domingo, 31 de julio de 2022

¿EN QUÉ MOMENTO ESPIRITUAL ESTAMOS?


Por Emmanuel Sicre, SJ



Para quien desee una vida espiritual le será de vital importancia poder identificar en qué estado se encuentra. Necesitamos tomar conciencia de nuestra realidad actual si queremos crecer espiritualmente, es decir, como personas. Ignacio de Loyola, observador perspicaz del mundo interior, describe en las reglas de discernimiento de sus Ejercicios Espirituales la dialéctica de desolación y consolación como los dos estados del alma humana en su itinerario espiritual. Ingresemos con paciencia al monasterio interior de nuestra vida para ver qué está pasando en lo profundo. 


La consolación (C)

Se trata de ese estado espiritual en el que caemos en la cuenta simplemente de que somos una persona bendecida por todo lo que estoy viviendo. La consolación es el tiempo en el cual sentimos plenitud, disposición a amar y servir al hacernos conscientes de la profundidad del amor del Creador y Señor de la vida. Es el tiempo que le gusta regalarnos al Dios de Jesús, porque disfruta al comunicarse con nosotros. Es el oficio de consolar del Resucitado.

A diferencia de la contentura, se experimenta una alegría interna y un aumento de fe en la persona de Jesucristo, de esperanza en la realidad y de amor por el mundo. Lejos de la armonía de spa, se trata de una paz honda y un equilibrio unificante difíciles de conseguir por nuestros medios porque son don de Dios. Es el momento en el cual podemos percibir de cerca el vínculo que nos une a todo y a todos. Así, la realidad herida se nos presenta como una posibilidad de transformación desde donde estamos ubicados, porque somos conscientes del valor de cada criatura. Si nos encontramos en un momento de dolor podemos percibir la ternura de Dios acompañándonos, dándonos fuerza y apoyo firme.

También comprendemos mejor a los demás, y hasta perdonamos sus errores dado que advertimos nuestra propia paradoja. Además, se fortalece en nosotros el sentido de la justicia social al indignarnos por las inequidades, de la lucha por la dignidad humana de los que sufren al inquietarnos por hacer algo, de anuncio del Reino al denunciar el mal con firmeza y ternura; a la vez que deseamos alabar y bendecir las realidades de Dios y sus amigos los santos con la oración y los sacramentos. Por eso, es un tiempo oportuno para tomar decisiones fuertes y dejarse confirmar por la vida en la alegría de la elección hecha de la mano del espíritu de Dios que danza con nuestros deseos más hondos.

Entonces, los sentimientos más propios de este tiempo son el gozo, la paz, la esperanza, el entusiasmo, la emoción por la vida, el deseo de ser buenos, la conexión profunda, la pequeñez, la humildad, la claridad y la lucidez, la cercanía a Dios y su misterio de amor a pesar de todo.

 

El tiempo tranquilo (TT)

Pero ¿qué sucede cuando la intensidad de dichos sentimientos no es tanta, cuando estoy bien y listo, sin mucha experiencia sensible de consolación?

Bueno, en realidad se experimenta algo de todo esto, pero de manera más serena, como de fondo, como con la sensación de estar sostenidos por Dios desde siempre. A esto le podemos llamar: tiempo tranquilo. Este tiempo es una realidad cristiana de lo más común y regular. Sería una necedad pensar que es una consolación de baja calidad, o que Dios como nos quiere menos, nos hace sentir menos su presencia y a otros más. Si esto sucede, lo que está pasando es que se desfiguró el rostro de Dios porque él no da para recibir. A decir verdad, este tiempo, al igual que la consolación intensa, se trata de un don de Dios para la vida de todos los días, donde se combina muy bien lo que somos con las circunstancias que nos tocan vivir.

Podríamos decir que es el estado existencial propio del cristiano, a quien, de vez en cuando, se le da sentir con mayor intensidad su vínculo con el Dios de la vida.


La desolación (D)

Pero también sucede todo lo contrario, y a esta experiencia le llamamos desolación. Se trata de un momento de oscuridad y sin sentido que Dios permite que vivamos para que aflore algo que debemos aprender o aceptar para seguir creciendo en nuestra vida.

Baste notar aquí que la consolación Dios la da porque es el modo en que se comunica con nosotros, mientras que la desolación sólo la permite. El Dios de Jesús no se comunica con eventos catastróficos, desolaciones aplastantes, y enfermedades incurables. Su voluntad nunca es destruir, sino todo lo contrario. Dios se comunica a pesar de las dificultades y el sufrimiento, de hecho, los supera sanándolos, redimiéndolos, resucitándolos, infundiendo consuelo. Él se comunica en y a través de nuestros dolores. Incluso con su silencio. Es lo que hemos visto hacer a Jesucristo todo el tiempo.  

La desolación es el tiempo cuando nos sentimos permanentemente acosados por la tentación de claudicar y abandonar todo porque estamos como agobiados, abatidos, rotos. La confusión sobre lo que nos está pasando nos tiene inquietos y no podemos detener la marea de pensamientos que, mezclados con las emociones más feas, resultan un combo deprimente. La desconfianza se apodera de cada una de nuestras apuestas. Comienzan a aparecer palabras como todo, nada, siempre, nunca, que tensan la dialéctica de la vida y no hay términos medios ni matices que valgan. Todo está perdido, siempre lo mismo, a mí nunca... desaparece la perspectiva, la confianza en los procesos lentos, el miedo por nuestras sombras. 

