viernes, 25 de diciembre de 2020

DIOS ES EL REGALO

Emmanuel Sicre, SJ

"Qué ha traído Jesús realmente, si no ha traído la paz al mundo, el bienestar para todos, un mundo mejor? ¿Qué ha traído? La respuesta es muy sencilla: a Dios. (...) Jesús ha traído a Dios y, con Él, la verdad sobre nuestro origen y nuestro

destino; la fe, la esperanza y el amor. Sólo nuestra dureza de corazón nos hace pensar que esto es poco. (...) Pero la gloria de Cristo, la gloria humilde y dispuesta a sufrir, la gloria de su amor, no ha desaparecido ni desaparecerá" (J. Ratzinger-Benedicto XVI, "Jesús de Nazaret")


La Navidad nos encuentra, en varias oportunidades, llevando a cabo un intercambio de cosas, en un ida y vuelta de pedidos y deseos, de demandas acompasadas por nuestras contradicciones humanas. ¿Y si aprovecháramos este tiempo en que la pandemia nos despojó de tantas cosas queridas a que también nos despoje un poco la Navidad? ¿Con qué nos podríamos quedar? 


Intuyo que la certeza de un Dios hecho bebé puede pasar desapercibida a nuestra sensibilidad excitada por los estímulos del consumo y el estrés, o cansada del sufrimiento y el dolor, o harta de la situación social y la rudeza de nuestro contexto que ha limitado nuestras relaciones más queridas. Sí, son muchas las cosas que podrían estar haciéndonos dejar de percibir lo importante de un Dios que se aproxima. 


Y, sin embargo, Dios viene igual. 


No espera el momento oportuno, se hace tiempo propicio e inaugura algo nuevo. 

No necesita todo ordenado, se hace armonía en el caos de lo que no controlamos. 

No teme a la noche fría, la ilumina cálidamente. 

No pretende un lugar limpio para llegar, sino que se hace pureza en la escoria. 

No cumple con una idea linda de lo que debería ser Dios, es realidad que lo embellece todo dotándolo de vida. 

No trae lo que le pedimos, se hace don él mismo. 

No cae del cielo como un rayo tremendo y soberbio, se gesta humildemente en las entrañas de una madre y en la confianza de un padre.  

No viene desde arriba, sino desde abajo, emergiendo con simpleza. 

No responde nuestras preguntas, se hace palabra sabia que, misteriosamente, desconcierta y calma a la vez. 

No pide vestidos lujosos, sólo es envuelto en pañales y recostado en un pesebre. 

No impone su autoridad sobre la gente, se hace él mismo ternura que convoca. 


Le pedimos paz, amor, prosperidad, salud, ¡tantas cosas!, pero viene él mismo. 

Le pedimos cambiar lo que no nos gusta y nos transforma en la relación con él. 

Es como si siempre esperáramos que nos mande lo que necesitamos y lo que Dios nos dice con Jesús, es que es él quien, al relacionarnos desde nuestra libertad, viene a salvarnos de nosotros mismos cuando la paradoja de nuestra vida nos abruma, nos enemista, nos mata.  


El regalo de toda navidad es Dios mismo, no esperemos más y corramos al encuentro con él. Hablémosle, tomémoslo en nuestros brazos, arrullémoslo, cuidémoslo. Y todo lo demás, vendrá por añadidura. 



sábado, 12 de diciembre de 2020

¿CON QUÉ NOS COMPARARÍA JESÚS? (homilía de fin de curso camada 152)

 

"Jesús dijo: ¿Con quién puedo comparar a esta generación? Se parece a esos muchachos que, sentados en la plaza, gritan a los otros: '¡Les tocamos la flauta, y ustedes no bailaron! ¡Entonamos cantos fúnebres, y no lloraron!'. Porque llegó Juan, que no come ni bebe, y ustedes dicen: '¡Ha perdido la cabeza!'. Llegó el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: 'Es un glotón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores'. Pero la Sabiduría ha quedado justificada por sus obras". Evangelio según San Mateo 11,16-19.


Homilía a la camada 152


por Emmanuel Sicre, SJ


Si nos dejáramos cuestionar hoy con la misma pregunta que se hace Jesús respecto de la generación de los jefes religiosos de su época, ¿qué comparación deberíamos esperar de su parte? Espero que algo un poco más alentador. H. 


En este pasaje del Evangelio de Mateo nos encontramos con un Jesús que resalta las contradicciones aniñadas, malardas, de las autoridades religiosas de su tiempo porque no les viene bien nada, porque ni la austeridad de Juan Bautista, ni la alegría de Jesús se encuadran en sus esquemas de lo que tiene que ser Dios, viven en el reproche, demandantes y, cerrados a toda novedad, critican absolutamente todo. Se les ha avinagrado el corazón esperando que las cosas sean como ellos quieren. Se trata de un inconformismo insano, quejoso, quisquilloso… que ignora con miopía lo que viene del tiempo, mensajero de Dios. Todo lo contrario al magis de san Ignacio. 


En verdad, el problema de “esta generación” es el problema de todas las generaciones, incluso la de “la generación de la pandemia”: se trata del misterio de la madurez humana, del crecimiento hecho de aceptaciones y renuncias, de búsquedas, de claroscuros, de marchas y contramarchas, de fracasos y de logros, de cruz y resurrección. Ustedes chicos, están invitados a madurar, a crecer, a la sabiduría de este tiempo que les toca. ¿Aceptarán ese reto o preferirán la queja caprichosa? 


El misterio de la madurez humana está en la estabilidad que da saber por qué se vive y por qué se muere. Estos señores a los que compara Jesús viven infantilmente porque no saben lo que quieren, no conocen sus anhelos más profundos y están a merced de sus deseos del momento, de los comentarios de moda, de lo que les gusta más o menos, de lo que se ajusta a la superficie de sí mismos. No han podido ahondar en el misterio de sus vidas y se quedaron “chapoteando en lo pandito”, como se dice en mi pueblo, en vez de bucear en las profundidades de sí mismos, de sus raíces, de la historia, para descubrir lo que Dios está haciendo por nuestro bien.  


