lunes, 23 de noviembre de 2020

LAMENTO DIVINO


“… no has sabido reconocer el tiempo en que fuiste visitada por Dios “.

Lucas 19,44


Por Emmanuel Sicre, SJ



Jesús, lloras porque vienes a nosotros y no te dejamos entrar. 

Vienes siendo pobre y nosotros te ideologizamos 

Vienes en la vida y nosotros la abortamos 

Vienes en los enfermos y los postergamos 

Llegas en quienes buscan el bien común y los corrompemos 

Te acercas en nuevas formas de pensar y las estigmatizamos 

Vienes en el cambio, la transformación y la conversión y preferimos lo seguro

Eres en el Espíritu y preferimos la letra

Vienes en la cruz y la evadimos, en el sufrimiento y nos cerramos 

Vienes en el otro y lo matamos,  

Nos buscas en la resurrección y el gozo lo convertimos en entretenimiento, 

Te nos acercas en la alegría profunda y buscamos la diversión solamente 

Nos llamas en la familia y la desmembramos en individualidades absolutizadas 

Vienes en lo diverso y lo homogeneizamos

Vienes en la fe y la racionalizamos 

Nos visitas en la Creación y la destruimos

Embelleces nuestro ser persona y nosotros las clasificamos injustamente

Vienes en la esperanza y la confundimos con optimismo 

Vienes en el amor y lo mezquinamos sólo con quienes nos caen bien 

Nos iluminas en la luz y preferimos las tinieblas 

Te muestras en la radicalidad de una vida entregada y la polarizamos políticamente 

Resuenas como voz profética y la acallamos con nuestros comentarios livianos 

Vienes como líder que nos cuestiona y lo llamamos blasfemo 

Nos hablas en el grito de justicia y lo hicimos espectáculo mediático 

Te nos sirves en el pan de la unidad y consumimos a diario el plan de la división y la discordia  

Vienes en la Paz y hacemos la guerra 

Vienes en lo frágil y lo ocultamos, en lo débil y lo maquillamos

Vienes en el perdón pero se topa con el orgullo 

Insistes asistiendo nuestra libertad y te pedimos que no nos estorbes

Te anuncias como buena noticia y la convertimos en Fake New 

Llegas gratuitamente y te mercantilizamos con nuestros méritos 

Vienes en la brisa suave y silenciosa y te exigimos ser huracán y estridencia 

Nos visitas en el misterio, lo desconocido y queremos controlarte, atraparte y amordazarte

Vienes en el despojo y nos resistimos, en el descanso y nos cansamos 

Vienes haciéndote humano en nuestro mundo y nos convendría que te quedaras en tu cielo siendo Dios. 




domingo, 1 de noviembre de 2020

SER COMO JESÚS EN EL MONTE

por Emmanuel Sicre, SJ



Imaginen por un momento que Dios nos regala estar en su piel, tener su mirada, sentir con su corazón y ver desde el interior a las personas… y así comenzamos a contemplar a los hombres y mujeres que andan por la calle, que trabajan, que están en sus hogares, en el campo o en la ciudad… la fuerza del Espíritu te permite acceder a sus realidades desde dentro y comienzas a ver… 

a uno que ha renunciado a algo que era valioso para sí y se ha despojado, no sin sacrificio, de su propio ego, 


a una familia que llora la pena de haber perdido a un ser querido y siente un dolor inmenso, 


a otra que ha esperado insistentemente a que sus hijos aprendieran esto que ahora ve en riesgo de que lo rechacen y que todo su empeño sea en vano… 


a uno que se ha esforzado hasta el cansancio para darle lo mejor a su familia y, además, lucha por un mundo más justo y equitativo cada vez que puede, pero siente flaquear su fe, 


a quienes han perdonado ofensas horribles y han preferido ser libres de sus rencores después de muchas ayudas y trabajos, pero todavía les vuelve la tentación de vengarse, 


a un niño que observa sorprendido lo grande que son los adultos y admira lo alto de las nubes en las que viaja su imaginación llevando a su abuelita que ahora está con Dios, 


a unos que no duermen bien por las noches sosteniendo el esfuerzo por no romper los vínculos familiares siempre tensos y complejos, 


a quienes por ser honestos con lo que creen y respetuosos de lo que otros creen buscaron no dañar a nadie en el grupo de amigos y fueron criticados, burlados y dejados de lado, y sienten soledad, 


a una que, por creer y apostar por vos, la han insultado y perseguido al salir de su trabajo, hasta hacerle pensar si vale la pena rezar y sólo sentir ausencias… 


Y entonces recibes sus penas, las guardas en tu corazón con la delicadeza de quien te ha ofrecido su escollo interior… y comienzan a brotarte, como un manantial, palabras que van transformando sus rostros en consuelo y esperanza, en alegría y dicha, en alivio y fortaleza, en promesa y utopía, en cercanía y confianza en tu Padre que desde siempre ha buscado la plenitud de sus hijos e hijas, y se las arregla para lograrlo.  


