martes, 28 de mayo de 2019

DISCERNIMIENTO SEXUAL DESDE JESUCRISTO



Criterios para pensar la sexualidad y afectividad desde una perspectiva cristiana

Por Emmanuel Sicre, sj

Cuando estamos en una encrucijada nos viene la clásica pregunta “¿qué hago?”, o ¿qué está bien y qué está mal?” o “¿qué será lo mejor?”. Y pasamos mucho tiempo dándole vueltas en nuestra cabeza. Es este un proceso de discernimiento en el que nos encontramos más de una vez en nuestra vida. Al mismo tiempo, si sumamos la voz de Dios a nuestras reflexiones hacemos un ejercicio de discernimiento espiritual.
¡Cuánto más problemática se vuelve esta pregunta si la enfocamos al tema de la sexualidad y la afectividad! ¿Por qué? Porque esta dimensión humana fundamental y constitutiva no ha sido muy cuidada a lo largo de la historia en casi todos los niveles: biológico y antropológico, emocional y psicológico, intelectual, personal y social, espiritual y religioso. ¿Qué nos pasó para que algo tan importante para la vida se convierta muchas veces en un problema? He aquí una primera intuición: estamos hablando de la vida en su aspecto más dinámico, potente y maravilloso.
¿Qué sucedería si nos dedicamos a explicitar algunos puntos de discernimiento humano-espiritual que nos ayuden a percibir y analizar esta realidad de manera tal que nos permitiera orientar nuestra respuesta a la pregunta "qué hacer con la sexualidad y afectividad" para vivirla más plenamente?  Seguro deberemos revisar algunas precomprensiones y dilucidar por dónde es que se nos cuela el mal espíritu (que sólo busca someternos, esclavizarnos y provocar infelicidad, tanto a nivel personal como colectivo).
RECONOCER EL PROCESO
En primer lugar, hay que reconocer en qué etapa del camino de mi vivencia sobre la propia experiencia sexual y afectiva me encuentro. Tal vez algunos aún no se han preguntado mucho, otros quizá demasiado, habrá quienes ya tienen una larga tradición de terapias sobre el tema, otros que por primera vez se plantean estas cosas en relación con otras dimensiones personales, como la espiritual.
¿Qué significa y qué lugar tiene para mí mi sexualidad? ¿Cómo ha sido mi historia afectivo-sexual? ¿Qué sé, qué me intriga? ¿Qué desconozco aún? ¿Cómo me gustaría vivirla? ¿Qué se me dificulta y es como una cruz? ¿Qué tentaciones vivo? ¿Tiene el Dios de Jesús un lugar en esta dimensión de mi vida?
Es probable que surjan los primeros temores. En este sentido, es necesario desplazar el miedo, para poder pensar y tomar con libertad estas cuestiones, a fin de que ganemos en confianza frente a los posibles tabúes insanos.

ATENDER A LAS VOCES DEL DISCERNIMIENTO
Discernir sobre la vida sexual implica distinguir algunas voces que participan y que casi todos escuchamos en nuestra vida: las voces de cómo me enseñaron -o no- sobre este tema a nivel familiar y escolar; las voces de lo que dice la religión que aprendí; las voces de los medios masivos de comunicación y redes sociales; las voces de las personas que me rodean; las voces del mal espíritu; y por último, notemos la más importante, la voz de mi propia conciencia donde Dios mora y se comunica conmigo de una manera especial.
¿Cómo encontrar en medio de este bullicio de voces aquellos criterios que me ayuden más a vivir mi sexualidad en paz y plenitud? ¿Es tan fácil seguir la voz de la conciencia donde Dios habita cuando la cosa no es tan clara?
En este sentido, es necesario decir que la voz del Espíritu de Dios siempre actúa trayendo serenidad, calma, luz sobre un determinado aspecto en un lento proceso que requiere paciencia. En ella podemos percibir el deseo de claridad, orden y armonía. La voz del Buen Espíritu, cuando hay algo que está desordenado en nuestra vida o demanda mayor transparencia, inquieta de manera suave pero firme e insistentemente, a diferencia de la voz del mal espíritu que remuerde la conciencia dejándola tirada por el piso sin poder levantarse por la culpa o la autoacusación desbordada por lo que hacemos o hicimos.
La del mal espíritu es una voz que acelera, desespera y no deja pensar lo que vivimos interiormente. Entonces, al aumentarnos la velocidad, nos gana a golpes de conclusiones apresuradas y siempre un poco retorcidas e irracionales si nos tocara comunicarlas. La voz del mal espíritu manipula con el secreteo a la conciencia para que nunca busque el aire fresco de quien, al escuchar lo que nos pasa, pueda ayudarnos. Es una voz que nos engaña para que callemos y sintamos la soledad de quien no tiene refugio.
La voz de Dios, en cambio, es sincera con nuestra historia, honesta con lo que vamos siendo y amable con nuestros procesos, para hacernos caer en la cuenta de lo que nos hace más humanos. En este sentido, la voz de Dios nunca es intimista y solitaria, siempre busca el vínculo y lo sana, lo restaura e invita a la comunión y la comunicación con otros. Por eso, cuando encontramos personas en las que confiar sentimos un gran alivio de conversar de nuestras cosas más personales y, aunque que cueste expresarse al principio, una vez que lo logramos, fluye en nosotros el deseo de ser más transparentes y libres. La voz que viene de Dios cuando nos invita a hacernos cargo de nuestra sexualidad y afectividad siempre es oportuna y va lentamente proponiéndonos cómo seguir creciendo. De allí la invitación a que lo que vivimos en este ámbito también sea motivo de comunicación que libera y sana.