Suele suceder, también, que nos visita la pereza porque no nos dan ganas de hacer nada dado que se nos oculta el sentido de la vida. A su vez, la tristeza ensombrece el corazón poniendo un manto de nostalgia que nos atrapa en el famoso dicho: “todo pasado fue mejor”. La culpa insana por nuestros fallos nos pesa como un yunque y nos hace andar encorvados y como sin salida.

Los demás son una amenaza irritante y necesitamos que fracasen para no sentirnos tan miserables. Vivimos tibios respecto de los ideales que nos sostuvieron alguna vez y surge una experiencia como de estar separados y alejados del Creador. Como si Dios hubiera desaparecido y resulta casi un perfecto desconocido. En efecto, es el tiempo de la desmemoria absoluta. Por eso, Ignacio recomienda nunca cambiar las decisiones importantes que tomamos en la consolación cuando nos sentimos tan abrumados. En efecto, nos parece que nunca fuimos consolados en toda nuestra vida.

Entonces, los sentimientos de este tiempo son propiamente los negativos (no malos, negativos): desesperanza, escepticismo, angustia, pesantez, vacío, incredulidad, impaciencia, distanciamiento de Dios y su misterio. 


La sequía espiritual (S)

Sin embargo, ¿qué pasa cuando esta desolación no es tan aguda y simplemente nos acompaña un tiempo de angustia leve y desazón permanente sin que nos quite del todo la paciencia? A esto le podemos llamar un tiempo de sequía espiritual. Al parecer nada brilla, todo está como normal, sin cambio, chato, deslucido y nos cuesta aletear. De oración ni hablar. El espíritu parece cera pegada al piso. Inerte, indolente, abúlico, aburrido.

Si permanecemos allí quizá se nos convierta en nuestra casa y seamos unos amargados, intolerantes que enjuician todo con su mirada monolítica y cerrada de la vida y los demás. Quien no hace lo posible por mudarse de la casa de la desolación terminará siendo un personaje pálido, incapaz de provocar vida, de cara larga y que da lástima para conseguir autocompasión. Y de a poco quedaremos en soledad, o simplemente acompañados con los habitantes derrotistas de la casa de la desolación.


La agitación de espíritus (AE)

Finalmente, ¿es posible que, dado algún momento particular que estamos atravesando, o incluso dentro de la misma oración, experimentemos un estado de agitación de espíritus donde pasamos de la desolación a la consolación como de un momento a otro sin entender mucho por qué? Sí.

Nos sentimos en una especie de ciclotimia espiritual, como inestables y un poco confundidos. Esta agitación es permitida para que el discernimiento pueda ayudarnos a aclarar lo que estamos viviendo de cara a lo que Dios está invitando. Aquí hace falta distinguir más finamente qué cosas me provocan desolación y cuáles, consolación. Habrá las que con mayor notoriedad nos resulten desoladoras y viceversa. Sirve diferenciar aquí la consolación pasajera de la perdurable. La primera es del mal espíritu porque es un placebo mentiroso, la segunda es del bueno porque es una medicina inconfundible. La agitación de espíritus es un tiempo apropiado para no dar manotazos de ahogados con la marea revuelta, sino simplemente flotar con paciencia hasta que llegue el rescate.


¿Y para qué todo esto?

Bueno, para acopiar gozo en la memoria del corazón durante el momento de la consolación para cuando venga la desolación. Para saber que no somos los dueños de lo que nos pasa, y sí los responsables de ver qué hacer con lo que vivimos interiormente. Para dejar de vivir en la fantasía del castillo de la consolación o en la ingenuidad de casa de la desolación. Para comprender que la realidad de ser humanos es compleja y necesita de esta sístole y diástole espiritual que la renueva, la purifica, y la predispone para acercarse cada vez más al mundo herido y hacer lo que Dios hace: encarnarse, redimir, sanar y consolar. Para que cuando nuestra fe entre en crisis no la abandonemos, y le ayudemos a seguir el camino de la maduración que exigen todas las cosas importantes de nuestra vida. Por último, para que enteramente reconociendo la vida que se nos regala, podamos ofrecerla en el servicio de amor a los demás.

 

PARA MI MEDITACIÓN:

Me dedico un tiempo a la oración disponiendo primero el cuerpo y los sentidos. Aquietando los pensamientos me dirijo al Buen Dios para decirle que quiero escucharme para escucharlo, amarlo y seguirlo. 

  • ¿Qué estado espiritual hace mayor eco en mí en este momento actual que vivo? 

  • ¿Qué zonas de mi vida identifico más en un estado o en otro? 

  • ¿Qué momentos espirituales he ido atravesando en este último tiempo?

  • ¿Qué intuyo que el Dios de Jesús está queriendo comunicarme a mí, a mi entorno? 

  • ¿Qué me gustaría responderle?

