martes, 30 de diciembre de 2014

¿POR QUÉ NOS CUESTA ORAR?



Emmanuel Sicre, SJ

Es habitual que ocurra que las personas que buscan llevar una vida de oración sufran las dificultades propias de todo arte. Falta de concentración, dispersión, postergación, imposibilidad de acceder al mundo interior, falta de voluntad, desgano, justificaciones, forman parte de esta situación. Y “como ya no nos salió”, terminamos dejando de orar. O en el mejor de los casos esperamos alguna oportunidad como para volver, un retiro, unos ejercicios espirituales, un momento de oración comunitario, como si fueran a recomponer la cuestión de raíz. Distinto es cuando la situación nos lleva inevitablemente a la oración. Es el caso de una enfermedad o de un sufrimiento profundo, una confusión o un conflicto grave donde acudir a Dios se hace más "fácil". 

Pero qué es lo que puede estar de fondo y no nos damos cuenta cuando nos pasa que queremos orar y no podemos, o que no nos sale como queremos y nos frustramos abandonando el hábito de hacer oración. ¿No será que nuestro estilo de vida nos invita a nuevos modos de comprender la oración? ¿Acaso hay algún modelo de oración que sea el mejor y no lo sabemos? ¿Será que todos oramos del igual forma o cada uno representa un modelo de oración personal? ¿No será que el Mal Espíritu nos hace trampa? ¿Cuál sería el parámetro para una verdadera oración, dónde radica su punto de apoyo?

El “peligro” de los modelos de oración


Resulta que la fe sólo se transmite a partir de la experiencia de Dios de cada uno en el testimonio de sus obras y sus palabras. Todos hemos recibido la fe como un don de Dios a través de los que nos preceden y que comunicaron su fe en Dios a nuestra experiencia. La familia, la comunidad creyente, los amigos, catequistas, sacerdotes, religiosos y religiosas han sido el eco de Dios para nuestra vida de fe. Han hecho lo mejor posible para enseñarnos la fe que levamos dentro. Así es que fuimos aprendiendo a unir nuestras manos y elevar una oración.

A medida que vamos creciendo en la fe se hace evidente que se torna más personal, porque nuestra comunicación con Dios se profundiza según nuestra particularidad. Ese crecimiento se ve asistido por muchos que nos instruyen en cómo rezar u orar. Desde el primer Padrenuestro hasta la contemplación más mística que hayamos tenido, fuimos introducidos en un modo de hacerlo, una técnica o una recomendación que fue muy oportuna en su momento.


Dicho modelo de oración que fuimos asimilando es susceptible de convertirse en un peligro cuando anteponemos el modelo a la realidad vital en la que nos encontramos. Por ejemplo, si aprendí que para orar tengo que hacer un silencio absoluto cómo voy a hacerlo en medio del bullicio; o si capté que oración es diálogo con Dios y no tengo ganas de hablarle, estoy en un problema; o si me dijeron que para orar bien hay que destinar una hora diaria, cómo hago cuando no tengo tiempo.


El peligro de los modelos o de las técnicas de oración es que pueden convertirse en recetas de cocina espiritual y resultar un manual que no responde a nuestra necesidad concreta ni a la realidad de la oración. Así es que se nos fue creando un concepto de oración que es necesario resignificar. Es decir, preguntarnos, ¿qué es orar para mí en este momento de mi vida? Y no tanto responder a un concepto previo de lo que es la oración cristiana.

Quién podría dudar de que necesitamos con frecuencia ciertas recomendaciones para orar y que hay unas que son más efectivas que otras, y que los grandes orantes de la historia de la fe nos han dado invaluables consejos; pero no pueden convertirse en el centro del problema, porque nos corren el punto de apoyo de la oración desplazando la confianza en el Espíritu de Dios y metiendo en su lugar la perseverancia de nuestra voluntad.