ALGUNAS ACTITUDES ANTE LAS VOCES
Por lo general, lo que nos suele pasar es que abandonamos la responsabilidad de escuchar la voz de la conciencia y la ponemos fuera de nosotros. No sólo por pereza, sino porque muchas veces tenemos temor a las consecuencias.
Es el caso de quien, en vez de buscar ayuda en una figura de importancia moral -un sacerdote o religiosa, por ejemplo-, le pregunta qué es lo que está bien o está mal para ver si hay otro que le resuelva el problema del discernimiento propio. O la situación de quienes buscan en un "catecismo" -o sistema regulativo-legal- qué es lo que tienen que hacer como si fuera un recetario de comportamiento seguro. También le pasa a quienes nunca se cuestionan nada porque creen que todo es relativo y da igual, y nadie les puede sugerir ningún límite, ni siquiera ellos mismos y se dejan llevar por el momento al caer en un presentismo sentimentalista y vacío. O quienes creen perder identidad si hablan de sus sentimientos. Por eso actúan de manera individualista y olvidan su entorno. A decir verdad, percibir lo que nos pasa no siempre es fácil, pero lo es cada vez menos si no hacemos el intento de desearlo.
En estos casos lo que está desajustado es la relación consigo mismo y con los demás porque no se puede asumir el discernimiento que conlleva toda decisión importante tomada con responsabilidad. Además, quienes evitan escucharse creen que sus acciones no tienen repercusiones más allá de sí mismos.

¿LA SOCIEDAD EN MI INTIMIDAD?
Habrá quien podrá preguntarse, quizá, qué tiene que ver la sociedad en mi vida íntima. En realidad, nos han hecho creer que la sexualidad es sólo un tema de “intimidad” que no se habla sino es cuando hace falta y bajo un cierto tabú, disfrazado de “respetismo”, difícil de quebrantar. Y lo que la realidad pone en evidencia, a partir de los múltiples círculos en que nos movemos, es que la sexualidad está presente en casi todos los capilares de nuestra cultura, porque forma parte de nuestra vida cotidiana: en las redes sociales, con las amistades, con el humor, con la religión, con la escuela, con las salidas, con la publicidad, la TV, el cine, el arte, el deporte, y un largo etc.
En verdad el tema de la sexualidad no es un tema personal solamente, sino social, y merece atención para que podamos crecer como comunidad humana. Por lo general, lo tratamos de manera privada, pero las consecuencias no son individuales sino públicas y colectivas. O si no ¿por qué se dan tantas heridas en este campo y se resuelven hiriendo a otros por el mismo lugar en que fuimos heridos, haciendo de la convivencia humana un caos? ¿Cuántas heridas sexuales de abusos al otro podrían evitarse si tuviéramos un poco más de apertura para hablar de estas cosas con respeto?

