domingo, 28 de agosto de 2016

EL PROBLEMA DE CREER (2) Entre la fe en el Dios de Jesús y la religión

Por Emmanuel Sicre, sj


Creer resulta una experiencia humana fundamental que integra nuestras dimensiones personales en un todo que nos abre a la posibilidad de una vida fecunda, honda y llena de sentido para el cuerpo, la mente y el espíritu. Creer unifica la existencia y la despliega. Sin embargo, vivir esa experiencia dentro de una religión resulta desafiante porque Dios no cabrá dentro de sus límites, por ser siempre mayor se desborda. ¿Qué sucede cuando abrirse a la fe nos lleva a creer en el misterio del Dios de Jesús dentro de una comunidad de creyentes?


NOTA: se puede leer también como complemento: EL PROBLEMA DE CREER (1) Los conflictos con la fe. 
En: http://emmanuelsicre.blogspot.com.co/2016/08/el-problema-de-creer-1-los-conflictos.html

Creer en el Dios de Jesús

En el mundo de la religión mucha personas piensan que creer es haber aceptado unas verdades de fe formuladas de una manera inamovible –como si la fe no cambiara con el tiempo, o llevar a cabo ciertos rituales religiosos. Entonces, cuando conocen esas verdades sobre Dios o practican esos rituales, piensan que creen. Pero cuando alguien les cuestiona lo que creen, se alteran sin saber para dónde ir. Es el problema de creer en cosas (creencia) y no en personas (fe). Y claro, Jesucristo es una persona, y quien no lo busca con una relación personal, no podrá creer en Dios, al menos no en el Dios de Jesús.   
¿Qué sería entonces creer en el Dios de Jesús? Primero digamos que no es tener una experiencia de trascendencia, o una experiencia religiosa simplemente, eso lo vivimos todos en algún momento de nuestra vida independiente de la religión.
Creer en el Dios de Jesús parte de sentirnos seducidos por su persona, por su modo de ser y de actuar.[1] Cuando se nos abren los ojos a su misterio, a través de alguna experiencia concreta, comenzamos a distinguir las cosas de una manera nueva. Y nos pasa lo que él experimentó: sentirse unido, ligado a Dios. Entonces nos brota como de adentro un llamado a compadecernos del mundo herido y de las personas que sufren y queremos salvarlo. Nos resulta algo urgente trabajar por la justicia, porque nos duele el dolor. Nos viene un deseo de hacer silencio para percibir cómo Dios nos habla en nuestro interior y en la vida de las personas. Nos brota una alegría no inventada, nos nace una fuerza para afrontar las dificultades, nos viene de adentro el deseo de amar, de entregarnos, de sentir amistad sincera con los demás sean como sean. La profundidad de la realidad comienza a darnos criterios para comprender que Dios está en todas las cosas y todas las cosas están en él recreándose. Por esto, nuestro juicio condenatorio disminuye y somos capaces de aceptar la realidad como es. El impulso nos lleva a fuera de nosotros mismos y cada vez más nos olvidamos de lo superficial para ir a lo esencial. Así es que, a pesar de sentir cierta soledad, se nos presenta la necesidad de formar comunidad, de compartir lo que vamos viviendo con los demás, de celebrar lo que Dios está haciendo en nosotros y en el mundo.  
En definitiva, creer en en la persona de Jesús sucede cuando en nuestro interior aceptamos la vida del Espíritu que nos habita. Por eso, la sensación de haber renacido a una vida nueva.
¿Y qué pasa entonces? que podemos conectarnos con lo sagrado de una manera amplia y vivir abiertos al misterio, sin la necesidad de andar cerrando las puertas de la mente y el corazón a lo inexplicable.
Sin embargo, hay un rasgo distintivo de los que creen en el Dios de Jesús. La fe de quienes se fiaron de Jesucristo los lleva a vivir y a morir como él por amor –no por ideas o verdades de manual-, porque confían en que la fuerza de la resurrección ha abierto una puerta que lleva a la Vida en serio y definitiva. 