Coloquio: le comparto en un diálogo de amistad a Jesús aquello que brote de este momento de encuentro.


Anexo:


¿CÓMO ACTÚAN LOS ESPÍRITUS EN NUESTRA VIDA?

Como se trata de una dialéctica, tanto el bueno como el mal espíritu, actúan de manera contraria según el estado espiritual (Consolación/desolación) y la opción personal (de crecimiento/de decadencia). 

Es decir, si estoy en desolación por mi alejamiento de la vida buena (decadencia) el mal espíritu buscará mantenerme ahí con razones falsas, placeres pasajeros, justificaciones y aparentes “consolaciones” de momento.  En cambio, el buen espíritu buscará que regrese al camino del crecimiento tocándome con dulzura (remordiendo) la conciencia y dándome ese empujón que toda persona que nos quiere nos da para que no nos alejemos. Así, en la desolación al Mal espíritu se lo escucha bien fuerte en nuestras voces negativas y al Bueno suavemente, insistiendo en que nos tomemos un tiempo, en que frenemos y miremos a Dios con paciencia y comprensión. 

Pero si estoy en mi vida buscando lo mejor para mí y los demás, queriendo dar lo mejor, acercarme a Dios, los espíritus se comportan de manera diametralmente opuesta. El bueno alentando, el malo poniendo trabas. Como el enemigo no quiere que crezcamos nos distraerá, buscará apartarnos con sus mejores persuasiones y poco a poco nos aleja de nuestros deseos profundos haciendo que ya ni nos escuchemos. Como es lógico, el bueno hace lo contrario, nos sostiene y nos orienta, nos da confianza, señala nuestras capacidades con lucidez y evita la dispersión de las fuerzas. 

 

¿Cómo actuar en la zona de la desolación?

San Ignacio dice que en tiempos de desolaciones no hay que cambiar las decisiones que fueron tomadas en paz (“no hacer mudanza”). Es mejor tener paciencia y confiar en que se trata de un tiempo de prueba que va a pasar, de resistencia, de fuerzas propias. Dios nos está dejando caminar como a los bebés que van aprendiendo a dar pasos.

Además, debemos recordar que así́ como en la consolación nos guía y aconseja más el buen espíritu, así en la desolación el malo, con cuyos consejos no podemos tomar camino para acertar (EE. 318).

Lo que sí hay que hacer es mudarse contra la desolación. Es decir, insistir en las cosas que nos hacen bien (oración, pausa diaria, conversaciones con quienes ayuden, meditar, ofrecer, ser solidarios, etc.) aunque no percibamos sus frutos.

¿Por qué entramos en la zona de la desolación?

Hay tres causas principales de desolación: por falta de seriedad, por ser demasiado interesados y por falta de gratuidad en la amistad con Dios y sus cosas. Es decir, Ignacio se da cuenta de que muchas veces somos perezosos en nuestra relación con Dios, o buscamos interesadamente que Él nos premie por hacer las cosas bien, o simplemente porque nos la creemos pensando que podemos autogestionarnos lo que sólo Dios puede dar.

La zona de la desolación entonces se torna un tiempo de profundo aprendizaje interior, de camino a la madurez, aunque a nadie le guste estar así. Lo cierto es que se ven nuestras fragilidades y flaquezas y al reconocerlas podemos tomar mayor conciencia de lo que necesitamos crecer. Ciertamente es una situación algo humillante porque queremos estar bien, pero no depende de nosotros y entonces nos visita cierta frustración. Es entonces cuando miramos el rostro del Padre y buscamos su ayuda.

¿Cómo actuar en la zona de la consolación?

Quien está en la zona de la consolación, Ignacio le recomienda agradecer, recordar su pequeñez y que piense cómo tendrá que actuar en la próxima desolación y tome fuerzas para cuando llegue ese momento (EE. 323). Es como si habiendo pasado la tormenta piense qué le sirvió para no pasarla tan mal y se prepare ya más consciente de sus debilidades.

En definitiva, que sepamos que no controlamos el mundo espiritual, sólo lo recibimos y con nuestra libertad siempre en aprendizaje, gestionamos lo que deberíamos hacer.

¿Cuáles son las tácticas del tentador?

Se agranda si me achico y se achica si me confío, lo delato y lucho. Es decir, no hay que temer si nuestro aliado es Cristo. Las tentaciones del mal espíritu muchas veces lo único que hacen es revelarnos los miedos que albergamos o los temores existenciales que tenemos.

“No cuentes, no digas, no reveles nada”, se le suele escuchar. Y claro, es que en el secreto trabaja mucho mejor. Nos entrampa, nos manipula y nos resta claridad para resolver. Nos avergüenza ingenuamente y nos hace caer en la trampa de su malicia. Por eso la luz, la transparencia y la genuinidad lo espanta. Conversar con quienes saben escucharnos es el mejor antídoto contra la tentación.

Y finalmente se lo conoce porque suele conocer muy bien nuestras debilidades y las señala, las roza con su ponzoña y nos hace sentir mal. Entra por nuestras heridas históricas como Pancho por su casa.