Jesús identifica en ellos que lo de Dios no se ha ajustado a sus expectativas y, por eso, el reclamo, el lamento permanente. En el fondo, sienten un derecho adquirido sobre cómo tienen que ser las cosas y, en su lógica, no logran descubrir que la vida es un regalo inmenso, incalculable, desbordante. Se quedan pensando en lo que les deben a ellos, como podría pasarnos en este tiempo en que la pandemia se llevó tantas cosas valiosas para nosotros y no en lo que verdaderamente están recibiendo. No logran sentirse agradecidos porque miran de reojo, desconfiados, como sintiendo que la vida tarde o temprano los va a estafar quitándoles algo de lo que se merecen. Pero, como dice el dicho, “a caballo regalado no se le miran los dientes”. A “caballo regalado” se lo disfruta, se lo aprovecha, se lo anda, se lo comparte y, sobre todo, se lo agradece. Su vida es ese regalo, chicos. 


¿Con qué podrá compararnos Jesús a nosotros hoy? Ojalá con un perfumado naranjo en flor que espera dar frutos durante el frío invierno. Un árbol que no vive el pasado con resentimiento por lo que no fue o con la culpa de lo que no pudo ser. Tampoco que experimenta el futuro con la ambición que nos hace comernos las uñas de ansiedad o el miedo que acobarda nuestras decisiones. 


Sí, chicos, que Jesús vea en nosotros el anhelo de florecer y dar frutos, sobre todo, entre quienes más necesitan en nuestra sociedad. Que nos encuentre, en este maravilloso tiempo que nos toca, sabiendo para qué vivir y para qué morir. Y entonces podrán vivir desde una sabiduría nueva todas las cosas, podrán en todo amar y servir, con la consciencia tranquila de saber que tenemos un Dios que apuesta por nosotros y nos sostiene hasta el final.





jueves, 3 de diciembre de 2020

FRANCISCO JAVIER, EL DISCÍPULO MISIONERO

Por Emmanuel Sicre, SJ 

San-Francisco-Javier1

El fuego que le quema por dentro a este hombre inmenso no podría venir sino de Dios. Con sólo 46 años de vida, este jesuita del siglo XVI, ha captado la admiración de los siglos posteriores, al asumir en su obra las empresas de quienes llegaron antes que él y trazar para el futuro las grandes líneas de la estrategia misionera.

Gracias a los Ejercicios Espirituales que su amigo Ignacio de Loyola logró hacerle gustar en los tiempos de estudiantes universitarios en París, Javier vio claro en su interior el sueño que Dios le había sembrado. Sin embargo, no conoció inmediatamente el destino definitivo que le tenía reservado el Señor.

Considerado el apóstol de las Indias y del Japón en 12 años de viajes, y con los escasos medios de su tiempo, recorre cerca de 100.000 kilómetros para hacer conocer a Cristo. Su estrategia de discípulo consistió en volcar toda su fuerza, su inteligencia y poder de seducción al servicio de la Iglesia caminado en la tensión que va de los más influyentes a los más débiles.

Si bien tenía una mirada puesta en las élites políticas, era en beneficio de todo el pueblo. Su sueño conjugaba lo grande y lo pequeño. Lavarse su ropa, entregarse a los enfermos, a los miserables, a los oprimidos que le atestiguaban un amor extraordinario, enseñar el catecismo a los esclavos, consagrarse sin reserva al bien de las más humildes castas de la India y Japón. Y también ayudar a los colonizadores a mostrarse menos violentos y licenciosos, convencer a las autoridades políticas para que no persiguieran a las nuevas vidas convertidas al cristianismo.

Apuntaba siempre a la cabeza, bien persuadido de que no se logra nada durable si no se alcanzan y transforman las instituciones y a quienes están al frente de ellas. Javier penetraba en el interior de las culturas con la precisión del hombre de acción que sabe lo que quiere y va derecho al fin: mostrar el camino a Dios. 

Gracias a una red formada por los compañeros unidos a él con el vínculo fuerte y flexible a la vez de la obediencia logra cuidar amorosamente de las cristiandades nacientes y hacer que perduren más allá de él.

Adelantándose tres siglos a la consagración oficial de sus deseos, Javier piensa ya en el clero indígena y en las liturgias traducidas en las lenguas locales. 

Su fecundidad y virtud provocan admiración, pero su fuego evangelizador nos despierta ardientes deseos de seguir Cristo y entregarnos al sueño misionero que él mismo ha puesto en nuestro corazón.

 

lunes, 23 de noviembre de 2020

LAMENTO DIVINO


“… no has sabido reconocer el tiempo en que fuiste visitada por Dios “.

Lucas 19,44


Por Emmanuel Sicre, SJ



Jesús, lloras porque vienes a nosotros y no te dejamos entrar. 

Vienes siendo pobre y nosotros te ideologizamos 

Vienes en la vida y nosotros la abortamos 

Vienes en los enfermos y los postergamos 

Llegas en quienes buscan el bien común y los corrompemos 

Te acercas en nuevas formas de pensar y las estigmatizamos 

Vienes en el cambio, la transformación y la conversión y preferimos lo seguro

Eres en el Espíritu y preferimos la letra

Vienes en la cruz y la evadimos, en el sufrimiento y nos cerramos 

Vienes en el otro y lo matamos,  

Nos buscas en la resurrección y el gozo lo convertimos en entretenimiento, 

Te nos acercas en la alegría profunda y buscamos la diversión solamente 

Nos llamas en la familia y la desmembramos en individualidades absolutizadas 

Vienes en lo diverso y lo homogeneizamos

Vienes en la fe y la racionalizamos 

Nos visitas en la Creación y la destruimos

Embelleces nuestro ser persona y nosotros las clasificamos injustamente

Vienes en la esperanza y la confundimos con optimismo 

Vienes en el amor y lo mezquinamos sólo con quienes nos caen bien 

Nos iluminas en la luz y preferimos las tinieblas 

Te muestras en la radicalidad de una vida entregada y la polarizamos políticamente 

