domingo, 29 de noviembre de 2015

¿CUÁNDO VIENE LA PAZ QUE TRAE JESÚS?

Por Emmanuel Sicre, sj

“Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9)

 Es sabido que la palabra paz, así como amor, felicidad, libertad, entre otras, resultan de una riqueza enorme en nuestra lengua. Pero pasa en más de una ocasión que las usamos tanto y de manera tan diversa que nos cuesta precisar su significado. A decir verdad, también se han vaciado un poco de sentido. Sin embargo, lo más seguro es que la mayoría de nosotros quiera desde lo más profundo de su ser paz, amor, felicidad. Y más en estos tiempos donde la paz se ve amenazada por una guerra mundial a pedacitos, como suele decir el Papa.
Sucede también que cuando miramos a nuestro alrededor, la realidad quizá no está en guerra como la que viven innumerables refugiados en el mundo entero, pero sí sufre ciertos dolores de parto que nos hacen pensar: ¿dónde estará Dios en todo esto? ¿Por qué no se mete para hacernos la vida más pacífica?
¿Quién no se habrá sentido decepcionado, o angustiado porque el mundo no se parece ni un poquito a lo que le gustaría? ¿Quién no ha pedido insistentemente paz para su familia, para sus seres queridos, para su vida? Necesitamos paz, mucha paz. Pero ¿qué tipo de paz?

Una paz sin rostro
Para llegar a responder cuándo se da la paz que trae Jesús hay que despejar la cancha. Es decir, tratar de distinguir a qué le llamamos a menudo paz.
Digamos, en principio, que hay una paz que buscamos cuando estamos estresados o cansados del trabajo, o de alguna persona, y queremos que se acabe de una vez por todas. Sentimiento muy común en esta época del año. En algunos casos llegamos a decir: “déjenme en paz”. Aquí estamos asociando la paz con la tranquilidad de estar solos y sin preocupaciones por un momento.
Pero también sucede que cuando visitamos un lugar silencioso como el cementerio algunos comentan: “¡qué paz!”. De hecho, varios de estos sitios suelen usar la palabra paz en sus nombres. Aquí linkeamos la paz con silencio de muerte: “que en paz descanse”, se suele escribir. Se trata de una paz duradera pero no gozable, porque a esas alturas se acabaron las posibilidades de preocuparse en esta vida.
Quien tenga alguna que otra oportunidad o hace un viaje para conectarse con la naturaleza, o va a uno de estos spa que tanto abundan últimamente, y se relaja un poco haciéndose unos mimos a sí mismo. Aquí se relaciona la paz con un producto de consumo, con algo que podemos adquirir ni bien podamos. Es decir, depende de nosotros pero dura poco y siempre necesitamos más.
Por último, está la situación de los que piensan que paz es ausencia de violencia y terminan evadiéndose de los conflictos que toda realidad lleva adentro ejerciendo otro tipo de violencia sobre sí mismos y los demás con un permanente: “todo bien”, “tranquilo, no pasa nada”.
Podríamos seguir describiendo algunas situaciones más, pero lo importante es que nos preguntemos: ¿será este el tipo de paz que nos deseamos en Navidad? ¿Será este el tipo de paz que esperamos que Jesús traiga con su vida, su muerte y resurrección? ¿No habrá algo más hondo detrás del “noche de paz, noche de amor”?

Una paz con rostro: el de Cristo
El mensaje de Jesucristo está íntimamente ligado a la paz y a nuestro deseo de ella. Es parte central de su enseñanza y del modo que tiene para comunicarnos el amor del Padre. En efecto, podríamos preguntarnos: ¿qué quiere Dios de la vida del hombre? Y entonces tendremos que llevar la mirada al rostro de su Hijo. Si contemplamos la vida de Cristo nos encontraremos con el gran misterio de un hombre-Dios que ha venido a nuestra historia para revelarnos un proyecto de amor, de justicia y de paz para todos los hombres de la Tierra sin excepción.
Este proyecto es el que se encarna en la persona de Jesús de Nazaret. Es lo que él llama en los Evangelios el Reino de Dios. Por eso, cuando tiempo después de la Pascua, Lucas cuenta la historia del Nacimiento del Mesías a su comunidad, los ángeles cantan: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad” (Lc 2,14) y los pastoresse volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto” (Lc 2,20); María canta el atrevido Magníficat que dice: “derribó del trono a los poderosos, y elevó a los humildes, a los hambrientos colmó de bienes y a los ricos los despidió con las manos vacías” (Lc 1,52ss). A decir verdad, todos cantan y alaban de felicidad: Isabel (Lc 1,42: “y exclamó a los gritos: “bendita tú entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre…”), Zacarías (Lc 1, 68: “y tú, Niño… guiarás nuestros pasos por el camino de la paz”), Simeón (Lc 2, 29: “…porque mis ojos han visto la salvación”), porque ha llegado lo que tanto esperaban: la paz.
Este vivo recuerdo de la visita de Dios en la persona de Jesús a su pueblo es lo que celebran los personajes del Nacimiento y por lo que cada año brindamos, nos abrazamos y festejamos. Pero la paz que Jesús ha traído no es una paz de supermercado. La paz de Cristo está probada al fuego de la cruz y confirmada por la fuerza de su resurrección. Por eso es una paz eterna, profunda, robusta, amplia como la nos urge pedir cada vez que hacemos un minuto de silencio y cerramos los ojos.
Dios envió a su Hijo para revelarnos lo que quiere de nosotros: la fraternidad universal de todos sus hijos invitados a la mesa del Reino de Amor, Justicia y Paz. Pero no podremos gozar plenamente de esa fraternidad, si no dejamos que la paz de Cristo visite cada una de nuestras relaciones cotidianas. Y para que Cristo se haga presente tenemos que dejarlo salir de nuestro corazón para que pueda hacer lo que él sabe: curar a los heridos, sanar a los enfermos, compadecerse de los caídos, liberar a los esclavos, enaltecer a los humildes, devolver la vista a los ciegos, espantar los demonios de los poseídos, dar de comer a los hambrientos, vestir al desnudo, dar de beber al sediento, acoger al extranjero, visitar al preso y sembrarnos la vida de lo mejor que podemos hacer: amar. (Y vaya si conocemos heridos, enfermos, caídos, esclavos, humildes, ciegos, poseídos, hambrientos, desnudos, sedientos, extranjeros y presos en nuestra vida).
La celebración de la Navidad no puede menos que entusiasmarnos porque Cristo viene para decirnos que es posible aquello que nuestro corazón grita en cada momento de cruz de nuestra vida. Que es posible la paz porque él la conquistó para todos los que creen el él. ¿Y los que no creen en Jesús? Igualmente han recibido el deseo profundo de vivir en paz, ¡y cuántos hay que luchan por la paz en el mundo!

