viernes, 23 de enero de 2015

¿DE QUÉ TIPO ES NUESTRA LIBERTAD?



Por Emmanuel Sicre, SJ

La libertad es uno de esos temas imposibles de abarcar, pero que siempre viene de visita y hay que atenderlo. No podemos despedirlo sin más, es parte de nosotros. Constituye el núcleo fundamental de toda vida humana. Por eso, en su gran mayoría las personas afirmamos ser libres y con derecho a ejercer la libertad.
Pero al mismo tiempo ¿no nos encontramos a nivel interior con la paradoja de querer ser libres sin poder experimentarlo, de desear la libertad y no poder conseguirla, de anhelar ejercerla y no lograr hacer lo que queremos en verdad por temor? ¿Qué sucede cuando más libres queremos ser y más presos nos sentimos? ¿Qué será aquello que viene a la mente cuando pensamos en nuestra posibilidad de ser libres? ¿Qué pasaría si fuéramos libres en serio?

Una libertad simplemente humana

Lo que sucede con frecuencia es que creemos que la libertad es algo abstracto, filosófico o político. Y resulta ser algo más bien concreto y tangible en más de una ocasión. Si alguien nos dijera: “¿Eres libre de hacer, pensar, o decir esto o aquello? Probablemente diremos a la ligera que sí, pero cuando nos detenemos con honestidad se advierte que dicha libertad no es tan cristalina y pura como pretendemos. Si no ¿por qué hacemos cosas que no queremos? ¿por qué nuestros pensamientos y sentimientos más de una vez nos dominan? ¿por qué decimos cosas que hubiésemos preferido callar o viceversa? Esto indica que hay algo en el fondo de nuestra libertad que le hace contrapeso y no la dejar ser libre. ¿Qué es aquello que “opaca” nuestra libertad?

La herencia platónica nos ha hecho pensar que existe una idea de libertad absoluta, pero lo cierto es que no existe la libertad como tal sin seres humanos. No hay libertad, hay hombres libres. Y los seres vivimos en un contexto concreto, delimitado por una historia y una geografía, tenemos ciertas características psicológicas y personales heredadas e intransferibles, habitamos un mundo con otros seres tan personas como tú y yo, pertenecemos a instituciones que tienen reglas, soñamos con un futuro que nos motiva a seguir caminando en la vida. Cada uno de estos elementos multiplicados por la cantidad de seres humanos del mundo y de la historia forman parte de eso que llamamos libertad personal y colectiva. Complejo, sí, pero humano, encarnado y real.

Esto da la pauta de que quien quiera conocer cuál es la intensidad de su libertad personal deberá cuestionarse, al menos, sobre quién es, de dónde viene, cuál es su contexto, quiénes habitan su vida y cómo lo afectan, cómo es su carácter, su debilidad y su fortaleza. Habrá de preguntarse cómo es el mundo que le toca vivir, cómo es aquel sueño que lo invita a seguir vivo.

Si no, seguirá pensando que su libertad es algo abstracto que lo lleva a reclamar todos los derechos y a no cumplir con ninguna obligación que no le guste, creerá la falacia de que su libertad comienza donde empieza la del otro marcando el territorio como si los demás fueran sus enemigos, tendrá las fantasías del niño omnipotente que puede solo contra el mal, sentirá que él es su propio fundamento y que no le debe nada a nadie, pensará que todos gozan del mismo grado de libertad y le reclamará mezquinamente a los demás que se ajusten a su parámetro de análisis de la realidad.



Vivir desde una libertad liberada


Cuando interiormente se nos va dando comprender lo que significa ser libres pasa algo genial. Desaparecen los miedos y temores al desatarse los nudos de nuestra historia. Y entramos a la vida como hijos y hermanos. Las cosas comienzan a ubicarse en su lugar y nos despojamos de lo que entorpece la felicidad. Sentimos que los demás no son una amenaza a mi parcela de “libertad”, sino que caemos en la cuenta de que o somos libres todos, o nadie puede serlo. Nos anima la posibilidad de que seamos cada vez más las personas liberadas de condicionamientos, porque nosotros hemos sido honestos con los nuestros.

