miseria que Dios quiere rescatarlo. Los israelitas sienten que su relación a nivel comunitario con Dios se intensifica en la debilidad y claman tan alto a Yahvé que él escucha su llanto y les envía a un líder para liberarlos.
Moisés, aún con temor y cierta confusión, decide aceptar la propuesta de Dios y se enfrenta al Faraón para que le dé a los suyos para sacarlos de esa tierra extranjera. Cuenta la tradición que caminaron en medio del desierto padeciendo cualquier tipo de carencia, desolación y tentación. Pero iban juntos. Esto es lo propio de la mentalidad del pueblo al que perteneció Jesús: caminar juntos como pueblo de Dios aún en las dificultades con la confianza de que fue el mismo Yahvé quien los sacó de la esclavitud y les prometió una Tierra de prosperidad.
Fue entonces que, para poder mantener el mismo espíritu que los liberó, los del pueblo judío encuentran en la Ley lo que les ofrecía la posibilidad de protegerse entre ellos de los pueblos vecinos. Fue tal la profundidad con la que habían vivido la relación con Dios en ese acontecimiento de liberación que sintieron que Dios los había elegido de una manera especial. De ahí que el máximo peligro que vivió Israel siempre fue el de la idolatría a otros dioses, es decir, poner en el centro de su vida a quien no tenía la fuerza para sacarlos de las esclavitudes. 
Así es que, cada año, se transmitían de generación en generación lo bueno que había sido Yahvé con ellos al liberarlos.
Jesús celebraba la Pascua
Hasta llegar a la generación de Jesús que oyó durante toda su vida el relato de la liberación del pueblo, de su pueblo, en la celebración de la Pascua.
Jesús, consciente de lo que Dios le pedía, se fue dado cuenta de que la religión judía había caído en un esquematismo normativo asfixiante porque cumplían la Ley sin hallarle sentido, que sus líderes espirituales estaban preocupados más por el poder que por la religiosidad del pueblo, que los más débiles de la sociedad que buscaban a Dios estaban siendo apartados de su lado por sus propios ministros, autoproclamados los defensores de una Ley esterilizante.  
La misión de Jesús 
Entonces Jesús se pone en acción cumpliendo la voluntad del Padre de hacer realidad el Reinado de Dios entre los hombres que tanto había esperado su pueblo. Se pone en acción para despejar los obstáculos que impedía a los ciegos ver la verdad de Dios. Se pone en acción para sanar a los enfermos de cerrazón y parálisis ante la vida. Se pone en acción para reorientar las decisiones erradas hacia el Dios de la misericordia. Se pone en acción para despistar a los sabios y prudentes y agradecer por los débiles y humildes. Se pone en acción para darles a todos el lugar en la mesa de los hijos. Se pone en acción para liberar la libertad del hombre y decirle que Dios lo ha pensado desde siempre pleno, vivo y feliz con todos sus hermanos.
Pero este mensaje y estas acciones de Jesús no fueron bien vistas por los 'faraones' de su momento, ni por los 'líderes religiosos', ni por los que estaban cómodos con las cosas así. Entonces decidieron desaparecerlo. Y así fue que lo condenaron a muerte junto a otros tantos ajusticiados del imperio romano. 
El fracaso aparente de Dios
Jesús murió en Jerusalén después de haber padecido un sufrimiento que ni él ni su Padre querían. Este fracaso de Jesús en un principio le dio la victoria a sus detractores que habían logrado su objetivo. Jesús ya no estaba allí para poner a prueba la fe de nadie, ni para hacer ningún signo de la gloria de Dios, ni para desafiar a ninguna autoridad religiosa ni política. Jesús ya no estaba y sus discípulos se dispersaron cargando sus penas dentro del alma. Todo parecía muerto. Habían matado al hombre más justo y nadie pudo evitarlo. 
La Pascua incesante de los discípulos

Pero resulta que una vez pasada la tristeza y el shock de la cruenta pasión, algunos de los discípulos comenzaron a juntarse para hablar de lo que les había sucedido. Y mientras compartían empezaron a sentir la alegría de saber que Jesús estaba más vivo que nunca. Que sus memorias eran un hervidero de recuerdos que los hacían llenarse de un gozo indescriptible. Sentían de nuevo sus palabras y lloraban de emoción porque aquello de que iba a resucitar era cierto y lo experimentaban cada vez que se juntaban a rezar, cada vez que compartían la mesa de la comunidad, cada vez que hacían una colecta para los más pobres, cada vez que asistían a los enfermos de la comunidad, cada vez que consolaban a los abatidos por la muerte de algún ser querido.

