lunes, 12 de enero de 2015

Entre “meditar” y “contemplar” en la espiritualidad ignaciana


Por Emmanuel Sicre, SJ



Sucede muchas veces que nos cuesta comprender la sutil pero vital diferencia entre meditar y contemplar. Y resulta difícil, no solo porque ambas son una tarea que exige disposición, ánimo y tiempo, sino porque, además, es necesario experimentarlas para comprender a qué refieren cada una, cuál es su finalidad y para qué las usa san Ignacio en los EE. Veamos cómo podemos introducirnos en estas preguntas. 


En nuestra vida todo el tiempo nos hacemos preguntas existenciales sobre las cosas, las personas, las situaciones. Por ejemplo, nos cuestionamos si algo que hicimos estuvo bien o estuvo mal, nos preguntamos sobre la muerte, la enfermedad, la vida, sobre cómo actuar, sobre quiénes somos o quiénes son los demás. Cada una de estas preguntas existenciales nos consumen energías para tratar de responderlas, nos dan vueltas en la cabeza, las consideramos, las valoramos. Una y otra vez vuelven y cada momento de la vida nos da diferentes respuestas que nos abren a nuevas preguntas. Muchas veces logramos claridad y vemos con luz algún determinado aspecto, otras no tanto y seguimos nuestra búsqueda, hasta que llegue la respuesta que nuestro corazón, nuestra mente o nuestro cuerpo necesitan.  Cada vez que nos tomamos un tiempo para darle vueltas a estas cosas estamos meditando. En la meditación ponemos de nosotros mismos para poder llegar a una especie de conclusión, de síntesis sobre algo. Cuando Ignacio nos propone meditar está queriendo que utilicemos nuestra razón conceptual, nuestro entendimiento y voluntad, para que nos preparemos para la luz del Espíritu que poco a poco va dando pistas sobre alguna cuestión de nuestra vida. Por ejemplo, cuando nos invita a pensar en el Principio y Fundamento de la vida, o sobre el actuar del buen y el mal espíritu, o sobre cómo es el pecado en nuestra vida. En fin, lo que pretende la meditación es que entendamos algo que no estaba claro, que descubramos con la razón alguna luz para el camino. 

En cambio, cuando se nos invita a contemplar todo resulta distinto. En nuestra vida algunas veces se nos dan esos momentos en que quedamos como tomados por una experiencia positiva. Un atardecer, una sonrisa, un abrazo, una buena música, un beso, unos niños jugando… logran dejarnos como libres de nosotros mismos, sin pensamientos, sin preocupaciones. Es ese momento donde uno pierde el control que ejerce sobre todo y se deja llevar por la impresión de lo que le viene a los sentidos, a la mente, al corazón. 
En la espiritualidad ignaciana contemplar no es quedar con cara de estampita viendo una luz que viene del cielo y nos deja medio elevados hacia la nada. Ignacio quiere que contemplemos la vida de Jesús para que dejemos aflorar el Cristo que llevamos dentro. Que al leer un episodio de su vida veamos y miremos qué hace, qué dice él o los que lo rodean, que escuchemos con los oídos del corazón, que, si es posible toquemos y sintamos con el tacto espiritual, que olamos y gustemos lo que nos sea dado a contemplar. La contemplación busca ponernos en la escena, meternos allí como uno más del relato porque en ese estar allí con la imaginación es que el Espíritu de Dios hace su trabajo de salvación de nuestra vida. ¿Quién que no contemple a Jesús curando no le quedan curadas también un poco sus heridas? ¿Quién que no contemple el nacimiento de Jesús no queda restablecido al menos en la ternura para consigo y los demás? ¿Quién que no contemple a Jesús anunciando el Reino no queda seducido por su propuesta de paz, amor y justicia universal? ¿Quién que no contemple a Jesús muriendo en cruz no llora con todos los que sufren sus propios sufrimientos? ¿Quién que no contempla al resucitado en su oficio de consolar no queda consolado en lo más profundo de su ser? Así trabaja la contemplación. En la medida en que nos animamos a abandonar el control sobre la oración, el Espíritu, ayudado por nuestra libertad de entrega a la imaginación, hace su trabajo de cristificación, de hacernos otros Cristos. 

Así es que nuestra vida espiritual va creciendo entre la meditación y la contemplación. Una trabaja a nivel de la razón y la otra a nivel de la sensibilidad. La meditación requiere de nuestro entendimiento y voluntad, mientras que la contemplación nos invita a ser dóciles a lo que se nos presenta en la imaginación y los sentidos. Ambas son caminos de fe, ambas son modos de orar. Pero cuando uno le va tomando el gustito a la contemplación y va superando las dificultades del control con la fuerza insustituible de la gracia, comprende que el camino es dejarse llevar, entregarle todas nuestras luces al Señor para que nos haga más hijos del Padre, más hermanos de Jesús, más Espíritus de amor entre quienes nos rodean. 

2 comentarios:

  1. Me ha clarificado mucho. Muchas gracias por explicarlo con tanta sencillez y amenidad. Lo he leído de un tirón.

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