Finalmente: ¿Cuándo viene la paz que trae Jesús?
La paz de Jesús está viniendo siempre a nuestra vida y golpea para poder entrar en nuestro interior y en el de toda la sociedad. De hecho antes de la Navidad somos nosotros los que caminamos para ver al que está viniendo (como los pastores “vamos a Belén a ver lo que ha sucedido” Lc 2,15). Hasta que, en el momento oportuno la Madre “dio a luz a su hijo” (Lc 2,7), y el pesebre nos encuentra a todos los hombres del mundo reunidos (incluso los magos de oriente, Mt 2,1) en torno a la Paz encarnada: el Niño Jesús.
Por eso, la paz de Jesús viene

Cuando los padres y los hijos son capaces de perdonarse y amarse mutuamente,
Cuando en el mundo miles de hombres se arrepienten de sus injusticias,
Cuando en las familias dejamos los rencores con los que el mal espíritu nos amordaza la memoria y abandonamos el orgullo de creernos importantes,
Cuando asumimos nuestra pequeñez y nos dejamos querer y cuidar,
Cuando salimos de nosotros mismos hacia el más débil entregándonos,
Cuando somos capaces de hacerle espacio a la ternura y dejamos de lado la superioridad,
Cuando trabajamos luchando día a día por ser fecundos con nuestros dones,
Cuando festejamos y cantamos la vida que se nos regala,
Cuando nos abajamos como hizo Dios para poder salvarnos de nuestro autoengaño,
Cuando discernimos el espíritu y no nos quedamos esclavos de las normas que nos oprimen,
Cuando estudiamos con pasión lo que nos gusta,
Cuando en medio de la comunidad dejamos que el Señor resucitado nos diga: “La paz con ustedes” (Lc 24, 36),
Cuando sufrimos con paciencia a los que más nos cuestan,
Cuando compartimos el dolor de quien padece y estamos a la mano,
Cuando nos tomamos unos minutos de silencio para darnos cuenta cómo Dios nos cuida,
Cuando nos hacemos disponibles para hacer como Cristo hizo: amó los suyos hasta el extremo. (Jn 13, 1)
Cuando nos animamos a que en nuestras entrañas se engendre la paz encarnada en el rostro de Jesucristo.

¿Dejaremos pasar este don tan gratuito?

jueves, 12 de noviembre de 2015

VOCACIONES, ¿ESCASEZ O NEGLIGENCIA?

Observaciones incompletas sobre los jóvenes que buscan y las instituciones que acogen.
Por Emmanuel Sicre, sj

Dentro del marco desafiante las transformaciones sociales, del desencanto posmoderno, la crisis de las instituciones y de la representatividad, las repercusiones de la secularización, entre otras cuestiones, constatamos que el número de sacerdotes, religiosos, y religiosas ha disminuido en muchos países del mundo. Para atender a esta problemática se ha comenzado a desplegar una serie de estrategias de atracción de todo tipo, que, en más de una ocasión, deja el sabor amargo de un trabajo un poco frustrante.