Y con el tiempo comenzaron a darse cuenta de que Jesús Resucitado les había transformado la vida de tal manera que se sentían repletos de gracia para salir a contarle a todo el mundo cómo es en verdad el Dios de Jesús. Estaban enamorados de la obra que Dios estaba haciendo en sus corazones porque eran habitados por el amor, la esperanza y la fe en la vida. 
 Contar la Buena Noticia
Los discípulos creyentes en Jesús cada vez que iban a la sinagoga a escuchar las Escrituras descubrían que aquella Alianza que Dios había hecho con el pueblo judío en el Sinaí donde Moisés recibió las tablas de la Ley, en Jesús, pues, había encontrado su significado pleno porque sabían que ahora Dios estaría para siempre con ellos; que la nueva ley era Cristo mismo que les había enseñado cómo vivir según el amor; que la infinita paciencia de Dios con su pueblo se había hecho carne para salvarlo desde adentro.
Y entonces comenzaron a narrar la vida de su Maestro y Salvador. Iniciaron a escribir en rollos de papiro un relato que cada vez que lo leían les hacía presente al Señor y se sentían, generación tras generación, invitados a compartir la mesa tal como les había enseñado Jesús. Y a ser hermanos, y a ensanchar el corazón.


… hasta nuestra Pascua de hoy
En que muchas veces nos pasa desapercibida. Para que nuestra Pascua se llene de sentido necesitamos sabernos también discípulos del Señor, y rastrear con nuestra memoria las situaciones en que Dios nos liberó, nos desató, nos invitó a la vida durante este último año.
Se hace evidente que no habrá Pascua en nuestra vida de discípulos si no nos abrimos al paso de Dios. ¿Y qué hace el Dios de Jesús cuando pasa? Hace Reino. Es decir, nos empascua, nos sana, nos levanta, nos consuela, nos desconcierta, nos corrige, nos alegra, nos resucita de nuestras muertes y nos promete que nunca nos dejará solos.
Y más, nos promete que resucitaremos con Él y con todos los que ya gozan de su presencia definitiva. Para que de una vez por todas compartamos el banquete de la alegría sin fin, donde todos nos reencontraremos después de las tristezas que la separación de la muerte nos provocó. Sólo siendo ‘sabuesos’ de la Pascua es que podremos dejar que Dios nos empascue la vida cotidiana. 

domingo, 13 de marzo de 2016

VIVIR ENTRE DOS TRIBUNALES: el de los hombres y el del Dios de Jesús.


Por Emmanuel Sicre, sj

La piedra se lleva en el bolsillo, no en la mano…
 “Pues bien, voy a hacer algo nuevo: ya está en marcha, ¿no lo reconocen?” Is. 43,19

Cuando dice: “El que esté libre de pecado que le arroje la primera piedra” (Jn 8,7), ¿acaso Jesús al no tirar la piedra se hace él también un pecador como los acusadores? Según su indicación él tendría que haber sido el único que podía hacerlo si creemos que él no tiene pecado. Cuestión compleja de ser 100% hombre y 100% Dios. Y sí, Jesucristo se identifica con el pecador porque es hombre y Dios (y no un ‘semidios’ como se suele pensar perdiendo el valor de su humanidad escondida en el cerebro de un ‘dios omnipotnete’). Pero no se identifica con el mal.

Porque el que se siente justo siempre está en el tribunal, refleja la respuesta de Jesús. Y lo que muestra Jesús es que él no es juez, sino defensor del ser humano pecador ante el pecado que le resta dignidad, vida y gozo. Cuando vivimos en el tribunal miramos a todos como por debajo o por arriba de nosotros mismos. Con esta asimetría justificamos hacer lo que se nos monta. Porque los que considero tanto debajo como arriba de mí, no entran en mi mundito donde yo soy juez. Nuestra sociedad nos ha acostumbrado a vivir en el tribunal del juicio a todo y a todos. Y así nos vamos adiestrando a aplicar la ley a troche y moche como si fuéramos los creadores del juicio final.

¿Acaso alguno de nosotros podría acercarse a la presencia de Jesús si lo único que hace es venir al otro con la piedra del juicio condenatorio en la mano? ¿Acaso no es esa la misma piedra que le tiramos al Justo antes de ser crucificado? Claro está, nunca aplicamos el juicio de salvación de quien se equivoca. Tan preparados estamos a tratarnos mal a nosotros mismos que si yo me condeno interiormente, los demás también tienen que ser condenados por mi propia ley y más aún, castigados por sus obras fuera de lugar. Tanto castigarnos nos quedamos con el derecho a castigar a quien no entra en nuestro código legal personal o familiar, olvidando, claro está, de que todos los defectos son iguales.

Jesús restablece el tribunal pero para defendernos del mal que nos amenaza recordándonos que somos imagen y semejanza suya, no para condenarnos por nuestros errores como hace el Mal Espíritu. Quien vive en el tribunal salvador de Jesús logra guardarse la piedra en el bolsillo de su conciencia sabedora de su debilidad. Quien vive en el tribunal salvador del Dios de Jesús, aprende a callarse a tiempo ante el error del hermano porque busca su bien, no el del propio 'ego-juicio'. Quien vive en el tribunal salvador de Jesús dice con Pablo: “lo que antes consideré ganancia, ahora lo tengo por pérdida a causa de Cristo” (Flp 3,7). Quien vive en el tribunal salvador de la Trinidad, comprende que o se deja amar aún en sus fracasos, o seguirá a medias pensando que tiene algún poder sobre los errores de los demás.

