¿Cómo comprender ciertas
actitudes dentro de la Iglesia Católica (y en otras también)?
Por
Emmanuel Sicre, SJ

Los debates sobre las reformas y modos nuevos de concebir las cosas, como sucedió con el Sínodo de las familias, vienen provocando ataques permanentes a Francisco, haciendo florecer algunas actitudes entres los creyentes que vale la pena tener en cuenta para ver qué hay detrás de las trincheras que se arman. ¿Cuál es la actitud que se percibe entre "conservadores" y "progresistas"? ¿Cuál sería una actitud posiblemente más apropiada para tratar temas tan importantes?
La
fe desde una actitud conservadora
Diseñemos en modo general y algo irónico algunos de los rasgos de esta
mentalidad. Hay un principio básico respecto de la fe para alguien que se
comprende como conservador: ¿por qué hay
que cambiar? Su conflicto es con el cambio, con lo que evoluciona, con lo
que se mueve dentro de la realidad. Ha comprendido que la religión es un bloque
que se acata o se deja, pero que no hay medias tintas. Para él la fe es un
conjunto de verdades “eternas” que cayeron del cielo y que no tienen por qué
ser cuestionadas. Descubrió que así es
más fácil creer y sostener su fe. Para un pensamiento conservador
Jesucristo trajo verdades que cumplir, en vez de encontrar que es Él la Verdad
de la vida. Hay un clericalismo
arraigado en lo que dicen los curas y los obispos, por lo tanto le resulta
más accesible medir su fe más con un catecismo que con el Evangelio mismo, y
necesita fundamentar sus convicciones con citas textuales de la Biblia, como si
fuera una especie de “diccionario de inequívocos”. En fin, teme que le cambien lo que cree.
La actitud conservadora está relacionada a una psicología del cumplimiento a las leyes
religiosas y esto la hace digna de pertenencia. Se siente justificada por las
leyes y la doblega la culpa y el remordimiento insano cuando no logra cumplir
alguna. Por eso en este esquema sí o sí, no hay margen para los “incumplidores”.
Como yo cumplo, los demás también deben hacerlo.
La actitud conservadora gusta de las formas y la pulcritud ritual porque allí encuentra la
realización de una realidad “supranatural”. Por ejemplo, le indigna que los
demás no se arrodillen en la consagración o que alguien tome la eucaristía con
la mano, o que el sacerdote sea amigo de gente “pecadora”, o que tal o cual no
cumpla y participe igualmente. En verdad lo que sucede es que la persona con
una actitud conservadora como se siente justa y buena, el Mal Espíritu la hace
erigirse en “juez” de los demás. Dado que le cuesta aceptar el cambio y la
evolución de la fe en su propio desarrollo personal, le resulta aún más difícil
las nuevas manifestaciones espirituales que presentan los contextos actuales.
Claro testimonio de esto es que se escandalicen con aquellas cosas que parecen inaceptables
como la bondad de los homosexuales o la compasión con los desechados
socialmente, y no con la corrupción política o la exclusión, por ejemplo. En
este sentido la actitud conservadora
desconoce un poco la compasión porque en su psicología le es imposible
aceptar el error y el perdón de sí mismo, porque siente que no se equivoca
tanto como aquéllos.
Pero la dificultad más grande que sufre una
actitud conservadora es la de espiritualizar
la realidad para que no le haga daño. Entonces no la mira como un desafío
en el cual encontrar a Dios caminando entre la multitud, sino como una amenaza
que le acecha su modo de comprenderlo, asesinado por todos los malos de este mundo
decadente y pecador. Por eso, sobrevalora sentimientos como paz y tranquilidad.
De allí que su deseo de justicia sea la de la justicia retributiva que aparece
en el Antiguo Testamento donde los malos recibirán males y los buenos
bendiciones por sus actos en esta vida. En definitiva siente miedo ante “el juicio divino del que nadie se salva”. Se
trata, a grandes rasgos, de una actitud religiosa un poco infantil pasados los
25 años.
La
fe desde una actitud progresista
En cambio, y como reacción, la actitud progresista quiere eliminar toda rigidez
y probablemente termina del otro lado de la trinchera. La actitud progresista ha superado su miedo a la ley al cuestionarla.
Se liberó de ciertas ataduras y descubrió que en verdad no pasaba nada, que
Dios no se regía según nuestros parámetros. Sucedió que el Mal Espíritu la
llevó a despreciar a los que necesitan de normas para vivir su religiosidad. La
puso del otro lado para que la división haga su trabajo de destrucción.
