domingo, 20 de noviembre de 2016

¿CÓMO ENTENDER LAS CONSCIENCIAS DE PECADO EN EL PROCESO DE LA FE?

3 formas de entender el pecado para crecer en la vida de fe y ayudar a otros a acercarse al Dios de Jesús.

Por Emmanuel Sicre, sj

En la vida de fe resulta muy frecuente encontrarnos con nuestra dimensión de límite, de fracaso o de fragilidad. De hecho, posiblemente, gracias a esta situación es que entramos en contacto con aquello que está más allá, al intentar darnos respuesta de lo que nos pasa. De esa dimensión vulnerable de nuestro ser en contacto con Dios brota la experiencia del pecado. Por eso es una cuestión de fe[1]. Sin embargo, por ser algo que nos confronta con nuestros ideales más altos sobre lo que queremos ser, no nos gusta mucho hablar del tema.
Se suma a esta cuestión el hecho de que socialmente nos estamos diseñando un mundo sólo para perfectos, exitosos, brillantes, esbeltos, ricos y famosos. En la era del exhibicionismo han surgido tendencias como las de sólo mostrar de nosotros “lo que vende”, u ocultarse, aunque participando con la curiosidad, o, finalmente, burlarse de esto con el morbo. Todas estas reacciones al tiempo que vivimos no logran dar con el problema de estima propia que está de fondo. Estima que nunca se forma a nivel emocional ni psicológico, por lo que el error es siempre causa de imperfección, fracaso, opacidad, desorden, pobreza y pérdida.
Por último, sumemos un factor más: el juicio. Estamos inmersos en un gran tribunal que ha estructurado todas nuestras miradas y consideraciones sobre las acciones y modos de ser de los demás. Todos nos sentimos con derecho a opinar sobre la vida y obra de todos. De aquí también nace en nosotros tanto la autocondenación como la autojustificación, porque un juicio negativo a otra persona no es más que una negación del propio límite.  
¿No resulta un poco agotador estar todo el tiempo queriendo ser buenos, justos, inteligentes, o distintos? Los que se cansan prefieren desfachatadamente mostrarse rebeldes a este esquema y generan un personaje de sí mismos, pero tampoco logran ir en otra dirección. ¿Cómo vivir nuestra dimensión de vulnerabilidad como una oportunidad para crecer más en libertad y amor propio y hacia el mundo?
Algunos estudiosos del tema de la conciencia han sistematizado cierta comprensión de la misma que resulta interesante para vernos un poquito mejor. Creo que tenemos que caminar hacia una capitalización del error que nos permita construir nuestra propia vida desde un realismo sano, humano, y abierto al don. Hay que dejar de tenerle tanto miedo a equivocarse y empezar a vivir más.


1. EL PECADO COMO MANCHA, TRANSGRESIÓN U ACUSACIÓN.
El símbolo de la mancha nace la comprensión del pecado como un tabú. En efecto, la conciencia cree que se ha metido en un lugar donde no debiera y que lo percibe como sucio, contaminado, impuro. Por eso, la culpa se le representa como si fuera algo que hay que expiar, purificar, limpiar.
Así, desde una conciencia que depende en su mayor parte de las normas externas o del deber ser exagerado, es muy lógico que el pecado sea visto como una trasgresión a las reglas que le han sido impuestas socialmente, pero, que por el mismo mecanismo de inseguridad y vergüenza, no se animaría a cuestionar. Entonces nace una culpa insana que le hace padecer a la conciencia escrúpulos, sentirse farisaicamente hipócrita y asumir la rigidez como escudo a su debilidad.


No obstante, como la conciencia no logra librarse de la suciedad ni del cumplimiento neurótico del mandato, termina por acusarse de su error provocando una culpa mayor que le vuelve la mirada a sí misma encerrándose cada vez más. En una “conciencia morbosa”, el “yo desmedido” ha tomado a la persona convirtiéndola en el centro del mundo, y cerrándola a los demás. Entonces, la conciencia de culpa surge ante el descubrimiento de un defecto y autodesprecio: “qué mal ser así”. Como no hay horizonte de compartir con otros, es sólo una falta que daña mi autoimagen sobrevalorada, por eso viene la angustia. Se vive así un sentimiento de maldición, de peso y enjuiciamiento constantes porque el narcisismo está exigiéndole la perfección de la autoimagen.
¿Podríamos llamar a esto pecado? No tanto. Porque todavía el perdón se vive como una necesidad de censura, de limpieza, o sanación que viene de afuera, de la normatividad externa y no de la relación con la misericordia de Dios. Aquí es muy probable que surja la figura de un Dios juez, castigador, punitivo que puede venir del modo en que cada uno se relacionó desde pequeño con las figuras de autoridad de su entorno familiar o educativo. Si no hay relación personal con Jesucristo que revela el verdadero rostro del Padre, podríamos decir que no hay pecado[2].