Si nos dejamos decir por el Señor: ¿dónde están tus acusadores? (cfr. Jn 8,10)  se nos abrirá el corazón para que echemos de ahí adentro al acusador que llevamos adentro, y venga a nosotros el brote de esperanza que nace del Buen Espíritu siempre dispuesto a enseñarnos cómo es esto del amor a nosotros mismos y entre los que somos hijos de un mismo Padre. 


PD: se cuenta que después de un tiempo la mujer rescatada del pozo y de la pedrada, habló a los de su comunidad y les dijo (Cfr. Flp. 3, 7ss):
 Hermanos: todo aquello que para mí era ganancia, ahora lo considero pérdida por causa de Cristo. Es más, todo lo considero pérdida por razón del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo he perdido todo, y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo mi salvador,  y encontrarme unida a él. No quiero mi propia justicia que procede de la ley y que me hubiese dejado morir por mis errores, sino la que se obtiene mediante la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios, basada en la fe. Lo he perdido todo a fin de conocer a Cristo, experimentar el poder que se manifestó en su resurrección, participar en sus sufrimientos y llegar a ser semejante a él en su muerte. Así espero alcanzar la resurrección de entre los muertos.
No es que ya lo haya conseguido todo, o que ya sea perfecta. Sin embargo, sigo adelante esperando alcanzar aquello para lo cual Cristo Jesús me alcanzó a mí. Hermanos, no pienso que yo misma lo haya logrado ya. Más bien, una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está delante, sigo avanzando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece mediante su llamamiento celestial en Cristo Jesús.

Gracias por ser mis hermanos. 








martes, 26 de enero de 2016

REVERENCIA, CONTRADICCIÓN e IMPOSIBILIDAD: tres puertas a Dios


Por Emmanuel Sicre, sj

La experiencia de oración tiene una puerta de ingreso: la reverencia. Sólo cuando llamamos a esa puerta se nos permite entrar al misterio del encuentro con Dios. ¿Es que acaso se trata de una reverencia superficial o protocolar como si nos encontráramos ante una autoridad religiosa o política? Nada de eso. La reverencia de quien ora parte de una delicadeza de actitud que no viene marcada por una decoración espiritual, sino por la finura de la honestidad del propio corazón ante el misterio. Es decir, cuando logramos estar ubicados en la perspectiva correcta: él es Dios y yo soy un hombre. Esta actitud supone, como es evidente, haber soltado el control de la situación. Si quiero estar con Dios, debo despojarme de todas mis defensas: psíquicas, físicas y espirituales con las que ando habitualmente. Y comenzar a caminar detrás de quien sabe el camino.

De allí en adelante todo pareciera conducir a una condición para entrar en contacto con la fecundidad de Dios. Que el Dios de Jesús sea fecundo en mí depende de que le sea dado un lugar real de nuestra alma, un espacio geográfico con buena tierra, una región verdadera. La condición, entonces, es que le demos el lugar que tiene siempre nuestro ‘yo’ y nos mudemos. Sí, hay que dejar que ese elemento de propiedad privada que tanto protegemos y que en los momentos más duros y difíciles es lo único que nos queda, se quiebre. No es fácil, para nada. Menos aún cuando las únicas formas de disminución del yo que conocemos son violentas. Ya porque las padecimos desde niños o porque aprendimos a infligírnoslas a nosotros mismos con un dejo de masoquismo interior disfrazado de ‘humildad’. Pero, justamente, “la humildad consiste en saber que en lo que se denomina ‘yo’ no hay ninguna fuente de energía que permita elevarse” (Simone Weil).  

La forma en que Dios busca su espacio en el alma para poder trabajar en la disminución del yo es otra muy distinta, se llama misericordia. Funciona así. Una vez que hemos decidido darle parte a Dios, su bondad nos va desvelando nuestra contradicción cotidiana con los demás, con lo creado, con nuestra historia y con nosotros mismos. Entonces, cuando caemos en la cuenta de que hicimos lo que hubiéramos preferido evitar, comienza a florecer una bella vergüenza y un sentimiento de confusión que nos demuestra que el placer de algunas cosas se evapora dejando una sequía. En ese momento en que la contradicción te hace ver en el espejo de aquellos a quienes tanto criticaste, en ese momento es que viene en rescate el perdón para aliviar tu carga y decirte que dobles la cabeza para poder dejar tu orgullo, reconocerte frágil y aceptar ‘el quiebre del yo’. Así es que se comienza a cantar y bendecir: “Gracias, Señor, por los que me han perdonado en el silencio de su corazón”.

Pero hay otro punto más de encuentro que se divisa luego de esta experiencia. Si la reverencia es la puerta de la oración, y la contradicción es la de la misericordia, tiene que haber otro acceso para ir cada vez más hondo en la relación con Dios donde él pueda transformarnos. Hasta aquí no ha pasado más que la aceptación del hombre del perdón que el Buen Dios le ofrece siempre. Pero como Dios no ha querido simplemente ser un dispensador de faltas, decidió ser uno más con nosotros para darnos una vida mejor, de mayor calidad, más viva. Es entonces que se hace hombre, se encarna, se hace historia humana.