La actitud progresista quiere romper con los modelos tradicionales
para que en el “shock” se produzca la luz de la conciencia, se develen algunas falsedades
que cubrían lo que había creído siempre y todos se den cuenta de que a Dios no
le interesan nuestros méritos de buena gente, sino que hagamos lo que él hizo,
anunciar el Reino de Dios y trabajar por un mundo más justo. Esta es la bandera
de Jesús, entonces para qué tanta regla si hay gente que nunca podría cumplir
con ella porque vive en la miseria. Hay
que rescatar al mundo. La propuesta progresista se envalentona entonces con
la justicia que brota de una fe comprendida como fuerza innovadora que está en
constante movimiento hacia Dios y se descarrila adueñándose del proyecto de
Dios.
Se nota un rechazo de toda estructura institucional porque es dominadora de los
más débiles, por eso se cuestiona cualquier autoridad. (El
problema es que la historia muchas veces le da la razón). Si bien es un rasgo
adulto regirse por la primacía de la conciencia personal, la dificultad viene
cuando dicha visión de la realidad y la fe, se convierten, como en la
personalidad conservadora, en juez, al sobreponer su conciencia a la de los
demás. Entonces, la compasión y la solidaridad son con los desposeídos y
débiles de este mundo, pero nunca con los que no entienden las cosas como ellos.
He aquí la contradicción.
Lo ritual en la mentalidad progresista
es visto como pérdida de tiempo muchas veces, por eso necesitan todo el tiempo “innovar”
para que la celebración sea más afectiva y menos distante. De ahí brotan con
frecuencia excesos litúrgicos que finalmente separan, tanto como el exceso
ritual conservador, la mística de la comunión universal con Jesucristo. Se
trata entonces, de una actitud un poco adolescente pasados los 25 años.
¿Cuál sería la actitud madura de la fe?
Ante esta dialéctica, esbozada un poco a modo de
caricatura, no cabe más que esperar la
superación de ambas actitudes. De tal manera que se pueda acertar en una
vivencia madura de la relación con Dios y la complejidad del mundo.
Una actitud madura encuentra que la realidad está habitada por el Espíritu
de Dios y no se escandaliza, sino sólo con aquello que atenta contra la vida
de cualquier criatura. Ha logrado descubrir que la ley es una amiga en la que
apoyarse en determinados momentos, pero se rige principalmente por la voz del
espíritu que susurra en su conciencia y la invita a discernir siempre. Por eso, la actitud madura no se casa con ninguna ideología y
supera las polaridades meditando en su intimidad qué es lo que está en favor de
la vida real habitada por Dios y de los demás. Es una actitud que discierne, por eso, relativiza lo inmediato y toma
distancia para saber que todo le es lícito, pero no todo le es conveniente.
Es una mirada
sabia que distingue las dificultades de las posibilidades, que no transa
con el error, pero que comprende profundamente a quien se equivoca porque
conoce su propia fragilidad, y no podría juzgarlo dado que se siente incapaz.
La actitud madura está abierta a las
personalidades y no ve que ninguna sea superior a otra, las encuentra
ubicadas en sus múltiples puestos en favor de la existencia humana. Por eso, aborrece la división y busca la armonía en el amor más allá de las diferentes
opciones que cada uno va tomando en la vida. Comprende, también, de modo
equilibrado la necesaria institucionalidad de los grupos humanos. Es una
actitud que toma conciencia de las deficiencias que tiene toda realidad, pero
no se queja como si fuera imposible vivir con la carencia. La acepta y convive
sanamente con la duda y la incertidumbre.
Ritualmente logra
acoger el misterio de la comunicación espiritual que se da en los múltiples
símbolos religiosos, en la liturgia celebrada y en el sufrimiento compartido
con los más débiles.
Finalmente, el rasgo profético más
característico de la actitud madura de un creyente es la confianza. Confía
en que es el Dios de la historia el que acompaña al hombre en su camino. Confía
en los procesos lentos, amplios, serenos que marcan los hitos en la vida.
Confía en el hombre, en su capacidad de pedir perdón, de animarse a ser mejor,
en su solidaridad. Confía en que será parte de una historia y no su dueño.
Confía en las múltiples manifestaciones de Jesucristo, que vino a rescatar a
todo hombre existente sobre la Tierra para llenarlo de vida y felicidad, y
cuenta con él para llevarlo a cabo.