Sabernos libres nos hace capaces de luchar hasta dar la vida por los otros sin miedo, como hacen las madres y los padres valientes. Respondemos con frescura a la pregunta de para qué ser libres. Crece el valor de la vida, el servicio y la compasión con los que temen, sufren y viven maniatados. Disminuyen las “obligaciones” y aumentan las motivaciones para hacer las cosas bien. Se vive con coraje la tensión de custodiar nuestro ser libre de las estructuras, ideologías y personas que nos esclavizan, y no dejan que nuestro espíritu participe del misterio de la verdadera vida donde la esperanza lo llena todo.

Entonces, comprendemos aquello que quiere Jesucristo para el hombre: hacerlo tan libre como él para que esté con sus hermanos cada vez más cerca del Padre.  

lunes, 12 de enero de 2015

Entre “meditar” y “contemplar” en la espiritualidad ignaciana


Por Emmanuel Sicre, SJ



Sucede muchas veces que nos cuesta comprender la sutil pero vital diferencia entre meditar y contemplar. Y resulta difícil, no solo porque ambas son una tarea que exige disposición, ánimo y tiempo, sino porque, además, es necesario experimentarlas para comprender a qué refieren cada una, cuál es su finalidad y para qué las usa san Ignacio en los EE. Veamos cómo podemos introducirnos en estas preguntas. 


En nuestra vida todo el tiempo nos hacemos preguntas existenciales sobre las cosas, las personas, las situaciones. Por ejemplo, nos cuestionamos si algo que hicimos estuvo bien o estuvo mal, nos preguntamos sobre la muerte, la enfermedad, la vida, sobre cómo actuar, sobre quiénes somos o quiénes son los demás. Cada una de estas preguntas existenciales nos consumen energías para tratar de responderlas, nos dan vueltas en la cabeza, las consideramos, las valoramos. Una y otra vez vuelven y cada momento de la vida nos da diferentes respuestas que nos abren a nuevas preguntas. Muchas veces logramos claridad y vemos con luz algún determinado aspecto, otras no tanto y seguimos nuestra búsqueda, hasta que llegue la respuesta que nuestro corazón, nuestra mente o nuestro cuerpo necesitan.  Cada vez que nos tomamos un tiempo para darle vueltas a estas cosas estamos meditando. En la meditación ponemos de nosotros mismos para poder llegar a una especie de conclusión, de síntesis sobre algo. Cuando Ignacio nos propone meditar está queriendo que utilicemos nuestra razón conceptual, nuestro entendimiento y voluntad, para que nos preparemos para la luz del Espíritu que poco a poco va dando pistas sobre alguna cuestión de nuestra vida. Por ejemplo, cuando nos invita a pensar en el Principio y Fundamento de la vida, o sobre el actuar del buen y el mal espíritu, o sobre cómo es el pecado en nuestra vida. En fin, lo que pretende la meditación es que entendamos algo que no estaba claro, que descubramos con la razón alguna luz para el camino. 

En cambio, cuando se nos invita a contemplar todo resulta distinto. En nuestra vida algunas veces se nos dan esos momentos en que quedamos como tomados por una experiencia positiva. Un atardecer, una sonrisa, un abrazo, una buena música, un beso, unos niños jugando… logran dejarnos como libres de nosotros mismos, sin pensamientos, sin preocupaciones. Es ese momento donde uno pierde el control que ejerce sobre todo y se deja llevar por la impresión de lo que le viene a los sentidos, a la mente, al corazón. 
En la espiritualidad ignaciana contemplar no es quedar con cara de estampita viendo una luz que viene del cielo y nos deja medio elevados hacia la nada. Ignacio quiere que contemplemos la vida de Jesús para que dejemos aflorar el Cristo que llevamos dentro. Que al leer un episodio de su vida veamos y miremos qué hace, qué dice él o los que lo rodean, que escuchemos con los oídos del corazón, que, si es posible toquemos y sintamos con el tacto espiritual, que olamos y gustemos lo que nos sea dado a contemplar. La contemplación busca ponernos en la escena, meternos allí como uno más del relato porque en ese estar allí con la imaginación es que el Espíritu de Dios hace su trabajo de salvación de nuestra vida. ¿Quién que no contemple a Jesús curando no le quedan curadas también un poco sus heridas? ¿Quién que no contemple el nacimiento de Jesús no queda restablecido al menos en la ternura para consigo y los demás? ¿Quién que no contemple a Jesús anunciando el Reino no queda seducido por su propuesta de paz, amor y justicia universal? ¿Quién que no contemple a Jesús muriendo en cruz no llora con todos los que sufren sus propios sufrimientos? ¿Quién que no contempla al resucitado en su oficio de consolar no queda consolado en lo más profundo de su ser? Así trabaja la contemplación. En la medida en que nos animamos a abandonar el control sobre la oración, el Espíritu, ayudado por nuestra libertad de entrega a la imaginación, hace su trabajo de cristificación, de hacernos otros Cristos. 