FELICES 

(Pablo Coloma)


https://www.youtube.com/watch?v=xPmP_GkUi9s&feature=youtu.be 


Felices
Felices aquellos, los de puro corazón
Los que en cada mañana te sonríen con pasión
Y te dicen, mirándote con gozo
"Tenga usted un día hermoso
Más amable, más dichoso"

Felices
Los de limpio mirar
Que no saben de envidias, los de nunca condenar
Los que nunca te cargan de tristeza
Ni te enrostran tu pobreza
Que conocen tu belleza

Felices
Los que nunca descansan en la lucha por la paz
Una paz verdadera, de justicia y libertad
Los que entregan su vida sin medida
Por un mundo sin heridas
Sean felices cada día

Felices
Los que buscan verdad
Los que luchan por dar a cada hombre dignidad
Los que al miedo salvaje dan derrota
Dan su sangre gota a gota
Y en la tierra son semilla que brota

Felices
Los que dicen: "hermano" con nobleza y sin doblez
Los que saben que el barro se ha pegado a nuestros pies
Que conocen la pena más profunda
La alegría donde abunda
Y la entrega más fecunda

Felices
Los que olvidan tu error
Y te saben distinto y te abrazan sin rencor
Porque ven que tu corazón palpita
Que en tu alma siempre habita
Algún sueño que se agita

Felices
Los que saben sufrir junto a tu lado en el dolor
Y te dan una mano que te aprieta con calor
Los que nunca se ríen de tu llanto
Porque solo un nuevo canto
Es su alegría y su encanto

Felices
Los de gran corazón
Que comparten la vida, regalando un nuevo don
Y te dan de su pan
Y te dan de beber
Y a su mesa te sientan
Y te llaman hermano

Y te dan de su pan
Y te dan de beber
Y a su mesa te sientan
Y te llaman hermano

Felices (los de puro corazón, los que te abrazan sin rencor)
Felices (los que dan lucha por la paz, junto a tu lado en el dolor)
Felices (los que buscan la verdad y te regalan nuevo don)
Felices (que dan al hombre dignidad)
Felices (¡felices!)



domingo, 25 de octubre de 2020

¿DE QUÉ EGOÍSMO HABLAMOS CUANDO DECIMOS “EGOÍSMO”?


Por Emmanuel Sicre, SJ 



Muchas veces he escuchado a algunas personas decir que cuando piensan en sí mismas van a ser “un poco egoístas por un ratito”. Siempre me ha hecho pensar esa expresión en qué entendemos por egoísmo entonces. 

Creo que hay un egoísmo bueno y uno malo. Sí, así de simple. Lo que sucede es que tendríamos que ponerle un nombre mejor al “egoísmo bueno” porque resulta una contradicción. 

El “buen egoísmo” creo que se trata de una realidad de contacto con uno mismo, de autorreconocimiento y amor por lo que uno va siendo. Algo que implica la reconciliación con lo que somos y con la propia existencia. El hablarse a uno mismo sobre lo que le está pasando en su mundo de relaciones, en su intimidad y comprender nuestro “yo” muchas veces cuesta, sobre todo si las voces negativas o de la autoexigencia nos llevan a gritarnos, insultarnos o maltratarnos interiormente. Un egoísmo sano nos propone tratarnos bien, con ternura, con esperanza, y sobre todo, con paciencia.

Por el contrario, el mal egoísmo sería el encerrarse en el ego. Una especie de solipsismo. Supone la autoconmiseración, o autocompasión victimista que me pone en el centro de todo el universo. El ego inflado que todo lo demanda, todo lo quiere para sí y no se ve más que a sí mismo, provoca muchas veces insensibilidad o un sentimiento de ser víctima porque nadie me comprende. Este egoísmo es el que mata al yo poniéndolo por encima de los demás (soberbia, vanagloria, arrogancia) o por debajo (autodesprecio, rebajarse, autoagresión), pero nunca al lado de otro ser humano. Es como si el ego se comiera lo que realmente somos -el yo-, y lo convierte en una caricatura de lo que somos destacando por lo general nuestra peor versión. 