Quizá lo curioso no sea la opción de Dios de hacerse hombre, sino la manera. Cualquiera podría pensar que para tener una vida así hay que habérselas con un método muy eficaz. Bueno, sí, pero depende con qué ojos se mire. La estrategia de Dios es irracional, rompe con toda lógica humana: Dios se hace fracaso, fragilidad, pobreza y desde allí promete y da la salud, la justicia y la paz.

Que más de uno diga que esto es imposible, no sería raro. Porque lo es. Pero para nosotros. Así es que hemos descubierto la tercera puerta de acceso a Dios: la imposibilidad. Simone Wiel: “La imposibilidad es la puerta que da a lo sobrenatural. No queda más remedio que llamar a ella. Otro es el que abre”. Y el que abre es un Niño con una Cruz. Es entonces cuando comprendemos que la vida es enorme y a la vez muy pequeña, que es una paradoja fascinante. Tal es así que ante el Recién Nacido se nos descubren nuestras irreverencias, ante un Justo que sufre se nos abre la tapa de nuestras contradicciones y ante la Cruz que redime queda delatada la prepotencia de nuestro yo inflado.   

Toda la itinerancia misionera de Jesús, toda su pedagogía de Dios y su Reino, sus curaciones, liberaciones y bendiciones contadas por los evangelios, reflejan el apuro y la preocupación porque participáramos en este misterio de Dios que ha venido a transformar la vida del hombre. Por eso el Reino tiene una atracción irrefrenable porque invierte la lógica del mundo para invitarnos a la locura del amor al otro hasta dar la vida. Pero ni los discípulos que estuvieron con Jesús, ni nosotros hoy podemos comprenderlo si no es con los ojos nuevos de la Pascua. Sólo la fuerza liberadora del sufrimiento de la cruz redimido nos hace capaces de ver con otros ojos la vida nueva que está en nosotros y a la que nos invita incansablemente el Dios de Jesús. 







domingo, 29 de noviembre de 2015

¿CUÁNDO VIENE LA PAZ QUE TRAE JESÚS?

Por Emmanuel Sicre, sj

“Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9)

 Es sabido que la palabra paz, así como amor, felicidad, libertad, entre otras, resultan de una riqueza enorme en nuestra lengua. Pero pasa en más de una ocasión que las usamos tanto y de manera tan diversa que nos cuesta precisar su significado. A decir verdad, también se han vaciado un poco de sentido. Sin embargo, lo más seguro es que la mayoría de nosotros quiera desde lo más profundo de su ser paz, amor, felicidad. Y más en estos tiempos donde la paz se ve amenazada por una guerra mundial a pedacitos, como suele decir el Papa.
Sucede también que cuando miramos a nuestro alrededor, la realidad quizá no está en guerra como la que viven innumerables refugiados en el mundo entero, pero sí sufre ciertos dolores de parto que nos hacen pensar: ¿dónde estará Dios en todo esto? ¿Por qué no se mete para hacernos la vida más pacífica?
¿Quién no se habrá sentido decepcionado, o angustiado porque el mundo no se parece ni un poquito a lo que le gustaría? ¿Quién no ha pedido insistentemente paz para su familia, para sus seres queridos, para su vida? Necesitamos paz, mucha paz. Pero ¿qué tipo de paz?

Una paz sin rostro
Para llegar a responder cuándo se da la paz que trae Jesús hay que despejar la cancha. Es decir, tratar de distinguir a qué le llamamos a menudo paz.
Digamos, en principio, que hay una paz que buscamos cuando estamos estresados o cansados del trabajo, o de alguna persona, y queremos que se acabe de una vez por todas. Sentimiento muy común en esta época del año. En algunos casos llegamos a decir: “déjenme en paz”. Aquí estamos asociando la paz con la tranquilidad de estar solos y sin preocupaciones por un momento.
Pero también sucede que cuando visitamos un lugar silencioso como el cementerio algunos comentan: “¡qué paz!”. De hecho, varios de estos sitios suelen usar la palabra paz en sus nombres. Aquí linkeamos la paz con silencio de muerte: “que en paz descanse”, se suele escribir. Se trata de una paz duradera pero no gozable, porque a esas alturas se acabaron las posibilidades de preocuparse en esta vida.
Quien tenga alguna que otra oportunidad o hace un viaje para conectarse con la naturaleza, o va a uno de estos spa que tanto abundan últimamente, y se relaja un poco haciéndose unos mimos a sí mismo. Aquí se relaciona la paz con un producto de consumo, con algo que podemos adquirir ni bien podamos. Es decir, depende de nosotros pero dura poco y siempre necesitamos más.
Por último, está la situación de los que piensan que paz es ausencia de violencia y terminan evadiéndose de los conflictos que toda realidad lleva adentro ejerciendo otro tipo de violencia sobre sí mismos y los demás con un permanente: “todo bien”, “tranquilo, no pasa nada”.
Podríamos seguir describiendo algunas situaciones más, pero lo importante es que nos preguntemos: ¿será este el tipo de paz que nos deseamos en Navidad? ¿Será este el tipo de paz que esperamos que Jesús traiga con su vida, su muerte y resurrección? ¿No habrá algo más hondo detrás del “noche de paz, noche de amor”?

