jueves, 31 de marzo de 2016

LA VERGÜENZA DE TENER FE

Un sentimiento frecuente de los creyentes en el espacio público. 

Por Emmanuel Sicre, sj


¡Qué difícil resulta para algunas personas reconocer su fe ante otros! Tal como si fuera un lunar algo feo en un lugar visible, o un
pariente impresentable, o un defecto que sólo conocen unos pocos en mi entorno. ¿Es que acaso ser creyente trae pocos beneficios?


Creyentes en una sociedad plural

Ser creyente en un una sociedad que se dice plural pero desprecia a los que tienen fe porque los considera como bobos, o anticuados, o faltos de lucidez, no resulta nada fácil. Creer en Dios ha devenido la caricatura, muchas veces, de una persona santurrona, abstraída, y fuera de moda que va todos los domingos a misa y sostiene unos valores bastantes cuestionables desde la ciencia, la academia, la política, el mundo del arte y la técnica.
En efecto, por eso en varios momentos de la vida la mayoría de los creyentes desarrolla una doble moral, un doble comportamiento, uno para pertenecer a la sociedad 'plural' y otro para los espacios religiosos que frecuenta. No es justificable, pero se entiende desde el punto de vista de que todos necesitamos ser aceptados, y que la sobrevaloración social a la pertenencia exacerba esta tendencia.
Y se comprende más aún cuando nos preguntamos por el tipo de dios que está detrás de esa creencia, porque a decir verdad el creyente se parece mucho al dios al cual le reza. A dios-juez, creyente-juez. A dios-castigador, creyente-castigador. A dios-permisivo, creyente laxo. A dios-Ley, creyente legislador. A dios-mágico, creyente iluso. A dios-templo, creyente de sacristía. A dios-sacerdote, creyente clericalista. A dios-sacrificio, creyente negociante. A dios-obsesivo sexual, creyente reprimido. A dios-culposo, creyente culpógeno. A dios-triste, creyente de cara larga. ¡Qué panteón Dios mío!

Creyentes que contagian

Pero qué distinto es un creyente alegre, fecundo, audaz, servidor, orante, amigos de los pobres y humildes, libre de estructuras asfixiantes y cuestionador de la sociedad en favor del bien común. Qué lindo es conocer a un creyente amante de conocer más a su Dios, que no condena los errores ajenos porque reconoce su debilidad, que no juzga como dueño de la verdad sino que se declara buscador de ella como todos, capaz de sufrir con el que sufre y gozar desinteresadamente con quien goza, comprometido a amar a todos sin distinción de ningún tipo, dispuesto a entregar su vida por lo que cree y experimenta en el corazón propio y de su comunidad. ¿Te suena en qué Dios cree alguien así? Sí, el Dios de Jesús.

La privatización de la fe

Sin embargo, nos ha sucedido es que tanto relegar la fe a lo privado, terminamos apagándola y haciéndola extraña al espacio común de un grupo de amigos, de una comunidad de trabajo, de una familia entre familias, de una institución cualquiera. Es increíble ver cómo las personas creen que la fe es una cuestión individual, íntima y personal que sólo se sostiene en el fuero interno. Lamento desilusionar a alguno, pero no. La fe es un hecho social, comunicable, práctico y que se nutre en la apertura hacia los demás. ¿Por qué? Porque la única forma de saber si nuestro Dios es verdadero es confrontando con los demás las experiencias de fe, no conservándola en un laboratorio particular alejado de la realidad en el cual entran algunos expertos en el tema. La fe es comunitaria y se sostiene comunitariamente.
Por eso cuando la compartimos nos expande el corazón, nos abre la mente, nos invita a amar más, a entregarnos más, a tener esperanza en medio de los conflictos, nos despeja la mirada para ver más allá, nos oxigena los momentos de dolor y nos acerca cada vez más a una vida plena, vivible, feliz. Esta es la señal de una fe auténtica.
Es cierto, hay actitudes de personas que se dicen de fe que son lamentables y nos sirven para escondernos de la responsabilidad de responder personalmente al misterio de la vida. Cuando la hipocresía o el fanatismo, errores que condensan lo peor del creyente, invade un ámbito todo queda relativizado y se vuelve cuestionable. Las personas de a pie se sienten extrañas a esto.
A su vez, resulta curioso que la coherencia se le exige a las personas de fe con mucha más fuerza que a las personas de ciencia, o del arte, o de la política, o de la técnica. Un médico puede hacer de su vida privada lo que quiera mientras cure, pero un creyente no puede hacer lo que se le monte con su vida privada y poner linda cara para cumplir con su religión. ¿Ves hasta dónde la vida es atravesada por la fe?
Quizá esta santa inconformidad ante la incoherencia viene porque justamente vemos que la fe es un valor tan alto para el hombre que quien lo manosea, trastoca también la experiencia de fe de cada uno de nosotros. 