DISCERNIR LA SEXUALIDAD DE CARA A CRISTO
El objetivo de mi discernimiento tiene que ser lo más claro posible: discierno para saber qué hacer, y qué es lo bueno para mí y los demás en este momento de mi vida, de cara al mensaje y la vida del Dios de Jesús. Discierno para encontrar los límites sanos que me resguardan y me cuidan, al mismo tiempo que para destrabar los prejuicios o malas comprensiones que no me llevan a amar más.  
Por eso me tengo que preguntar: ¿para qué quiero pensar, meditar u orar sobre este aspecto de mi vida? Quiero liberarme de culpas malsanas que me torturan para vivir con plenitud mi sexualidad y ser más consciente de lo que hago. O deseo aclararme sobre algunos puntos concretos que me afectan en mi relación con los demás. O tengo que tomar una decisión dentro de mi propio proceso. O quiero sanar ciertas heridas de mi historia que andan dando vueltas. O tal vez, quisiera saber qué es lo mejor en mi relación con otra persona. O bien, me gustaría descubrir lo que Dios quiere de mí en esta dimensión. En fin, cada uno sabrá.
Una vez que se pueda aclarar en dónde me paro en verdad y sin engaños, y cuál es mi deseo, es que puedo continuar con mi discernimiento. NOTA: Es posible que a medida que vaya remando encuentre nuevas perspectivas y luces, que me amplíen la mirada y me ayuden a llegar a un puerto quizá más prometedor y fecundo que aquel al que pretendía llegar. Esa es la aventura de discernir con el Dios de Jesús.  
El criterio para discernir de cara a Cristo lo tiene a él como fundamento. Hay que ponerlo a él en el centro de la mirada y desde allí discernir. ¿Cuál habrá sido la actitud de Jesús respecto de la sexualidad humana? ¿La habrá condenado, despreciado y restringido? Seguramente, no se habrá parecido a la actitud de la religión judía de su tiempo un poco desviada hacia la hipocresía que él mismo ataca. ¿Será que difiere, quizá, de ciertas formas de la religión que a veces da la impresión de pedirme “imposibles”?
La actitud de Jesús es siempre de acogida misericordiosa con la persona que busca honestamente salud, salvación, paz, liberación, esperanza, comunión. Si lo busco también en las zonas incomprendidas de mi sexualidad, seguramente él me dará luces, pero si no lo dejo entrar en contacto con todo lo que soy, el proceso de transformación interior queda disminuido.
Cristo lo único que parece no soportar es la hipocresía, y por eso en los evangelios lo vemos discutiendo tanto con las autoridades religiosas de su época. Su relación con las normas muchas veces es conflictiva porque habían ahogado al ser humano en un esquematismo legal. Por eso, si bien no las contradice en su contenido, lo que hace es ubicarlas en el verdadero plano de aplicabilidad, es decir: estar al servicio de los hombres para encontrarse con Dios.
Jesús quiere que las personas descubran que tienen un Padre Bueno que los ama sin medida, que los quiere felices porque así los creó, y que está dispuesto acompañarlos en sus sufrimientos ofreciéndoles una vida que nadie más podría darles. Jesús nos revela la fascinación de Dios Padre por cada uno de los hombres. De allí su centralidad en la persona humana total. Nunca veremos a Jesús destruyendo la psicología de alguien para que cumpla una norma, todo lo contrario, libera, desata, abre, ubica, confronta, corrige y acompaña. Y esto también sucede en el plano de la vida afectivo-sexual.
¿Será del Dios de Jesús que tengamos que escondernos de la sexualidad y el placer y verlos como pecado si son creación suya? ¿Acaso existe algo en la persona “intrínsecamente malo” para los ojos del Dios de Jesús? ¿Será el Dios de Jesús un ciego que no quiere salvarnos de aquello que nos esclaviza en nuestro comportamiento sexual? ¿Será del Dios de Jesús que vivíamos un cumplimiento sin sentido, o simplemente porque nos dijeron, sin hacer un proceso de reconocimiento personal de lo que significan determinados límites para mi vida? ¿Será del Dios de Jesús que tengamos que vivir una doble moral porque no podemos congeniar nuestra experiencia sexual con lo que proponen ciertas normas sobrevaluadas por algunas psicologías excesivamente rígidas? ¿Será del Dios de Jesús que todo lo que llamamos pecado se ubique de la cintura para abajo sin distinciones? ¿Es acaso el Dios de Jesús un obsesivo sexual que está pendiente de todos mis comportamientos genitales de tal manera que me mira y me acosa? ¿Será el Dios de Jesús un Dios desinteresado de mí y que le da lo mismo lo que haga con mi cuerpo y el de los demás cuando lo tomo como un objeto de mi placer egoísta? ¿Será el Dios de Jesús permisivo y hedonista que no asume el dolor y el fracaso humanos? ¿Será el Dios de Jesús un juez condenador que anda persiguiéndome para que haga sacrificios de modo que no se enoje conmigo? Al parecer este no es el Dios de Jesús, debe ser otro diosito rebajado.
Quizá alguno piense que estamos haciendo una apología del libertinaje sexual. No hace falta, eso ya lo han hecho otros. Lo que queremos poner en el centro es la pregunta por el discernimiento de la vida afectivo-sexual de cara a Jesús.