¿Puede ser que el mal espíritu me consuele para engañarme haciéndose pasar por el bueno? Sí, cuando el mal espíritu sabe que no podrá tan fácilmente con nosotros buscará disfrazarse de bueno y en su apariencia entrará como algo luminoso para llevarnos a su oscuridad. De hecho, podríamos reconocer que las cosas más sagradas son las más tentadas.

¿Qué hacer entonces? Discernir la voz del Espíritu de Dios que resuena. Esto es, vigilar tiernamente lo que se nos mueve adentro con Dios, con el mundo, con las personas y detectar lo que vivo interiormente para descubrir de dónde viene y adónde me lleva. Y si en el principio, el medio y el fin de mis pensamientos y de mis acciones hay alguna trampa, el coludo se metió en algún momento, pero si es todo bueno será de Dios. 



sábado, 26 de febrero de 2022

¿QUÉ PAZ DESEAR EN MEDIO DE ESTA GUERRA? Reflexión sobre la NO-violencia desde una perspectiva cristiana



Por Emmanuel Sicre, sj


 “Esforzarse por llegar a ser de manera que podamos ser no violentos.” 

Simone Weil


No es una novedad que estamos en guerra. Inclusive los que no la sufrimos de cerca y tenemos tiempo para escribir sobre la guerra y la violencia. Mientras sea el hombre contra el hombre, todos estamos en guerra directa o indirectamente. ¿Por qué? 

Porque, en principio, no vivir estado de guerra no significa no ser afectado por ella. Los recursos humanos y las fuerzas morales, los recursos económicos y naturales que la guerra devora son hipotecas que pagaremos tarde o temprano. 

Porque la lógica mediática a la que asistimos nos hace partícipes y cómplices de las dinámicas de violencia instituidas como una cotidianidad descarada. Cada vez que cedemos al impulso de los medios masivos de comunicación a tocar la muerte injusta con los ojos y los oídos, nuestra sensibilidad, amarrada a lo que pensamos, se va transformando más y más en una piedra que luego lazaremos contra el otro, contra la masa, y, en definitiva, contra nosotros mismos. 

Porque mientras la paz no sea posible para todos, no podremos llamarle paz en serio. Pero ¿de cuál paz seremos dignos los seres humanos? ¿Qué paz nos conviene desear?



PAZ SIN GUERRA JUSTA

Debemos apelar a una moralidad que vaya más allá de la legítima defensa. Esto implica un cambio de mentalidad desde la temprana edad donde nadie entienda que otro debe ser violentado en su dignidad por una causa que lo hace, en apariencia, merecerla. Es necesario, como dice Simone Weil: “Esforzarse por sustituir cada vez más en el mundo la violencia por la no violencia eficaz.” Quizá pueda comprenderse esto como un quietismo falso que se conforma con “no hacer el mal”, pero que tampoco hace el bien. En este sentido, podríamos decir que la abstención también resulta una forma de violencia porque disminuye la no-violencia. 

Esto conlleva una formación voluntariosa, disciplinada y programática para llegar a ser no-violentos. Pero, ¿cómo romper inercias que violentan al ser humano desde el inicio de su vida con prácticas, incluso inconscientes, como jugar a la guerra, divertirse con la muerte del “malo”, ceder al impulso del bulliyng y callar ante la injusticia? ¿Cómo pensar la vida sin violencia? Preguntas como éstas nos conducen de lleno a reflexionar, entonces: ¿qué es la violencia? Y más ¿es posible la no-violencia? De ser así, ¿qué destino tienen las incontenibles negociaciones interiores con las que lidiamos para no dañar y no hacernos daño? ¿Acaso la fuerza de la ira envuelta en la violencia podrá tener otra dirección que no sea la de volcarla sobre el otro? Creo que sí, hay testimonios de mártires de la no-violencia que supieron usar la fuerza, no para ejercerla en contra de los demás, sino para resistir y transformar la realidad.  


UNA PAZ QUE TENGA EL ROSTRO DEL OTRO

La única forma posible de que la no-violencia sea un estilo de vida personal y social es que el otro no sea una amenaza. Cuestión “imposible” para el ser humano. Y justamente, por ser un imposible, las reacciones ante él pueden entrar en dos planos contrapuestos: el plano de la utopía esperanzadora o el escepticismo burlón. He aquí la elección personal de la conciencia desde la que ejercemos éticamente nuestro lugar en el mundo. Es decir, buscando caminar hacia el horizonte de la utopía en el proceso de nuestra vida, o dejándonos embargar por un escepticismo autocondenatorio que no conoce sino la violencia atmosférica de la que no está dispuesto a salir. 

¿Cómo relacionarnos con esfuerzo por ser no-violentos con el otro? Considerándolo como uno mismo o como uno de la familia. El problema yace muchas veces en que no nos es posible amarnos ni a nosotros mismos, y mucho menos evitar la violencia incluso con los que amamos al interior de nuestra familia. Pareciera impregnado en nuestro ADN el hecho de rechazar al otro. Por eso, es necesaria una pedagogía del amor propio que libere al hombre de ser una amenaza para sí mismo, y lo abra a la salvación que le viene desde el rostro del otro. 