Una paz con rostro: el de Cristo
El mensaje de Jesucristo está íntimamente ligado a la paz y a nuestro deseo de ella. Es parte central de su enseñanza y del modo que tiene para comunicarnos el amor del Padre. En efecto, podríamos preguntarnos: ¿qué quiere Dios de la vida del hombre? Y entonces tendremos que llevar la mirada al rostro de su Hijo. Si contemplamos la vida de Cristo nos encontraremos con el gran misterio de un hombre-Dios que ha venido a nuestra historia para revelarnos un proyecto de amor, de justicia y de paz para todos los hombres de la Tierra sin excepción.
Este proyecto es el que se encarna en la persona de Jesús de Nazaret. Es lo que él llama en los Evangelios el Reino de Dios. Por eso, cuando tiempo después de la Pascua, Lucas cuenta la historia del Nacimiento del Mesías a su comunidad, los ángeles cantan: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad” (Lc 2,14) y los pastores “se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto” (Lc 2,20); María canta el atrevido Magníficat que dice: “derribó del trono a los poderosos, y elevó a los humildes, a los hambrientos colmó de bienes y a los ricos los despidió con las manos vacías” (Lc 1,52ss). A decir verdad, todos cantan y alaban de felicidad: Isabel (Lc 1,42: “y exclamó a los gritos: “bendita tú entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre…”), Zacarías (Lc 1, 68: “y tú, Niño… guiarás nuestros pasos por el camino de la paz”), Simeón (Lc 2, 29: “…porque mis ojos han visto la salvación”), porque ha llegado lo que tanto esperaban: la paz.
Este vivo recuerdo de la visita de Dios en la persona de Jesús a su pueblo es lo que celebran los personajes del Nacimiento y por lo que cada año brindamos, nos abrazamos y festejamos. Pero la paz que Jesús ha traído no es una paz de supermercado. La paz de Cristo está probada al fuego de la cruz y confirmada por la fuerza de su resurrección. Por eso es una paz eterna, profunda, robusta, amplia como la nos urge pedir cada vez que hacemos un minuto de silencio y cerramos los ojos.
Dios envió a su Hijo para revelarnos lo que quiere de nosotros: la fraternidad universal de todos sus hijos invitados a la mesa del Reino de Amor, Justicia y Paz. Pero no podremos gozar plenamente de esa fraternidad, si no dejamos que la paz de Cristo visite cada una de nuestras relaciones cotidianas. Y para que Cristo se haga presente tenemos que dejarlo salir de nuestro corazón para que pueda hacer lo que él sabe: curar a los heridos, sanar a los enfermos, compadecerse de los caídos, liberar a los esclavos, enaltecer a los humildes, devolver la vista a los ciegos, espantar los demonios de los poseídos, dar de comer a los hambrientos, vestir al desnudo, dar de beber al sediento, acoger al extranjero, visitar al preso y sembrarnos la vida de lo mejor que podemos hacer: amar. (Y vaya si conocemos heridos, enfermos, caídos, esclavos, humildes, ciegos, poseídos, hambrientos, desnudos, sedientos, extranjeros y presos en nuestra vida).
La celebración de la Navidad no puede menos que entusiasmarnos porque Cristo viene para decirnos que es posible aquello que nuestro corazón grita en cada momento de cruz de nuestra vida. Que es posible la paz porque él la conquistó para todos los que creen el él. ¿Y los que no creen en Jesús? Igualmente han recibido el deseo profundo de vivir en paz, ¡y cuántos hay que luchan por la paz en el mundo!

Finalmente: ¿Cuándo viene la paz que trae Jesús?
La paz de Jesús está viniendo siempre a nuestra vida y golpea para poder entrar en nuestro interior y en el de toda la sociedad. De hecho antes de la Navidad somos nosotros los que caminamos para ver al que está viniendo (como los pastores “vamos a Belén a ver lo que ha sucedido” Lc 2,15). Hasta que, en el momento oportuno la Madre “dio a luz a su hijo” (Lc 2,7), y el pesebre nos encuentra a todos los hombres del mundo reunidos (incluso los magos de oriente, Mt 2,1) en torno a la Paz encarnada: el Niño Jesús.
Por eso, la paz de Jesús viene