Es evidente que el contexto de años en que hubo una “hiperinflación” de vocaciones ha cambiado. Además, quien quiere servir en la Iglesia de manera comprometida encuentra opciones en la actualidad que ya no se reducen solamente al rol del religioso o la religiosa. Los modos son cada vez más diversos. Miles de laicos en el mundo tienen mayores responsabilidades y celo apostólico, que muchos consagrados tanto en el campo social, como educativo, misionero, etc. Queda claro, además, que en una familia numerosa, de las que abundaban antes, que uno se hiciera religioso no era un problema, pero en una familia pequeña como las de ahora, la cuestión se complica. Es cierto también que el mundo secularizado ha golpeado los valores tradicionales de muchas familias llevándolas a desafíos nuevos, y diluyendo la opción religiosa del horizonte. Las propuestas de religiosidades contemporáneas han desdibujado también los contornos de la vocación religiosa o sacerdotal haciéndola algo extraño o estereotipado. Del mismo modo sucede con las idealizaciones de santos inalcanzables que no son atractivas para muchos de los jóvenes de hoy, o que generan un sentimiento de “él sí, pero yo no puedo hacer eso”. No quedan atrás los escándalos de varones y mujeres consagrados de la Iglesia que proyectaron una imagen degenerada de lo que es una persona de Dios, y si hay algo que molesta es descubrir que lo bueno haya devenido en malo. Éstas y otras causas llevan a plantear el tema de la escasez de vocaciones, uno de los puntos más claros de la crisis en la vida religiosa.
¿Será que ya no hay más gente que se pregunte por la vida religiosa o el sacerdocio? ¿Será que no sabemos acogerlas? ¿Será que Dios ya no manda más “operarios a la mies”? ¿Acaso estamos confundidos en la estrategia de atracción? Y si logramos atraer, ¿por qué no perseveran?

Dos niveles para pensar. Por un lado, los que andan en búsqueda de ser sacerdotes o religiosos, religiosas. Y, por otro, aquellas instituciones tales como seminarios, congregaciones, sociedades apostólicas, institutos de vida consagrada que acogen. En fin, las dos caras de la moneda


QUIENES BUSCAN



Respecto de los jóvenes que se plantean la vocación es claro que la pregunta existe. Aquellos que buscan qué hacer de su vida y que, de alguna manera u otra, han tenido una experiencia positiva con algún sacerdote o religiosa cuyo estilo de vida desean imitar, se preguntan si eso no es también para él o ella. “Maestro, ¿dónde vives?” (Jn 1,38), ha dicho más de uno. Quizá no con la determinación de llevarlo a cabo, pero sí como posibilidad. Este cuestionamiento está directamente conectado con lo profundo de las aspiraciones del ser humano encarnadas en Jesucristo: el amor, la paz, el altruismo, la solidaridad, la justicia, la oración, la entrega en el servicio. Deseos que emergen con mayor fuerza en un espíritu joven (no hablo de edad) y entusiasmado con la vida. A su vez, estas notas se linkean con la dedicación a una vida espiritual intensa y fecunda tal como se encarna en aquellas personas de Dios que alguna vez todos conocimos. Y claro, el testimonio atrae. A decir verdad es lo único que sirve para atraer a quien sea hacia Dios. Esto es lo que hizo Jesús dando testimonio de su Padre: “sólo hablo lo que el Padre me ha enseñado” (Jn 8,28).
A su vez, resulta que muchos de los que se plantean la vida sacerdotal o religiosa encuentran una respuesta a sus carencias psicológicas y afectivas. Pero es cierto también, que a otros tantos les funciona en dirección opuesta, alejándolos, porque piensan que nunca podrían llegar al ideal que se han diseñado de la vida sacerdotal o religiosa, y “desoyen” el llamado por creerse incapaces de responder. Quizá dicho ideal sea una defensa a plantearse más comprometidamente la respuesta positiva, y terminan como el joven rico que “oyendo esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones” (Lc 18,23). O quizá tienen que seguir buscando qué modo de servir es aquel que mejor le calza con eso que el Espíritu les inspira en su vida.
A aquellos que tienen un deseo de reorientarse, ordenarse y “volver al camino” después de una vida “licenciosa”, este tipo de opción les viene al pelo para poder lograrlo. Y lo desean con buena intención. En efecto, las instituciones de formación muestran estructuras más o menos sólidas que representan el ideal de aquello que nunca se podría lograr “afuera”. A esto se suma que las agresiones culturales a nuestra sensibilidad hacen de nosotros personas cada vez más débiles y alienadas. Por lo cual, la opción de una vida así viene a ser una especie de “refugio” ante las adversidades. Cuestión que tiene en parte su verdad, pero no es todo.
Si llegan a ingresar a la formación religiosa comienzan a darse cuenta de que no es cielo, sino también tierra. Esto es obvio, pero desde afuera no se ve porque hay un velo que encubre el polo negativo con una especie de “angelización”. Lo cierto es que la formación en la vida sacerdotal y religiosa convive con los conflictos, problemas y derroteros propios de toda realidad. No se es “mejor” o “peor” por estar “adentro”. He aquí una cuestión clave. La vida religiosa no nos hace mejores que los demás, no nos desinfla nuestro ego irrespetuoso, no nos salva de nuestra miseria. Esto es tarea de Dios. Sólo cuando el religioso o la religiosa se dan cuenta de que optaron por esto no para ser poderosos, famosos, queridos y superiores, sino para dar respuestas más allá de las fragilidades, a algo que los mueve con fuerza arrolladora por dentro en pos de servir, entregarse y amar olvidándose de sí, es que se queda y resiste con alegría las contingencias del camino que toda vida tiene. (Aunque también están los que se quedan porque “afuera” no podrían subsistir y se acostumbraron quizá a vivir de la vida religiosa porque les resulta cómodo).

En cierto sentido, no es muy distinto lo que sufre una pareja que se prepara para estar toda la vida juntos, a lo que padece un religioso que busca entregarse también toda la vida al servicio de Dios en los hermanos. Es el ser humano que opta, y Dios que acompaña, sostiene, alienta, fortalece, guía, enseña, trabaja por cada uno de nosotros.