Resuenas como voz profética y la acallamos con nuestros comentarios livianos 

Vienes como líder que nos cuestiona y lo llamamos blasfemo 

Nos hablas en el grito de justicia y lo hicimos espectáculo mediático 

Te nos sirves en el pan de la unidad y consumimos a diario el plan de la división y la discordia  

Vienes en la Paz y hacemos la guerra 

Vienes en lo frágil y lo ocultamos, en lo débil y lo maquillamos

Vienes en el perdón pero se topa con el orgullo 

Insistes asistiendo nuestra libertad y te pedimos que no nos estorbes

Te anuncias como buena noticia y la convertimos en Fake New 

Llegas gratuitamente y te mercantilizamos con nuestros méritos 

Vienes en la brisa suave y silenciosa y te exigimos ser huracán y estridencia 

Nos visitas en el misterio, lo desconocido y queremos controlarte, atraparte y amordazarte

Vienes en el despojo y nos resistimos, en el descanso y nos cansamos 

Vienes haciéndote humano en nuestro mundo y nos convendría que te quedaras en tu cielo siendo Dios. 




domingo, 1 de noviembre de 2020

SER COMO JESÚS EN EL MONTE

por Emmanuel Sicre, SJ



Imaginen por un momento que Dios nos regala estar en su piel, tener su mirada, sentir con su corazón y ver desde el interior a las personas… y así comenzamos a contemplar a los hombres y mujeres que andan por la calle, que trabajan, que están en sus hogares, en el campo o en la ciudad… la fuerza del Espíritu te permite acceder a sus realidades desde dentro y comienzas a ver… 

a uno que ha renunciado a algo que era valioso para sí y se ha despojado, no sin sacrificio, de su propio ego, 


a una familia que llora la pena de haber perdido a un ser querido y siente un dolor inmenso, 


a otra que ha esperado insistentemente a que sus hijos aprendieran esto que ahora ve en riesgo de que lo rechacen y que todo su empeño sea en vano… 


a uno que se ha esforzado hasta el cansancio para darle lo mejor a su familia y, además, lucha por un mundo más justo y equitativo cada vez que puede, pero siente flaquear su fe, 


a quienes han perdonado ofensas horribles y han preferido ser libres de sus rencores después de muchas ayudas y trabajos, pero todavía les vuelve la tentación de vengarse, 


a un niño que observa sorprendido lo grande que son los adultos y admira lo alto de las nubes en las que viaja su imaginación llevando a su abuelita que ahora está con Dios, 


a unos que no duermen bien por las noches sosteniendo el esfuerzo por no romper los vínculos familiares siempre tensos y complejos, 


a quienes por ser honestos con lo que creen y respetuosos de lo que otros creen buscaron no dañar a nadie en el grupo de amigos y fueron criticados, burlados y dejados de lado, y sienten soledad, 


a una que, por creer y apostar por vos, la han insultado y perseguido al salir de su trabajo, hasta hacerle pensar si vale la pena rezar y sólo sentir ausencias… 


Y entonces recibes sus penas, las guardas en tu corazón con la delicadeza de quien te ha ofrecido su escollo interior… y comienzan a brotarte, como un manantial, palabras que van transformando sus rostros en consuelo y esperanza, en alegría y dicha, en alivio y fortaleza, en promesa y utopía, en cercanía y confianza en tu Padre que desde siempre ha buscado la plenitud de sus hijos e hijas, y se las arregla para lograrlo.  


FELICES 

(Pablo Coloma)


https://www.youtube.com/watch?v=xPmP_GkUi9s&feature=youtu.be 


Felices
Felices aquellos, los de puro corazón
Los que en cada mañana te sonríen con pasión
Y te dicen, mirándote con gozo
"Tenga usted un día hermoso
Más amable, más dichoso"

Felices
Los de limpio mirar
Que no saben de envidias, los de nunca condenar
Los que nunca te cargan de tristeza
Ni te enrostran tu pobreza
Que conocen tu belleza

Felices
Los que nunca descansan en la lucha por la paz
Una paz verdadera, de justicia y libertad
Los que entregan su vida sin medida
Por un mundo sin heridas
Sean felices cada día

Felices
Los que buscan verdad
Los que luchan por dar a cada hombre dignidad
Los que al miedo salvaje dan derrota
Dan su sangre gota a gota
Y en la tierra son semilla que brota

Felices
Los que dicen: "hermano" con nobleza y sin doblez
Los que saben que el barro se ha pegado a nuestros pies
Que conocen la pena más profunda
La alegría donde abunda
Y la entrega más fecunda

Felices
Los que olvidan tu error
Y te saben distinto y te abrazan sin rencor
Porque ven que tu corazón palpita
Que en tu alma siempre habita
Algún sueño que se agita

Felices
Los que saben sufrir junto a tu lado en el dolor
Y te dan una mano que te aprieta con calor
Los que nunca se ríen de tu llanto
Porque solo un nuevo canto
Es su alegría y su encanto

Felices
Los de gran corazón
Que comparten la vida, regalando un nuevo don
Y te dan de su pan
Y te dan de beber
Y a su mesa te sientan
Y te llaman hermano

Y te dan de su pan
Y te dan de beber
Y a su mesa te sientan
Y te llaman hermano

Felices (los de puro corazón, los que te abrazan sin rencor)
Felices (los que dan lucha por la paz, junto a tu lado en el dolor)
Felices (los que buscan la verdad y te regalan nuevo don)
Felices (que dan al hombre dignidad)
Felices (¡felices!)



domingo, 25 de octubre de 2020

¿DE QUÉ EGOÍSMO HABLAMOS CUANDO DECIMOS “EGOÍSMO”?


Por Emmanuel Sicre, SJ 



Muchas veces he escuchado a algunas personas decir que cuando piensan en sí mismas van a ser “un poco egoístas por un ratito”. Siempre me ha hecho pensar esa expresión en qué entendemos por egoísmo entonces. 

