jueves, 16 de octubre de 2014

ENTRE CONSERVADORES Y PROGRESISTAS...


¿Cómo comprender ciertas 
actitudes dentro de la Iglesia?

Por Emmanuel Sicre, SJ

Los últimos debates sobre el Sínodo de las familias han hecho florecer algunas actitudes entres los creyentes que vale la pena tener en cuenta para ver qué hay detrás de las trincheras que se arman. ¿Cuál es la actitud que se percibe entre "conservadores" y "progresistas"? ¿Cuál sería una actitud posiblemente más apropiada para tratar temas tan importantes?



La fe desde una actitud conservadora


Diseñemos en modo general y algo irónico algunos de los rasgos de esta mentalidad. Hay un principio básico respecto de la fe para alguien que se comprende como conservador: ¿por qué hay que cambiar? Su conflicto es con el cambio, con lo que evoluciona, con lo que se mueve dentro de la realidad. Ha comprendido que la religión es un bloque que se acata o se deja, pero que no hay medias tintas. Para él la fe es un conjunto de verdades “eternas” que cayeron del cielo y que no tienen por qué ser cuestionadas. Descubrió que así es más fácil creer y sostener su fe. Para un pensamiento conservador Jesucristo trajo verdades que cumplir, en vez de encontrar que es Él la Verdad de la vida. Hay un clericalismo arraigado en lo que dicen los curas y los obispos, por lo tanto le resulta más accesible medir su fe más con un catecismo que con el Evangelio mismo, y necesita fundamentar sus convicciones con citas textuales de la Biblia, como si fuera una especie de “diccionario de inequívocos”. En fin, teme que le cambien lo que cree.

La actitud conservadora está relacionada a una psicología del cumplimiento a las leyes religiosas y esto la hace digna de pertenencia. Se siente justificada por las leyes y la doblega la culpa y el remordimiento insano cuando no logra cumplir alguna. Por eso en este esquema sí o sí, no hay margen para los “incumplidores”. Como yo cumplo, los demás también deben hacerlo.

La actitud conservadora gusta de las formas y la pulcritud ritual porque allí encuentra la realización de una realidad “supranatural”. Por ejemplo, le indigna que los demás no se arrodillen en la consagración o que alguien tome la eucaristía con la mano, o que el sacerdote sea amigo de gente “pecadora”, o que tal o cual no cumpla y participe igualmente. En verdad lo que sucede es que la persona con una actitud conservadora como se siente justa y buena, el Mal Espíritu la hace erigirse en “juez” de los demás. Dado que le cuesta aceptar el cambio y la evolución de la fe en su propio desarrollo personal, le resulta aún más difícil las nuevas manifestaciones espirituales que presentan los contextos actuales. Claro testimonio de esto es que se escandalicen con aquellas cosas que parecen inaceptables como la bondad de los homosexuales o la compasión con los desechados socialmente, y no con la corrupción política o la exclusión, por ejemplo. En este sentido la actitud conservadora desconoce un poco la compasión porque en su psicología le es imposible aceptar el error y el perdón de sí mismo, porque siente que no se equivoca tanto como aquéllos.

Pero la dificultad más grande que sufre una actitud conservadora es la de espiritualizar la realidad para que no le haga daño. Entonces no la mira como un desafío en el cual encontrar a Dios caminando entre la multitud, sino como una amenaza que le acecha su modo comprenderlo, asesinado por todos los malos de este mundo decadente y pecador. Por eso sobrevalora sentimientos como paz y tranquilidad. De allí que su deseo de justicia sea la de la justicia retributiva que aparece en el Antiguo Testamento donde los malos recibirán males y los buenos bendiciones por sus actos en esta vida. En definitiva siente miedo ante “el juicio divino del que nadie se salva”. Se trata, a grandes rasgos, de una actitud religiosa un poco infantil pasados los 25 años.


La fe desde una actitud progresista

En cambio, y como reacción, la actitud progresista quiere eliminar toda rigidez y probablemente termina del otro lado de la trinchera. La actitud progresista ha superado su miedo a la ley al cuestionarla. Se liberó de ciertas ataduras y descubrió que en verdad no pasaba nada, que Dios no se regía según nuestros parámetros. Sucedió que el Mal Espíritu la llevó a despreciar a los que necesitan de normas para vivir su religiosidad. La puso del otro lado para que la división haga su trabajo de destrucción.