UNA PAZ HIJA DE LA JUSTICIA CRISTIANA QUE NO EVITA EL CONFLICTO

Que alguien merezca un castigo por sus acciones no supone que el castigo sea una violencia contra su dignidad de persona humana. Aunque sea lo que le deseamos, e incluso, sea emocionalmente legítimo (sí, solo emocionalmente). 

Desde niños sabemos que los procesos de conciencia que cambian las actitudes positivamente en la vida, no son los que revirtieron acciones por el ejercicio de la violencia sistemática proyectada en el castigo, sino la constante paciencia y amor con el que fuimos corregidos por quienes nos aman. Sin embargo, cabe la pregunta ¿necesitamos una dosis de violencia para reaccionar a veces? No, porque la violencia es una construcción social que atenta contra la dignidad. Que nos hagan reaccionar no implica la violencia. Si no esto podría justificar el golpe y la violencia doméstica, nidos para un sentimiento de odio que crecerá con el tiempo y será motivo de una violencia aún mayor. 

La guerra no es una necesidad justificable, es una negociación mal llevada por el odio y el fracaso encubierto del propio ego que no asume su fragilidad. Por eso, educar para la paz es formar en la autopercepción de las propias fragilidades, de los conflictos con la historia y la integración del fracaso como verdadera capitalización del error para vivir mejor. 

Por otra parte, el mero concepto de justicia retributiva donde a cada uno le corresponde lo que merece, está en la Biblia, pero no es de Cristo. Él invirtió esta concepción de raíz. En efecto, hacer justicia como Cristo es: darle a cada uno la posibilidad de trabajar sobre sus propias heridas para que sanen y vuelva a sentir que está en casa con la ayuda de Dios en sus hermanos. (Cosa que el sistema educativo vigente está muy lejos de plantearse todavía). 

Y esto es ser injustos: negarle al otro la oportunidad de aceptar y transformar su dolor y su fracaso, condenándolo a la marginación y la exclusión. Por eso la ley del talión aún sigue enquistada como una aguja en nuestra corteza cerebral, porque queremos que la justicia castigue, haga pagar, rompa en el agresor lo mismo o más de lo que él rompió, queremos que sufra lo que hizo sufrir, que le duela y ahí quizá pueda entender lo que hizo. Si el castigo en verdad provocara nuevas conductas pacificadoras, ¿por qué, dados los índices de violencia cotidiana, hasta ahora no funcionan los sistemas de penalización judicial? 

La cuestión es mucho más problemática porque la punición no está enfocada en la reorientación de la vida del otro hacia el valor, sino hacia la autopreservación de los que se creen justos, y que poco les interesa saber si su agresor cuenta con las posibilidades para redescubrir su propia dignidad. ¿Por qué habría de interesarle? Porque es otro como él, y porque debería ser más consciente de las violencias silenciosas (económica, psicológica, estructural, laboral, moral, religiosa, …) que se ejerce a sí mismo y a los demás por el sólo hecho de vivir en la guerra en la que estamos insertos todos sin excepción.   


UNA PAZ QUE SEA LA CONFIRMACIÓN ESPIRITUAL DE UNA ACCIÓN DISCERNIDA 

Lo que un cristiano espera en su encuentro con Jesucristo es al menos conocerlo para ser un poco más como él. Pero ¿cómo sabe el cristiano que sus acciones, fruto de su corazón sincero en la búsqueda del bien, pero atento a las tentaciones del mal espíritu, van encaminadas a parecerse a Jesucristo? 

Lejos de una imitación ciega de Jesús que lleve a la despersonalización, el cristiano en su proceso de crecimiento necesita ciertas seguridades para avanzar. La espiritualidad ignaciana ha intentado hacer un aporte en este camino a través del discernimiento de espíritus. En el proceso de los Ejercicios Espirituales, donde se pretende “buscar y hallar la voluntad de Dios”, el signo claro de que están en sintonía mi deseo más profundo con el deseo de Dios para mi vida es la paz. Se trata de una paz que confirma ese discernimiento hecho de diálogo, silencio, paciencia, cruz, honestidad y docilidad a la voz de Dios en el propio corazón. 

Y esta paz que confirma nuestra misión en el mundo, si viene del Dios de Jesús, es profética, incómoda y reconciliatoria. Por eso, el cristiano no está cómodo en el mundo mientras no se parezca al Reino que le oyó anunciar a Jesús en su Palabra y en su corazón. De ahí la expresión de Jesús sobre las contradicciones que provocaba su mensaje de amor: “No piensen que he venido a traer la paz sobre la tierra. No vine a traer la paz, sino la espada”. (Mt 10,34). 

En efecto, si deseamos una “paz estable y duradera” para nuestra “Casa Común” deberá ser fruto de la justicia misericordiosa del Reino, del asumir el conflicto, del no justificar la guerra como necesidad, y deberá tener como norte convivir con el rostro de Cristo en los demás. Entonces, sí habrá una paz digna de cada uno de nosotros.  


martes, 22 de febrero de 2022

¿CÓMO SOPORTA LAS AGRESIONES EL PAPA FRANCISCO?