QUIENES ACOGEN
Los responsables de recibir las inquietudes de miles de jóvenes que se plantean seriamente la vocación a la vida sacerdotal o religiosa, se encuentran con un desafío enorme. ¿Cómo ser instrumento de libertad y no de manipulación? ¿Cómo atraer sin convencer? ¿Cómo allanar el camino a Dios y no ser obstáculo en la vida del otro? ¿Cómo no anteponer la necesidad de vocaciones al bien de quien busca? ¿Cómo acompañar y no conducir? ¿Cómo decir no a tiempo?
Asumir la vida de otra persona en búsqueda es una responsabilidad que requiere siempre mucha delicadeza y confianza en el Dios de Jesús. Algunos le huyen, otros se desbordan, y hay quienes son más equilibrados. Lo cierto es que, en la mayoría de los casos, vemos en quien busca a un persona que se experimenta atraída por algo que es muy valioso para el acompañante. A decir verdad, es hermoso darse cuenta de que Dios llama a alguien a la misma tarea que yo bajo la misma inspiración. Es bello sentir que Dios sigue trabajando para que haya consagrados y consagradas a él en este estilo de vida. A los religiosos nos conmueve saber que no estamos solos en este camino tan apasionante y lleno de desafíos. Pero no resulta fácil acoger.
La gama de instituciones que reciben a quienes buscan es enorme. De las más rígidas a las más laxas. De las que no permiten un paso en falso, a las que ceden a cualquier cosa. De las que “psicologizan” a todos, hasta las que hacen daño a la psicología de las personas por negligentes. De las que admiten sólo a los mejores, a las que autorizan desesperadamente a quien toque el timbre. De las que domestican en serie, a las que hacen de sus comunidades un circo. En medio de estos extremos caricaturizados, se encuentran las que pretenden hacer las cosas bien, siguiendo la tradición propia de su carisma y encontrándole la vuelta a las contingencias actuales con valentía
La complejidad de la acogida de las vocaciones es seria. Requiere paciencia, formación y mucho espíritu de discernimiento. Pero más allá de las actitudes personales que cada uno asuma como parte del testimonio, es necesaria una respuesta más o menos planificada, progresiva y actualizada. No se puede recibir a alguien bajo unas condiciones que luego cambian completamente con quien trae unas nuevas. Es decir, el desconcierto de algunos religiosos ya formados se traslada a tal punto a la vida de los jóvenes que hacen desistir hasta al más perseverante. Es comprensible, en este sentido, que muchos sacerdotes, religiosas o religiosos que se formaron bajo el “esquema de perfección”, y aún perseveran, intenten dar de aquello que recibieron y las actualizaciones que hacen no alcancen a dar respuestas a los modos en que aparecen los temas humanos de quienes quieren ser religiosos. Sucede entonces que los parámetros, las normas y juicios con los que se rigen dentro de las instituciones ya no forman tanto como antes, sino todo lo contrario: deforman. Es el caso de quien impone reglas automáticamente (quizá sin mala intención) porque no sabe cómo acercarse con paciencia al conflicto humano de quien busca y no está libre de equivocaciones. Cuesta entrever qué hacer, pero al parecer el esquema de “ley pareja no es rigurosa” ya no funciona. De a poco se percibe cada vez con más y más fuerza que cada persona necesita de su propio método, de su propio proceso que ni ella misma conoce y hay que descubrir juntos, como yendo tras de la vida, como ayudándole a nacer. Ésta pareciera ser la tarea de quien recibe una vocación. Una especie de mayéutica.
Podríamos pensar con algún grado de acierto que las instituciones con mayor testimonio de arrojo y valentía son las que más vocaciones reciben. Esto es relativo si el testimonio está fundado sólo en la voluntad de sus miembros, o en el color del hábito. En este sentido muchas congragaciones se esfuerzan por mostrar lo sacrificado de nuestra vida como un polo de atracción que se aprovecha de psicologías a veces enflaquecidas y que andan buscando soportes que no pueden encontrar en sí mismas. Esto configura un problema cuando la cuestión del acompañamiento de la persona no está previendo su autonomía y la convierte en codependiente en vez de interdependiente.

¿ESCASEZ O NEGLIGENCIA?