La actitud progresista quiere romper con los modelos tradicionales para que en el “shock” se produzca la luz de la conciencia, se develen algunas falsedades que cubrían lo que había creído siempre y todos se den cuenta de que a Dios no le interesan nuestros méritos de buena gente, sino que hagamos lo que él hizo, anunciar el Reino de Dios y trabajar por un mundo más justo. Esta es la bandera de Jesús, entonces para qué tanta regla si hay gente que nunca podría cumplir con ella porque vive en la miseria. Hay que rescatar al mundo. La propuesta progresista se envalentona entonces con la justicia que brota de una fe comprendida como fuerza innovadora que está en constante movimiento hacia Dios y se descarrila adueñándose del proyecto de Dios.

Se nota un rechazo de toda estructura institucional porque es dominadora de los más débiles, por eso se cuestiona cualquier autoridad. (El problema es que la historia muchas veces le da la razón). Si bien es un rasgo adulto regirse por la primacía de la conciencia personal, la dificultad viene cuando dicha visión de la realidad y la fe, se convierten, como en la personalidad conservadora, en juez sobreponiendo su conciencia a la de los demás. Entonces, la compasión y la solidaridad son con los desposeídos y débiles de este mundo, pero nunca con los que no entienden las cosas como ellos. He aquí la contradicción. 

Lo ritual en la mentalidad progresista es visto como pérdida de tiempo muchas veces, por eso necesitan todo el tiempo “innovar” para que la celebración sea más afectiva y menos distante. De ahí brotan con frecuencia excesos litúrgicos que finalmente separan, tanto como el exceso ritual conservador, la mística de la comunión universal con Jesucristo. Se trata entonces, de una actitud un poco adolescente pasados los 25 años.

¿Cuál sería la actitud madura de la fe?



Ante esta dialéctica, esbozada un poco a modo de caricatura, no cabe más que esperar la superación de ambas actitudes. De tal manera que se pueda acertar en una vivencia madura de la relación con Dios y la complejidad del mundo.

Una actitud madura encuentra que la realidad está habitada por el Espíritu de Dios y no se escandaliza sino sólo con aquello que atenta contra la vida de cualquier criatura. Ha logrado descubrir que la ley es una amiga en la que apoyarse en determinados momentos, pero se rige principalmente por la voz del espíritu que susurra en su conciencia y la invita a discernir siempre.  Por eso, la actitud madura no se casa con ninguna ideología y supera las polaridades meditando en su intimidad qué es lo que está en favor de la vida real habitada por Dios y de los demás. Es una actitud que discierne por eso relativiza lo inmediato y toma distancia para saber que todo le es lícito, pero no todo le es conveniente.

Es una mirada sabia que distingue las dificultades de las posibilidades, que no transa con el error, pero que comprende profundamente a quien se equivoca porque conoce su propia fragilidad, y no podría juzgarlo dado que se siente incapaz.

La actitud madura está abierta a las personalidades y no ve que ninguna sea superior a otra, las encuentra ubicadas en sus múltiples puestos en favor de la existencia humana. Por eso aborrece la división y busca la armonía en el amor más allá de las diferentes opciones que cada uno va tomando en la vida. Comprende, también, de modo equilibrado la necesaria institucionalidad de los grupos humanos. Es una actitud que toma conciencia de las deficiencias que tiene toda realidad, pero no se queja como si fuera imposible vivir con la carencia. La acepta y convive sanamente con la duda y la incertidumbre.  

Ritualmente logra acoger el misterio de la comunicación espiritual que se da en los múltiples símbolos religiosos, en la liturgia celebrada y en el sufrimiento compartido con los más débiles.

Finalmente, el rasgo profético más característico de la actitud madura de un creyente es la confianza. Confía en que es el Dios de la historia el que acompaña al hombre en su camino. Confía en los procesos lentos, amplios, serenos que marcan los hitos en la vida. Confía en el hombre, en su capacidad de pedir perdón, de animarse a ser mejor, en su solidaridad. Confía en que será parte de una historia y no su dueño. Confía en las múltiples manifestaciones de Jesucristo, que vino a rescatar a todo hombre existente sobre la Tierra para llenarlo de vida y felicidad, y cuenta con él para llevarlo a cabo. 



sábado, 4 de octubre de 2014

¿CÓMO PERDER LA FE SIN DARSE CUENTA?

