Domingo 27º del Tiempo Ordinario - Ciclo A
Homilía. P. Emmanuel Sicre, SJ

Escuchen otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó
una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después
la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero. Cuando llegó el tiempo de
la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos. Pero los
viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al
tercero lo apedrearon. El propietario volvió a enviar a otros servidores, en
mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera.
Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: "Respetarán a mi
hijo". Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: "Este es el
heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia". Y apoderándose
de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando vuelve el dueño, ¿qué
les parece que hará con aquellos viñadores?» Le respondieron: «Acabará con esos
miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido
tiempo». Jesús agregó: «¿No han leído nunca en las Escrituras: "La piedra
que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la
obra del Señor, admirable a nuestros ojos"? Por eso les digo que el Reino
de Dios les será quitado a ustedes, para ser en
tregado a un pueblo que le hará producir
sus frutos». Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas
parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Entonces buscaron el modo de
detenerlo, pero temían a la multitud, que lo consideraba un profeta. Mateo (21,33-43)
¡Qué bronca dan estos tipos!, ¿no?
¡Cómo van a hacer eso! ¿Por qué? Y sí, quizá más de uno se pregunta algo de
esto o tiene estos sentimientos ante tanta agresión que revela la parábola de
Jesús a los sacerdotes y ancianos del pueblo. Como siempre sucede, Jesús quiere
transmitir algo con la parábola según a quién se la dedica. En este caso, sus
destinatarios se comportarían como los villanos de la historia relatada. Pero,
¿dónde radica la maldad de estos hombres?
Creo que una de las razones por las
que actúan así es porque se sienten dueños. Interesante cómo usa el texto el
verbo apoderarse. Se apoderaron malamente
de los enviados y en definitiva se hicieron dueños de la tierra que no les
pertenecía. Cuando nos adueñamos de lo
que es don la reacción más natural es la de creernos que nos quitan algo que
hemos conseguido por nuestros propios méritos. Entonces, el sentimiento de
amenaza actúa de manera irrefrenable dejándonos a la intemperie de nuestra
propia existencia insegura y llena de baches. Apropiarse de lo que es herencia
es desconocer su origen inmerecido, gratuito, donado.
Con Dios, con la Iglesia, con las
cosas de la fe y la religión puede pasarnos lo mismo que a aquellas personas de
la época de Jesús -y después también- que se hicieron dueñas de una Verdad que
nadie puede poseer por su propio mérito, guardianes de esencias inapresables
con las que se las dan de sabios rebajando a los demás con comentarios
enjuiciadores de la moral ajena, sabuesos de los errores de los otros para
condenar ni lo que Dios condena. Y así vamos matando los signos de Dios, sin
caer en la cuenta de su procedencia porque tememos que nos quiten lo que no
hemos logrado.
Sin embargo, los mismos adueñados,
en un primer momento, caen en la trampa de la parábola de Jesús. Se indignan
con una actitud de los villanos que, de tan ciegos, ni se dan cuenta de que los
refleja en su accionar. Jesús vuelve a la carga y los enfrenta directamente
para que reaccionen. La herencia les será quitada porque no han sabido dar
frutos de misericordia. Y en vez de convertirse, se enojan y buscan la manera
de concluir la parábola con el mismo Jesús, aunque aún falte para apresarlo
todavía. La parábola de Jesús se cumpliría en ellos finalmente.
Pero lo cierto es que Dios siempre
tiene un as bajo la manga. Su lógica es la de darlo todo, envía hasta a su
hijo a riesgo de perderlo todo, pero claro, como siempre, al darlo todo, gana
todo. Nos gana a todos nosotros para su Reino, nos libera, nos perdona y nos redime
por los méritos de uno de los nuestros, Jesús, que siendo hombre se revela Dios
al transparentar la infinita compasión del Padre por sus hijos e hijas.
En el misterio de Dios lo que se
pierde se gana, lo que se desecha es lo importante, lo que se descarta resulta
valioso, lo pobre es lo más rico. Entonces, ¿qué será aquello que en nuestra
vida andamos descartando? ¿No andará Dios por ahí? Si la piedra que los sabios
constructores no se dieron cuenta estaban ignorando como la más importante,
¿resulta ser aquella con la que Dios quiere revelarnos su amor?
Contemplemos nuestro dinamismo de
descarte para sumarnos a la lógica del rescate de Dios y entonces podremos
vivir el Reino, entonces la Casa Común no gritará de dolor y nuestros hermanos
y hermanas que viven descartados podrán recibir la misericordia que viene de la
caridad de los que se saben herederos de un sueño hermoso y valiente: el
Reinado de Dios en la vida de todas las personas del mundo.