Es necesario amarnos a nosotros mismos. Lo decía Jesús: ama a tu prójimo como a ti mismo. Quien se ama a sí mismo puede, sin contradicción, preocuparse por lo que es justo, lo prudente y actuar de acuerdo con la virtud del amor por los demás, por la Creación, por la sociedad. Pero claro, amarse a uno mismo con un amor que nos libere, que nos abra, que nos reconcilie y nos ayude a vivir desde lo que está sembrado en lo hondo de nuestro ser: el amor originario del Dios de la vida.

jueves, 10 de septiembre de 2020

¿QUÉ SERÍA LO CENTRAL DEL CRISTIANISMO?

 

Por Emmanuel Sicre, SJ

 

 


Una vez le pregunté a Mateo el evangelista: ¿cuál es el centro del mensaje de Jesús? ¿Qué es aquello que si mi memoria fuera del tamaño de un maní no debería olvidar para poder ser cristiano? Y entonces me respondió con unas palabras que le escuchó a Jesús:

 

“Ustedes han oído que se dijo: “Ama a tu prójimo[a] y odia a tu enemigo[a]”. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen, para que sean hijos de su Padre que está en el cielo. Él hace salir el sol sobre malos y buenos, y que llueva sobre justos e injustos. Si ustedes aman solamente a quienes les aman, ¿qué recompensa recibirán?” (Mt 5, 43-45).

 

Me pareció realmente imposible de practicar por mucho empeño que le pusiera. ¿Cómo es posible amar a quienes consideramos como enemigos? Pensé en tanto hater (odiador) de las redes sociales que se tiran bombas de un lado y del otro del bando político, ideológico… pensé en tantas familias divididas, en sociedades en guerras, amistades que se terminan, en las personas que más me cuestan y me generan los peores sentimientos… en fin, estas palabras de Jesús me resultan muy difíciles.

 

Me fui entonces a preguntarle a Lucas, el otro evangelista, que dicen que es menos duro que Mateo algunas veces, y que es más abierto porque les escribe a quienes no vienen del judaísmo. Y, ¡sorpresa!, encontré esto:

 

“Pero yo les digo a ustedes que me escuchan, amen a sus enemigos. Hagan el bien a los que los odian. Bendigan a los que los maldicen y oren por los que los maltratan. Si alguien te pega en una mejilla, ofrécele también la otra. Si alguien te quita la capa, deja que también tome tu camisa. A todo el que te pida algo, dáselo. Si alguien toma de ti lo que no es suyo, no le pidas que te lo devuelva. Traten a los demás como les gustaría que los trataran a ustedes.

Si ustedes solamente aman a los que los aman, ¿qué gracia tiene? Hasta los pecadores aman a aquellos que los aman. Si hacen el bien sólo a aquellos que les hacen el bien, ¿qué gracia tiene? Hasta los pecadores son así. Si sólo prestan para recibir algo a cambio, ¿qué gracia tiene? Hasta los pecadores se prestan unos a otros para recibir unos de otros. Más bien, amen a sus enemigos y háganles el bien. Presten sin esperar nada a cambio. Así tendrán una gran recompensa y serán hijos del Dios Altísimo, porque Dios es bueno aun con los desagradecidos y perversos. Sean compasivos como su Padre es compasivo”. (Lucas 6, 27-49)

 

Otra vez lo mismo, pero más ampliado. Más exigente todavía en su formulación. Parece que no basta -aunque por lo menos a este ideal llegara- con ser solidarios, justos, honestos, cumplir con lo mandado, ir a misa, ser “buena gente”, digamos, hay que amar a quienes nos odian, nos hieren, no nos darán nada a cambio... Ahí está lo distintivo y la locura de Jesús.

 

Entonces, antes de declarar a mi ego en quiebra y decir que el cristianismo es un imposible, me pregunté: ¿pero de dónde sale un amor así de extenso, de fuerte, de abierto para amar de este modo? Y hasta ahora sólo puedo pensar en ese amor de Jesús y de tantos/as que me han amado aun cuando odio,

aun cuando persigo con mis prejuicios,

aun cuando soy desagradecido e injusto,

aun cuando actúo sólo por conveniencia,

aun cuando doy para recibir,

aun cuando trato como no me gustaría que me traten,

aun cuando prefiero que unos sean los malos y yo la víctima…

 

Es ahí cuando comienzo a percibir que el sol que ha salido y está calentándome, viene a dar luz a todas las personas de la Tierra, incluso a esta pequeñez que soy y que desea amar y ser amada.

viernes, 31 de julio de 2020

“¿A QUÉ SE DEDICAN LOS JESUITAS?”