Es importante que comprendamos que la oración no la “hacemos” nosotros sino que es Dios quien ora y hace en nosotros. Cuando sentimos el deseo de dirigirnos a él, en verdad es él quien ha tomado la iniciativa y quiere acercarse cada vez más a nosotros para mostrarnos qué quiere de nosotros y cómo está transformando nuestra vida. El trabajo de Dios en nuestra vida es incesante, no acaba, no se apaga porque durmamos, no se toma vacaciones cuando no nos acordamos de él. Dios es un “eterno insistente” que quiere estar con nosotros aún cuando estemos alejados y renuentes.
Comprender la oración desde Dios y no desde nuestra férrea voluntad implica que nuestra tarea sea sólo la de disponernos a lo que Dios está obrando, sanando, pidiendo, alabando, bendiciendo en nosotros.  

Los engaños del Mal Espíritu a quien busca orar


Hay que saber que el Mal Espíritu (ME) no nos quiere cerca de Dios y hará todo lo posible para alejarnos y hacernos abandonar la experiencia de aquello que llamamos oración. Su estrategia de separación regularmente va de afuera hacia adentro, de los detalles al núcleo, de la superficie al deseo. Funciona como una especie de “cáncer espiritual”. Aquí es importante aclarar que lo que hace el ME es atacar nuestra voluntad y no la de Dios que es darnos vida, somos nosotros los tentados y no Dios.

En efecto, es probable que nos aleje polarizando nuestras intenciones. Si vivimos la oración como una experiencia más bien gratuita de comunicación con Dios, el ME nos cuestiona la productividad del tiempo de oración. Si entendemos que la oración es una experiencia afectiva del amor de Dios, el ME hará lo imposible para hacerla exclusivamente racional llevándonos a sacar conclusiones y resolver lógicamente el misterio, o a pensar que si no “sentimos” nada no tiene sentido. Si comprendemos la oración como diálogo con Dios, nos hace creer que es un monólogo nuestro atacando la paciencia que requiere caminar con los ritmos de Dios. Si oramos en la acción, nos llevará a cambiar la ecuación y hacernos pensar que “hacer” es más importante que orar. Si buscamos al rezar una experiencia de consolación, nos hará buscar las consolaciones de Dios y olvidar al Dios de la consolación. Si optamos por orar con textos, hará que lo que dice el texto sea más importante que Dios mismo. Si oramos con la Palabra, hará que se convierta en un texto conocido que no hace falta releer. Si al orar tenemos poco tiempo, pretenderá que cada vez tengamos menos. Si entendemos la oración como partir de la realidad, hará que la realidad sea tan cruda que Dios nunca pueda habitar en ella. 

Y así cada uno podría identificar cuál es el engaño que el ME pone en su camino de búsqueda de Dios en la oración. Lo importante es detectar cuál es mi intención para saber que la polarizará o exagerará hasta sacarnos de ella. Por esto la oración no tiene que estar centrada en mí sino en Él. No en lo que yo quiero, yo busco, yo pretendo, yo necesito, yo, yo… sino en Él.  Así el ME evita que tomemos contacto con el deseo del encuentro mutuo con Dios. 

Pautas para una vida de oración

Si resulta que los modelos de oración son "peligrosos" y el mal espíritu está al acecho de nuestra voluntad centrándonos en nosotros mismos, ¿qué es en definitiva lo que nos hizo volcarnos a la oración en algún momento de nuestra vida y que ahora nos tiene en conflicto? ¿Se trata de una falsa tensión o de una situación vital? 

Como dice san Juan de la Cruz en su Cántico Espiritual: 
 
 ¿Adónde te escondiste,
amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti, clamando, y eras ido.

Digamos que vivir esta tensión respecto de la vida de oración es muy sana porque declara que el deseo de Dios está vivo en nosotros. Lo que sucede quizá es que no hemos sabido canalizarla de un modo adecuado y nos resulta complicada. Cada vez que nos acordamos de que no hemos orado o de que tenemos una deuda pendiente estamos escuchando la voz del Espíritu de Dios que nos invita a estar con él. Cada vez que queremos rezar y nos cuesta estamos avanzando en el crecimiento espiritual. Cada vez que deseamos orar es Dios mismo el que nos habla desde adentro.

