miércoles, 25 de febrero de 2015

Silencio y paz…


Medito en lo impotente que uno se siente ante la muerte y lo pequeñas, e inútiles, que son las palabras frente al dolor.

No nos queda nada más que suplicar consuelos que el corazón siempre necesita, mientras la memoria haga la labor de emparchar los agujeros de la ausencia.
Sin embargo, en este momento sólo es importante una cosa: SILENCIO Y PAZ.
Que nada más llene el corazón que ya tanto ha llorado. Es dejar de respirar sollozando para empezar a tomar el aire despacito, es empezar a mirar la naturaleza que nos habla de vida ante tanto dolor por la muerte, es empezar a creer en ese abrazo que vendrá al final cuando todos seamos felices en la casa del Padre.
Es mirar el rostro de Jesús y en él contemplar la vida de los que quedamos, los que nos sentimos solos y desamparados, desesperados ante algo con lo que nada podemos hacer: sólo SILENCIO Y PAZ.
Será empezar a callar las voces violentas que nos susurran al oído y contar con el sonido armonioso del corazón que, de apoco, se va adueñando de sí y se pone a llorar en silencio.
Dios, sin dudas, no quería esto, es la vida la que nos ha jugado una mala pasada.
Hoy es hora de callar y esperar que el recuerdo y el tiempo hagan su trabajo como abejas que, muy despacio, crean una nueva miel para los ojos, para la boca, para los oídos, para el corazón…
Hoy nos queda Silencio y Paz, certeza de que Dios recibe siempre a todos y que lo puso cerca suyo para que de ahora en más nos empiece a bendecir de una manera diferente.
Que el Señor calme esos llantos y que lento reponga las fuerzas, que se adueñe del dolor y lo haga santo respiro de sus llagas.

Que el consuelo que ya está tejiendo el Señor del silencio cubra los días que vienen…

domingo, 22 de febrero de 2015

EL CONFLICTO SEXUAL DE LOS JÓVENES CRISTIANOS


Por Emmanuel Sicre, SJ

Tomaremos, en la medida de lo posible, con gran respeto, dedicación y simpleza un tema complejo que merece provocar reflexión, conciencia, y atención espiritual: la situación de conflicto con la sexualidad de algunos jóvenes cristianos. Lo más probable es que no abarquemos todo lo que este tópico implica, y también puede suceder que quizá no satisfaga todas las demandas que surgen al respecto.

La cuestión es tan importante que a lo largo de la historia reciente, sobre todo a partir de la revolución sexual de los años sesenta, se han intentado abordajes muy diversos de parte de los ámbitos religiosos, psicológicos, biológicos, pedagógicos. Algunos más acertados que otros, pero siempre resulta un tema que conlleva debates, miedos, exageraciones o retrocesos dado que se trata de la vida en su plano de la intimidad.

Comencemos a preguntarnos de manera radical: ¿evitaremos pensar con responsabilidad en algo que nos constituye como personas en nuestro nivel de desarrollo bio-psico-afectivo-religioso-sexual? ¿Dejaremos que los tabúes, la ignorancia biológica y teológica condicionen nuestros comportamientos y comprensiones de la vida sexual? ¿Relegaremos a la “pornografía” y al “catecismo” silenciosos la educación en este campo? ¿Quitaremos la vista de las consecuencias terribles que trae para la vida de todos y cada uno este tema si no lo tomamos en serio? ¿Ignoramos acaso que muchas vidas inocentes terminan porque sus padres no supieron qué hacer con su sexualidad? Las culpas poco sanas que se generan al no poder abordar este tema con naturalidad, seriedad y habilidad, nos llevan a los extremos de una represión disfrazada de discreción y de un libertinaje pintado de la libertad. Es necesario crecer en este aspecto de comunicabilidad porque si no sigue ganándonos el mal espíritu.