Pareciera que la balanza se inclina más hacia la negligencia que hacia la escasez. Si en verdad confiamos en que Dios envía corazones generosos para las necesidades de la Iglesia que Él quiere, y experimentamos que no hay vocaciones sacerdotales ni religiosas, entonces necesitamos discernir qué nos está diciendo Dios a la luz de los signos de los tiempos. No ser negligentes sería discernir por dónde nos está llevando el Espíritu de Dios con un corazón libre, preguntarse si lo que hacemos como religiosos es lo que necesita la Iglesia hoy, arriesgarse a transformar modelos mentales e institucionales caducos, y confiar en que Dios está guiándonos en la historia.
No se trata de no equivocarse, sino de que nuestro testimonio provoque en quien busca la pregunta fundamental: “¿será que Dios me está llamando para estar con Él?” O también en nosotros los religiosos (con una mano en el corazón): ¿la vida que llevamos es digna de ser imitada? Y, luego, discernir juntos de cara a Dios: quien busca y quien acoge, como dos peregrinos del Espíritu. Buscadores que se ayudan mutuamente y se retroalimentan en la búsqueda de Dios, desafiando las trampas del mal espíritu, sanando las heridas de la historia, reconstruyendo la autenticidad negada para el servicio de los demás.
Quizá el testimonio que conmueve a los jóvenes sea aquel que es real, que da cuentas de una vida interior honda, o de una alegría contagiosa, o de una dedicación auténtica, o de una libertad cuestionante, o de una cruz llevada con Cristo. Aquel testimonio que se revela en la vida de los tantos y tantas que están con Jesús y que quieren permanecer con él, aunque sean frágiles. Aquel testimonio de los discípulos en Tiberíades que “estaban juntos” y deciden seguir a Pedro cuando dice “voy a pescar” porque tienen ganas de compartir la vida y los trabajos en la misma barca: “también nosotros vamos contigo”, le dijeron. Sólo así podremos ser testigos de la bendición abundante del Resucitado que nos invita a compartir la mesa y la vida.  (Ver: Jn 21, 3)
Los y las jóvenes que están dispuestos a entregar su vida no se la van a dar a cualquiera que les ofrezca finalmente un castillo de arena, un hábito que vestir, unas reglas que cumplir, o unas experiencias de supermercado y una historia gloriosa, no alcanza; si no a aquellos que les enseñen a seguir a Jesús con libertad, generosidad y arrojo, porque lo ven encarnado en su ser y en el del cuerpo al que pertenecen, porque buscan que Dios se haga presente en sus vidas tal y como son, porque desean con todo el corazón servir a los demás sin heroísmos de hojarasca, porque saben sufrir con los que sufren, llorar con los que lloran, llevar sus cruces con amor, y alegrarse de esos momentos de Reino que suceden a diario en este mundo herido, pero profundamente amado por Dios.

Por eso, más allá de la estrategia, tendríamos que dejar que el Resucitado le pregunte 3 veces a nuestras estructuras institucionales, a nuestras formas de tratarnos de siempre, a nuestro celo apostólico diario, al nervio de nuestros corazones, a nuestros votos y promesas, a nuestro sacerdocio, a nuestra promoción vocacional: “¿me amas más que a éstos?” (Jn 21, 15). 

domingo, 1 de noviembre de 2015

¿QUÉ ES UN SANTO?


por  Emmanuel Sicre, sj
Un santo es aquel neurótico que se sintió salvado, 
aquella prostituta que se dejó amar en serio, 
aquel herido que se dejó curar, 
aquella angustiada que se dejó alegrar la vida, 
aquel mentiroso que fue encontrado por la Verdad, 
aquella sedienta que bebió del agua Viva, 
aquel pobre que se dejó enriquecer, 
aquella rica que se dejó empobrecer, 
aquel pretensioso que se dejó llenar el alma de Dios, 
aquella avara que abandonó su última moneda, 
aquel infeliz que se dejó de quejar,
aquella guerrillera que la paz le besó los bordes de su alma, 
aquel torpe que se dejó cincelar por la sabiduría de otros, 
aquella miedosa que se dejó ayudar por los cirineos de la historia, 
aquel político fiel a sus convicciones aunque se haya embarrado, 
aquella que no se escandalizó del LGTB y bogó por vidas dignificadas,
aquel que cuidó al enfermo y pagó su cuenta al regresar de su trabajo, 
aquella que amamantó en la dificultad porque su alimento era la fe y el amor, 
aquel que trabajó día y noche como su Padre, 
aquella que se hizo próxima al dolor del sufriente para lavar sus lágrimas, 
aquel que sin saberlo alababa a Dios con sonrisas esparcidas por el mundo, 
aquella abandonada que se sintió rescatada, 
aquel que perdió el esquema de perfección para pasarse al del amor, 
aquella que siendo jueza de todos perdió por la ternura del juicio del Amor,
aquel criticón amargado dueño del mundo que antes de morir pidió perdón, 
aquella monja que dejó de maltratar a sus hermanas, 
aquel cura que abandonó el infierno de la Ley por el cielo de la fraternidad, 
aquella niña que despertaba cada mañana besando a sus padres, 
aquel descarriado que se subió al carro del sentido que regaló una mirada honesta, 
aquella abuela que después de darlo todo siguió sonriendo y jugando, 
aquel perdonado que se animó a perdonar, 
aquella infiel que se dejó restaurar por el Fiel, 
aquel hijo de puta que lloró sin parar cuando vio su error, 
aquella que educó con el ejemplo del único Maestro de su vida, 
aquel joven que se pregunta si el ciento por uno es para él, 
aquella incrédula que creyó porque se fiaron de ella por primera vez, 
aquel que confió más en Dios actuando en la historia que en su idea de Dios,
aquella que asumió su cruz como entrega y no como castigo,
aquel que dejó de pensar la santidad como esfuerzo de su voluntad para dejarle paso a la fuerza arrolladora de la gracia que el Espíritu derrama sin cesar en nuestra vida. 

domingo, 9 de agosto de 2015

ORACIÓN ECOLÓGICA


                                             
                                                         Por Daniel Spotswood, sj (USA) y Emmanuel Sicre, sj (ARG)