LAS CONSECUENCIAS DE NO DISCERNIR
En efecto, no intentamos dar respuestas a las cuestiones personales, sino abrir el abanico para que el discernimiento sexual-espiritual forme parte de las preguntas de la vida de los jóvenes -y por qué no de algunos adultos-, y no que las consecuencias decidan sobre la vida personal como sucede cuando los embarazos indeseados interrumpen procesos de madurez en la adolescencia –en especial de las niñas-, o cuando la cantidad de anticonceptivos y el látex trastocan el sistema sexual, o cuando los heridos sexuales llegan a los cargos públicos para tomar revancha, o cuando la ignorancia o el morbo de algunos perturba la psicología de los más jóvenes en la confesión, o cuando se destrozan las vidas de quienes continúan aquí y otras de quienes Dios recibe con amor allá luego de un aborto, o cuando sólo se considera pecaminoso lo que tiene que ver con el comportamiento sexual y se olvidan los compromisos sociales y políticos para con el bien común que son un omisión cristiana grave, o cuando la pornografía resuelve la soledad y da un modo erotizado de relacionarse con las personas, o cuando las miles de formas de abuso que un varón o una mujer ejercen terminan por desconocer el amor gratuito y desinteresado. Cada quien podrá continuar la lista.
Si no ponemos en la mesa las cartas de este ámbito vital para la comunidad de creyentes, tendremos que sufrir las consecuencias de la rigidez de algunas catequesis basadas sólo en reglas y no en la vida de las personas de cara a Jesús, de una Iglesia jueza de las decisiones que no toma, de unos proyectos de vida truncados, de unos sacerdotes y monjas mal formados, de unos docentes indiferentes, de una sociedad traidora de las conciencias, de unos machismos inadecuados, de unas enfermedades esterilizantes para el mundo, de una educación sexual genitalista y cientificista separada del ser humano integral, de un patrón de conducta animalizado y poco pensante, de unas conciencias retorcidas y culpógenas que sólo ven pecado en lo sexual, de unos inconscientes entretenidos con sus fantasías reprimidas, de unas paternidades irresponsables y unos hijos sorpresa, de una ignorancia atroz en el manejo de las emociones que provocan desastres familiares, y lo que es peor, de personas que se las arreglan como pueden sin esperar vivir en este ámbito la plenitud gozosa y fecunda que el Dios de Jesús quiere para cada uno de nosotros, en cada etapa de nuestra vida.

viernes, 26 de abril de 2019

EL NADO DE PEDRO


por Emmanuel Sicre, SJ

Siento una pregunta intensa: ¿qué pasaría si Jesús se retirara de mi vida? Por hipotética que pueda parecer tiene sentido si me la planteo en un fragmento de mi existencia. He aquí mi desconcierto: si no aguanto una hora de oración sin Él, ¿cómo imaginar una vida, o un tramo o lo que sea, sin Él? Y no se trata de mirar mi debilitamiento, por cierto ya constatable, sino la tristeza de mi vida cada vez que cierre los ojos o la oscuridad de mis noches, o el espanto de no poder servir por amor. 
En este sentido, me levanté como los discípulos después de la muerte de Cristo: pensando que Jesús se fue de nuestras vidas, que ya no estaría más, que lo perdimos. Y bueno, una existencia así es un tormento para quienes lo conocimos. Volver a las rutinas de la vida sin la razón por la que esas rutinas cobraron sentido, o incluso aparecieron. ¿Qué puede devolvérselo? Un duelo imposible. Quizá como el de una madre que pierde a su hijo y el desgarro le arrincona la sangre licuándosela con el dolor. 
Por eso Juan cuenta que Pedro salta de la barca desnudo al encuentro del Señor en Tiberíades (Jn 21) sin importarle el agua fría del amanecer, ni sus kilos de más, él braceaba con prisa como si con cada brazada pudiera acercar el tiempo de su amigo, como si lograra arrebatarle a su tristeza un tramo y convertirla en esperanza de abrazo. 
Sí, Pedro, allí vas surfeando tu fragilidad, demostrándote que si hay algo que te hace mover con insistencia de nado, es Él. 
Si te hubieras mirado a ti mismo hubieras perdido la oportunidad de darle paso a tu espontaneidad herida, la misma que te asaltaba con arranques de desubicación, es la que hoy te lleva a tirarte al agua desnudo, sin nada, desasido de tus complicidades con el miedo y la falsa bravura. 
Hoy sí es tu humanidad entera, Pedro, la que nada hacia Él, la que lo busca y va entre respiros cortados de agitación. 
¡Cuánto habrás de agradecerle a Juan la certeza que te avisó su presencia en los bordes de tu mar!
¡Cuánta noche fue esa noche y no lo sabías!
¡Cuánto por contarle a tus hermanos y a tu familia de lo que ese nado te regaló!
Y mira, Pedro, cómo ya no te hundes en el agua, mira cómo no tienes que gritar: “Señor, sálvame”, ahora caminas con tus brazos y tus piernas hacia quien te espera en el suelo firme de su Tiempo Nuevo. ¡Qué poco son cien metros!
Y llegas, cansado de nadar, con el aire escaseando, pero con los ojos claros, bien claros. Y sin mediar palabra ni gesto alguno dejas que tu espontaneidad nuevamente acierte en el abrazo. 
Y lloras como un niño reencontrado en los brazos de su madre. Y dejas que te apriete fuerte, sin miedos, sin confusiones, siendo quien eres, descansando de tanta tristeza.