Creo que hay un egoísmo bueno y uno malo. Sí, así de simple. Lo que sucede es que tendríamos que ponerle un nombre mejor al “egoísmo bueno” porque resulta una contradicción. 

El “buen egoísmo” creo que se trata de una realidad de contacto con uno mismo, de autorreconocimiento y amor por lo que uno va siendo. Algo que implica la reconciliación con lo que somos y con la propia existencia. El hablarse a uno mismo sobre lo que le está pasando en su mundo de relaciones, en su intimidad y comprender nuestro “yo” muchas veces cuesta, sobre todo si las voces negativas o de la autoexigencia nos llevan a gritarnos, insultarnos o maltratarnos interiormente. Un egoísmo sano nos propone tratarnos bien, con ternura, con esperanza, y sobre todo, con paciencia.

Por el contrario, el mal egoísmo sería el encerrarse en el ego. Una especia de solipsismo. Supone la autoconmiseración, o autocompasión victimista que me pone en el centro de todo el universo. El ego inflado que todo lo demanda, todo lo quiere para sí y no se ve más que a sí mismo, provoca muchas veces insensibilidad o un sentimiento de ser víctima porque nadie me comprende. Este egoísmo es el que mata al yo poniéndolo por encima de los demás (soberbia, vanagloria, arrogancia) o por debajo (autodesprecio, rebajarse, autoagresión), pero nunca al lado de otro ser humano. Es como si el ego se comiera lo que realmente somos -el yo-, y lo convierte en una caricatura de lo que somos destacando por lo general nuestra peor versión. 

Es necesario amarnos a nosotros mismos. Lo decía Jesús: ama a tu prójimo como a ti mismo. Quien se ama a sí mismo puede, sin contradicción, preocuparse por lo que es justo, lo prudente y actuar de acuerdo con la virtud del amor por los demás, por la Creación, por la sociedad. Pero claro, amarse a uno mismo con un amor que nos libere, que nos abra, que nos reconcilie y nos ayude a vivir desde lo que está sembrado en lo hondo de nuestro ser: el amor originario del Dios de la vida.

jueves, 10 de septiembre de 2020

¿QUÉ SERÍA LO CENTRAL DEL CRISTIANISMO?

 

Por Emmanuel Sicre, SJ

 

 


Una vez le pregunté a Mateo el evangelista: ¿cuál es el centro del mensaje de Jesús? ¿Qué es aquello que si mi memoria fuera del tamaño de un maní no debería olvidar para poder ser cristiano? Y entonces me respondió con unas palabras que le escuchó a Jesús:

 

“Ustedes han oído que se dijo: “Ama a tu prójimo[a] y odia a tu enemigo[a]”. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen, para que sean hijos de su Padre que está en el cielo. Él hace salir el sol sobre malos y buenos, y que llueva sobre justos e injustos. Si ustedes aman solamente a quienes les aman, ¿qué recompensa recibirán?” (Mt 5, 43-45).

 

Me pareció realmente imposible de practicar por mucho empeño que le pusiera. ¿Cómo es posible amar a quienes consideramos como enemigos? Pensé en tanto hater (odiador) de las redes sociales que se tiran bombas de un lado y del otro del bando político, ideológico… pensé en tantas familias divididas, en sociedades en guerras, amistades que se terminan, en las personas que más me cuestan y me generan los peores sentimientos… en fin, estas palabras de Jesús me resultan muy difíciles.

 

Me fui entonces a preguntarle a Lucas, el otro evangelista, que dicen que es menos duro que Mateo algunas veces, y que es más abierto porque les escribe a quienes no vienen del judaísmo. Y, ¡sorpresa!, encontré esto:

 

“Pero yo les digo a ustedes que me escuchan, amen a sus enemigos. Hagan el bien a los que los odian. Bendigan a los que los maldicen y oren por los que los maltratan. Si alguien te pega en una mejilla, ofrécele también la otra. Si alguien te quita la capa, deja que también tome tu camisa. A todo el que te pida algo, dáselo. Si alguien toma de ti lo que no es suyo, no le pidas que te lo devuelva. Traten a los demás como les gustaría que los trataran a ustedes.

Si ustedes solamente aman a los que los aman, ¿qué gracia tiene? Hasta los pecadores aman a aquellos que los aman. Si hacen el bien sólo a aquellos que les hacen el bien, ¿qué gracia tiene? Hasta los pecadores son así. Si sólo prestan para recibir algo a cambio, ¿qué gracia tiene? Hasta los pecadores se prestan unos a otros para recibir unos de otros. Más bien, amen a sus enemigos y háganles el bien. Presten sin esperar nada a cambio. Así tendrán una gran recompensa y serán hijos del Dios Altísimo, porque Dios es bueno aun con los desagradecidos y perversos. Sean compasivos como su Padre es compasivo”. (Lucas 6, 27-49)

 

Otra vez lo mismo, pero más ampliado. Más exigente todavía en su formulación. Parece que no basta -aunque por lo menos a este ideal llegara- con ser solidarios, justos, honestos, cumplir con lo mandado, ir a misa, ser “buena gente”, digamos, hay que amar a quienes nos odian, nos hieren, no nos darán nada a cambio... Ahí está lo distintivo y la locura de Jesús.

 

Entonces, antes de declarar a mi ego en quiebra y decir que el cristianismo es un imposible, me pregunté: ¿pero de dónde sale un amor así de extenso, de fuerte, de abierto para amar de este modo? Y hasta ahora sólo puedo pensar en ese amor de Jesús y de tantos/as que me han amado aun cuando odio,

aun cuando persigo con mis prejuicios,

aun cuando soy desagradecido e injusto,

aun cuando actúo sólo por conveniencia,

aun cuando doy para recibir,

aun cuando trato como no me gustaría que me traten,

aun cuando prefiero que unos sean los malos y yo la víctima…

 

Es ahí cuando comienzo a percibir que el sol que ha salido y está calentándome, viene a dar luz a todas las personas de la Tierra, incluso a esta pequeñez que soy y que desea amar y ser amada.

viernes, 31 de julio de 2020

“¿A QUÉ SE DEDICAN LOS JESUITAS?”