No podemos olvidarnos, siguiendo la lógica del mercado del entretenimiento sexual, por ejemplo, de que el exceso de estímulos eróticos destinados a provocarnos placer en todo nivel: biológico, psicológico, social, espiritual, buscan que evitemos la reflexión de la conciencia, porque así se logra que sean los instintos, en desconexión con el resto de las dimensiones de la vida, los que gobiernen nuestras decisiones. Por eso se da con tanta frecuencia, un encuentro genital precoz respecto de la madurez psicológica y una paternidad temida y no deseada. Sin la mediación de la reflexión y de la apropiación del propio proceso de desarrollo no hay posibilidad de crecimiento auténtico en el placer de la vida. Porque el placer que proporciona esta lógica inmadura dura muy poquito.

El conflicto

¿En qué nivel se da el conflicto de los jóvenes cristianos que han recibido una educación religiosa en tensión “negativa” con lo que experimentan sexualmente? La dificultad se plantea a partir de la experiencia de una doble moral, es decir, de un doble comportamiento en el cual sostengo racionalmente algo aprendido (y hasta puedo llegar a reproducirlo), pero no puedo vivirlo en la dimensión afectiva de mi vida. Más específicamente sería: debo respetar mi cuerpo y el de los demás porque son creación a imagen de Dios; no debo consentir en pensamientos impuros; debo casarme para procrear y elegir a una sola persona para toda la vida; no debería tener relaciones prematrimoniales; pero me cuesta no masturbarme con pornografía o prostitución, ni usar el cuerpo del otro o el propio en una noche de salida, no puedo controlar mis fantasías, no sé bien cuál es el drama de usar métodos anticonceptivos como el preservativo o las pastillas mientras estoy en pareja, no sé cómo ser fiel al otro y tengo problemas de celos y autoestima.

Muchos de los jóvenes cristianos buscan respuestas en lo que “dice” la religión pero sólo encuentran trabas a su situación. No esto, no aquello. Otros no conocen tampoco qué es exactamente lo que se dice, pero intuyen que es algo que los coarta, por lo que prefieren prescindir de saber y hacer su propio camino más aisladamente.

Las consecuencias de este conflicto son múltiples: me termino alejando de la fe porque es un corsette que no me deja ser libre, Dios se me convierte en un ser que vigila y castiga mis pensamientos y comportamientos sexuales, pierdo mi sentido espiritual del encuentro con el otro y aquella experiencia de fe que decía tener ha quedado como algún pueblo visitado en el pasado de mi vida. Hay quienes buscan sostener su fe en un grupo o personalmente permaneciendo en la religión, pero deciden resolver el conflicto perpetuando una doble vía paralela donde Dios-fe-religión-espíritu (asociado a pureza-claridad-limpieza-inmaculado) van por un lado, y sexo-genitalidad-afectividad-erotismo (asociado a  pecado-sucio-cochino-oscuro) van por otro y ni por casualidad se pueden entrelazar. ¿No es esto una verdadera “esquizofrenia moral”? Situación que se da en muchas interioridades estén o no cerca de la fe cristiana porque responde a un problema de nuestra cultura.

De hecho, la tradición en la que hemos sido formados nos constituye como personas y es desde allí donde nos relacionamos con los demás y con la vida. Pero, en la historia, las tradiciones de educación son vastísimas al nivel de que en una misma familia se dan modos de comprender el mundo y a las personas distintos. ¿No plantea un problema a la conciencia humana que se está formando el hecho de que no pueda cuestionar sus propios fundamentos por miedo o pudor? ¿Qué clase de temor es aquél que anula una reflexión sobre determinada conducta, pensamiento, análisis, evitando meditar, reflexionar, contemplar, e incluso, orar, las propias bases sobre las que se asientan las creencias que tenemos sobre la vida, y en este caso sobre la sexualidad?

Es evidente que necesitamos formarnos, grandes y jóvenes, en una visión sobre la sexualidad que responda a los cuestionamientos reales del mundo, sin miedo a que nos roben nada. Con una mirada positiva y cristiana sobre el cuerpo, la sexualidad, los afectos y el amor. Si no, cómo pretendemos que la vida en abundancia que nos promete el Dios de Jesús penetre nuestra realidad presente y futura.

¿Qué hacer?