 

“La Compañía de Jesús no está centrada sobre sí misma; nuestro progreso y el del cuerpo que formamos no tienen el centro de gravedad en sí mismos, sino en el corazón del mundo, donde trabajamos en la viña de Cristo nuestro Señor. Estamos hechos para salir de nosotros mismos, para ser enviados”.

André de Jaer, SJ

 

Por Emmanuel Sicre, SJ

 

Muchas veces a los jesuitas nos cuesta responder a esta pregunta. Creo que se debe a que casi 500 años de historia no se pueden resumir en un párrafo. Me propongo hacer el intento de explicar la dificultad de la respuesta.

 

Partamos desde el principio. ¿Cuál es el deseo de Ignacio, primero, y de los primeros jesuitas, luego? “Ayudar a las almas”. Así lo había formulado ya en su Autobiografía (Nº 11) cuando, siendo joven –cerca de los 30 años-, intuyó profundamente el Misterio de Dios en su vida y en la vida del mundo.

Lo cierto es que el objetivo para el que existen los jesuitas desde el principio de todo, esto es desde 1540 que fue aprobada la Compañía, y sigue hasta nuestros días, es para ayudar a todas las personas a encontrarse con el Dios de Jesús, que se hace perceptible en la experiencia de los Ejercicios Espirituales, para trabajar junto a él por todas las criaturas
.

 

¿CÓMO LO HACEN?

En primer lugar, formando un cuerpo –de sacerdotes y hermanos- de vida en común, una comunidad al servicio de la Iglesia, con reglas, criterios, principios, estructuras, votos de pobreza, castidad y obediencia, que les permitan lograr lo mejor posible aquello a lo sienten que Dios los invita.

En segundo lugar, poniéndose a disposición del Papa para que los envíe a la frontera –geográfica, existencial, intelectual, espiritual, etc.- donde más haga falta. Y por eso, tienen un voto especial de obediencia respecto de las misiones que les pida. Aquí es donde está el fundamento de su acción apostólica, en lo que el Papa les encargue.

En tercer lugar, formándose –espíritu, cuerpo y mente- durante muchos años para llevar a cabo las exigencias de la misión en un mundo muy diverso y complejo.

Por último, invitando a quienes deseen a trabajar por la misión de Cristo de en el mundo: que todos, y en especial quienes más sufren, puedan vivir desde su dignidad de hijos e hijas de Dios.

 

¿Y EN QUÉ TRABAJAN LOS JESUITAS?

Bueno, llegamos a la complejidad de la respuesta. Algunos criterios con que san Ignacio orienta a los jesuitas muestran una gran anchura y son ofrecidos para discernir, orar y reflexionar dónde, cómo y cuándo llevar a cabo la misión de “mayor servicio divino y bien universal” que la Iglesia les pide a través del Papa.

Los jesuitas serán enviados a aquella parte de “la viña del Señor”:

-       que TIENE MÁS NECESIDAD;

-       donde MÁS SE FRUCTIFICARÁ;

-       donde hay MAYOR DEUDA de la Compañía;

-       donde se EXTIENDA EL BIEN A MUCHOS OTROS;

Además, han de preferirse:

-       las cosas ESPIRITUALES… de MAYOR PERFECCIÓN… en sí MEJORES;

-       las cosas MÁS URGENTES;

-       las cosas MÁS SEGURAS;

-       las ocupaciones de MÁS UNIVERSAL BIEN.

Hasta aquí algunos criterios –los más esenciales[1]- que muestran no sólo que las dedicaciones de los jesuitas abarcan, desde sus inicios, muchas posibilidades que deben comprenderse en el marco general donde se inspiran: las Constituciones; sino que también es posible ver cómo Ignacio confía plenamente en sus hermanos y les da una gran libertad de iniciativa.