 

“La Compañía de Jesús no está centrada sobre sí misma; nuestro progreso y el del cuerpo que formamos no tienen el centro de gravedad en sí mismos, sino en el corazón del mundo, donde trabajamos en la viña de Cristo nuestro Señor. Estamos hechos para salir de nosotros mismos, para ser enviados”.

André de Jaer, SJ

 

Por Emmanuel Sicre, SJ

 

Muchas veces a los jesuitas nos cuesta responder a esta pregunta. Creo que se debe a que casi 500 años de historia no se pueden resumir en un párrafo. Me propongo hacer el intento de explicar la dificultad de la respuesta.

 

Partamos desde el principio. ¿Cuál es el deseo de Ignacio, primero, y de los primeros jesuitas, luego? “Ayudar a las almas”. Así lo había formulado ya en su Autobiografía (Nº 11) cuando, siendo joven –cerca de los 30 años-, intuyó profundamente el Misterio de Dios en su vida y en la vida del mundo.

Lo cierto es que el objetivo para el que existen los jesuitas desde el principio de todo, esto es desde 1540 que fue aprobada la Compañía, y sigue hasta nuestros días, es para ayudar a todas las personas a encontrarse con el Dios de Jesús, que se hace perceptible en la experiencia de los Ejercicios Espirituales, para trabajar junto a él por todas las creaturas.

 

¿CÓMO LO HACEN?

En primer lugar, formando un cuerpo –de sacerdotes y hermanos- de vida en común, una comunidad al servicio de la Iglesia, con reglas, criterios, principios, estructuras, votos de pobreza, castidad y obediencia, que les permitan lograr lo mejor posible aquello a lo sienten que Dios los invita.

En segundo lugar, poniéndose a disposición del Papa para que los envíe a la frontera –geográfica, existencial, intelectual, espiritual, etc.- donde más haga falta. Y por eso, tienen un voto especial de obediencia respecto de las misiones que les pida. Aquí es donde está el fundamento de su acción apostólica, en lo que el Papa les encargue.

En tercer lugar, formándose –espíritu, cuerpo y mente- durante muchos años para llevar a cabo las exigencias de la misión en un mundo muy diverso y complejo.

Por último, invitando a quienes deseen a trabajar por la misión de Cristo de en el mundo: que todos, y en especial quienes más sufren, puedan vivir desde su dignidad de hijos e hijas de Dios.

 

¿Y EN QUÉ TRABAJAN LOS JESUITAS?

Bueno, llegamos a la complejidad de la respuesta. Algunos criterios con que san Ignacio orienta a los jesuitas muestran una gran anchura y son ofrecidos para discernir, orar y reflexionar dónde, cómo y cuándo llevar a cabo la misión de “mayor servicio divino y bien universal” que la Iglesia les pide a través del Papa.

Los jesuitas serán enviados a aquella parte de “la viña del Señor”:

-       que TIENE MÁS NECESIDAD;

-       donde MÁS SE FRUCTIFICARÁ;

-       donde hay MAYOR DEUDA de la Compañía;

-       donde se EXTIENDA EL BIEN A MUCHOS OTROS;

Además, han de preferirse:

-       las cosas ESPIRITUALES… de MAYOR PERFECCIÓN… en sí MEJORES;

-       las cosas MÁS URGENTES;

-       las cosas MÁS SEGURAS;

-       las ocupaciones de MÁS UNIVERSAL BIEN.

Hasta aquí algunos criterios –los más esenciales[1]- que muestran no sólo que las dedicaciones de los jesuitas abarcan, desde sus inicios, muchas posibilidades que deben comprenderse en el marco general donde se inspiran: las Constituciones; sino que también es posible ver cómo Ignacio confía plenamente en sus hermanos y les da una gran libertad de iniciativa.

 

¿Y EN LA ACTUALIDAD? Las tensiones del discernimiento

Ahora bien, a partir del Concilio Vaticano II (1962-1965) los jesuitas, junto a toda la Iglesia, debieron actualizar sus opciones apostólicas para ser fieles a lo que el Papa les pedía para la evangelización en el contexto de un mundo cada vez más cambiante y complejizado que necesitaba de un anuncio y un testimonio del Reino renovados. Durante esta época, al Padre General Pedro Arrupe SJ le tocó poner al día a toda la Compañía.

Fue un tiempo de muchísimos cambios y de grandes tensiones para todos en la Iglesia. Y como es lógico, hubo resistencias, osadías y búsquedas, que con los años fueron tomando distintas concreciones. La forma de sintetizar la actualización para la Compañía de Jesús fue y es el servicio de la fe y la promoción de la justicia evangélica que reconcilia a los hombres con Dios, con la Creación y entre sí.

Hoy por hoy, la misión de los jesuitas, asumiendo los criterios que Ignacio dispuso, vive su misión de “ayudar a las almas” entre tensiones vitales que la mantienen en constante dinamismo al buscar lo que el Espíritu de Dios le suscita, lo que su tradición le enseña y lo que los desafíos del mundo le proponen para el servicio de la Iglesia[2]. Algunas de esas tensiones podrían expresarse así:

-       entre los apostolados tradicionales (los colegios, por ejemplo) y los innovadores (el SJR –Servicio Jesuita a Refugiados), 

-       entre la fidelidad al carisma original expuesto en las Constituciones y Normas Complementarias y el descubrimiento de nuevas formas apostólicas que inspira el Espíritu en un sin fin de lugares. 

-       entre la identidad cristiana católica y las demás formas de fes o increencias con las que trabajan por pedido del Papa ayudándole en el diálogo ecuménico o interreligioso. 

-       entre la preparación sólida para la misión (largos años de estudio y ciencia) y la urgencia de las demandas apostólicas (sobre todo en zonas de conflicto armado, por ejemplo). 

-       entre los apostolados con los pobres (el trabajo por la justicia que brota de la fe en contextos de desigualdad) y con otras condiciones sociales (por ejemplo, entre personas influyentes de la cultura o la política). 