1. Ubicación en el lugar en círculos en el centro la cruz con los 4 elementos.
2.   Disponernos para la oración. Relajación música tranquila.
3.   Leer el Cántico de las criaturas por San Francisco de Asís

1. Altísimo y omnipotente buen Señor,
tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición.
A ti solo, Altísimo, te convienen
y ningún hombre es digno de pronunciar tu nombre.
2. Alabado seas, mi Señor, en todas tus criaturas,
especialmente en el Señor hermano sol,
por quien nos das el día y nos iluminas.
Y es bello y radiante con gran esplendor,
de ti, Altísimo, lleva significación.
3. Alabado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas,
en el cielo las formaste claras y preciosas y bellas.
4. Alabado seas, mi Señor, por el hermano viento
y por el aire y la nube y el cielo sereno y todo tiempo,
por todos ellos a tus criaturas das sustento.
5. Alabado seas, mi Señor por la hermana Agua,
la cual es muy humilde, preciosa y casta.
6. Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego, por el cual iluminas la noche,
y es bello y alegre y vigoroso y fuerte.
7. Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra,
la cual nos sostiene y gobierna
y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas.
8. Alabado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor,
y sufren enfermedad y tribulación;
bienaventurados los que las sufran en paz,
porque de ti, Altísimo, coronados serán.
9. Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.
10. Ay de aquellos que mueran en pecado mortal.
Bienaventurados a los que encontrará
en tu santísima voluntad
porque la muerte segunda no les hará mal.
11. Alaben y bendigan a mi Señor
y denle gracias y sírvanle con gran humildad... Amén.

4.      Demos gracias por la Creación recibida

1. Dios Creador del Universo entero que tu agua nos bautizas.
Te damos gracias por todo lo creado para el bien de cada ser humano de la Tierra.
Gracias por el tiempo que se hace historia y nos acoge en su regazo
Gracias por el espacio que hace del mundo nuestra casa común
Gracias Señor del Cielo por lo que recibimos de quienes cultivan, siembran y protegen la tierra a diario,
Gracias por lo que nos das en quien engorda los animales que comemos,
Gracias por nuestro cuerpo, mediación simbólica del mundo entero.
Gracias por tener un lugar donde habitar dignamente, por el dinero que recibo, por las mediaciones que la Compañía me regala para formarme. 
2. Te damos gracias Señor por la paciencia con la que esperas que nos demos cuenta de que somos criaturas tuyas,
Gracias Señor por la posibilidad de reconocerte presente en las criaturas y activo trabajador en pos del hombre que tanto amas.
Gracias por hacernos cocreadores a imagen tuya. 
Gracias Señor por la sabiduría que nos regalas en el Libro de la Naturaleza y por la incansable bondad con la que nos enseñas a cuidar de lo creado.
Gracias también por darnos la inteligencia para protegernos de lo que nos daña, y sufrir con compasión el ser limitados y frágiles peregrinos en el mundo.
Gracias finalmente porque no nos dejas solos arrojados a la existencia sino que nos cuidas, nos guías, nos instruyes y nos acompañas. AMÉN.


CANTO: GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS SEÑOR…

Ahora demos Gracias por los demás seres humanos.

1. Padre Nuestro, gracias por la humanidad que somos y por ser el aire con el que respiramos tu presencia entre los hombres.
Gracias Padre por hacernos tus hijos en Jesucristo, nuestro hermano mayor.
Gracias por cada ser que habita esta tierra.
Gracias por los ancianos que acunan la sabiduría de los pueblos con alegría y nos enseñan a sufrir con paciencia las dificultades de la existencia.
Gracias por nuestros padres, los presentes y los ausentes, porque por medio de ellos hemos recibido la vida.
Gracias por nuestras familias que nos tejieron para ser hombres de verdad.
Gracias por nuestros hermanos de sangre que nos abren a la fraternidad universal que nos propones en tu Hijo.
Gracias por nuestros amigos que nos enseñan la gratuidad auténtica en el compartir la vida.
Gracias por los niños que nos bajan de nuestras pretensiones exacerbadas para señalarnos el  camino del Reino.
2. Gracias por nuestros compañeros jesuitas, los que amamos y los que aguantamos, porque nos muestras que tu llamado es más generoso que nuestras limitaciones.
Gracias por las personas que más nos cuestan porque nos invitas a expandir nuestra paciencia, a agrandar el corazón y a sentir cuánto se nos soportan nuestras miserias.
Gracias por la inagotable fuente de amor con la que perdonas nuestras ofensas, explícitas o encubiertas, gracias por la paciencia con la que esperas que nos demos cuenta de que no debemos juzgarnos entre nosotros.
Gracias Señor por invitarnos a una justicia que va más allá de los merecimientos despertándonos al amor.
Te damos gracias Señor por la alegría que nos regalas cuando nos encontramos profundamente con alguien que nos abre los ojos, resucitándonos.
Te damos gracias Padre Nuestro porque cuando trabajamos por tu Reino nos sentimos hijos, hermanos y padres dispuestos a darlo todo. AMÉN. 

CANTO: GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS SEÑOR…

Ahora demos GRACIAS por el misterio de la vida de Dios en nuestra vida.