Puntos para crecer. Preguntas para ahondar.
Emmanuel Sicre, SJ

Es muy común escuchar a gente que ya no tiene fe, que la perdió en el camino, que se enfrió en su relación con Dios. O que ya ni sabe bien qué le pasa con la dimensión espiritual de su vida y siente como poco "vuelo" al percibir la realidad que vive o vive sin alegría. Si bien es cierto que la fe es una experiencia muy personal de cada ser humano donada por Dios, también es cierto que puede escurrirse de entre los dedos de nuestra historia hasta desaparecer.

¿Cuáles podrían ser algunos de los elementos que pueden llevarnos a comprender el proceso de unas posibles pérdida y recuperación de la fe en el Dios de Jesús (no otro)?


PERDER LA FE...

1. POR SATURACIÓN RELIGIOSA. Algunas personas recibieron en su infancia y juventud una catequesis demasiado pesada, llena de conceptos, de reglas y de prácticas obligatorias que por exceso terminaron hastiando. Muchas veces los padres, catequistas o maestros piensan que transmitir la fe es que conozcan solo las cosas del Catecismo y vayan a misa. Con lo cual se produce una saturación religiosa donde la persona ya no quiere oír hablar de todo este tema. De hecho, con más frecuencia de la que uno espera, se olvida que la fe de una persona crece junto con su proceso de desarrollo espiritual, corporal y psicoafectivo. Entonces encontramos el fenómeno de gente adulta con una fe infantil, o mayores con fe adolescente donde quedó trabado el crecimiento y se desfasó.

2. POR FALTA DE PREGUNTAS FUNDAMENTALES. Sucede que por diversas causas como la superficialidad y la evasión consumista, que almidonamos nuestras preocupaciones de tal manera que no nos afecten. Tanto padres "sobreprotectores" como "por de más flexibles", provocan confusión en los hijos porque no los dejan entrar en contacto con la realidad, que es la que trae las preguntas que ayudan a caminar. Les pasa mucho a las personas que viven en ambientes satisfechos. Sin preguntas existenciales por la vida, el amor, la muerte, los otros, no hay posibilidad de entrar en contacto con la dimensión espiritual donde se da la fe. Lo cierto es que cuando llegan los sufrimientos de la vida no se sabe a dónde recurrir.  

3. POR MIEDO A LA DUDA. En temas de fe tenemos el mito de que no se puede dudar. Entonces se ha creado una especie de "condena" a quien duda o cuestiona los fundamentos de la fe que le han transmitido. ¿Es de sentido común no experimentar dudas de fe? ¿Acaso no es procesual la incorporación de las cosas importantes de la vida? ¿De dónde hemos sacado que la fe es un bloque entero que se traga asintiendo doctrinas de un catecismo? La fe es un misterio y convivir con el misterio a nivel existencial es convivir con la duda. No podremos saberlo todo.

4. POR MORALISMOS RELIGIOSOS. La mayoría de las personas en muchos momentos de su vida, percibe la religión como un conjunto de reglas en el fondo de su experiencia religiosa. Es el reflejo que hacen aquellos que no quieren pertenecer a ninguna confesión religiosa cuando critican a la iglesia, por ejemplo. ¿Qué hicimos los que ayudamos en el camino de la fe para que la gente crea que una experiencia y pertenencia de fe es cumplir con reglas? En algunos, para sostener la pertenencia a la religión, se produce una "esquizofrenia" donde por un lado vivo mi vida moral y por otro mi vida religiosa. Se divorcia la fe con la vida y entonces se pierde el sentido. (Ni hablar del tema de moral sexual que daría para otro texto). Quienes no están dispuestos a esta dualidad finalmente dejan la religión de las reglas para ser honestos con su experiencia de fe individual.

5. POR FALTA DE SOLIDARIDAD con EL OTRO. Cuando nos quedamos encerrados en nosotros mismos el egoísmo nos consume la dimensión espiritual, la trascendencia de las cosas, y termina secando todo. El egoísmo es un fumigador de cualquier brote de vida real. Cuando somos insolidarios perdemos el contacto con lo esencial a toda persona que es su vincularidad a los otros. La solidaridad con los demás es el camino más claro por el cual podemos comprender si se tiene fe en el Dios de Jesús o no. Muéstrame tu fe sin obras y yo te mostraré por las obras mi fe, decía el apóstol Santiago (Cf. Sant 2, 14-26).