-       entre las misiones con grandes estructuras institucionales que requieren más estabilidad y permanencia del jesuita (como una universidad) y las más pequeñas y flexibles que piden movilidad y dispersión (las misiones populares o la pastoral juvenil).

-       entre los apostolados que cuidan la identidad local (por ejemplo, parroquias en comunidades indígenas) y los que exigen una identidad más global (por ejemplo, en las editoriales y agencias de comunicación o en ecología integral). 

-       entre los apostolados ad intra de la Iglesia y los ad extra (como el trabajo por los DDHH o en organismos internacionales). 

-       entre las obras que son dirigidas por jesuitas y dependen de la Compañía y las que son dirigidas por laicas/os u otros religiosos/as o no dependen de los jesuitas.  

-       Entre ser pobres, castos y obedientes y disponer de los recursos que sean necesarios para la misión, gestionar los vínculos y la soledad, y responder a los superiores con libertad de espíritu.

En una sociedad cada vez más polarizada, la tentación será reducirse superficialmente en uno de los polos de la tensión, sin asumir la versatilidad, la movilidad y el dinamismo propio que Ignacio imprimió al cuerpo de la Compañía que formaron junto a sus compañeros para “el servicio de las almas”[3]. En este sentido, como decía el Padre Arrupe, ningún ministerio o apostolado está fuera de la órbita del servicio de la Compañía a la Iglesia y al mundo.[4]   

Cada jesuita y también la gran familia de quienes comparten el carisma ignaciano tienen el deber de discernir estas tensiones, para responder a lo que Dios quiere que hagamos para colaborar en su misión de ser puentes en un mundo roto.

Con todo, es posible de hablar de apostolados específicos en tanto tareas encomendadas (la parroquia tal, alguna revista, una radio) y de dimensiones de cada apostolado (como son las dimensiones misionera, de diálogo interreligioso, de encuentro ecuménico, educativa, intelectual, social, comunicacional, espiritual, etc.).

Cada apostolado busca irradiar esa magnanimidad del deseo que Dios puso en el corazón de la Compañía de integrar lo diverso, de ampliar lo estrecho, de acortar distancias y contemplar también en la acción cómo Dios está reconciliando toda realidad con él.

Estas dedicaciones de los jesuitas a lo largo de la historia no han estado exentas de dificultades, errores, marchas y contramarchas, ajustes, precisiones, renuncias, tensiones y, sobre todo, mucha pasión. En fin, lo propio de un cuerpo vivo que busca responder con libertad espiritual y responsabilidad madura a la ayuda que los distintos Papas le han pedido.

En este sentido, muchas veces y desde sus orígenes, los jesuitas han sido acusados –cuando no, exterminados- desde los dos extremos por distintos sectores: de dogmáticos unas veces y de relativistas otras, de conservadores y de progresistas, de comunistas y de liberales. Así como de demasiado abiertos para unas cosas y cerrados para otras, de muy explícitos en el anuncio de Jesús en algunos lugares y de demasiado humanos y poco “divinos” en otros, de muy acomodaticios al poder o de muy arriesgados al criticarlo denunciando injusticias, de poco católicos y más protestantes.

En fin, lo cierto es que todas estas percepciones, desde distintas voces de la sociedad, muestran que la diversidad de la Compañía y su modo de insertarse en la realidad en su trabajo por el Reino no suelen dejar indiferente a quienes conocen a los jesuitas. Signo este del deseo de ser, a pesar de su condición de pecadores, comprometidos, libres y fieles al carisma de Ignacio para la Iglesia y el mundo.

 

¿CUÁLES SON LAS PREFERENCIAS APOSTÓLICAS DE ESTE TIEMPO PARA LOS JESUITAS Y LAS PERSONAS QUE TRABAJAN DESDE EL CARISMA IGNACIANO?


Te invito a ver este video y enterarte de lo último en lo que andan los jesuitas: https://jesuits.global/es/sobre-nosotros/preferencias-apostolicas-universales

 

 



[1] Respecto de los demás, San Ignacio propone algo muy de su estilo: grandes criterios para cosas concretas, por ejemplo: la presteza con la que enviar a alguien y la seguridad de que quienes vayan harán lo que se les pide; la selección adecuada entre la tarea (más espiritual, o más intelectual, o más discreta, o más difícil, o que requiere más fuerza física) y las personas a quienes se la encomienda; los destinatarios de la misión (creyentes o no) y los jesuitas que se puedan adecuar a un contexto determinado del mundo; la alegría con la que el jesuita recibirá la misión como si Dios mismo se la diera y la responsabilidad para cumplirla; el ir adonde otros no puedan o no quieran ir y el hacer el bien a quienes más bien pueden hacer a los demás en determinado contexto; influir en los influyentes y atender a quienes necesiten caridad; cuidar las obras propias sin desoír las ajenas; hacer las cosas de mayor bien universal discerniendo cuáles van primero y cuáles después según convenga al mayor servicio de las almas; la diversidad de tareas y la mezcla y complementariedad de los compañeros para el pastoreo, la vida común y el crecimiento mutuo, prestando atención a la ayuda entre sí cuando uno tiene más experiencia que el otro, o es más animado y otro más circunspecto; el modo de enviar a los jesuitas y las instrucciones precisas para que puedan dar más ejemplo al lugar adonde vayan; el tiempo que deben permanecer en relación con la tarea que van a hacer, sin desatender qué hacer si hay accidentes; las mudanzas de un lugar a otro y la presentación del sentir cuando es contrario a lo que se le pide prohibiendo acudir a palancas de influencia.  