1. Dios del fuego que alumbras las tinieblas y traes luz a los corazones, 
Gracias por el misterio que envuelve nuestra existencia.
Gracias porque no podemos atraparte, encerrarte, ni conceptualizarte, y nos mantienes siempre en búsqueda de ti.
Gracias porque nos muestras que en la apertura está la posibilidad de encontrarte.
Gracias porque nos invitas a discernir cómo te haces presente entre nosotros a través de tus mociones.
Gracias porque con tu Hijo, nuestro hermano Jesús, nos diste la clave para distinguirte actuando y haciendo Reino en medio de la Historia.
2. Gracias porque los pobres seremos saciados, los que lloramos reiremos, los que sufrimos seremos consolados, los cansados seremos aliviados, los perseguidos seremos recibidos por ti.
Gracias porque en la humillación nos muestras el camino de la humildad.
Gracias porque para ser ensalzados debemos humillarnos, para ser engrandecidos empequeñecernos, y para ser elevados abajarnos.
Gracias porque con tu luz disipas las tinieblas de nuestro corazón en el momento de la lucha espiritual.
Gracias Padre del Cielo y de la Tierra porque has revelado los misterios del Reino a los humildes y pequeños.
Amén.


CANTO: GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS SEÑOR…

Por último demos GRACIAS por cada uno de nosotros mismos.
1. Dios que de la tierra insuflada con tu soplo nos hiciste
Te doy gracias por mí mismo, por haber venido a este tiempo y a este espacio.
Gracias por mi cuerpo y sus posibilidades
Gracias por mi carácter y mis modos de ser
Gracias por mis deseos y aspiraciones
Gracias por mis oídos con los que me puedo escuchar tu voz, mi voz y la de los hermanos.
Gracias por mi boca con la que puedo saborear los alimentos y la Palabra que viene a nutrirme de ti.
Gracias por mis ojos con los que puedo ver el mundo y lo que haces en él para bien de los que te amamos.
2. Gracias por mi piel con la que puedo sentir dando y recibiendo las texturas del cariño, el afecto y el abrazo.
Gracias por mi nariz con la que puedo oler descubriendo los matices de lo real olfateando lo que me hace bien y lo que mal.
Gracias Señor por  mi mundo interior sede del encuentro con el Espíritu con el que tomo las decisiones que me acercan a Ti.
Gracias Señor por mis trabajos, mi estudio, mi apostolado y mi gustos.
Gracias finalmente, Señor, por fecundidad que me habita y el deseo de servite.  

CANTO: GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS SEÑOR…


5.     Ahora haremos meditación sobre el pecado social con las palabras de Laudato Si

En la encíclica Laudato Si, el papa Francisco dice que “la existencia humana se basa en tres relaciones fundamentales estrechamente conectadas: la relación con Dios, con el prójimo y con la tierra. Según la Biblia, las tres relaciones vitales se han roto, no sólo externamente, sino también dentro de nosotros. Esta ruptura es el pecado. La armonía entre el Creador, la humanidad y todo lo creado fue destruida por haber pretendido ocupar el lugar de Dios, negándonos a reconocernos como criaturas limitadas. Este hecho desnaturalizó también el mandato de “dominar” la tierra (Gn 1,28) y de “labrarla y cuidarla”(Gn 2,15). Como resultado, la relación originariamente armoniosa entre el ser humano y la naturaleza se transformó en un conflicto (Gn 3,17-19). Por eso es significativo que la armonía que vivía san Francisco de Asís con todas las criaturas haya sido interpretada como una sanación de aquella ruptura. Decía san Buenaventura que, por la reconciliación universal con todas las criaturas, de algún modo Francisco retornaba al estado de inocencia primitiva. Lejos de ese modelo, hoy el pecado se manifiesta con toda su fuerza de destrucción en las guerras, las diversas formas de violencia y maltrato, el abandono de los más frágiles, los ataques a la naturaleza. (66).

¿Dónde están las rupturas en nuestras relaciones con Dios, con el prójimo y con la tierra?

1.) La ruptura social con el agua (con lo recibo en la creación):

“Mientras se deteriora constantemente la calidad del agua disponible, en algunos lugares avanza la tendencia a privatizar este recurso escaso, convertido en mercancía que se regula por las leyes del mercado. En realidad, el acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico, fundamental y universal, porque determina la sobrevivencia de las personas, y por lo tanto es condición para el ejercicio de los demás derechos humanos. Este mundo tiene una grave deuda social con los pobres que no tienen acceso al agua potable, porque eso es negarles el derecho a la vida radicado en su dignidad inalienable. Esa deuda se salda en parte con más aportes económicos para proveer de agua limpia y saneamiento a los pueblos más pobres. Pero se advierte un derroche de agua no sólo en países desarrollados, sino también en aquellos menos desarrollados que poseen grandes reservas. Esto muestra que el problema del agua es en parte una cuestión educativa y cultural, porque no hay conciencia de la gravedad de estas conductas en un contexto de gran inequidad” (30).