lunes, 1 de abril de 2019

ORACIÓN PARA LOS GRUPOS DE WHATSAPP




Por Emmanuel Sicre, SJ
Dios compañero,
haz que este grupo nos sirva
para comunicar lo importante.
Que podamos agradecer lo bueno
y encontrar, en cada situación, la oportunidad para aprender.
Ayúdanos a ver lo profundo y evitar lo intrascendente.
Enséñanos a dar la palabra justa en el momento oportuno.
Danos, ante las fragilidades, tanta paciencia como perdón.
Desmonta los fantasmas de la incomunicación, la no respuesta y el doble sentido.
Inspíranos una actitud de escucha y comprensión en los cansancios.
Desata los nudos complejos y amplíanos la perspectiva ante lo difícil.
Haznos sensibles a los mensajes buenos y verdaderos
y líbranos de “clavarle el visto” a los signos de tu presencia. 
Hijo de María, que tu voz nos llene de esperanza cada día.
Amén.

jueves, 14 de marzo de 2019

ORACIÓN FAMILIAR

Por Emmanuel Sicre, SJ

Querido Jesús, 
gracias por estar con nosotros en todo momento. 
Gracias por ayudarnos a ser familia y a compartir nuestras esperanzas y tristezas, nuestros gozos y angustias. 
Sabemos que unidos tú estás más presente en nuestro hogar y que mientras más nos amemos entre nosotros, más sentimos su cercanía y amistad. 

En este tiempo que estamos viviendo 
te queremos pedir que nos des tu paz y alivio, 
para reconocer que contigo a nuestro lado el temor y la inseguridad pueden disminuir poco a poco. 

Te pedimos que acojas nuestras dudas y miedos y las conviertas en paciencia y fortaleza. 
Atiende los deseos y procesos de cada uno de nosotros y danos la alegría de sabernos sostenidos por tu consuelo. 


Pídele a tu Madre que nos cubra con su manto y seque nuestras lágrimas como lo hacía con vos cuando eras un niño. 

Padrenuestro… 

Dios te salve María…

Bendice nuestro hogar. 

Amén.

lunes, 18 de febrero de 2019

LAS BIENAVENTURANZAS ARGENTINAS A LA LUZ DE LUCAS 6, 20-26.

 por Emmanuel Sicre sj

Felices quienes no llegan a fin de mes y la siguen peleando, 
quienes no temen ser pobres 
y comparten su hambre 
con quienes están aún peor, 
porque saborean la lógica del Reino.  

Felices quienes por la inflación ya no pueden pagar medicamentos 
y encuentran en la fe compartida 
la medicina para tanta desesperación, 
porque sus lágrimas serán fecundas. 

Felices quienes sufren sin vergüenza el bullying por hacer el bien, 
por no querer hablar mal de los demás
y rechazan las invitaciones 
a descargarse violentamente contra la masa, 
porque sus actitudes sanarán corazones heridos.  

Felices quienes padecen adicciones y buscan la salida, 
aunque caigan, 
quienes los acompañan con amor a pesar de todo 
y no juzgan livianamente el dolor del otro,
porque se sentarán a la mesa de quienes luchan y vencen. 

Pero, ¡ay de quienes idolatran su riqueza y se olvidan 
de quienes están desahuciados 
por los sistemas deshumanizadores, 
porque su egoísmo se convertirá en soledad! 

¡Ay de quienes la superficialidad los entretiene mágicamente  
y los ciega ante quienes sufren, 
porque se perderán del sentido de la vida! 

¡Ay de quienes viven de la mirada de los demás 
y no quieren descubrir su propia verdad, 
porque no podrán mirarse al espejo con amor! 

¡Ay de quienes son responsables del Bien de todos en los cargos públicos 
y acceden a la corrupción, la coima y la avaricia, 
porque los visitará su conciencia y les reprochará tanto dolor!


martes, 29 de enero de 2019

¡QUÉ PEREZA LA PEREZA!


De lo que sucede y cómo podríamos afrontarla.

Por Emmanuel Sicre, sj 

“Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes, si primero no lo ata”. Mc 3, 27


Es muy común escuchar en nuestro tiempo muchas personas afectadas por la pereza, en especial, entre jóvenes. Se lamentan de su incapacidad de asumir una iniciativa hasta el final, de poder levantarse del sofá o la cama para hacer algo “productivo” o que les provoque una pasión real, de sentirse enredados por las pantallas, de no poder sostener relaciones duraderas ni comprometerse con los vínculos de manera más profunda, de vivir cierto vacío existencial y aislamiento. Así, el sentimiento que acompaña la pereza no sólo es de impotencia, sino también de cierta indolencia, sinsentido y frustración anticipada. Veamos cómo comprenderla.