[2] El padre Arrupe lo expresaba así: “El jesuita, al querer vivir esos elementos generadores de una tensión, ya llevada por san Ignacio a fórmulas de equilibrio dinámicamente estable, advierte que el equilibro tiende fácilmente hacerse inestable o aun a romperse. Obligado a restablecer el equilibrio, no le queda sino recurrir al mismo procedimiento con que lo consiguió san Ignacio, es a saber, o profundizando en los elementos en tensión de tal modo que lleguen a ser no elementos contrapuestos, sino interpenetrados, o, a veces, reduciéndolos a un principio de orden superior, en el que la tensión desaparece por reducirse a un valor único nuevo más elevado. En la tensión, por ejemplo, entre oración-acción, amenazado el equilibrio por la acentuación de la acción, para que pudiera en nuestros días darse mayor relieve en aras de un activismo de resultados inmediatos, se llegaría a restablecer el equilibrio con el ahondar en la significación, estima y práctica de la oración, de modo que se llegue al “contemplativus in accionis”, al punto en que la oración y la acción se compenetren en una “vida activa superior”, al buscar a “Dios en todo”, en el que tanto la acción como la oración se reducen a un continuo estar en Dios, al que se percibe presente en una y en otra. (Arrupe, La misión apostólica, clave del carisma Ignaciano)

 

[3] “Tenemos dificultades con las ambigüedades y las áreas grises de la realidad. Debido a que estamos capacitados para un compromiso total, proyectamos fácilmente la verdad total sobre cualquier compromiso al que nos sentimos llamados, y nos volvemos ciegos a los matices, las ambigüedades e incluso las contradicciones de una cosmovisión “en blanco y negro”. (Adolfo Nicolás, ex padre General)

 

[4] Dice el P. Decloux: “Si la Compañía de Jesús no se define por un trabajo determinado, al servicio de un país u otro, de una u otra clase social, es porque se dedica por entero al servicio del sacerdocio de Jesús, según la dimensión universal, que reviste su ministerio. De ahí nace la diversidad, tan sorprendente, de los compromisos apostólicos asumidos por los jesuitas; de ahí brota el impulso misionero tan impresionante, que, desde sus comienzos y a lo largo de toda su historia, atraviesa a la Compañía de Jesús”.

 

miércoles, 15 de julio de 2020

¿QUÉ HACER CON LA PASTORAL EDUCATIVA EN CUARENTENA?

 

Tres elementos para un discernimiento que nos ayude a responder al desafío que nos toca

 

Por Emmanuel Sicre, SJ[1]

Podríamos comenzar la reflexión haciéndonos esta pregunta como punto de partida: ¿Qué hacer con lo que no podemos elegir? Ciertamente, no pudimos prever ni anticiparnos demasiado a la complejidad que se nos impuso casi de un día para el otro. Este tiempo de pandemia nos redujo de una manera drástica el margen de alternativas para responder al reto de educar.

Por eso: ¿qué hace un corazón ignaciano con lo que no puede elegir? Tres respuestas. La primera respuesta es lo posible, lo que está nuestro alcance, lo que nuestras fuerzas, inteligencias y disposiciones puedan porque lo imposible deberemos dejárselo a Dios. La segunda es afrontarlo con realismo y valentía como intuyo que se ha hecho hasta ahora en la mayoría de los centros educativos. Y la tercera, discernir.

A esta última respuesta me gustaría ofrecerle tres elementos para el discernimiento de este tiempo: una clave, una certeza y una actitud.

UNA CLAVE: AGRADECER

Me pregunto por dónde empezar este discernimiento teniendo en cuenta que llevamos ya un buen rato desde que comenzaron las medidas de bioseguridad. El primer paso creo que es agradecer todo lo que se ha podido hacer. Y agradecer es más que felicitarnos, más que haber aprobado o sacar una buena calificación en la resolución de conflictos. Agradecer nos ubica en un plano distinto: el del reconocimiento del bien recibido y que nunca podría haberse conseguido individualmente. Entonces, primero, agradecer lo que vivimos, aunque suene paradójico.

Seguramente, no ha sido sencillo para nadie en la comunidad educativa, por ejemplo y en el mejor de los casos, transferirse a la modalidad virtual. Tampoco el tener que descubrirse haciendo tantas cosas nuevas, resolviendo situaciones que nos superan, acompañando procesos a distancia y sin la preparación adecuada. No ha sido fácil permanecer en casa, soportar las tensiones de las convivencias y el exceso de asuntos pendientes, aceptar las renuncias que conlleva la pandemia, postergar el placer de encontrarnos con los afectos, tener que dejar para otro momento tantas ilusiones, deseos, planes. En muchos casos las dificultades económicas han despertado escenarios realmente duros en las familias. Y la escuela, como ha podido, siguió funcionando. Entonces, lo primero, es agradecer los muchísimos esfuerzos que supone esta “nueva normalidad” a cada una de las personas (estudiantes, docentes, familias, autoridades, personal en general de las instituciones), a las estructuras, a los medios y a los recursos. En fin, agradecer donde estamos aún en pie.  

¿Por qué agradecer en medio de la dificultad? Bueno, porque el agradecimiento descansa, anima, abre los ojos, expande, dilata el corazón y le muestra una perspectiva renovada de la realidad de siempre. Necesitamos agradecer lo que vamos descubriendo en este tiempo como valioso y, por tanto, como sagrado.

Los testimonios de muchas personas de las comunidades educativas rescatan, en primer lugar, los vínculos, las amistades, los afectos. Quizá nunca hayamos tenido tanta conciencia de lo importante que son en nuestras vidas como ahora que no podemos vernos, que no podemos tomar contacto ni saludarnos en los pasillos cada día, ni encontrarnos en los espacios comunes de la sala de docentes o el salón de clase, ni compartir el abrazo que tanta falta nos hace. El confinamiento nos demuestra que estamos constituidos de vínculos que nos sostienen en comunión más allá de todo.

En efecto, las renuncias abren espacio a la pregunta por el sentido de muchas cosas que dábamos por normales, comunes, dadas.

Sería un muy buen ejercicio preguntarnos ¿por qué aquello que extrañamos y deseamos que vuelva a nuestras vidas es tan significativo? Y dejar que el corazón hable, se exprese y manifieste la hondura que lleva al misterio de las cosas sagradas que nos sostienen.