Pero, hay que dar un paso más dejando que sea Dios quien ore en nosotros. La confianza del buscador de Dios es saberse sostenido por él y asistido en el momento de la prueba. La confianza en la oración del Espíritu en nosotros tiene que ser más amplia que la que ponemos en nuestra voluntad de oración. Por eso san Pablo les dice a las comunidades romanas: “y de la misma manera, también el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; porque no sabemos orar como debiéramos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables; y aquel que escudriña los corazones sabe cuál es el sentir del Espíritu, porque Él intercede por los santos conforme a la voluntad de Dios”. (1Rom 8,26-27)

Es decir, es necesario dar el salto que nos lleva a ser parte del misterio. Si no comprendemos que Dios habita nuestra realidad cotidiana en cada persona con la que nos encontramos, en cada trabajo que realizamos, en cada cosa que vemos, sentimos, olemos, gustamos, oímos, en cada parte de nuestro cuerpo, en el descanso, en los sueños, en cada cosa que no comprendemos, en cada cruz propia o ajena, en cada último rincón de lo humano, no podremos confiar en que Él nos lleva a nosotros y no nosotros a él.

Tenemos que abrir la puerta al Misterio para entrar en él como se entra a una fiesta en la que hemos sido invitados desde adentro. No es nuestra fiesta sino la suya.

Si nos dejamos provocar por el Misterio del Dios que nos anunció Jesús daremos crédito a aquello de María cuando dice "mi alma canta la grandeza de Dios mi salvador, porque ha mirado la pequeñez de su servidora" (cf. Lc 1, 46-55) y entonces Dios nacerá en nosotros, y entonces Dios hará maravillas, y entonces el Reino crecerá en nosotros, y entonces la cruz tendrá sentido, y entonces la paz amarrada con la justicia dará a luz el amor que te llevará a ser cada vez más hermano, más hijo, más creatura.

Por eso, cada vez que sintamos que no oramos como queremos, recordemos que el Espíritu ya lo está haciendo por nosotros al Padre, para hacernos cada vez más otros Cristos. Y descansemos confiando en que Él sabrá qué hacer. 



miércoles, 10 de diciembre de 2014

¿CUÁL SERÍA UNA LINDA FORMA DE TERMINAR ESTE AÑO? Una técnica de agradecimiento


Emmanuel Sicre, SJ

Cada año de vida que se va trae uno nuevo, pero algunas veces queda la sensación de que no alcanzamos a agradecer tanto de lo vivido. O de tener la posibilidad de exprimir el jugo de muchas situaciones del año y que representan un valor significativo para la vida. Alguno podrá decir que no fue un año significativo, otro que resultó el más importante de su vida hasta entonces. Lo cierto es que siempre hay cosas para agradecer o encontrarles el sentido. Cumpleaños, eventos, sucesos, logros, festejos, despedidas, viajes, encuentros, partida de seres amados, llegada de nuevos miembros a la familia, nuevas relaciones, crisis, estudios, éxitos laborales, crecimientos, decisiones, fracasos, en fin, una lista interminable de situaciones habitaron nuestro calendario y merece la pena detenerse en algún momento para considerarlas.


Es posible preguntarse por qué hacer un balance. ¿Qué sentido reviste no hacer una reconsideración de lo vivido a la ligera y tomarse un tiempo para ver más allá? ¿Qué hay de tan importante en hacer estado de cuentas con la vida? ¿Acaso revivir con la memoria algunos hechos no resulta un poco doloroso, o poco deseable en algunos casos? O quizá haya situaciones que se fueron muy rápido y no alcanzamos a atesorarlas en el corazón. Como sea, es imprescindible hacer balances y agradecer todo, incluso aquello que no logramos comprender ahora. Esta tarea se encumbra como una de las más importantes de nuestra vida por varias razones.