2.) La ruptura social con el aire (con el bien común):

“El clima es un bien común, de todos y para todos. A nivel global, es un sistema complejo relacionado con muchas condiciones esenciales para la vida humana. Hay un consenso científico muy consistente que indica que nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema climático. En las últimas décadas, este calentamiento ha estado acompañado del constante crecimiento del nivel del mar, y además es difícil no relacionarlo con el aumento de eventos meteorológicos extremos, más allá de que no pueda atribuirse una causa científicamente determinable a cada fenómeno particular. La humanidad está llamada a tomar conciencia de la necesidad de realizar cambios de estilos de vida, de producción y de consumo, para combatir este calentamiento o, al menos, las causas humanas que lo producen o acentúan. Es verdad que hay otros factores (como el vulcanismo, las variaciones de la órbita y del eje de la Tierra o el ciclo solar), pero numerosos estudios científicos señalan que la mayor parte del calentamiento global de las últimas décadas se debe a la gran concentración de gases de efecto invernadero (dióxido de carbono, metano, óxidos de nitrógeno y otros) emitidos sobre todo a causa de la actividad humana. Al concentrarse en la atmósfera, impiden que el calor de los rayos solares reflejados por la tierra se disperse en el espacio. Esto se ve potenciado especialmente por el patrón de desarrollo basado en el uso intensivo de combustibles fósiles, que hace al corazón del sistema energético mundial. También ha incidido el aumento en la práctica del cambio de usos del suelo, principalmente la deforestación para agricultura.


3.) La ruptura social con el fuego (con el misterio):

“No somos Dios. La tierra nos precede y nos ha sido dada” (67).
“Cuando el ser humano se coloca a sí mismo en el centro, termina dando prioridad absoluta a sus conveniencias circunstanciales, y todo lo demás se vuelve relativo. Por eso no debería llamar la atención que, junto con la omnipresencia del paradigma tecnocrático y la adoración del poder humano sin límites, se desarrolle en los sujetos este relativismo donde todo se vuelve irrelevante si no sirve a los propios intereses inmediatos. Hay en esto una lógica que permite comprender cómo se alimentan mutuamente diversas actitudes que provocan al mismo tiempo la degradación ambiental y la degradación social. . . Es también la lógica interna de quien dice: ‘Dejemos que las fuerzas invisibles del mercado regulen la economía, porque sus impactos sobre la sociedad y sobre la naturaleza son daños inevitables’” (122-123).
“La protección ambiental no puede asegurarse sólo en base al cálculo financiero de costos y beneficios. El ambiente es uno de esos bienes que los mecanismos del mercado no son capaces de defender o de promover adecuadamente. Una vez más, conviene evitar una concepción mágica del mercado, que tiende a pensar que los problemas se resuelven sólo con el crecimiento de los beneficios de las empresas o de los individuos (190).
“Un mundo frágil, con un ser humano a quien Dios le confía su cuidado, interpela nuestra inteligencia para reconocer cómo deberíamos orientar, cultivar y limitar nuestro poder” (78).

 4.) La ruptura social con la tierra (con mí mismo):

“Nuestro cuerpo nos pone en relación directa con el ambiente y con los demás seres humanos. La aceptación del propio cuerpo como don de Dios es necesaria para acoger y aceptar el mundo entero como don del Padre y casa común; en cambio una lógica de dominio sobre el propio cuerpo se transforma en una lógica a veces sutil de dominio sobre la creación. Aprender a recibir el propio cuerpo, a cuidarlo y a respetar sus significados, es esencial para una verdadera ecología humana. También la valoración del propio cuerpo en su femineidad o masculinidad es necesaria para reconocerse a sí mismo en el encuentro con el diferente. De este modo es posible aceptar gozosamente el don específico del otro o de la otra, obra del Dios creador, y enriquecerse recíprocamente.” (155).


6. Hacemos nuestros pedidos de perdón

Perdónanos Señor por nuestras rupturas contigo, con nuestros hermanos y con nosotros mismos…
Canto: Perdónanos Señor

Perdónanos Señor cuando perdemos el don de admiración y asombro, y nos olvidamos de reconocer la creación de Dios como regalo…
Perdónanos Señor

Perdónanos Señor cuando nos desentendemos de los pobres que sufren de manera desproporcionada de los efectos del cambio climático, y no aportamos con gestos cotidianos a la creación de una conciencia más justa para aliviar este dolor...
Perdónanos Señor

Perdónanos Señor por la falta de solidaridad entre nosotros en el trabajo para proteger nuestro hogar común…
Perdónanos Señor

7. para concluir oremos con la Iglesia la oración que nos propone el Papa:


Oración por nuestra tierra

Dios omnipotente,
que estás presente en todo el universo
y en la más pequeña de tus criaturas,
Tú, que rodeas con tu ternura todo lo que existe,
derrama en nosotros la fuerza de tu amor
para que cuidemos la vida y la belleza.
Inúndanos de paz, para que vivamos como hermanos y hermanas
sin dañar a nadie.
Dios de los pobres,
ayúdanos a rescatar
a los abandonados y olvidados de esta tierra
que tanto valen a tus ojos.
Sana nuestras vidas,
para que seamos protectores del mundo
y no depredadores,
para que sembremos hermosura
y no contaminación y destrucción.
Toca los corazones
de los que buscan sólo beneficios
a costa de los pobres y de la tierra.
Enséñanos a descubrir el valor de cada cosa,
a contemplar admirados,
a reconocer que estamos profundamente unidos
con todas las criaturas
en nuestro camino hacia tu luz infinita.
Gracias porque estás con nosotros todos los días.
Aliéntanos, por favor, en nuestra lucha

por la justicia, el amor y la paz.