Es evidente que tenemos que preguntarnos “qué hacer”, para ser fieles a nuestro objetivo inicial de provocar reflexión, conciencia, y atención espiritual sobre este tema.

Reflexionar sin temores y desplazar el sentimiento de culpa predominante (reconocido o no) en la mayoría de los casos, por uno de confianza en la vida que nos circula. Tomar mi ser sexuado, mis pulsiones, mis afectos, mis fantasías, mis represiones, el otro, mis sueños, mis placeres, mis preocupaciones, mi genitalidad, mis dudas y conflictos; y ponerlos delante de mí mismo. Conocerlos, no taparlos, mirarlos y describirlos para mí mismo. ¿Qué me pasa con esto? De a poco irá bajando la tensión que pueden llegar a provocar estas cosas. Y cuando esté preparado comenzar a comunicar lo que vivo con alguien que me dé confianza y no me juzgue.

Preocuparse por conocer más sobre una vivencia plenificante de la dimensión sexual y de la fe en Jesucristo, que no están nunca en conflicto. Porque cuando nos dice “he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10,10) está hablando a cada una y a todas las personas del universo, en todas las dimensiones de ser humanos. Tenemos que saber que el conflicto se da porque por sobre el nivel de la experiencia de mi sexualidad y mi genitalidad, se han “añadido” normas religioso-morales sin ser reflexionadas de verdad, sobre su fundamento real, por eso carecen de sentido vital y no me dicen nada más que “prohibición”. Evidentemente esta reflexión no es sencilla, hace falta leer algo, preguntar, formarse; pero no hacerlo es una negligencia que se paga con infelicidad culposa y reproducción de esquemas de injusticia respecto de las conciencias. Hay que buscar visiones diversas sobre estos temas de tal manera que pueda hacerle preguntas apropiadas a mi interior para crecer. Porque quien responde al amor de Dios no es la norma que asumo, sino la conciencia con la que discierno.

Darnos tiempo para una atención espiritual sobre mi sexualidad.  Es decir,  animarme a discernir lo que vivo en esta dimensión de mi vida con el Espíritu de Dios que habita en mi carne. Sabiendo que Dios no se espanta de nada, que nunca podría ofenderlo aunque me hayan dicho que sí, que soy su hijo y que quiere que viva con gozo esta vida aquí y ahora, que nunca excluyó el placer sexual de la vida del espíritu, y que la vivencia plena de mis búsquedas está acompañada por el amor que me tiene. Esto significa comprender que no hay nada que no esté habitado por la presencia amorosa de Dios, incluso lo que nos parece lo último, porque esta es la Buena Noticia que nos trae Jesús con su encarnación, al poner por sobre todas las normas al hombre que vive, al hombre real, no al hombre idealizado y perfecto. Es fundamental tomarse este tema con una espiritualidad que discierna a conciencia, sin culpas malsanas, sin autocastigos ni penitencias egocentradas.

Y confiar. Confiar en la vida que nos circula por dentro, en los deseos de fecundad que nos mueven, en el ánimo para amar y entregarse, en el placer y el gozo de dejarse amar y conquistar por el cariño de otros. Confiar con esperanza que no hay nada de mí que no sea un buen trampolín para encontrarme con el Dios del amor. Porque Dios está a la puerta y llama, incluso a la puerta de tu sexualidad, si lo oyes y le abres, entrará, y cenarán juntos en el banquete de la vida. (Ap 3, 20)




domingo, 15 de febrero de 2015

¿CÓMO QUEJARSE MEJOR?


“La queja es una metodología”, me dijo Diego

 Por Emmanuel Sicre, sj

Es posible que a muchos nos pase que la queja nos brota como el sudor en una caminata. Hay de los que se quejan porque los demás se quejan, los que se quejan porque no se quejan suficiente, los que se quejan por todas y cada una de las cosas que le suceden. También están los que tratan de no quejarse pero no les sale, los que buscan quejarse con creatividad y caen en mal uso del sarcasmo, los que se quejan porque se hace o porque no se hace y los que se quejan porque “si no de qué hablamos”. En fin, un número importante de personas hemos encontrado en la queja un modo de expresión recurrente. (Quizá lo que sorprende más es que haya personas que no se quejen, ¡y las hay!).  