A IDEALES PRESUMIDOS, CULPA ASEGURADA
La pereza, en principio, pareciera arribar al corazón cuando nos enfrentamos a un ideal exagerado sobre nosotros mismos -o sobre el mundo, que nunca logra encajar con lo que realmente anhelamos. Algo así como “yo tendría que ser capaz de esto” o “yo debería hacer esto, pero ahora no, será más adelante”. En este sentido, la pereza anidaría en las mentalidades pretensiosas que ignoran sus deseos más profundos y, lentamente, se va instalando como un invasor dispuesto a tomarlo todo. De hecho, en algunos casos, llega a la depresión.  
Con esta constatación de no poder activarnos en pos del presuntuoso ideal, nace la constante postergación -procrastinación-, el dejar para después, para más tarde, para un mañana que nunca llegará. El problema es que el recurrente aplazamiento va minando el suelo de la vida hasta ahogarla en un crónico “no puedo”, “no tengo ganas”, “ay qué pereza”, “no vale la pena”. Así, brota, poco a poco, el vacío interior y el continuo abandono de sí mientras suena la música del inconformismo.  
Sin embargo, este incumplimiento interior con el ideal desmedido de lo que debería ser, no es gratuito. No es que: “bueno, ya no lo hice y chau, ya fue”. Siempre, con mayor o menor intensidad, se experimenta un sentimiento de culpa hondo por la frustración de no alcanzar lo que deberíamos hacer o ser que se resuelve muchas veces con compensaciones placenteras[1] que no terminan de llenar el pozo de nuestras demandas espirituales de sentido. Quedamos seducidos por “placeres aparentes”, como le llama san Ignacio a una de las tentaciones del mal espíritu.
En efecto, cuando la realidad nos pregunta sobre nuestras responsabilidades y compromisos omitidos, quedamos expuestos al sufrimiento y a la autoimagen rota. Quizá algunos resuelven pensando que es un problema personal, pero lo cierto es que nuestras acciones y omisiones, tarde o temprano, repercuten en nuestro entorno, especialmente, entre quienes más queremos. 

LAS VOCES DEL AUTOCASTIGO
Sin embargo, para menguar este sentimiento de culpa por no haber hecho lo que deberíamos, nos aparece una voz interna acusadora que comienza a castigarnos, muchas veces de manera desproporcionada. La ecuación sería: a mayor pereza y postergación, mayor culpa y autocastigo que podríamos llamar “reparatorio”.
Aunque lo cierto es que este castigo, finalmente, no repara nada, no logra darle a la voluntad el empujón que necesita para activarse y asumir lo que le toca para su bien y el de los demás.
El castigo interior severo no envalentona ni fortalece, sino todo lo contrario: licúa la voluntad dejándola dañada y lista para el próximo fracaso. De esta dinámica debilitadora viene, muchas veces, un miedo paralizante ante aquellos ideales forzados. El problema radica, entonces, en el hecho de no poder conectar con los deseos más hondos o de haberlos confundido con estos ideales desajustados.

LA SANA AUTOESTIMA, UN IMPOSTERGABLE
El panorama poco alentador de este cuadro de pereza se completa con la dificultad de percibir la estima propia. Es lógico, casi imposible, quererse así de débiles o, al menos, ¡qué difícil resulta aceptarnos con amor así de frágiles y pusilánimes! Por lo general, quienes padecen la pereza sienten vergüenza porque socialmente está mal vista, no es rentable y representa una carga para su entorno. 
Cabe decir aquí que la autoestima es un fenómeno primordialmente auditivo. La estima propia se fue construyendo a lo largo de nuestra vida con las voces de nuestro entorno, las de elogio y las de desaprobación, las de sobreprotectora dulzura y las de dureza seca que desoían nuestras necesidades tildándolas de inútiles, las que ponían la culpa afuera - “piso malo”, solemos decirles a los niños cuando se golpean y queremos encontrar algún culpable a los incidentes- y las voces que responsabilizaban desproporcionadamente - “culpa tuya estamos pagando todos...”. Todas las voces que hemos escuchado fueron modelando y afinando el tono a nuestra propia voz de la conciencia. Con esta voz con la que nos decimos las cosas, es con la voz interior con la que vivimos a diario la pereza y sus consecuencias.
Una voluntad debilitada por las voces negativas -propias y ajenas-, no logrará nunca levantarse por sí misma porque no ha encontrado apoyo en ningún resorte interno valorado, gozado, reconocido.
Su autonomía está amenazada, además, por la dolorosa comparación –propia o asumida- con un entorno que es percibido como productivo y capaz. Es por esto que debemos cuidar el modo en que decimos y nos decimos las cosas y las varas con las que nos medimos, ya que si están muy altas sólo las miraremos de abajo como un imposible aplastante.

ALGUNAS PARADOJAS CULTURALES QUE ESTIMULAN LA PEREZA 
En nuestra cultura exitista esto se complejiza aún más porque valora y premia con voces positivas sólo a quienes progresan, a quienes cumplen con reverencia ritual ciertos estándares de belleza u obedecen ciegamente a altos niveles de rendimiento, a quienes tienen más poder, más fama, más placer o más cosas. Quien vea en esta cultura del “éxito individual” un ideal inaccesible, renunciará prontamente al medir sus fuerzas. 
A su vez, estamos inmersos en un tiempo que olvida la profundidad de los procesos humanos y prefiere lo superficial. Es así que vemos un egoísmo competitivo voraz que pide siempre más para poder hacer y pertenecer, haciendo desear vivir muchas vidas en una. De ahí la autoexplotación que solemos llamar realización. Esto provoca un aceleramiento sin sentido para “haber experimentado”, en poco tiempo, mucho más de los que nuestras emociones, memoria y entendimiento pueden procesar. He aquí la sensación de ansiedad irresuelta que se llena de entretenimientos y nos lleva, no sólo a no poder estar presentes a nada, sino también a perder la capacidad de que el simple ocio creativo nos devuelva las ocurrencias de la imaginación que brotan de nuestra realidad más honda y nos invitan a crear. 