 

¿Y EN LA ACTUALIDAD? Las tensiones del discernimiento

Ahora bien, a partir del Concilio Vaticano II (1962-1965) los jesuitas, junto a toda la Iglesia, debieron actualizar sus opciones apostólicas para ser fieles a lo que el Papa les pedía para la evangelización en el contexto de un mundo cada vez más cambiante y complejizado que necesitaba de un anuncio y un testimonio del Reino renovados. Durante esta época, al Padre General Pedro Arrupe SJ le tocó poner al día a toda la Compañía.

Fue un tiempo de muchísimos cambios y de grandes tensiones para todos en la Iglesia. Y como es lógico, hubo resistencias, osadías y búsquedas, que con los años fueron tomando distintas concreciones. La forma de sintetizar la actualización para la Compañía de Jesús fue y es el servicio de la fe y la promoción de la justicia evangélica que reconcilia a los hombres con Dios, con la Creación y entre sí.

Hoy por hoy, la misión de los jesuitas, asumiendo los criterios que Ignacio dispuso, vive su misión de “ayudar a las almas” entre tensiones vitales que la mantienen en constante dinamismo al buscar lo que el Espíritu de Dios le suscita, lo que su tradición le enseña y lo que los desafíos del mundo le proponen para el servicio de la Iglesia[2]. Algunas de esas tensiones podrían expresarse así:

-       entre los apostolados tradicionales (los colegios, por ejemplo) y los innovadores (el SJR –Servicio Jesuita a Refugiados), 

-       entre la fidelidad al carisma original expuesto en las Constituciones y Normas Complementarias y el descubrimiento de nuevas formas apostólicas que inspira el Espíritu en un sin fin de lugares. 

-       entre la identidad cristiana católica y las demás formas de fes o increencias con las que trabajan por pedido del Papa ayudándole en el diálogo ecuménico o interreligioso. 

-       entre la preparación sólida para la misión (largos años de estudio y ciencia) y la urgencia de las demandas apostólicas (sobre todo en zonas de conflicto armado, por ejemplo). 

-       entre los apostolados con los pobres (el trabajo por la justicia que brota de la fe en contextos de desigualdad) y con otras condiciones sociales (por ejemplo, entre personas influyentes de la cultura o la política). 

-       entre las misiones con grandes estructuras institucionales que requieren más estabilidad y permanencia del jesuita (como una universidad) y las más pequeñas y flexibles que piden movilidad y dispersión (las misiones populares o la pastoral juvenil).

-       entre los apostolados que cuidan la identidad local (por ejemplo, parroquias en comunidades indígenas) y los que exigen una identidad más global (por ejemplo, en las editoriales y agencias de comunicación o en ecología integral). 

-       entre los apostolados ad intra de la Iglesia y los ad extra (como el trabajo por los DDHH o en organismos internacionales). 

-       entre las obras que son dirigidas por jesuitas y dependen de la Compañía y las que son dirigidas por laicas/os u otros religiosos/as o no dependen de los jesuitas.  

-       Entre ser pobres, castos y obedientes y disponer de los recursos que sean necesarios para la misión, gestionar los vínculos y la soledad, y responder a los superiores con libertad de espíritu.

En una sociedad cada vez más polarizada, la tentación será reducirse superficialmente en uno de los polos de la tensión, sin asumir la versatilidad, la movilidad y el dinamismo propio que Ignacio imprimió al cuerpo de la Compañía que formaron junto a sus compañeros para “el servicio de las almas”[3]. En este sentido, como decía el Padre Arrupe, ningún ministerio o apostolado está fuera de la órbita del servicio de la Compañía a la Iglesia y al mundo.[4]   

Cada jesuita y también la gran familia de quienes comparten el carisma ignaciano tienen el deber de discernir estas tensiones, para responder a lo que Dios quiere que hagamos para colaborar en su misión de ser puentes en un mundo roto.

Con todo, es posible de hablar de apostolados específicos en tanto tareas encomendadas (la parroquia tal, alguna revista, una radio) y de dimensiones de cada apostolado (como son las dimensiones misionera, de diálogo interreligioso, de encuentro ecuménico, educativa, intelectual, social, comunicacional, espiritual, etc.).

Cada apostolado busca irradiar esa magnanimidad del deseo que Dios puso en el corazón de la Compañía de integrar lo diverso, de ampliar lo estrecho, de acortar distancias y contemplar también en la acción cómo Dios está reconciliando toda realidad con él.

Estas dedicaciones de los jesuitas a lo largo de la historia no han estado exentas de dificultades, errores, marchas y contramarchas, ajustes, precisiones, renuncias, tensiones y, sobre todo, mucha pasión. En fin, lo propio de un cuerpo vivo que busca responder con libertad espiritual y responsabilidad madura a la ayuda que los distintos Papas le han pedido.