2. EL PECADO COMO DESARMONÍA INTERIOR, FRACASO DE LA LIBERTAD O RUPTURA.
Intentemos dar un paso más. Una vez que la toma de conciencia de las propias responsabilidades en la vida se va haciendo lugar, surge en nosotros un modo de relacionarnos con nosotros mismos, con los demás, con el mundo y con Dios, más autónomo. Es decir, ya no necesitamos tanto que nos digan qué hacer, sino que lo vamos descubriendo por nuestra propia cuenta dado el proceso de maduración. En el ámbito de la fe y de la práctica de la religión pasa de la misma manera.
Entonces, el pecado se ve como una desarmonía interior que ha dañado los vínculos con esas cuatro relaciones fundamentales que somos. El entendimiento no se relacionó bien con el corazón entonces nuestra voluntad falló y se equivocó. Emerge un sentimiento como de fracaso de la libertad: “no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero” (Rm7,19) rompiendo, sobre todo, el vínculo con los demás que me remite a sentirse culpable ante Dios. Por eso la culpa se vive como una incoherencia.
Aquí sí podemos hablar propiamente de pecado porque el perdón se ve como una necesidad de restablecer las relaciones fundamentales que Dios posibilita, tomando conciencia y cartas sobre el asunto. Aparece una de las dimensiones más importante del pecado: la ética.
La imagen de Dios aquí está más ligada a la que propone Jesús con su mensaje del Reino de amor, justicia y paz. La persona que vivencia el pecado, la culpa y el perdón en esta línea está dispuesta a comunicarse con el Dios de Jesús desde una sana libertad personal atada a la relación con Dios que siente parte de su vida, sus decisiones, afectos y acciones, y no una “obligación de domingo” o  norma externa. 


3. EL PECADO COMO RECHAZO A LA VIDA CON DIOS.

Sin embargo, en la vida de fe siempre es posible crecer cuando estamos abiertos a la relación con el Dios de Jesús. Cuando esa relación es personal, profunda e íntima necesariamente se convierte en comunitaria, integradora y expansiva. Así como es el Dios trinitario. La conciencia que busca vivir desde la lógica del Dios de Jesús ve el pecado como una disminución de la entrega a Dios en los hermanos, como un rechazo al deseo que tiene Él de nuestra felicidad, como una especie de infidelidad al amor. Por eso la culpa se vive como un reconocimiento del mal en mí, como un saberse pecador existencialmente necesitado de la gracia que restaura en el proceso. Por eso la autocondenación y la autojustificación que llevan al autodesprecio ya no tienen lugar.
Pero lo curioso es que esta necesidad de Dios no se vive negando la libertad personal, sino que, al contrario, la potencia en el ofrecimiento de sí misma y la libera para abrazarlo a él, sobre todo en el modo de amar a los demás, de verlos con sus ojos, de cuidarlos como a hermanos. Por eso, el perdón se hace visible en el deseo de volver a casa, de retomar el camino y andar los pasos desde la certeza de estar sostenidos por la misericordia de Dios que invita siempre a salir de sí, a donarse, a vivir desde la gratuidad y la compasión.
Desde una conciencia sana que intenta con verdad vivir desde la lógica del Dios de Jesús se comprende mejor la necesidad de pedir perdón. Y esto, porque reconocer el error, el fracaso, la caída es el trampolín para dejar que la gracia regeneradora de Dios se abra paso para hacer de nuestras cuatro relaciones fundamentales (con Dios, con el mundo, con los demás, y con nosotros mismos) un manantial de vida. “Donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). Cuando reconocemos que vivir desde ahí nos da paz, libertad y gozo, empieza a crecer en nosotros el fruto más grande de aceptar por la fe la vida de Dios en nosotros: la comunidad, la fraternidad, el ser hijos de un mismo Padre-Madre.  
Si vemos a Jesús lo que siempre está buscando es que nos amemos los unos a los otros como él nos ama. Por eso, el fin último del pedir perdón por nuestros pecados no puede ser la limpieza, la salvación de mi autoimagen narcisista, o la perfección de mis acciones, o la integración psicológica, sino la necesidad de reconocer que soy hermano de mis hermanos, y que debo hacer lo posible para vivir cuidando los vínculos, las relaciones y entonces sí encontraré la paz personal. Por eso Mateo decía: “deja allí tu ofrenda delante del altar, y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda” (Mt 5,24).
En definitiva es reconocer con toda el alma que: ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”. (Rm 8,38-39).


[1] A su vez, el concepto de pecado es dinámico, porque la experiencia de pecado va madurando. Una es la conciencia de pecado que tiene un niño, y otra la que va surgiendo con la apertura de la conciencia cristiana cuando se es adolescente, joven, adulto o ya mayor. Aunque es cierto que hay adultos con conciencia de pecado infantil, pero este sería otro asunto.

[2] El pecado es un concepto teológico referido a Dios. Los demás errores son eso, equivocaciones, fallos, pero no estrictamente pecados, aunque se use socialmente en otro ámbito de significación.

4 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Me alegro mucho, gracias por tu comentario!!! Saludos!

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  2. Gracias por hacerme recordar mis clases de moral Cristiana, refrescar la memoria siempre es bueno para saber por dónde debe tender nuestro espíritu humano.

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