Cuando los padres y los hijos son capaces de perdonarse y amarse mutuamente,
Cuando en el mundo miles de hombres se arrepienten de sus injusticias,
Cuando en las familias dejamos los rencores con los que el mal espíritu nos amordaza la memoria y abandonamos el orgullo de creernos importantes,
Cuando asumimos nuestra pequeñez y nos dejamos querer y cuidar,
Cuando salimos de nosotros mismos hacia el más débil entregándonos,
Cuando somos capaces de hacerle espacio a la ternura y dejamos de lado la superioridad,
Cuando trabajamos luchando día a día por ser fecundos con nuestros dones,
Cuando festejamos y cantamos la vida que se nos regala,
Cuando nos abajamos como hizo Dios para poder salvarnos de nuestro autoengaño,
Cuando discernimos el espíritu y no nos quedamos esclavos de las normas que nos oprimen,
Cuando estudiamos con pasión lo que nos gusta,
Cuando en medio de la comunidad dejamos que el Señor resucitado nos diga: “La paz con ustedes” (Lc 24, 36),
Cuando sufrimos con paciencia a los que más nos cuestan,
Cuando compartimos el dolor de quien padece y estamos a la mano,
Cuando nos tomamos unos minutos de silencio para darnos cuenta cómo Dios nos cuida,
Cuando nos hacemos disponibles para hacer como Cristo hizo: amó los suyos hasta el extremo. (Jn 13, 1)
Cuando nos animamos a que en nuestras entrañas se engendre la paz encarnada en el rostro de Jesucristo.

¿Dejaremos pasar este don tan gratuito?

jueves, 12 de noviembre de 2015

VOCACIONES, ¿ESCASEZ O NEGLIGENCIA?

Observaciones incompletas sobre los jóvenes que buscan y las instituciones que acogen.
Por Emmanuel Sicre, sj

Dentro del marco desafiante las transformaciones sociales, del desencanto posmoderno, la crisis de las instituciones y de la representatividad, las repercusiones de la secularización, entre otras cuestiones, constatamos que el número de sacerdotes, religiosos, y religiosas ha disminuido en muchos países del mundo. Para atender a esta problemática se ha comenzado a desplegar una serie de estrategias de atracción de todo tipo, que, en más de una ocasión, deja el sabor amargo de un trabajo un poco frustrante.



Es evidente que el contexto de años en que hubo una “hiperinflación” de vocaciones ha cambiado. Además, quien quiere servir en la Iglesia de manera comprometida encuentra opciones en la actualidad que ya no se reducen solamente al rol del religioso o la religiosa. Los modos son cada vez más diversos. Miles de laicos en el mundo tienen mayores responsabilidades y celo apostólico, que muchos consagrados tanto en el campo social, como educativo, misionero, etc. Queda claro, además, que en una familia numerosa, de las que abundaban antes, que uno se hiciera religioso no era un problema, pero en una familia pequeña como las de ahora, la cuestión se complica. Es cierto también que el mundo secularizado ha golpeado los valores tradicionales de muchas familias llevándolas a desafíos nuevos, y diluyendo la opción religiosa del horizonte. Las propuestas de religiosidades contemporáneas han desdibujado también los contornos de la vocación religiosa o sacerdotal haciéndola algo extraño o estereotipado. Del mismo modo sucede con las idealizaciones de santos inalcanzables que no son atractivas para muchos de los jóvenes de hoy, o que generan un sentimiento de “él sí, pero yo no puedo hacer eso”. No quedan atrás los escándalos de varones y mujeres consagrados de la Iglesia que proyectaron una imagen degenerada de lo que es una persona de Dios, y si hay algo que molesta es descubrir que lo bueno haya devenido en malo. Éstas y otras causas llevan a plantear el tema de la escasez de vocaciones, uno de los puntos más claros de la crisis en la vida religiosa.
¿Será que ya no hay más gente que se pregunte por la vida religiosa o el sacerdocio? ¿Será que no sabemos acogerlas? ¿Será que Dios ya no manda más “operarios a la mies”? ¿Acaso estamos confundidos en la estrategia de atracción? Y si logramos atraer, ¿por qué no perseveran?

Dos niveles para pensar. Por un lado, los que andan en búsqueda de ser sacerdotes o religiosos, religiosas. Y, por otro, aquellas instituciones tales como seminarios, congregaciones, sociedades apostólicas, institutos de vida consagrada que acogen. En fin, las dos caras de la moneda. 