- Porque nos ayuda a ejercitar la memoria que es el "músculo" más atacado por nuestra cultura. Los que pierden la memoria viven quejándose de todo y malhumorados, amargados con la vida porque creen que todo se les debe y nada se les pide. La tecnología y las redes sociales viajan a una velocidad indescriptible y logran entretenernos de tal modo que lo que fue importante en su momento, al poco tiempo resulte tan lejano y distante que hasta pareciera que nada tiene que ver con nosotros. Así nuestra capacidad de memoria se fragmenta hasta desaparecer. Por eso ejercitarse en recordar lo vivido en el año puede ser un buen camino para la felicidad. 


- Porque volver sobre lo vivido trae un nuevo sentido a las cosas y nos permite descubrir muchos porqués a lo que nos pasa. El gran secreto del sentido espiritual de una vida es que logra concatenar todo y darle razón de ser, incluso a aquellas cosas que en su momento parecían absurdas. Esta es la dimensión espiritual de toda persona, aquello que los "animalizados" les cuesta lograr y entonces todo se evalúa en términos materialistas y contables.

- Porque quien no se da cuenta de lo que ha recibido nunca podrá saber aquello que es capaz de dar. Aquí hay un punto clave para la existencia humana. Si no estamos preparados para recibir no pensemos que podremos ofrecer algo de nosotros mismos. Aquello de lo que nos nutrimos nos configura, nos hace ser lo que somos. Es importante descubrir qué hemos recibido este año para entrar en sintonía con aquello que le fuimos entregando a los que nos rodean con el desgranarse de los días. Y aquí resultan los agradecimientos más profundos y los pedidos de perdón que restablecen la vida y los vínculos.


¿CÓMO HACERLO? Una técnica: la lista de contactos

Es posible que sea muy bonito decir que hace falta hacer un balance del año pero hacerlo ya no resulta tan fácil.
Primero, porque muchas veces nos convertimos en “faltalistas” y comenzamos por todas las cosas negativas, lo que no hice, lo que me faltó, lo que no logré.
Y segundo, porque nos podemos poner algo puntillosos o gruesos y, o queremos abarcarlo todo y nos terminamos dispersando o hacemos algo así nomás dejando pasar lo que en verdad importa.


Una técnica que puede ayudar es aquella de la lista de contactos. Repasar alguna de nuestras múltiples listas de contactos de las redes sociales o del celular. Ir persona por persona y volver a mirar el vínculo que me une con ella y qué significó en este año. Volcarse sobre cada una de las personas que habitaron mi año me puede dar una perspectiva de revisión del año nueva, humana, cercana a la realidad y vital. ¿Qué si no personas son las que me cruzo a diario en los distintos lugares donde me muevo? ¿Qué mejor que poder ponerle rostro a las miles de situaciones que este año le dieron un toque a mi vida? ¡Qué lindo saber que con el paso de los años hay personas que aún siguen allí sosteniéndonos! ¡Qué impresionante es darse cuenta de todo lo que significan nuestros vínculos para vivir más felices! ¡Qué mejor que elegir con qué quedarse de este año que se nos va y dejar atrás los rencores, las envidias, los momentos negativos y darle paso a la esperanza que trae un nuevo comienzo! Y entonces mirar al cielo y celebrar.   

jueves, 16 de octubre de 2014

ENTRE CONSERVADORES Y PROGRESISTAS...


¿Cómo comprender ciertas 
actitudes dentro de la Iglesia?

Por Emmanuel Sicre, SJ

Los últimos debates sobre el Sínodo de las familias han hecho florecer algunas actitudes entres los creyentes que vale la pena tener en cuenta para ver qué hay detrás de las trincheras que se arman. ¿Cuál es la actitud que se percibe entre "conservadores" y "progresistas"? ¿Cuál sería una actitud posiblemente más apropiada para tratar temas tan importantes?