Por Emmanuel Sicre, SJ


No es novedad que las embestidas están a la orden del día. Lo que sí sorprende es su intensidad, su fuerza destructora, su liviandad. Es como si la negatividad atmosférica se nos metiera dentro y sólo encuentra una vía de escape: la descalificación, el insulto, el linchamiento verbal, cuando no físico y letal. En efecto, tal grado de odio se enciende cuando se trata de cuestiones típicas que atañen a la vida política, a las creencias religiosas, a los gustos deportivos. Lo que sucede es que en esta época todo está magnificado por las redes sociales de comunicación que nos dieron a todos, un megáfono para amplificar lo que sea que se nos ocurra decir. 


En este sentido, alguien que se ha hecho acreedor de una gran cantidad de desprecios es el Papa. Al principio, todo parecía color de rosas, al menos para las mayorías: primero en ser latinoamericano, primero jesuita, primero en visitar tal o cual lugar, primero en tratar algunos temas abiertamente, reformador, rupturista, carismático, cabal, capaz de dialogar sobre los grandes temas. Hasta que la tendencia no menguó en él. Es como si él siguiera siendo el mismo de siempre, pero a quienes lo observaban ya no les gustó que no colmara sus expectativas. Entonces se produjo el efecto inverso: todo lo que al comienzo podría haber atraído de su figura comenzó a retraer, a repeler, a incomodar: siguió siendo, pero de manera concreta, no ilusoria: latinoamericano, jesuita, outsider, abierto, reformador, rupturista, carismático, cabal, atrevido y ahí ya dejó de ser popular. Tal como le pasa a Jesús en los evangelios: al principio todo es asombro y algarabía hasta que su mensaje va en serio y comienza a molestar a los poderes religiosos y civiles de su época, envalentonan a la masa y lo matan. En Francisco no hay nada de lo que está haciendo desde hace 9 años no estuviera dicho o preanunciado es su primer texto Evangelii Gaudium (2013). Lo que sucede es que no lo conocemos. 


Lo interesante de este proceso es que se empezó a hacer conocido de él lo que más o menos desde siempre pensó, creyó, vivió e hizo. Claro, con matices. Recuerdo haberle escuchado que como Papa tenía un conocimiento de cuestiones internacionales a nivel diplomático, por ejemplo, que nunca había conocido, pero los criterios con los que mira el mundo son los mismos que mamó desde su formación y vida como jesuita y su posterior trabajo como arzobispo de Buenos Aires. 

Para conocerlos un poco basta hacer los Ejercicios Espirituales de san Ignacio tal como se los ofrece a partir del Concilio Vaticano II. Ahí está el meollo, la matriz, el paradigma desde el que Francisco piensa, cree, vive y hace. Es cierto, muchos han hecho los EE y piensan distinto, pero ahí está la cuestión. El método de los EE no es para pensar igual, no es un adoctrinamiento ni mucho menos un pensamiento homogeneizante. El método de los EE abre, inspira, conecta, redirecciona, ordena, calibra la propia vida hacia la opción de Cristo relatada en los evangelios: dar la vida por amor a todos, incluso a quienes te maten por lo que creas. Es un modo de acercarse al Evangelio que activa el espíritu y lo invita al discernimiento continuo, esto implica vivir abiertos a los movimientos internos que se provocan en el contacto con la realidad y con el misterio de Dios. Son ejercicios para que el espíritu, la mente y el corazón no se corroan, se cierren, se dogmaticen y terminen haciendo daño. 


Así resulta que Francisco, hoy tan denostado por muchas personas dentro y fuera de la Iglesia, impresiona por su tesón, su insistencia, su resiliencia, su capacidad de seguir adelante, de rectificar si hace falta, pero seguir, su autoconciencia de pecador, frágil, humanamente limitado -cosa que por lo general entre sus detractores no resulta tan evidente. 


LO QUE PIDE FRANCISCO DESDE HACE MUCHO


Me pregunto de dónde viene su aguante, de dónde brota su sostén, qué lo hace dolerse sin quebrarse y tirar la toalla, cómo soporta tanto desprecio social, incluso de los “suyos”. 


En los Ejercicios Espirituales San Ignacio ha diseñado unas peticiones a Dios que son muy difíciles de entender sin la fe desde donde nacen. 


Veamos. En la “oblación de mayor estima y momento” como se llama en los EE 98 a la oración que surge luego de sentir el deseo de seguir a Jesús y su proyecto, Ignacio propone que el ejercitante se ofrezca a Dios diciendo: “yo quiero y deseo y es mi determinación deliberada, [...], de imitarte en pasar todas injurias y todo vituperio y toda pobreza”. Así de radical es la cosa. 


Una vez que hayamos ofrecido nuestra vida a Cristo el método propone contemplar, mirar, observar la vida de Jesús a través del evangelio. Así es que al contemplar el nacimiento Ignacio hace poner la mirada sobre el modo en que Dios se encarna: “[116]: mirar y considerar lo que hacen [María y José], así como es el caminar y trabajar, para que el Señor sea nacido en suma pobreza, y al cabo de tantos trabajos, de hambre, de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz; y todo esto por mí”. 