6. POR FALTA DE VIDA EN COMÚN CON OTROS CREYENTES. La fe cristiana nació comunitariamente y así se ha sostenido por más de dos milenios. Quien no comparte su fe la pierde, porque se le convierte en un adefesio individualista donde yo "creo a mi manera". Todos creemos a nuestro modo, quién puede negarlo, pero todos compartimos el hecho de ser engañados por el Mal Espíritu. Entonces, cuando no hay una comunicación de la experiencia de fe o se queda sólo aferrada a un par de normas para autojustificarse, o me invento un dios solo para mí, apartado del modo en que el Dios verdadero quiere comunicar el Espíritu del Reino entre nosotros.


DARLE ESPACIO AL DON DE LA FE

1. AMIGARSE CON EL SILENCIO Y DEJAR BROTAR. Quien no puede darse unos minutos en el día para estar en silencio no podrá nunca albergar aquello que viene de su interior. La tradición nos dice que la fe entra por el oído. En la medida en que aquietamos el cuerpo y la mente aunque sea con dificultad, podremos dejar brotar las múltiples manifestaciones de la vida y de la fe. Dios habla en lo más intimo de nuestro corazón, ¿cómo podremos acoger su voz si no callamos los ruidos internos?

2. CONVIVIR CON EL MISTERIO. La vida de fe es la vida de quien se anima a dejar de controlar todo con su mente y se abre a vivir en conexión con aquello que le da sentido a su ser pero sin saber mucho cómo se llama. Abrirse al misterio de la vida es aventurarse a descubrir los insondables dones que nos habitan, y que están esperando ser fecundos en un mundo que los necesita. Convivir con el misterio de un Dios que se hizo hombre para solidarizarse con nuestros sufrimientos y llevarnos a la vida plena de la resurrección.

3. DEJARSE ROMPER LOS ESQUEMAS PRECONCEBIDOS Y SUPERAR LA PRUEBA. Para poder crecer en la vida de fe tenemos que aprender que la fe evoluciona junto con las crisis propias de nuestro desarrollo. No podemos seguir creyendo en los reyes magos a los 30 años. Dios no cabe en nuestra mente por lo que es siempre nuevo. Si nos quedamos con aquello que aprendimos en la catequesis cuando éramos niños, o si nos estancamos en la rebeldía contra Dios de nuestra adolescencia, no podremos recibir la fe de un adulto, y más todavía, la preciosa experiencia de una fe madura. El crecimiento en la fe se da con el acompañamiento de otros que caminan en esta búsqueda y que nos ayudan a aprender y desaprender toda la vida.

4. COMPADECERSE DEL OTRO. Las primeras comunidades cristianas comprendieron que la gran novedad de Jesucristo había sido la compasión. A ningún judío de su época se le hubiese ocurrido ser solidario con un no judío, y menos aún compartirle su Dios. Por eso el escándalo de Jesús. Si hay una experiencia que logra consumar toda la experiencia cristiana para dejarnos vibrantes del Espíritu es la compasión. Con los demás y con nosotros mismos. Cuando somos capaces de hacerle lugar en el propio corazón y bolsillo a los "samaritanos" con los que nos encontramos a diario estamos comenzando a entrar en el misterio de Jesús.

5. DIALOGAR CON EL DIOS DE JESÚS (no otro). Es posible que muchos crean que rezar es recitar de memoria oraciones solamente. Pero no, quien quiera tener una experiencia religiosa del Dios de Jesús tendrá que dirigirse a él con sus propias palabras. Con aquellas que brotan de su vida cotidiana, de sus preguntas más inquietantes, de sus miedos, de sus sentimientos y emociones, de sus relaciones más profundas con los demás. Y hablar con el Padre de Jesús, o con Jesús mismo, o con el Espíritu que ora en nosotros.

6. FORMAR PARTE DE UNA COMUNIDAD. Tal como decíamos la forma de sostener una fe verdadera es siendo parte del Pueblo de Dios en alguna comunidad concreta donde pueda vivir, compartir y celebrar la fe. Es importante porque ayuda a sostenernos en los momentos de crisis espiritual. El Espíritu no tiene otro modo de comunicar su energía si no es en el vínculo que se establece entre las personas de la comunidad. No resulta común una especie de "ciencia infusa" dada a unos pocos místicos que ilustran al resto. Y si esto se da, la comunidad es la que en definitiva constata su veracidad.


Si bien podríamos ampliar toda esta realidad, creo que con estos puntos es posible entrar en diálogo en nuestro monasterio interior para que, al conversarlo con quien pueda ayudarnos, crezcamos en la experiencia de fe y no dejemos que se nos escurra de entre los dedos un don tan lindo como este. ¿Qué podremos perder?