La fe desde una actitud conservadora


Diseñemos en modo general y algo irónico algunos de los rasgos de esta mentalidad. Hay un principio básico respecto de la fe para alguien que se comprende como conservador: ¿por qué hay que cambiar? Su conflicto es con el cambio, con lo que evoluciona, con lo que se mueve dentro de la realidad. Ha comprendido que la religión es un bloque que se acata o se deja, pero que no hay medias tintas. Para él la fe es un conjunto de verdades “eternas” que cayeron del cielo y que no tienen por qué ser cuestionadas. Descubrió que así es más fácil creer y sostener su fe. Para un pensamiento conservador Jesucristo trajo verdades que cumplir, en vez de encontrar que es Él la Verdad de la vida. Hay un clericalismo arraigado en lo que dicen los curas y los obispos, por lo tanto le resulta más accesible medir su fe más con un catecismo que con el Evangelio mismo, y necesita fundamentar sus convicciones con citas textuales de la Biblia, como si fuera una especie de “diccionario de inequívocos”. En fin, teme que le cambien lo que cree.

La actitud conservadora está relacionada a una psicología del cumplimiento a las leyes religiosas y esto la hace digna de pertenencia. Se siente justificada por las leyes y la doblega la culpa y el remordimiento insano cuando no logra cumplir alguna. Por eso en este esquema sí o sí, no hay margen para los “incumplidores”. Como yo cumplo, los demás también deben hacerlo.

La actitud conservadora gusta de las formas y la pulcritud ritual porque allí encuentra la realización de una realidad “supranatural”. Por ejemplo, le indigna que los demás no se arrodillen en la consagración o que alguien tome la eucaristía con la mano, o que el sacerdote sea amigo de gente “pecadora”, o que tal o cual no cumpla y participe igualmente. En verdad lo que sucede es que la persona con una actitud conservadora como se siente justa y buena, el Mal Espíritu la hace erigirse en “juez” de los demás. Dado que le cuesta aceptar el cambio y la evolución de la fe en su propio desarrollo personal, le resulta aún más difícil las nuevas manifestaciones espirituales que presentan los contextos actuales. Claro testimonio de esto es que se escandalicen con aquellas cosas que parecen inaceptables como la bondad de los homosexuales o la compasión con los desechados socialmente, y no con la corrupción política o la exclusión, por ejemplo. En este sentido la actitud conservadora desconoce un poco la compasión porque en su psicología le es imposible aceptar el error y el perdón de sí mismo, porque siente que no se equivoca tanto como aquéllos.

Pero la dificultad más grande que sufre una actitud conservadora es la de espiritualizar la realidad para que no le haga daño. Entonces no la mira como un desafío en el cual encontrar a Dios caminando entre la multitud, sino como una amenaza que le acecha su modo comprenderlo, asesinado por todos los malos de este mundo decadente y pecador. Por eso sobrevalora sentimientos como paz y tranquilidad. De allí que su deseo de justicia sea la de la justicia retributiva que aparece en el Antiguo Testamento donde los malos recibirán males y los buenos bendiciones por sus actos en esta vida. En definitiva siente miedo ante “el juicio divino del que nadie se salva”. Se trata, a grandes rasgos, de una actitud religiosa un poco infantil pasados los 25 años.


La fe desde una actitud progresista

En cambio, y como reacción, la actitud progresista quiere eliminar toda rigidez y probablemente termina del otro lado de la trinchera. La actitud progresista ha superado su miedo a la ley al cuestionarla. Se liberó de ciertas ataduras y descubrió que en verdad no pasaba nada, que Dios no se regía según nuestros parámetros. Sucedió que el Mal Espíritu la llevó a despreciar a los que necesitan de normas para vivir su religiosidad. La puso del otro lado para que la división haga su trabajo de destrucción.