¿Qué puede haber de fondo para que sea tan recurrente quejarse pero a la vez tan dañino que poco a poco nos va carcomiendo el alma? ¿Será que hay una metodología de la queja que de verdad libere? ¿Es posible quejarse con calidad? ¿Cuál sería la única queja válida?

Las tres escuelas de la queja:

Nuestra cultura mediática (especialmente el acceso masivo a la expresión de la opinión personal de forma pública y libre como son todas las interacciones que tienen la TV, la radio, el periódico, las redes sociales, los blogs, etc.) permite que podamos elevar nuestros descontentos, incluso de manera anónima, para poder decir lo que queremos sin filtros y descargar así nuestra negatividad. Tiene verdaderamente una función de catarsis social muy importante, y de vez en cuando dan luces a muchos desorientados para seguir pensando la realidad. ¿No es acaso genial que hayamos creado esta oportunidad de decir lo que se nos dé la gana contra otro públicamente? ¿Qué tipo de sensibilidad logra forjarnos esta situación respecto de lo que los demás representan para nosotros? ¿En verdad se busca ofender o sólo descargarse?

Pero hay una fuente más originaria de la queja: la familia. ¿Quién no se ha quejado hasta el berrinche de sus padres, hermanos, abuelos y circundantes? ¿Quién no ha dado gritos de desborde ante situaciones difíciles cuando éramos niños o adolescentes? Resulta que la familia es, en la mayoría de los casos, una “escuela de la queja”. Los padres que se quejan del colegio, del país, de los demás familiares, de sus trabajos, de los hijos. Éstos que se quejan de los padres, de los abuelos, de sus hermanos y amigos. En fin, ¿no se trata de todo un entrenamiento en la queja que ha hecho de nosotros personas con una capacidad enorme de encontrar motivos para no estar conformes con la realidad?  

La escuela como institución tampoco queda impune. Los estudiantes aprenden de manera sistemática a quejarse de sus docentes y éstos de sus alumnos. La escuela ha hecho de ambos el pozo de las quejas, y no solo eso, sino que se siente, en no pocas ocasiones, con el derecho de instrumentalizar la queja como mecanismo de control. Entonces, la famosa caja de resonancia social que representa la escuela, ¿por qué resuena tanto en nuestros días? ¿No hay algo que suena raro?

Sin ir más lejos, hasta aquí tenemos un ser completamente formado en las tres mejores “instituciones” que existen para quejarse: los medios, la familia y la escuela.

La queja que libera se llama también queja, pero es de calidad

Pero sería importante preguntarse ¿dónde radica la calidad de una queja? En el efecto que provoca en cada uno de nosotros y en el entorno. ¿A dónde me lleva mi queja? Si es una queja que deja el clima seco y paralizado, si daña al “enemigo”, si es sólo burlesca, si usa el sarcasmo fusilador, si corta el rostro con la lengua hecha un cuchillo y elimina la reciprocidad, si es lanzada como misil y crucifica, si rompe el vínculo sin posibilidad de recuperación, si al otro lo tira al piso impidiéndole levantarse, si deja un gusto amargo y la sensación de ser un quejón infantil y malcriado, si cuando pasa  alberga enojo e ira de querer seguir quejándose, si encierra en la propia autocomplacencia de sentirse mejor que el otro... ¡qué clase de queja es! Es la queja que se sufre, que no elegimos y que nos gana antes de pensarla.  Evidentemente esta es una queja que nos hace “cuerpoespines” y de a poco nadie puede acercársenos. Nos va aislando, nos aleja de los demás y nos convierte en solterones y solteronas intolerantes.
   
