sábado, 11 de marzo de 2017

LA VOCACIÓN ES ALGO NORMAL


Una reflexión sobre la naturalidad con la que Dios llama a las personas de una comunidad para trabajar con él de un modo particular.

Por Emmanuel Sicre, sj

La experiencia del llamado a una vida consagrada a Dios (como sacerdote, religioso o religiosa) en muchas personas surge desde la infancia, resuena en la adolescencia y luego puede prolongarse a lo largo de la vida. La vocación religiosa cristiana está dada por el deseo de entrega a Dios y a los demás en el servicio al estilo de Jesús. Pero, no siempre se tiene la claridad de una vida consagrada o del sacerdocio a primera vista. Entonces, ¿cómo comprender esta realidad tan peculiar?
En primer lugar, es necesario naturalizar este tipo de vocación. Aún existe en muchos imaginarios familiares y sociales –justificados o no-, una figura estereotipada del religioso como alguien "celestial", "angelical", "inmaculado", pero también de todo lo contrario ("perverso", "incompleto", "infeliz", “encerrado”, “bobo”, ...). Ni uno, ni lo otro.
Es natural que en un ambiente donde se reza, o donde existen prácticas religiosas habituales, o donde se pregunta y reflexiona sobre Dios, o donde se sirve a los más frágiles con amor, o donde se da una experiencia trascendente significativa, alguien se sienta más directamente comprometido y atraído, al punto de querer dedicarse sólo a esto de una manera exclusiva.
Es natural que en una comunidad donde hay distintos roles (“carismas”, al decir de San Pablo. Cf. Co12,4ss) se suscite el de la consagración exclusiva. Es natural y sano para la persona de fe hacerse la pregunta por una vida dedicada a Dios y a los hermanos. Por eso, la promoción vocacional puede darse desde la infancia, pero no como una “lavada de cerebro”, sino como un ofrecimiento y un reconocimiento de que Dios llama a algunos de la comunidad para este servicio particular y propio.
Detalle de la última cena en el altar del
juniorado-filosofado de los jesuitas en San Miguel, Argentina. 
A decir verdad, todos estamos llamados a servir a la comunidad desde nuestros dones, así lo podemos ver a lo largo de la historia del cristianismo. Pero el de la consagración, tal y como la conocemos hoy, se comprende como un tipo de vocación que Dios siembra en el seno de nuestros deseos para poder dedicarnos sólo a él en los hermanos como lo hizo Jesús.
En el contexto de nuestra cultura actual donde la crisis de las instituciones pone en marcha mecanismos de sospecha y desconfianza hacia quienes forman parte de una organización; en donde cierta hiperinflación de lo subjetivo desdibuja los contornos claros y distintos de las reglas institucionales para apropiarse de lo que más “me gusta” y abandonar lo otro (esquivarle a la cruz) de manera personalista; en donde las figuras de autoridad han quedado cuestionadas de arriba abajo, la consagración religiosa se ha diversificado bastante.
Hoy, muchos jóvenes y personas adultas también, se sienten consagrados a Dios y a los hermanos, pero, podríamos decir, de manera “no formal”. Entonces, los que se preguntan por la vía formal, es decir, ser sacerdote, religioso, consagrado en una comunidad concreta, se encuentran con la disyuntiva de si “es necesaria tanta formalidad”. “Quizá yo puedo ser pobre, casto y obediente a mi manera”, dicen algunos.
Es cierto, pero lo que se desconoce, quizá por curioso idealismo, es que el hombre está llamado tanto a responder a sus íntimos deseos de servir a Dios en los demás, como a formar comunidad.
Y cuando hay comunidad se dan, al menos, dos momentos: el carismático donde la consolación y la experiencia de Jesús por el llamado aparece de manera fresca y gozosa; y el momento de la institucionalización de lo carismático, donde de forma casi espontánea surgen parámetros que buscan cuidar, proteger y fortalecer la experiencia originaria, sobre todo en los momentos de crisis. Son estas comunidades institucionalizadas con las que el llamado religioso muchas veces entra en conflicto.

Ante esto, es necesario dar el paso de aceptar que la realidad humana es más ambigua, más contradictoria y paradójica de lo que desearíamos. La honestidad para con el llamado se tiene que dar en todos los contextos. Por eso, la lucha por instituciones que cuiden y fortalezcan la fecundidad de las personas nunca será poca, si tenemos en cuenta que el más contundente crítico de la religión es el mismo que nos llama: Jesucristo. Fue él quien puso en el centro del corazón de los hombres al Buen Dios para darnos vida abundante (Jn10-10), a la vez que nos puso para siempre en el corazón misericordioso del Padre para que ya nada pueda separarnos de él (Rm8,35ss).


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