La actitud progresista quiere romper con los modelos tradicionales para que en el “shock” se produzca la luz de la conciencia, se develen algunas falsedades que cubrían lo que había creído siempre y todos se den cuenta de que a Dios no le interesan nuestros méritos de buena gente, sino que hagamos lo que él hizo, anunciar el Reino de Dios y trabajar por un mundo más justo. Esta es la bandera de Jesús, entonces para qué tanta regla si hay gente que nunca podría cumplir con ella porque vive en la miseria. Hay que rescatar al mundo. La propuesta progresista se envalentona entonces con la justicia que brota de una fe comprendida como fuerza innovadora que está en constante movimiento hacia Dios y se descarrila adueñándose del proyecto de Dios.

Se nota un rechazo de toda estructura institucional porque es dominadora de los más débiles, por eso se cuestiona cualquier autoridad. (El problema es que la historia muchas veces le da la razón). Si bien es un rasgo adulto regirse por la primacía de la conciencia personal, la dificultad viene cuando dicha visión de la realidad y la fe, se convierten, como en la personalidad conservadora, en juez sobreponiendo su conciencia a la de los demás. Entonces, la compasión y la solidaridad son con los desposeídos y débiles de este mundo, pero nunca con los que no entienden las cosas como ellos. He aquí la contradicción. 

Lo ritual en la mentalidad progresista es visto como pérdida de tiempo muchas veces, por eso necesitan todo el tiempo “innovar” para que la celebración sea más afectiva y menos distante. De ahí brotan con frecuencia excesos litúrgicos que finalmente separan, tanto como el exceso ritual conservador, la mística de la comunión universal con Jesucristo. Se trata entonces, de una actitud un poco adolescente pasados los 25 años.

¿Cuál sería la actitud madura de la fe?



Ante esta dialéctica, esbozada un poco a modo de caricatura, no cabe más que esperar la superación de ambas actitudes. De tal manera que se pueda acertar en una vivencia madura de la relación con Dios y la complejidad del mundo.

Una actitud madura encuentra que la realidad está habitada por el Espíritu de Dios y no se escandaliza sino sólo con aquello que atenta contra la vida de cualquier criatura. Ha logrado descubrir que la ley es una amiga en la que apoyarse en determinados momentos, pero se rige principalmente por la voz del espíritu que susurra en su conciencia y la invita a discernir siempre.  Por eso, la actitud madura no se casa con ninguna ideología y supera las polaridades meditando en su intimidad qué es lo que está en favor de la vida real habitada por Dios y de los demás. Es una actitud que discierne por eso relativiza lo inmediato y toma distancia para saber que todo le es lícito, pero no todo le es conveniente.

Es una mirada sabia que distingue las dificultades de las posibilidades, que no transa con el error, pero que comprende profundamente a quien se equivoca porque conoce su propia fragilidad, y no podría juzgarlo dado que se siente incapaz.

La actitud madura está abierta a las personalidades y no ve que ninguna sea superior a otra, las encuentra ubicadas en sus múltiples puestos en favor de la existencia humana. Por eso aborrece la división y busca la armonía en el amor más allá de las diferentes opciones que cada uno va tomando en la vida. Comprende, también, de modo equilibrado la necesaria institucionalidad de los grupos humanos. Es una actitud que toma conciencia de las deficiencias que tiene toda realidad, pero no se queja como si fuera imposible vivir con la carencia. La acepta y convive sanamente con la duda y la incertidumbre.  

Ritualmente logra acoger el misterio de la comunicación espiritual que se da en los múltiples símbolos religiosos, en la liturgia celebrada y en el sufrimiento compartido con los más débiles.

Finalmente, el rasgo profético más característico de la actitud madura de un creyente es la confianza. Confía en que es el Dios de la historia el que acompaña al hombre en su camino. Confía en los procesos lentos, amplios, serenos que marcan los hitos en la vida. Confía en el hombre, en su capacidad de pedir perdón, de animarse a ser mejor, en su solidaridad. Confía en que será parte de una historia y no su dueño. Confía en las múltiples manifestaciones de Jesucristo, que vino a rescatar a todo hombre existente sobre la Tierra para llenarlo de vida y felicidad, y cuenta con él para llevarlo a cabo.