domingo, 9 de octubre de 2016

¿DE QUÉ NOS HABLAN LAS EMOCIONES A LA HORA DE ACTUAR?



Una mirada desde la espiritualidad ignaciana y la educación emocional

Por Emmanuel Sicre, SJ
                                                        
La educación de las emociones viene siendo una dimensión de suma importancia y se la está recuperando actualmente en las innovaciones pedagógicas. Pareciera que nos hemos dado cuenta, finalmente, de su fuerza a la hora de vivir. Pero más aún, de a poco se va reconociendo que las emociones atraviesan la vida personal y social a tal punto de determinarla y hacernos hacer cosas que no queremos. Se hace evidente cuando vemos personas intelectualmente brillantes, capaces y lúcidas, pero afectivamente analfabetas o discapacitadas que terminan haciéndose daño a sí mismas y a los demás con sus acciones. O personas sin estudios que cuentan con una delicadeza emocional en el trato con los demás y la realidad que acaricia el alma.
Es vital que nos planteemos la necesidad de aprender a convivir con las emociones para comprender lo que nos pasa frente al mundo, a los demás y a las cosas, y actuar según lo que deseamos para nuestra vida, sin que nos dejemos condicionar tanto por los entornos afectivos. Y nos dejemos llevar más por las elecciones conscientes sobre lo que verdaderamente deseamos.
En esta línea, creo que la espiritualidad ignaciana ofrece un gran aporte al manejo y conducción de las emociones dándoles un lugar clave en el discernimiento. Es decir, discerniendo las emociones del mundo interior podemos encontrar cada vez más orientaciones para vivir mejor y según lo que el Dios de Jesús le pide a nuestra cotidianidad. 


Las emociones y sus mensajes
Como es sabido las emociones están estrechamente vinculadas a lo que somos, a nuestro carácter, a nuestro modo de ser y reaccionar a lo que la realidad nos presenta. Son nuestra primera comunicación con el mundo, y con nosotros mismos, y nos permiten, si las observamos, detectar la forma en que los vínculos con lo real nos afectan en lo cotidiano.
Por lo general, las desatendemos porque son pasajeras y su vaivén muchas veces nos desconcierta. Hay situaciones que traen tal cúmulo de emociones que no sabemos qué hacer y terminamos por dejar que pasen para sentirnos menos comprometidos afectivamente. Esto si son emociones negativas. Si son positivas las queremos retener para que duren, pero resulta que su fugacidad nos juega una mala pasada.
Si comprendiéramos que las emociones son el caldo de cultivo de nuestros sentimientos más hondos –aquellos con los que intuimos lo bueno de lo malo para nosotros-, comprenderíamos que necesitamos darles más cabida en nuestro proceso de hacerlas conscientes, de “investigarlas”, conocerlas, dialogarlas para que podamos aprovechar su energía y no nos terminen controlando.
De esta atmósfera emocional depende nuestro aprendizaje de las cosas de la vida, en especial, de aquellas que necesitamos adquirir para una existencia feliz. Por eso, es necesario tomar conciencia de  que nunca podremos llevar a cabo procesos de aprendizaje efectivos y útiles, si no generamos las condiciones emocionales favorables para que el contenido sea bien recibido por nuestras neuronas. Este es uno de los desafíos más acuciantes de los sistemas educativos actuales con niños, jóvenes y adultos.



¿Qué pasa si no las atendemos?
Bueno, sucede que privamos a quienes nos rodean de la posibilidad de que desde nosotros se proyecte paz, porque nos desconocemos a nosotros mismos, incomprendemos a los demás, y nos terminamos relacionando con el mundo más por reacciones que por acciones constructivas.
Dado que las emociones se ubican en el primer plano expresión de lo que somos, resulta que, si no les hacemos un margen para reflexionarlas, logran dominarnos y terminamos dando respuestas inmediatas a lo que ellas nos proponen. (Esto explica el arrasador éxito de la publicidad y el marketing que nos hacen consumir sin que logremos pensar si lo necesitamos o no, queda por supuesto desde la emoción frente al producto). 
Por ejemplo, si siempre que recibo una corrección me enfurezco hasta querer vengarme o defenderme con una agresión, nunca podré descubrir qué mensaje tiene para mí esa emoción y actuar de otra manera. Si no soporto perder, ¿cómo lograré mantener una relación íntima con la persona que amo? Si siempre que algo me sale mal me deprimo o entristezco desmoronándome interiormente hasta autocensurarme, nunca lograré entender por qué el fracaso es importante para vivir. Si siempre ando en búsqueda de emociones fuertes, intensas y llenas de adrenalina por medios que me pueden dañar, nunca sabré qué hay en mí que necesita ser atendido para vivir intensamente. Si ando siempre “impermeabilizado” a lo que viene de adentro de mi ser o del mundo, nunca podré crecer y relacionarme con los demás. Si emocionalmente me bloqueo por miedo ante las dificultades y prefiero no enfrentar desafíos, nunca conoceré dónde está la fuerza que significa en mi vida superarme. Si cada vez que percibo una agresión enmudezco, ¿cómo podré canalizar la energía emocional de las palabras atragantadas? Si no sé por qué algo me causa sorpresa y asombro, ignoro las cosas que me invitan a encontrar nuevas facetas de lo real para vivir mejor. Si algo me produce asco y no busco comprender qué quiere decirle a mi sensibilidad, probablemente me esté perdiendo de reconocer algo de mi personalidad importante para desenvolverme. Si prescindo de ver las causas de por qué estoy alegre o feliz, desconoceré cómo serlo para toda la vida.