Así es que nuestra vida espiritual va creciendo entre la meditación y la contemplación. Una trabaja a nivel de la razón y la otra a nivel de la sensibilidad. La meditación requiere de nuestro entendimiento y voluntad, mientras que la contemplación nos invita a ser dóciles a lo que se nos presenta en la imaginación y los sentidos. Ambas son caminos de fe, ambas son modos de orar. Pero cuando uno le va tomando el gustito a la contemplación y va superando las dificultades del control con la fuerza insustituible de la gracia, comprende que el camino es dejarse llevar, entregarle todas nuestras luces al Señor para que nos haga más hijos del Padre, más hermanos de Jesús, más Espíritus de amor entre quienes nos rodean. 

miércoles, 7 de enero de 2015

Y SI NOS DETUVIÉRAMOS, QUÉ PASARÍA?

por Emmanuel Sicre sj


Pasa que cuando uno se detiene o se asienta, todo lo que estaba en movimiento se agolpa en el interior buscando continuar el movimiento. En esto seguimos las leyes de la inercia física. La pregunta podría ser: ¿qué detiene el movimiento interior? ¿Qué sucede con lo que estaba en movimiento cuando nos aquietamos? 


Cuando nos encontramos en el fragor del trabajo, de una relación o de una circunstancia que nos activa intensamente, todas nuestras fuerzas vitales trabajan al mismo tiempo en pos de lo que estamos viviendo. Incluso las  violencias ejercidas o padecidas de nuestro actuar en el mundo se configuran como movimientos. Son golpes de estímulos a la sensibilidad, golpes de conciencia. Nuestro cuerpo que sabe del mundo más que nosotros mismos registra absolutamente todo lo que vivimos.

El gran shock que padecemos en el aquietarnos es el del silencio. Cuando nos callamos, surgen de nosotros todas aquellas palabras, frases, imágenes, ideas, pensamientos, sentimientos por decir. En efecto, cuando dormimos los sueños configuran un mundo simbólico hilvanando muchos de estos materiales. Por eso es necesario de vez en cuando detenerse. Allí se fragua la vida feliz. Sólo el detenerse produce vidas felices. Detenerse de qué, si no hago nada, podrán decir algunos más sedentarios. Detenerse de lo que sea que viene sucediendo en nuestra vida. Detenerse y silenciarse para reconocernos, sentirnos sentir. 
Y una vez que se agolparon todos los movimientos en el ‘paragolpes’ de nuestra conciencia: comunicar. La única vía de escape para soportar la inercia en la detención es la de comunicarse.

Primero, con uno mismo. Relatarse a uno lo que se vive como hablando con alguien a quien deseamos. Porque la inteligencia narrativa ejerce una doble función de integración del acontecimiento que vivimos –y hasta el límite de anularlo- y de exaltación del acontecimiento, hasta el punto extremo en que el acontecimiento mismo engendra sentido. Tomar contacto de ese diálogo sincero con lo que nos sucede es casi la gran tarea a la que nos deberemos comprometer si deseamos una vida feliz. 

Segundo, comunicarse (como sea) con otro, es la otra fórmula de salir del solipsismo. Sea como sea que se pueda decir. Aquí la creatividad tiene que ser fecunda. Cada palabra, gesto, dibujo, canción, silencio, mirada… será una curación. Sentirás el alivio de sentirte vivo sólo si comunicas lo que vives sea lo que sea que padeces, como sea que se pueda comunicar. 

Detenerse y contemplar el verbo. ¿Qué estoy haciendo? Y permanecer allí. Sereno, sin hacer más que sentir lo que sientes. Alabando la inmovilidad ante lo incambiable. Dejando ser lo que es. Que es lo más real, y sólo la realidad cura. Solo la aceptación agradece.