Creer dentro de una comunidad de creyentes

Hasta aquí pudiéramos pensar que la experiencia de fe en Jesucristo estaría quizá en contra de la religión, o de cualquier forma de institucionalización de la fe. Ciertamente no. Sin comunidad no hay fe que se sostenga. Así lo testimonian los apasionantes inicios del cristianismo. Sin embargo, aparece el eterno conflicto entre la ley y la gracia.

Digamos que fe y religión, en realidad, no se oponen, sino que están en tensión permanente. Si somos fieles a lo que nos cuentan de Jesús Pablo primero, y los evangelios después, notaremos que Jesús entra siempre en conflicto con el judaísmo de su época. Siendo judío logra una autocrítica de su religión lúcida y transformadora. Está permanentemente en un ir y venir de lo fundamental de la religión a lo accesorio, de lo que sí viene de Dios, su Padre, y de lo que los hombres le hacen decir y hacer a Dios. Por eso Jesucristo cuestiona y le mueve el piso a la religión permanentemente.
Pero en el fondo, su problema no es que haya religiones, sino que no haya experiencia de Dios. Su conflicto es que se funden ‘clubes idiologizados’, en vez de comunidades de amor fraterno. Por eso se dedica a mostrarnos cómo es Dios. Y practica con la fuerza del Espíritu lo que ha visto hacer al Padre una y otra vez sin cansarse: consolar, sanar, fortalecer, perdonar, compadecerse, restaurar al caído, enfrentar la muerte y el dolor, vencer el odio y la injusticia con amor desinteresado ofreciendo su vida. 
Por eso, si las religiones no son espacios de apertura para creer más en el misterio de Dios entre los hombres, no sirven. Si las religiones son para protegernos de nuestros miedos y cerrarnos al mundo, no sirven. Si las religiones no buscan la belleza del hombre que Dios ha mostrado en el ‘Hijo del hombre’, no sirven. Si las religiones delimitan con un cerco de alambre su identidad y luchan por su verdad con violencia, le cerrarán las puertas al Espíritu de Dios que sopla donde quiere. Si las religiones en vez de dar a conocer a Dios gratuita y amorosamente, lo comercializan, no sirven. Si la religión controla las conciencias en vez de liberarlas, no sirve. Si las religiones se burocratizan, no sirven. Si las personas de una religión no luchan por permanecer en estado de apertura a lo que viene de Dios, quedarán secas.
En definitiva, si nuestra experiencia del Dios de Jesús incluso con las debilidades y caídas propias del hombre, no está viva, la religión puede matarnos el alma.










[1] Quienes interactúan con él en los relatos evangélicos, viven situaciones controvertidas que los llevan a experimentar todo tipo de reacciones contrapuestas. Del miedo a la tranquilidad, de la ofensa al asombro, del seguimiento a la oposición. A él sus familiares lo tratan de loco, y sus enemigos de criminal, de blasfemo, de poseído, y de quien no es, por ejemplo, cuando confunden su identidad con la del Bautista o la de Elías. Y Jesús, el carpintero hijo de María y José, ama, se enoja, se entristece, ordena y exige, pero no gobernará sobre los demás, porque él más bien guía, enseña, llama, se compadece al servir y curar, desafía la autoridad, expulsa demonios, habla en parábolas para dar a conocer el misterio que él mismo vive, es tajante y directo hasta producir irritación en algunos de sus oyentes a veces. Jesús va y viene, es temido, amado y odiado, honrado fuera de su casa y despreciado entre los de su región, corrige la necedad sin vueltas y llega a mostrarse cansado, incluso agresivo, con la generación en la que vive. Jesús es contado como un ser a quien Dios le ha conferido una autoridad especial que lo lleva a decir y actuar de una forma también particular. Cualquiera podría pensar que tratándose de un personaje ciertamente enigmático resultaría alguien aislado y solitario. No, todo lo contrario. Jesús aparece acompañado casi siempre de las multitudes o de sus seguidores más cercanos: los necesitados, y hasta se podría decir que le cuesta quedarse a solas. Sin embargo, esto no lo salva de la muerte a la que lo lleva su amor por los hombres. Aquí sí ya se puede ver la soledad del protagonista que pareciera haberse vaciado del poder con el que por momentos se ve en los evangelios. Poco a poco va acallándose hasta el grito final donde deja todo.  ¡Toda una persona de verdad este Dios!

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