Pero cuando sucede lo contrario la queja libera y nos ayuda a llevar las cargas diarias, los pesos de la convivencia con uno mismo, con los demás, con las instituciones. Esta queja usa la fina ironía que se mete creativamente en la contradicción de la realidad y la pone en evidencia con humor. Genera una risa liberadora e invita a la imaginación a divertirse con la exageración de la situación, mostrando que la cuestión podría ser peor. No anula ni niega la realidad difícil, sino que la acoge y no se deja envenenar por ella. Es una queja que a la vez que resulta inteligente, genera un buen ambiente y la comunión de los que viven esa realidad con indignación. Es una queja que invita a no ahogarse en un vaso de agua, porque ha sido objetivada en un espíritu que no se deja ganar por el mal genio. Es espontánea y en el fondo refleja el pesar anhelante que espera que las cosas sean distintas, y por eso nos hace bien. Es la queja de Jesús en Lucas 7, 32 cuando al ver a que la gente de Jerusalén no quiere darse cuenta de la buena noticia, exclama: “Se parecen a los niños: Les tocamos la cítara y no bailaron, les cantamos cantos fúnebres y no lloraron”.

La única queja válida:

Se podría preguntar, yendo más allá,  si es que hay una queja válida, justificada, permitida y que no se debe callar.
Y sí, es la que de los pobres, excluidos, marginados, enfermos, viudas, abandonados, en fin, aquellos que soportan la crueldad del mundo y el revés de una vida difícil. Es la queja de los que no eligieron quejarse sino que gritan de dolor porque están oprimidos por dentro o por fuera. Esta es una queja que nos cuestiona y exige liberación. No podemos hacer ojos ciegos ni oídos sordos ante los que sufren el bullying de la vida. Se trata de una queja que nos llama a sumarnos en la lucha por la justicia en el entorno en el que vivimos, a la actitud compasiva y al servicio del hermano que tengo cerca. Para quien se queja de lleno bien le vendría asomarse a la queja de éstos que sí tienen por qué, y aprender con ellos la solidaridad en el dolor

Entonces sí entenderemos la cuestión: no se trata de hacer una apología del status quo, de las cosas como están, para no cambiar nada; sino que hay que ejercitarse en una queja que sea liberadora para todos y cada uno de los seres que habitamos estos días. Se trata de aprender a quejarse bien y mejor.  







domingo, 8 de febrero de 2015

Oración del Juan que escribió la 1 Carta de Juan


Oye, ¿no ves acaso el rostro de Dios en tu hermano que siempre está opacado por sus decisiones? …y te dice, ven, perdónalo porque no sabe lo que hace?

ámalo sin medida, ámalo aunque no te dé nada, ámalo porque simplemente es tu hermano.

ámalo porque si no mientes, al decir que amas a tu Dios, …tómate tu tiempo, pero ámalo.

ámalo aunque lo odies, ámalo porque ha sido redimido por el sumo mediador de la creación, Jesús tu hermano…

ámalo porque estará gozando antes que tú con los miles de Charlie Hebdo en el Cielo de los que se equivocan.

ámalo porque tu pobreza intelectual no logrará comprender nunca el absurdo de amar a quien parece no merecerlo.

ámalo porque no te salvará ninguna evidencia, sino la pura e "injusta" (a nuestros ojos) gratuidad del amor de Dios.

Ámalo porque también tú eres amado porque sí y sin merecerlo.


lunes, 2 de febrero de 2015

DESPOJADO Y DESNUDO

De vez en cuando es necesario
despojarse por varios instantes de lo más que se pueda.









Liberarse de los deseos y de las expectativas,
Resignar los juicios y las comprensiones,
soltar a las personas encerradas en el propio corazón,
abrir las manos y abandonar lo agarrado,
aflojar la tensión de las articulaciones,
perder las pretensiones de ser amado,
desamparar el mundo y decirle: “hoy no puedo salvarte”,
dejar librado al tiempo todos y cada uno de mis proyectos,
soltar las capacidades y energías, dejarlas ir…
liberar el hilo mental que me une a las cosas,
a los intereses más humanos,
a las personas que más deseo.
Y dar aire al alma, al rostro,
dejar la posesión, tirar por el aire los billetes de mi riqueza,
desnudarme de mi propio poder y
darme dejándome tomar por lo real
y decir: “aquí estoy”.