Por otro lado, los tiempos que vivimos instan a que recibamos con una triste pasividad miles de estímulos sensibles que parecieran dar todo resuelto con un click desconociendo el trasfondo complejo de las cosas. Se compra, se vende, se goza, se aprende, se comunica, se juega, se entretiene, todo frente a una pantalla con sólo una buena conexión y dinero. Quien no pueda hacerle frente al frenesí cultural imperante, quedará a merced de lo que se le presente más fácil e inmediato. 

LAS EXIGENCIAS DEL PEREZOSO
Dichas paradojas culturales se acentúan en quienes padecen la pereza. Si observamos bien, por lo general, dichas personas suelen ser muy exigentes con su entorno. Demandan con cierto derecho adquirido. Un poco victimizándose por lo que les pasa, otro poco porque desconocen el esfuerzo verdadero que conlleva hacerse cargo de la realidad en su complejidad.
Lo cierto es que se trata de una exigencia un poco irracional que, por no poder asumirla a nivel personal, es proyectada sobre todo lo demás causando así modales sarcásticos, irónicos y quejones. Por eso, se da que quien no mueve un dedo, pide que la realidad baile a su antojo.
En este sentido, la pereza se basa en el mecanismo infantil del todo-nada. De ahí que la pereza lleva al escepticismo triste y melancólico de una realidad que nunca se adecuará y será siempre injusta. Es decir, nunca habrá, para quien padece la pereza, una realidad que se acerque a aquel ideal inflamado del que se ha enamorado. Entonces, la distancia insalvable entre lo que es y nunca será se llena con el lamento. Casi un tango.

LA PEREZA COMO AUTODEFENSA
Ante lo dicho cabe reflexionar si la pereza, en verdad, no funciona como un mecanismo de defensa a los mandatos sociales y familiares que hemos asumido como propios -tener un cuerpo esbelto, ser el mejor, ganar siempre, etc. Aquellos ideales excesivos de los que hablamos muchas veces vienen envueltos en paquetes de buenos deseos.
Sin poder juzgar del todo las intenciones de quienes nos proponen determinados valores desajustados, lo cierto es que, en algún momento de nuestra existencia, comprendimos que para nosotros eso no era ni un valor, ni un ideal, ni un interés, pero no pudimos revelar nuestra oposición, no pudimos defendernos ante la “amenaza” que suponía para nosotros no aceptarlos. Entonces, dado que no contábamos con la claridad o la fuerza para enfrentarlos, la pereza resolvía desactivarlos, postergarlos, fantasear que algún día llegarán para calmar las demandas propias y ajenas.
Por eso, es necesario identificar de dónde vienen, cómo son esos mandatos desencajados, pero, sobre todo, de qué me defiendo con la pereza. ¿Cómo? Al bucear en las aguas profundas de lo que deseamos y amamos.

¿HAY SALIDA DE LA PEREZA?
Pues sí, algo hay para hacer. Lo primero, quizá sea encariñarse con lo posible, abandonar los ideales exagerados –propios o ajenos- con los que vivimos y que proyectamos hacia fuera y cacheteamos hacia adentro. Pero ¡ojo! Sólo los ideales excesivos que nos aíslan y autodestruyen. En cambio, los ideales que nos invitan a buscar lo noble de la vida, su sentido hondo, su verdad para mí. Esos hay que buscarlos, quererlos, protegerlos, y a lo mejor llamarles “utopías esperanzadoras” o simplemente “deseos”. ¿Cuáles? Animarme a querer un mundo más justo, a amar más, a servir mejor, a soñar la paz, a dar lo mejor de mí…
Este amar lo posible también significa asumir que somos seres limitados, pero no por eso menos dignos; frágiles y, al mismo tiempo, poblados de deseos inmensos. Lo segundo sería, entonces, aceptar la paradoja que somos y dejar atrás el jueguito infantil del “todo-nada”, del “blanco-negro”, del “siempre-nunca” que nos polariza la voluntad arrinconándola. Y bancar más los matices, hacer algo de todo lo que deseamos en vez de nada, dar el primer paso, aunque muchas veces parezca ser el único. E insistir y compartir.
Lo tercero es lograr distinguir, en un diálogo interior y con quien pueda ayudarnos, las voces que nos acribillan la estima propia. Cuidar con lo que nos decimos, vencer el impulso de castigar frenéticamente cada error o frustración, y asumir la actitud de quien desea lo mejor para el otro que soy yo mismo. ¿O acaso todavía creemos que a fuerza de tirones crecen las plantas? Vivimos en proceso constante. Acompañarnos y dejarnos cuidar, esperarnos, tenernos paciencia y darnos ánimo, aliento, celebrar los progresos, aunque a veces nos enojemos con lo que somos.
Lo último que agregaría es que tenemos que aprender a seleccionar las acciones importantes en nuestra vida y darles su verdadero lugar entre las que preferimos. Animarnos a descansar en las rutinas que nos ayudan y prescindir del pinchazo de novedades permanente. Muchas veces, hemos puesto todas las cosas que debemos ser, disfrutar y hacer en el mismo plano al punto de que se nos genera un fantasma que asusta.
Hay cosas que no nos interesan, pero son importantes, ¿qué lugar tendrán en mi vida? Las hay también que son importantes sólo para mí, sabiendo que no soy el centro del mundo ¿cómo las ubico respecto de las que son valiosas para mi entorno de relaciones? Esta búsqueda de equilibrio entre lo importante y lo que preferimos es una tarea urgente para vivir una vida real.
¡Qué pereza la pereza! Pero, bueno, ve, sé humilde, sacrifícate un poco, aunque no siempre obtengas resultados positivos, que no existe vida honesta y alegre que se viva sin esfuerzo y dedicación. ¿O acaso algún duende nos prometió un jardín de rosas? 