Recibir la fe


Por lo general nos gusta pensar que tener fe es una decisión personal, pero, hay que decir, por otro lado, que se trata más bien de una forma de responder a lo que hemos recibido de toda una larga tradición de personas que nos trasmitieron algo que ellos creyeron importante para la vida.  Es un don, un regalo. En efecto, lo recibido forma parte fundamental del ser humano. Desde la antropología podemos afirmar que el hombre está preparado para tener fe porque su existencia está atravesada por la experiencia de trascender y ser trascendido. Somos trascendidos por el mundo en el que gozamos de nuestro estar vivos. Somos trascendidos por nuestro propio ser cuando hacemos el ejercicio de conocer nuestro cuerpo, nuestros pensamientos y nuestro espíritu de libertad. Somos trascendidos por los demás porque conforman nuestro mundo de relaciones. Somos trascendidos, finalmente, por el misterio de la existencia, del límite, del fundamento, de lo desconocido y más allá de nuestro control.
En esta dinámica de ser trascendidos es que se ubica la fe, como respuesta a algo que nos viene desde adentro, no como algo impuesto desde afuera. Por eso hay tantas personas sin fe que crecieron en ambientes muy religiosos pero cuando avanzan en la vida no quieren saber nada. Esto sucede porque a fuerza de meter ideas de catecismo, no se nace a la experiencia vital de la fe. Sino cuando nos damos cuenta de que somos trascendidos. Y como cuando vamos madurando las preguntas crecen también las respuestas deben estar a la altura, cosa que sucede poco, teniendo en cuenta el grado agudo de ignorancia de los cristianos sobre las Escrituras, el origen de su fe y el mensaje de Jesucristo.

Experimentar la fe  

Tener fe es darse cuenta de que estamos habitados por una Vida que nos desborda cuando caemos en la cuenta de que nos invita a vivir felices, cuando nos mueve a amar de una manera amplia a quienes nos rodean, cuando descubrimos que no caminamos solos en el deseo de servir.
La fe nace del encuentro con la voz de Cristo en nuestro interior que siempre está susurrando paz, esperanza, entrega. Si te animas a abrir los oídos interiores te sentirás como aquel ser humano que se descubre tan habitado por el Dios de la vida, que se abre a ser su hijo y se anima a ser hermano de los demás hombres en pos de un mundo mejor.  


AGREGADO de un LECTOR muy valioso: Gracias por tu artículo, Emmanuel. Nos ayudas a pensar. Quisiera comentarte que habría que considerar que no hay dos polos de creyentes: lo que no confiesan su fe por falta de preparación, por vergüenza, por miedo al qué dirán, y los convencidos que mencionas en el apartado "Creyentes que contagian". Muchos creyentes se encuentran a medio camino, o en camino de un polo al otro. La vergüenza de confesar la fe tiene muchas causas, y creo que muchos no se sienten seguros todavía en ella. Hasta los más preparados se pueden sentir inseguros en la confesión de su fe porque se encuentran en ambientes muy agresivos, porque no tienen respuestas a muchas preguntas y porque, muchas veces, no es tan fácil comunicar la experiencia fundante. La no confesión de la fe no sólo se da en ambientes latinoamericanos, sino también en otras latitudes. Lo encontré también en Europa. La maduración de la fe es progresiva, y hay que hacer dialogar con frecuencia la presencia de Jesús en nuestros corazones con el Evangelio, que siempre será una referencia autentificadora de nuestra propia imagen de Dios y de Jesús, así como un llamado a una humilde revisión de nuestras concepciones siempre incompletas del mismo Jesús. Los creyentes siempre necesitamos estar en proceso de crecimiento en nuestra fe pero, y en esto coincidiríamos, necesitaríamos tener el valor de dialogar más abiertamente sobre nuestras creencias y nuestras propias dudas. 

viernes, 18 de marzo de 2016

¿QUÉ TRAE EL REGALO DE LA PASCUA?