Así, cada uno puede hacer la lista de emociones negativas o positivas de las que aún desconoce su mensaje. Y comenzar un diálogo fecundo con su mundo emocional. Para esto es necesario asumirlas en nuestra conciencia de manera positiva aunque nos disgusten, o nos parezcan moralmente inaceptables. Si las juzgamos perdemos, si las aceptamos ganamos. Si las reprimimos demasiado nos atrofiamos afectivamente hasta el trastorno emocional, si las liberamos sin control nos podemos autoviolentarnos. ¿Qué hacer entonces? Discernirlas.



El discernimiento de las emociones para la acción
Creo que aquí entra a jugar la espiritualidad ignaciana un servicio fundamental. Por lo general, quienes por la práctica de los Ejercicios Espirituales estamos acostumbrados a hacer discernimiento de las invitaciones –mociones- que nos hacen tanto el buen espíritu, como el malo en la búsqueda de lo del Dios de Jesús. Bien, eso es discernir espiritualmente.
Pero si indagamos un poco más, podemos ver que esta fuerza contraria que cada uno de los espíritus ejerce en nosotros –he ahí los tres actores del discernimiento: yo mismo y los espíritus- está muchas veces a nivel de las emociones que luego podrán ser, quizá, los sentimientos a discernir. Si nos detenemos en el mensaje que una emoción nos trae podremos conocer algo más de lo que el Dios de Jesús quiere para nuestra vida. 
Me explico con un ejemplo. Cuando sentimos una indignación que nos cala los huesos ante una injusticia, estamos frente a una emoción que si bien se siente de manera desagradable nos está avisando que para nosotros la justicia es un valor irrenunciable, supremo, digno de todos los seres humanos. Si la discernimos, esto es, si la sopesamos a la luz de la vida de Cristo, comprendemos que es una ‘santa indignación’ porque nos mueve a luchar porque no haya injusticia. “El celo por tu casa me consume” (Jn 2,17), diría Jesús en una situación emocionalmente comprometida que lo llevó a actuar contra los que mencantilizaban la fe en su Padre. Es evidente que para Jesús la fe es un valor que defender. En efecto, nos sentimos movidos a hacer algo por medio de una emoción concreta.
Lo que nos pasa es que como muchas veces la impotencia nos gana y renunciamos a experimentarla para evitar un nuevo fracaso o el qué dirán, dándole así la razón al mal espíritu que nos tira para el lado opuesto al bueno. Pero si dialogamos con esa emoción de indignación ante la injusticia es probable que descubramos algo concreto a lo que podemos sumarnos para trabajar por la justicia. ¡Qué diferente es esto a enseñar el concepto de justicia en una clase! Cuando el contenido de la justicia nos llega por la emoción nos sentimos inmediatamente cuestionados a hacer algo. Cuando el contenido de la justicia nos viene por la palabra aburridora de un manual, la desconocemos en nuestra realidad personal. Por eso no podemos hacer mucho.
Por regla general, lo que nos apasiona, es decir, lo que emocionalmente nos vincula con algo desde adentro, nos lleva a hacerlo realidad. Por eso es necesario atender qué nos atrae, nos mueve, nos afecta, nos emociona, para poder descubrir el sentido de nuestra vida. Para no castrarnos las emociones y recuperar el rumbo de nuestros deseos. Y cuando esto sucede, Dios se hace familiar, cercano, compañero, humano. Mientras desconozcamos nuestro mundo interior, desconocemos a Dios porque él está en lo profundo del misterio de la realidad humana.
En el discernimiento de lo que nos pasa nos jugamos nuestro actuar en el mundo que, en su peor faceta, quiere automatizar nuestros comportamientos. ¿Para qué? Bueno, porque una persona dominada por sus emociones es vulnerable, voluble, fácil de manipular y hacerle hacer lo que los intereses mezquinos del mercado y el poder pretenden en la cultura de la destrucción.
En cambio, una persona que busca honestamente discernir sus emociones siente mejor la vida, porque recibe de ella lecciones todo el tiempo que el muestran cómo vivir mejor.
Una persona que discierne sus emociones choca menos con los demás y si pelea es capaz de resolver el conflicto, pudiendo, al mismo tiempo, aceptarlos en sus limitaciones porque no desconoce las propias que ha ido descubriendo en el diálogo sincero con sus emociones.
Una persona que discierne sus emociones es capaz de soportar los avatares de la vida con dignidad y sin la necesidad de victimizarse o vengarse.
Una persona que discierne sus emociones logra ofrecerle a su entorno una mirada equilibrada sobre las realidades polarizadas a las que nos acostumbran los medios de comunicación baratos, y da sentido de justicia, de paz, de hondura ante lo que sucede.
Una persona que discierne sus emociones puede interpretar que la complejidad de la realidad social no se resuelve de una sola vez aplicando infantilmente leyes a diestra y siniestra, sino en el proceso de la historia que somos.
Una persona que discierne espera con esperanza y se convierte en transmisora de paz en su contexto, de dirección y amor en un mundo hiperexitado y demandante del consumo de experiencias que le tapen en vacío de no saber para dónde ir.
Si el Dios de Jesús habla a través de nuestras emociones, ¿por qué no hacer el esfuerzo de escucharlo para vivir mejor?



1 comentario:

  1. Hay que sumarle el gozo de poder contar a los buenos y excelentes personas con quienes te encontrás en el camino del diario vivir. Gracias por compartirlo. "Conócete a Ti mismo".

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