QUIENES BUSCAN



Respecto de los jóvenes que se plantean la vocación es claro que la pregunta existe. Aquellos que buscan qué hacer de su vida y que, de alguna manera u otra, han tenido una experiencia positiva con algún sacerdote o religiosa cuyo estilo de vida desean imitar, se preguntan si eso no es también para él o ella. “Maestro, ¿dónde vives?” (Jn 1,38), ha dicho más de uno. Quizá no con la determinación de llevarlo a cabo, pero sí como posibilidad. Este cuestionamiento está directamente conectado con lo profundo de las aspiraciones del ser humano encarnadas en Jesucristo: el amor, la paz, el altruismo, la solidaridad, la justicia, la oración, la entrega en el servicio. Deseos que emergen con mayor fuerza en un espíritu joven (no hablo de edad) y entusiasmado con la vida. A su vez, estas notas se linkean con la dedicación a una vida espiritual intensa y fecunda tal como se encarna en aquellas personas de Dios que alguna vez todos conocimos. Y claro, el testimonio atrae. A decir verdad es lo único que sirve para atraer a quien sea hacia Dios. Esto es lo que hizo Jesús dando testimonio de su Padre: “sólo hablo lo que el Padre me ha enseñado” (Jn 8,28).
A su vez, resulta que muchos de los que se plantean la vida sacerdotal o religiosa encuentran una respuesta a sus carencias psicológicas y afectivas. Pero es cierto también, que a otros tantos les funciona en dirección opuesta, alejándolos, porque piensan que nunca podrían llegar al ideal que se han diseñado de la vida sacerdotal o religiosa, y “desoyen” el llamado por creerse incapaces de responder. Quizá dicho ideal sea una defensa a plantearse más comprometidamente la respuesta positiva, y terminan como el joven rico que “oyendo esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones” (Lc 18,23). O quizá tienen que seguir buscando qué modo de servir es aquel que mejor le calza con eso que el Espíritu les inspira en su vida.
A aquellos que tienen un deseo de reorientarse, ordenarse y “volver al camino” después de una vida “licenciosa”, este tipo de opción les viene al pelo para poder lograrlo. Y lo desean con buena intención. En efecto, las instituciones de formación muestran estructuras más o menos sólidas que representan el ideal de aquello que nunca se podría lograr “afuera”. A esto se suma que las agresiones culturales a nuestra sensibilidad hacen de nosotros personas cada vez más débiles y alienadas. Por lo cual, la opción de una vida así viene a ser una especie de “refugio” ante las adversidades. Cuestión que tiene en parte su verdad, pero no es todo.
Si llegan a ingresar a la formación religiosa comienzan a darse cuenta de que no es cielo, sino también tierra. Esto es obvio, pero desde afuera no se ve porque hay un velo que encubre el polo negativo con una especie de “angelización”. Lo cierto es que la formación en la vida sacerdotal y religiosa convive con los conflictos, problemas y derroteros propios de toda realidad. No se es “mejor” o “peor” por estar “adentro”. He aquí una cuestión clave. La vida religiosa no nos hace mejores que los demás, no nos desinfla nuestro ego irrespetuoso, no nos salva de nuestra miseria. Esto es tarea de Dios. Sólo cuando el religioso o la religiosa se dan cuenta de que optaron por esto no para ser poderosos, famosos, queridos y superiores, sino para dar respuestas más allá de las fragilidades, a algo que los mueve con fuerza arrolladora por dentro en pos de servir, entregarse y amar olvidándose de sí, es que se queda y resiste con alegría las contingencias del camino que toda vida tiene. (Aunque también están los que se quedan porque “afuera” no podrían subsistir y se acostumbraron quizá a vivir de la vida religiosa porque les resulta cómodo).

En cierto sentido, no es muy distinto lo que sufre una pareja que se prepara para estar toda la vida juntos, a lo que padece un religioso que busca entregarse también toda la vida al servicio de Dios en los hermanos. Es el ser humano que opta, y Dios que acompaña, sostiene, alienta, fortalece, guía, enseña, trabaja por cada uno de nosotros.

QUIENES ACOGEN
Los responsables de recibir las inquietudes de miles de jóvenes que se plantean seriamente la vocación a la vida sacerdotal o religiosa, se encuentran con un desafío enorme. ¿Cómo ser instrumento de libertad y no de manipulación? ¿Cómo atraer sin convencer? ¿Cómo allanar el camino a Dios y no ser obstáculo en la vida del otro? ¿Cómo no anteponer la necesidad de vocaciones al bien de quien busca? ¿Cómo acompañar y no conducir? ¿Cómo decir no a tiempo?
Asumir la vida de otra persona en búsqueda es una responsabilidad que requiere siempre mucha delicadeza y confianza en el Dios de Jesús. Algunos le huyen, otros se desbordan, y hay quienes son más equilibrados. Lo cierto es que, en la mayoría de los casos, vemos en quien busca a un persona que se experimenta atraída por algo que es muy valioso para el acompañante. A decir verdad, es hermoso darse cuenta de que Dios llama a alguien a la misma tarea que yo bajo la misma inspiración. Es bello sentir que Dios sigue trabajando para que haya consagrados y consagradas a él en este estilo de vida. A los religiosos nos conmueve saber que no estamos solos en este camino tan apasionante y lleno de desafíos. Pero no resulta fácil acoger.
La gama de instituciones que reciben a quienes buscan es enorme. De las más rígidas a las más laxas. De las que no permiten un paso en falso, a las que ceden a cualquier cosa. De las que “psicologizan” a todos, hasta las que hacen daño a la psicología de las personas por negligentes. De las que admiten sólo a los mejores, a las que autorizan desesperadamente a quien toque el timbre. De las que domestican en serie, a las que hacen de sus comunidades un circo. En medio de estos extremos caricaturizados, se encuentran las que pretenden hacer las cosas bien, siguiendo la tradición propia de su carisma y encontrándole la vuelta a las contingencias actuales con valentía. 
La complejidad de la acogida de las vocaciones es seria. Requiere paciencia, formación y mucho espíritu de discernimiento. Pero más allá de las actitudes personales que cada uno asuma como parte del testimonio, es necesaria una respuesta más o menos planificada, progresiva y actualizada. No se puede recibir a alguien bajo unas condiciones que luego cambian completamente con quien trae unas nuevas. Es decir, el desconcierto de algunos religiosos ya formados se traslada a tal punto a la vida de los jóvenes que hacen desistir hasta al más perseverante. Es comprensible, en este sentido, que muchos sacerdotes, religiosas o religiosos que se formaron bajo el “esquema de perfección”, y aún perseveran, intenten dar de aquello que recibieron y las actualizaciones que hacen no alcancen a dar respuestas a los modos en que aparecen los temas humanos de quienes quieren ser religiosos. Sucede entonces que los parámetros, las normas y juicios con los que se rigen dentro de las instituciones ya no forman tanto como antes, sino todo lo contrario: deforman. Es el caso de quien impone reglas automáticamente (quizá sin mala intención) porque no sabe cómo acercarse con paciencia al conflicto humano de quien busca y no está libre de equivocaciones. Cuesta entrever qué hacer, pero al parecer el esquema de “ley pareja no es rigurosa” ya no funciona. De a poco se percibe cada vez con más y más fuerza que cada persona necesita de su propio método, de su propio proceso que ni ella misma conoce y hay que descubrir juntos, como yendo tras de la vida, como ayudándole a nacer. Ésta pareciera ser la tarea de quien recibe una vocación. Una especie de mayéutica.
Podríamos pensar con algún grado de acierto que las instituciones con mayor testimonio de arrojo y valentía son las que más vocaciones reciben. Esto es relativo si el testimonio está fundado sólo en la voluntad de sus miembros, o en el color del hábito. En este sentido muchas congragaciones se esfuerzan por mostrar lo sacrificado de nuestra vida como un polo de atracción que se aprovecha de psicologías a veces enflaquecidas y que andan buscando soportes que no pueden encontrar en sí mismas. Esto configura un problema cuando la cuestión del acompañamiento de la persona no está previendo su autonomía y la convierte en codependiente en vez de interdependiente.