Por Emmanuel Sicre, SJ

¿Presenta algún desafío interesante este tiempo de Pascua que estamos viviendo? Para los cristianos más distraídos quizá solo sea un receso o el tener que ir a unas misas largas en el caso de que asistan. Pero puede suceder que más de uno se pregunte ¿qué cambia el hecho de que cada año celebremos la Pascua después de la Cuaresma? ¿Hay alguna novedad en mi año por la Pascua? ¿O da igual? Si resulta que la Pascua es el acontecimiento central del cristianismo, ¿no debería aportar algo a los creyentes en Jesús de hoy?

La Pascua primera: 
Como es sabido entre los cristianos, el término Pascua viene del hebreo pésaj y significa paso. En la tradición judía es todo un acontecimiento porque nuestros hermanos mayores en la fe, conmemoran el paso de la esclavitud que estaban viviendo en Egipto a la liberación que Dios los invitaba a vivir en la Tierra Prometida de la mano de Moisés. Este minúsculo pueblo del Medio Oriente fundado por Abraham, pobre, explotado y deprimido encuentra en su miseria que Dios quiere rescatarlo. Los israelitas sienten que su relación a nivel comunitario con Dios se intensifica en la debilidad y claman tan alto a Yahvé que él escucha su llanto y les envía a un líder para liberarlos.
Moisés, aún con temor y cierta confusión, decide aceptar la propuesta de Dios y se enfrenta al Faraón para que le dé a los suyos para sacarlos de esa tierra extranjera. Cuenta la tradición que caminaron en medio del desierto padeciendo cualquier tipo de carencia, desolación y tentación. Pero iban juntos. Esto es lo propio de la mentalidad del pueblo al que perteneció Jesús: caminar juntos como pueblo de Dios aún en las dificultades con la confianza de que fue el mismo Yahvé quien los sacó de la esclavitud y les prometió una Tierra de prosperidad.
Fue entonces que, para poder mantener el mismo espíritu que los liberó, los del pueblo judío encuentran en la Ley lo que les ofrecía la posibilidad de protegerse entre ellos de los pueblos vecinos. Fue tal la profundidad con la que habían vivido la relación con Dios en ese acontecimiento de liberación que sintieron que Dios los había elegido de una manera especial. De ahí que el máximo peligro que vivió Israel siempre fue el de la idolatría a otros dioses, es decir, poner en el centro de su vida a quien no tenía la fuerza para sacarlos de las esclavitudes. 
Así es que, cada año, se transmitían de generación en generación lo bueno que había sido Yahvé con ellos al liberarlos.
Jesús celebraba la Pascua
Hasta llegar a la generación de Jesús que oyó durante toda su vida el relato de la liberación del pueblo, de su pueblo, en la celebración de la Pascua.
Jesús, consciente de lo que Dios le pedía, se fue dado cuenta de que la religión judía había caído en un esquematismo normativo asfixiante porque cumplían la Ley sin hallarle sentido, que sus líderes espirituales estaban preocupados más por el poder que por la religiosidad del pueblo, que los más débiles de la sociedad que buscaban a Dios estaban siendo apartados de su lado por sus propios ministros, autoproclamados los defensores de una Ley esterilizante.  
La misión de Jesús 
Entonces Jesús se pone en acción cumpliendo la voluntad del Padre de hacer realidad el Reinado de Dios entre los hombres que tanto había esperado su pueblo. Se pone en acción para despejar los obstáculos que impedía a los ciegos ver la verdad de Dios. Se pone en acción para sanar a los enfermos de cerrazón y parálisis ante la vida. Se pone en acción para reorientar las decisiones erradas hacia el Dios de la misericordia. Se pone en acción para despistar a los sabios y prudentes y agradecer por los débiles y humildes. Se pone en acción para darles a todos el lugar en la mesa de los hijos. Se pone en acción para liberar la libertad del hombre y decirle que Dios lo ha pensado desde siempre pleno, vivo y feliz con todos sus hermanos.
Pero este mensaje y estas acciones de Jesús no fueron bien vistas por los 'faraones' de su momento, ni por los 'líderes religiosos', ni por los que estaban cómodos con las cosas así. Entonces decidieron desaparecerlo. Y así fue que lo condenaron a muerte junto a otros tantos ajusticiados del imperio romano. 
El fracaso aparente de Dios
Jesús murió en Jerusalén después de haber padecido un sufrimiento que ni él ni su Padre querían. Este fracaso de Jesús en un principio le dio la victoria a sus detractores que habían logrado su objetivo. Jesús ya no estaba allí para poner a prueba la fe de nadie, ni para hacer ningún signo de la gloria de Dios, ni para desafiar a ninguna autoridad religiosa ni política. Jesús ya no estaba y sus discípulos se dispersaron cargando sus penas dentro del alma. Todo parecía muerto. Habían matado al hombre más justo y nadie pudo evitarlo. 
La Pascua incesante de los discípulos
Pero resulta que una vez pasada la tristeza y el shock de la cruenta pasión, algunos de los discípulos comenzaron a juntarse para hablar de lo que les había sucedido. Y mientras compartían empezaron a sentir la alegría de saber que Jesús estaba más vivo que nunca. Que sus memorias eran un hervidero de recuerdos que los hacían llenarse de un gozo indescriptible. Sentían de nuevo sus palabras y lloraban de emoción porque aquello de que iba a resucitar era cierto y lo experimentaban cada vez que se juntaban a rezar, cada vez que compartían la mesa de la comunidad, cada vez que hacían una colecta para los más pobres, cada vez que asistían a los enfermos de la comunidad, cada vez que consolaban a los abatidos por la muerte de algún ser querido.