El proceso continúa buscando conocer internamente a Jesús al punto de querer configurarse con él, pero Ignacio sabe que la única forma de asemejarnos hasta ser como él brota de vencer aquello que opone mayor resistencia en nosotros: la riqueza (cualquier seguridad absolutizada material y simbólica), la fama (el ser tenido en cuenta, el buen nombre, el prestigio, honores), el ego (la omnipotencia personal que busca salvarse a sí mismo). Por eso la propuesta será pedir todo lo contrario durante todas las oraciones (5 horas por día, durante varios días, años): 

  • Ser recibido en el seguimiento de Jesús en pobreza (sin seguridades),
  • Deseando oprobios, injurias y menosprecios “que de estas cosas sigue la humildad”, agrega Ignacio. 
  • Desear humildad contra soberbia


No es más que el triple diálogo que tiene Jesús en el desierto cuando es tentado por el demonio (riquezas, fama, poder) o las advertencias de persecución a quienes busquen crean y sean fieles a los valores del Reino De Dios (“los tratarán así por mi causa” Jn 15, 21), que no son los de este mundo. En el fondo, lo que está pasando con Francisco es que su mensaje pierde la fuerza de la cristiandad “poderosa” del pasado y asume el profetismo incómodo siempre débil a los ojos de las mayorías envanecidas, siempre frágil a la mirada de los poderosos, siempre impotente ante el ego devorador. 


El mensaje del evangelio en la sociedad descristianizada, peor aún desacralizada, de occidente es cada vez más raro, más inentendible, menos claro y prudente con los criterios del mundo. Quienes pregonan los valores de libertad, igualdad y fraternidad que inauguran de alguna manera el occidente postcristiandad no han podido concebir su dinamismo interno y por eso fracasamos. No hay libertad posible en una sociedad desigual, como no hay igualdad en una sociedad de libertades recortadas, así como tampoco habrá fraternidad si sólo defendemos libertades y no trabajamos por la equidad. En fin, justamente de esto trata el último texto de Francisco: la fraternidad humana (Fratelli Tutti, 2020). 


Francisco ha deseado desde siempre, aunque vaya en contra de los quereres humanos más comunes, el tercer grado de humildad de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio donde se pide “por imitar y parecerse más actualmente a Christo nuestro Señor, quiero y elijo más pobreza con Christo pobre que riqueza, oprobios con Christo lleno de ellos que honores, y desear más de ser estimado por vano y loco por Christo que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo.” Y se le está dando bastante bien. 

domingo, 5 de diciembre de 2021

DE LA SAGRADA FAMILIA CON UN PRE-ADOLESCENTE

Discurso a los egresados de primaria 2021 

Queridos chicos, queridas familias, querido equipo directivo, educadores, comunidad toda… 



Jesús tenía la edad de ustedes, chicos, se perdió en un viaje con su familia. Recuerdan que él había ido en caravana con sus padres y parientes a Jerusalén para la Pascua y cuando todos vuelven, él se queda sin que sus padres se den cuenta, haciéndolos angustiar porque no lo encontraban. Ellos regresan desesperados a buscarlo y lo encuentran después de 3 días. 3 días!!! ¿Se imaginan los familiares aquí presentes si nos pasara algo de esto?


Siempre me he preguntado qué le habrá pasado a Jesús por la cabeza para tomar esa decisión tan curiosa sin medir las consecuencias. ¿En qué habrá estado pensando mientras se quedó escuchando a los doctores de la Ley cuando enseñaban la catequesis como para no sentirse extrañado sin estar con sus padres? Porque por muy buen alumno que sea, no conozco muchas personas que hayan dejado que toda su familia se fuera para quedarse aprendiendo algo por tres días en el Templo. Y eso que no había play, ni fortnite, ni Instagram, ni Tik Tok, ni nada de esas cosas que usamos ahora como para quedar hipnotizado frente a las pantallas habiendo perdido toda noción del tiempo. Algo le pasaba a Jesús que vive esta situación totalmente nueva para él a sus doce años. 


Y aquí es cuando pienso en ustedes, chicos. Sí, ustedes también vienen viviendo cosas nuevas en este momento de sus vidas: las transformaciones físicas de su cuerpo, la complejidad de algunos sentimientos encontrados como la tristeza de no saber qué me pasa, las exploraciones de nuevos mundos con su imaginación y sus pensamientos, el ir dejando la etapa de la inocencia de hace unos años atrás y sentir que ya no son ni niños ni grandes, las nuevas formas de relacionarse con algunas amistades, los enojos desproporcionados, la sensación de querer estar solo buscando su propio espacio de intimidad, las grandes peleas con los amigos o los familiares, las preguntas difíciles sin muchas respuestas, el darse cuenta de algunos riesgos que los llenan de temores, el deseo de ser más libres de los adultos pero al mismo tiempo la necesidad de ser cuidados, el cuestionarlo casi todo… un poco como Jesús en este episodio. 


Al parecer, Jesús se siente atraído profundamente por lo que escucha de los maestros de la Ley que hablan de las cosas de Dios y descubre que ahí hay algo que le habla de él, de sus intereses más profundos, de su propia identidad. Así como ustedes, Jesús se está dando cuenta de que le pasan cosas nuevas en este momento de su vida, a los 12 años. 