BONUS TRACK: 
LA PEREZA COMO PECADO Y OPORTUNIDAD, una mirada a la vida espiritual
Desde los primeros siglos del cristianismo los maestros espirituales han visto en la pereza uno de los siete pecados capitales que lleva a todos los demás pecados. La madre de los vicios, como se la suele llamar, es un flagelo que tarde o temprano nos visita en el camino de la lucha espiritual, le decimos desidia.
El problema que veo en considerar la pereza solamente como un pecado del que hay que pedir perdón es que evitamos atender a las causas que la tienen como desenlace de un proceso humano mucho más hondo, más complejo y menos lineal que la de un acto puntual en quienes la sufren.
Para luchar contra la pereza tenemos que discernir de dónde viene y a dónde me lleva, qué me dice de mi historia y de las voces que escucho interiormente. Porque allí, entre mi historia y mis voces, habita también la suave voz del buen espíritu que está siempre esperando para acercarme más a Dios y ofrecerme un camino de liberación.
Si como decimos, la pereza brota de ideales desmedidos y desencarnados, ¿qué “fervores indiscretos” –como los llama san Ignacio- me envalentonan al principio y me dejan sin fuerzas ni continuidad en mis propósitos espirituales provocando que me desilusione narcisísticamente de mí mismo? ¿Será de Dios pedirme cosas que, más allá de mi fragilidad, nunca podré hacer? Hay que cuidarse de las exigencias del dios sádico o de una religión que sólo propone un esquema de virtudes de perfección sin relación alguna con la compasión y la misericordia que vienen de la relación con el Padre de Cristo.
Si la pereza funciona muchas veces como mecanismo de defensa, ¿de qué me estaré defendiendo inconscientemente que mi voluntad no me responde? ¿Qué la activa, ante qué situaciones afectivas me encuentro bloqueado y respondo con postergación?

Si la cultura del consumo y el exitismo me invita a hacer cada vez más cosas para obtener siempre un beneficio, una satisfacción o un placer inmediatos, cuando no los consigo: ¿dejo de hacerlo? ¿Sólo hago lo que tiene una retribución? He aquí muchas veces la punta de lanza por la que abandonamos la oración y el cuidado de la vida espiritual. No nos bancamos el simple hecho de estar a la espera de Dios, a su disposición, resistiendo nuestros fantasmas, algunos aburrimientos. No queremos sufrir el que no pase nada, entonces recurrimos a prótesis que nos “llenen” el momento dedicado a Dios. Quizá sólo haya que estar en soledad callada sin hacer nada y dejar que Él nos cuide, Él nos mire, Él nos restaure con su misterioso silencio.
La pereza, en este sentido, atenta contra la gratuidad del porque sí, del cariño a Dios porque tengo una relación personal con él “sin tanto estipendio de consolaciones y crecidas gracias” [EE 322], como comenta san Ignacio en las reglas de discernimiento cuando explica las causas de la desolación.
La pereza como pecado no es tanto el acto puntual de omisión y procrastinación, sino el hecho no llegar a vivir confiando en la gracia que viene en auxilio de nuestras fragilidades, en el Padre bueno que quiere sanar nuestra historia herida y en la fuerza del espíritu que busca renovar los deseos más hondos y hacernos otros Cristos. 



[1] Búsqueda permanente de apagar la sed de sentido y autorreconocimiento con el consumo de dosis poco razonables de sexo, o comida, o alcohol, o sustancias, o pornografía, o masturbación, o cigarrillos, o juego… De ahí que clásicamente a la pereza se le llame “la madre de los todos los vicios”.