Y con el tiempo comenzaron a darse cuenta de que Jesús Resucitado les había transformado la vida de tal manera que se sentían repletos de gracia para salir a contarle a todo el mundo cómo es en verdad el Dios de Jesús. Estaban enamorados de la obra que Dios estaba haciendo en sus corazones porque eran habitados por el amor, la esperanza y la fe en la vida. 
 Contar la Buena Noticia
Los discípulos creyentes en Jesús cada vez que iban a la sinagoga a escuchar las Escrituras descubrían que aquella Alianza que Dios había hecho con el pueblo judío en el Sinaí donde Moisés recibió las tablas de la Ley, en Jesús, pues, había encontrado su significado pleno porque sabían que ahora Dios estaría para siempre con ellos; que la nueva ley era Cristo mismo que les había enseñado cómo vivir según el amor; que la infinita paciencia de Dios con su pueblo se había hecho carne para salvarlo desde adentro.
Y entonces comenzaron a narrar la vida de su Maestro y Salvador. Iniciaron a escribir en rollos de papiro un relato que cada vez que lo leían les hacía presente al Señor y se sentían, generación tras generación, invitados a compartir la mesa tal como les había enseñado Jesús. Y a ser hermanos, y a ensanchar el corazón.


… hasta nuestra Pascua de hoy
En que muchas veces nos pasa desapercibida. Para que nuestra Pascua se llene de sentido necesitamos sabernos también discípulos del Señor, y rastrear con nuestra memoria las situaciones en que Dios nos liberó, nos desató, nos invitó a la vida durante este último año.
Se hace evidente que no habrá Pascua en nuestra vida de discípulos si no nos abrimos al paso de Dios. ¿Y qué hace el Dios de Jesús cuando pasa? Hace Reino. Es decir, nos empascua, nos sana, nos levanta, nos consuela, nos desconcierta, nos corrige, nos alegra, nos resucita de nuestras muertes y nos promete que nunca nos dejará solos.
Y más, nos promete que resucitaremos con Él y con todos los que ya gozan de su presencia definitiva. Para que de una vez por todas compartamos el banquete de la alegría sin fin, donde todos nos reencontraremos después de las tristezas que la separación de la muerte nos provocó. Sólo siendo ‘sabuesos’ de la Pascua es que podremos dejar que Dios nos empascue la vida cotidiana

domingo, 13 de marzo de 2016

VIVIR ENTRE DOS TRIBUNALES: el de los hombres y el del Dios de Jesús.