Sin embargo, una cosa es que él se haya quedado asombrado por las cosas de Dios en el Templo y otra que sus padres lo anden buscando desesperados. Los invito a ver ahora a la familia de un Jesús entrando en la pre-adolescencia. 


Sus padres, acostumbrados a un niño obediente, es cierto, algo fuera de la media, pero ciertamente un niño lo que se dice normal, nunca se esperaron que saliera con algo así. Ellos hicieron lo de siempre, caminaron en caravana como cada año para Pascua, iban los primos, los tíos, la parentela y los vecinos, qué podría ser distinto si venimos haciendo lo mismo de todos los años, habrán pensado. Hasta que se dan cuenta de que el niño -que ya no es un niño- no está con ellos. Toman conciencia de que aquello que les era natural que estuviese como adherido a ellos se ha desgajado. ¿Les suena esta sensación papás, mamás? 


Entonces comienzan el camino de descubrir dónde es que se les perdió el niño volviendo sus pasos hacia atrás. Y cuando llegan y lo ven ahí entre los maestros de la Ley preguntando y respondiendo con tanta inteligencia, se les amontonaron en la garganta todas las angustias y se dan cuenta de que Jesús ya no es un niño, ni el bebé dócil e inocente que hace todo lo que le dicen. Se han convertido en padres de un preadolescente, como ustedes, queridos papá y mamá. 


Como es natural, la madre le pregunta al niño, no a los maestros, mientras el padre asiente con silencio compañero, por qué había hecho eso sabiendo que los había angustiado tanto, como diciéndole que no ha pensado en ellos siendo que ellos piensan todo el tiempo en él. Medio como que suponen que Jesús por haberse quedado dejó de pensar en ellos, es un reclamo de amor, pero que desconoce lo que piensa el otro, da por supuesto que ellos sí piensan en él, pero Jesús, no. María y José están desorientados. 


Hasta aquí el paralelismo en algunas situaciones de nuestra vida y la de la Sagrada familia van coincidiendo, ¿no es cierto? Y eso que en el relato no dicen nada de los abuelos de Jesús, Joaquín y Ana, que también habrán tenido su cuota de ayuda en la crianza. Aprovechemos para darles un aplauso a los abuelos, a las abuelas presentes que tanto hacen por nosotros. 


Sigamos. Por ahora, la perplejidad de los adultos era algo lógico por el esfuerzo que suponía darse cuenta de que Jesús ha aparecido bien, sano y salvo, después de 3 días… hasta que llega la respuesta desconcertante del pequeño en el breve diálogo que tiene con sus padres y la sorpresa es mayor aún. 


A la pregunta de su madre de por qué les había hecho esto, Jesús lanza una respuesta inesperada, muy poco improvisada y de un hombre que ya va sabiendo lo que quiere. En el mismo tono de sus padres les devuelve la pregunta casi desafiándolos a dejar de pensar en su angustia y que piensen en que él también tiene cosas de las que ocuparse que son propias de su identidad de Hijo de Dios. “¿No saben que me tengo que ocupar de las cosas de mi Padre?” y “¿Por qué me buscaban?”, les dice. 


El evangelio de Lucas relata que sus padres, María y José, no entendieron lo que les dijo su hijo. Como nos pasa a nosotros, queridos adultos. Tantas veces nos quedamos sin entender los intereses, las palabras, las búsquedas de los chicos que para ellos son importantes, fundamentales, serias. Sepan, chicos, que los adultos aprendemos con ustedes a acompañarlos. Los padres de Jesús en este episodio tan conflictivo de sus vidas empiezan a transitar el paso que va de criar un hijo a acompañar un hijo. Cada quien tiene sus tiempos y sus ritmos, pero lo cierto es que hay un momento en la vida en que la autonomía de los chicos reclama su lugar en medio de una turbulencia de emociones intensificada por un contexto cada vez más vertiginoso y esto nos da temor. En este sentido, ojalá, durante la toda la primaria hayan podido crecer para la secundaria que los espera con los brazos abiertos para seguir dando pasos de mayor conciencia de sí mismos y así orientar sus vidas a la sabiduría y el servicio, tal como Jesús. 


¿Cómo termina el episodio de la Sagrada Familia en Jerusalén? Jesús vuelve con sus padres y sigue sujeto a ellos. Esto significa que la autonomía no supuso que hizo lo que se le dio la gana y se olvidó de su familia, sino que fue un episodio que les ayudó a todos a reorganizar los vínculos familiares de una forma acorde al paso del tiempo. Fue un reacomodo. 


Chicos, dejen que sus familias los acompañen y ayúdenles a que sepan qué necesitan para crecer sanos y seguros, y evitando riesgos inútiles, con diálogo y paciencia. 


Familias y educadores, sigamos confiando en que Dios nos orienta para ayudarlos en sus búsquedas que muchas veces no serán las nuestras, pero aquí está el desafío de amar, aceptar al otro como es con ternura y transparencia. 


María que guardaba todas las cosas en su corazón nos enseñe a todos a saber que el Dios de la historia siempre nos acompaña en nuestros crecimientos. Queridos chicos, buenas vacaciones y buen camino hacia la secundaria. 


¡Muchas gracias! 


P. Emmanuel Sicre, SJ