 

UNA CERTEZA: DIOS ESTÁ TRABAJANDO EN ESTE TIEMPO

El ejercicio de agradecer ojalá nos ayude a caer en la cuenta de que el Dios de Jesús está trabajando por cada quien donde sea que se encuentre hoy.

Dios está trabajando artesanalmente en lo oculto de nuestras historias personales, en lo secreto de nuestras conciencias, en las renuncias cotidianas; también en una nueva sensibilidad frente a la vida, la salud, el cuidado, la Creación. Del mismo modo, se nota la asistencia del Buen Espíritu en nuestras creatividades desplegadas a través de muchísimas formas de respuesta a las exigencias de las eventuales ydesafiantes rutinas que nos impuso la pandemia.

Además, podemos percibir su labor en las nuevas formas de presencias mediatizadas por las pantallas, pero intencionadas realmente con el corazón, la mente y el espíritu de quienes están de un lado y del otro. Estamos aprendiendo, por contraste, qué significa la presencia física del otro/a sus gestos, su aroma, su color, su voz, su aura que señala su estar con vida frente a mí.

Finalmente, esta certeza del trabajo de Dios guarda una esperanza. En efecto, podemos reconocer que el trabajo de Dios en cada una de nuestras vidas, en la de las instituciones y en la de la historia humana nos está preparando para lo que viene. ¿Quién sabe si lo que se está gestando en las entrañas de este tiempo no nos sirva para lo que nos toque vivir en un futuro? No tenemos mucha idea de qué se trata, ni nos es posible profetizar demasiado sobre lo que pasará. Incluso, podríamos pensar que volveremos a lo mismo de siempre, pero algo se está transformado en nuestras relaciones humanas con el mundo y debemos prestar atención a cómo Dios se cuela en los entresijos de la realidad.

Lo cierto es que el porvenir no pareciera ser muy fácil, sin embargo, debemos confiar, siguiendo la lógica providente de Dios, en que lo que estemos viviendo hoy nos prepara para el mañana. Dios siempre está trabajando por el bien de sus hijos e hijas aún en la cruz. Desde ahí deberemos darnos a la tarea de luchar contra las tentaciones propias de toda resistencia sabiendo que no estamos solos/as y que toda prueba conlleva una misión.   

 

UNA ACTITUD: SUMARNOS A LO QUE JESÚS HARÍA EN ESTE TIEMPO

El tercer elemento del discernimiento quizá pueda nacer naturalmente después de ejercitarnos en la gratitud y la confianza: la actitud de sumarnos a lo que Jesús haría en este tiempo.

Una de las primeras cosas que podríamos contemplarle hacer es acercarse buscando sostenernos. Jesús se solidariza con nuestros cansancios, con nuestras angustias, con el dolor, la impotencia, las sensaciones de hastío. En fin, cumple su promesa y está con nosotros. Y una de las características propias del modo de Jesús es que lo hace de manera personal. 

Paradójicamente, esta pandemia nos ha permitido entrar en una relaciónmás personalizada en muchos casos. Ahora nuestras casas y recursos personales se convirtieron en espacios e instrumentos pedagógicos con los que antes no contábamos porque estábamos en la escuela. Aquí hay una nueva presencia, una nueva cercanía al contexto del otro –sea estudiante o docente- que me revela cómo relacionarme de una manera más pertinente y humana.

Esta misteriosa cercanía a la que nos invita el “quédate en casa” puede ser evangélica si logramos profundizar el interés por el otro, la otra. Quizá sea un tiempo donde podamos ayudarnos mutuamente a sostenernos, a aproximarnos y ser un canal de alivio, aún en la distancia física. Porque quizá esto nos ayude a comprender que la distancia no es sólo una cuestión de extensión en el espacio –lejanía, sino de una intensión en el tiempo: la “projimidad”, el hacerme samaritano/a.

En este sentido, podríamos acrecentar el sentimiento de comunidad tan hondo que vivieron los primeros creyentes en Jesús. Las comunidades cristianas nacientes experimentaron relaciones de cercanía en medio de pruebas muy difíciles, de persecuciones agobiantes, de asedios en muchos niveles (político, religioso, etc.), pero se mantenían unidas en la oración, en la solidaridad, en el compartir gracias al cultivo sostenido de la paciencia. ¿Podrá ser un testimonio para nosotros hoy?

La actitud de cercanía personalizada de Jesús nos lleva también a ponernos, como pastoralistas, en el lugar del otro y asumir la pregunta de Jesús al ciego Bartimeo: ¿qué quieres que haga por ti?” (Mc 10, 51) Quizá sea oportuno preguntarles a los/las estudiantes: ¿cómo podría ayudarte a cuidar tu fe? ¿qué puedo hacer personal e institucionalmente para que estemos atentos a cuidar la dimensión espiritual? Creo que podríamos llevarnos una sorpresa muy linda al escuchar sus respuestas. Incluso encontraríamos pistas para saber qué hacer cuando vemos cómo nuestras planificaciones volaron por el aire.

Esto puede ayudarnos a “medir” la clave pastoral de nuestros colegios, que no es sólo el contenido religioso, sino que es la misión evangelizadora que atraviesa todos los niveles y estructuras de la institución. En esta prueba que vivimos vamos a necesitar que todo el colegio sea un mensaje evangélico, no sólo con la solidaridad ad extra que siempre ha sido una característica constitutiva de nuestro modo de proceder, sino ad intra también en el modo de acompañar a las familias y docentes más afectados de la comunidad. 

En este sentido, la mirada atenta de la Pastoral puede librarnos de la tentación de sobrecargar espacios ya demasiado saturados, buscando todo lo contrario, ser alivio, consuelo, canal de ayuda, tal como lo hace Dios en este tiempo y encontrar las píldoras necesarias para fortalecer Su presencia constante en los pequeños gestos de proximidad significativa que Él mismo nos inspire.



[1]Texto publicado en la Revista Aurora. Voces jesuitas sobre la pandemia. N 6.

 https://jesuitas.lat/es/noticias/2168-revista-aurora-vol-6-educ-ando