Por Emmanuel Sicre, sj

La piedra se lleva en el bolsillo, no en la mano…
 “Pues bien, voy a hacer algo nuevo: ya está en marcha, ¿no lo reconocen?” Is. 43,19

Cuando dice: “El que esté libre de pecado que le arroje la primera piedra” (Jn 8,7), ¿acaso Jesús al no tirar la piedra se hace él también un pecador como los acusadores? Según su indicación él tendría que haber sido el único que podía hacerlo si creemos que él no tiene pecado. Cuestión compleja de ser 100% hombre y 100% Dios. Y sí, Jesucristo se identifica con el pecador porque es hombre y Dios (y no un ‘semidios’ como se suele pensar perdiendo el valor de su humanidad escondida en el cerebro de un ‘dios omnipotnete’). Pero no se identifica con el mal.

Porque el que se siente justo siempre está en el tribunal, refleja la respuesta de Jesús. Y lo que muestra Jesús es que él no es juez, sino defensor del ser humano pecador ante el pecado que le resta dignidad, vida y gozo. Cuando vivimos en el tribunal miramos a todos como por debajo o por arriba de nosotros mismos. Con esta asimetría justificamos hacer lo que se nos monta. Porque los que considero tanto debajo como arriba de mí, no entran en mi mundito donde yo soy juez. Nuestra sociedad nos ha acostumbrado a vivir en el tribunal del juicio a todo y a todos. Y así nos vamos adiestrando a aplicar la ley a troche y moche como si fuéramos los creadores del juicio final.

¿Acaso alguno de nosotros podría acercarse a la presencia de Jesús si lo único que hace es venir al otro con la piedra del juicio condenatorio en la mano? ¿Acaso no es esa la misma piedra que le tiramos al Justo antes de ser crucificado? Claro está, nunca aplicamos el juicio de salvación de quien se equivoca. Tan preparados estamos a tratarnos mal a nosotros mismos que si yo me condeno interiormente, los demás también tienen que ser condenados por mi propia ley y más aún, castigados por sus obras fuera de lugar. Tanto castigarnos nos quedamos con el derecho a castigar a quien no entra en nuestro código legal personal o familiar, olvidando, claro está, de que todos los defectos son iguales.

Jesús restablece el tribunal pero para defendernos del mal que nos amenaza recordándonos que somos imagen y semejanza suya, no para condenarnos por nuestros errores como hace el Mal Espíritu. Quien vive en el tribunal salvador de Jesús logra guardarse la piedra en el bolsillo de su conciencia sabedora de su debilidad. Quien vive en el tribunal salvador del Dios de Jesús, aprende a callarse a tiempo ante el error del hermano porque busca su bien, no el del propio 'ego-juicio'. Quien vive en el tribunal salvador de Jesús dice con Pablo: “lo que antes consideré ganancia, ahora lo tengo por pérdida a causa de Cristo” (Flp 3,7). Quien vive en el tribunal salvador de la Trinidad, comprende que o se deja amar aún en sus fracasos, o seguirá a medias pensando que tiene algún poder sobre los errores de los demás.

Si nos dejamos decir por el Señor: ¿dónde están tus acusadores? (cfr. Jn 8,10)  se nos abrirá el corazón para que rajemos de ahí adentro al enano ‘hdp’ que llevamos adentro, y venga a nosotros el brote de esperanza que nace del Buen Espíritu siempre dispuesto a enseñarnos cómo es esto del amor a nosotros mismos y entre los que somos hijos de un mismo Padre. 


PD: se cuenta que después de un tiempo la mujer rescatada del pozo y de la pedrada, habló a los de su comunidad y les dijo (Cfr. Flp. 3, 7ss):
 Hermanos: todo aquello que para mí era ganancia, ahora lo considero pérdida por causa de Cristo. Es más, todo lo considero pérdida por razón del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo he perdido todo, y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo mi salvador,  y encontrarme unida a él. No quiero mi propia justicia que procede de la ley y que me hubiese dejado morir por mis errores, sino la que se obtiene mediante la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios, basada en la fe. Lo he perdido todo a fin de conocer a Cristo, experimentar el poder que se manifestó en su resurrección, participar en sus sufrimientos y llegar a ser semejante a él en su muerte. Así espero alcanzar la resurrección de entre los muertos.
No es que ya lo haya conseguido todo, o que ya sea perfecta. Sin embargo, sigo adelante esperando alcanzar aquello para lo cual Cristo Jesús me alcanzó a mí. Hermanos, no pienso que yo misma lo haya logrado ya. Más bien, una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está delante, sigo avanzando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece mediante su llamamiento celestial en Cristo Jesús.

Gracias por ser mis hermanos.