¿ESCASEZ O NEGLIGENCIA?


Pareciera que la balanza se inclina más hacia la negligencia que hacia la escasez. Si en verdad confiamos en que Dios envía corazones generosos para las necesidades de la Iglesia que Él quiere, y experimentamos que no hay vocaciones sacerdotales ni religiosas, entonces necesitamos discernir qué nos está diciendo Dios a la luz de los signos de los tiempos. No ser negligentes sería discernir por dónde nos está llevando el Espíritu de Dios con un corazón libre, preguntarse si lo que hacemos como religiosos es lo que necesita la Iglesia hoy, arriesgarse a transformar modelos mentales e institucionales caducos, y confiar en que Dios está guiándonos en la historia.
No se trata de no equivocarse, sino de que nuestro testimonio provoque en quien busca la pregunta fundamental: “¿será que Dios me está llamando para estar con Él?” O también en nosotros los religiosos (con una mano en el corazón): ¿la vida que llevamos es digna de ser imitada? Y, luego, discernir juntos de cara a Dios: quien busca y quien acoge, como dos peregrinos del Espíritu. Buscadores que se ayudan mutuamente y se retroalimentan en la búsqueda de Dios, desafiando las trampas del mal espíritu, sanando las heridas de la historia, reconstruyendo la autenticidad negada para el servicio de los demás.
Quizá el testimonio que conmueve a los jóvenes sea aquel que es real, que da cuentas de una vida interior honda, o de una alegría contagiosa, o de una dedicación auténtica, o de una libertad cuestionante, o de una cruz llevada con Cristo. Aquel testimonio que se revela en la vida de los tantos y tantas que están con Jesús y que quieren permanecer con él, aunque sean frágiles. Aquel testimonio de los discípulos en Tiberíades que “estaban juntos” y deciden seguir a Pedro cuando dice “voy a pescar” porque tienen ganas de compartir la vida y los trabajos en la misma barca: “también nosotros vamos contigo”, le dijeron. Sólo así podremos ser testigos de la bendición abundante del Resucitado que nos invita a compartir la mesa y la vida.  (Ver: Jn 21, 3)
Los y las jóvenes que están dispuestos a entregar su vida no se la van a dar a cualquiera que les ofrezca finalmente un castillo de arena, un hábito que vestir, unas reglas que cumplir, o unas experiencias de supermercado y una historia gloriosa, no alcanza; si no a aquellos que les enseñen a seguir a Jesús con libertad, generosidad y arrojo, porque lo ven encarnado en su ser y en el del cuerpo al que pertenecen, porque buscan que Dios se haga presente en sus vidas tal y como son, porque desean con todo el corazón servir a los demás sin heroísmos de hojarasca, porque saben sufrir con los que sufren, llorar con los que lloran, llevar sus cruces con amor, y alegrarse de esos momentos de Reino que suceden a diario en este mundo herido, pero profundamente amado por Dios.

Por eso, más allá de la estrategia, tendríamos que dejar que el Resucitado le pregunte 3 veces a nuestras estructuras institucionales, a nuestras formas de tratarnos de siempre, a nuestro celo apostólico diario, al nervio de nuestros corazones, a nuestros votos y promesas, a nuestro sacerdocio, a nuestra promoción vocacional: “¿me amas más que a éstos?” (Jn 21, 15).