En este sentido, muchas veces y desde sus orígenes, los jesuitas han sido acusados –cuando no, exterminados- desde los dos extremos por distintos sectores: de dogmáticos unas veces y de relativistas otras, de conservadores y de progresistas, de comunistas y de liberales. Así como de demasiado abiertos para unas cosas y cerrados para otras, de muy explícitos en el anuncio de Jesús en algunos lugares y de demasiado humanos y poco “divinos” en otros, de muy acomodaticios al poder o de muy arriesgados al criticarlo denunciando injusticias, de poco católicos y más protestantes.

En fin, lo cierto es que todas estas percepciones, desde distintas voces de la sociedad, muestran que la diversidad de la Compañía y su modo de insertarse en la realidad en su trabajo por el Reino no suelen dejar indiferente a quienes conocen a los jesuitas. Signo este del deseo de ser, a pesar de su condición de pecadores, comprometidos, libres y fieles al carisma de Ignacio para la Iglesia y el mundo.

 

¿CUÁLES SON LAS PREFERENCIAS APOSTÓLICAS DE ESTE TIEMPO PARA LOS JESUITAS Y LAS PERSONAS QUE TRABAJAN DESDE EL CARISMA IGNACIANO?


Te invito a ver este video y enterarte de lo último en lo que andan los jesuitas: https://jesuits.global/es/sobre-nosotros/preferencias-apostolicas-universales

 

 



[1] Respecto de los demás, San Ignacio propone algo muy de su estilo: grandes criterios para cosas concretas, por ejemplo: la presteza con la que enviar a alguien y la seguridad de que quienes vayan harán lo que se les pide; la selección adecuada entre la tarea (más espiritual, o más intelectual, o más discreta, o más difícil, o que requiere más fuerza física) y las personas a quienes se la encomienda; los destinatarios de la misión (creyentes o no) y los jesuitas que se puedan adecuar a un contexto determinado del mundo; la alegría con la que el jesuita recibirá la misión como si Dios mismo se la diera y la responsabilidad para cumplirla; el ir adonde otros no puedan o no quieran ir y el hacer el bien a quienes más bien pueden hacer a los demás en determinado contexto; influir en los influyentes y atender a quienes necesiten caridad; cuidar las obras propias sin desoír las ajenas; hacer las cosas de mayor bien universal discerniendo cuáles van primero y cuáles después según convenga al mayor servicio de las almas; la diversidad de tareas y la mezcla y complementariedad de los compañeros para el pastoreo, la vida común y el crecimiento mutuo, prestando atención a la ayuda entre sí cuando uno tiene más experiencia que el otro, o es más animado y otro más circunspecto; el modo de enviar a los jesuitas y las instrucciones precisas para que puedan dar más ejemplo al lugar adonde vayan; el tiempo que deben permanecer en relación con la tarea que van a hacer, sin desatender qué hacer si hay accidentes; las mudanzas de un lugar a otro y la presentación del sentir cuando es contrario a lo que se le pide prohibiendo acudir a palancas de influencia.  

[2] El padre Arrupe lo expresaba así: “El jesuita, al querer vivir esos elementos generadores de una tensión, ya llevada por san Ignacio a fórmulas de equilibrio dinámicamente estable, advierte que el equilibro tiende fácilmente hacerse inestable o aun a romperse. Obligado a restablecer el equilibrio, no le queda sino recurrir al mismo procedimiento con que lo consiguió san Ignacio, es a saber, o profundizando en los elementos en tensión de tal modo que lleguen a ser no elementos contrapuestos, sino interpenetrados, o, a veces, reduciéndolos a un principio de orden superior, en el que la tensión desaparece por reducirse a un valor único nuevo más elevado. En la tensión, por ejemplo, entre oración-acción, amenazado el equilibrio por la acentuación de la acción, para que pudiera en nuestros días darse mayor relieve en aras de un activismo de resultados inmediatos, se llegaría a restablecer el equilibrio con el ahondar en la significación, estima y práctica de la oración, de modo que se llegue al “contemplativus in accionis”, al punto en que la oración y la acción se compenetren en una “vida activa superior”, al buscar a “Dios en todo”, en el que tanto la acción como la oración se reducen a un continuo estar en Dios, al que se percibe presente en una y en otra. (Arrupe, La misión apostólica, clave del carisma Ignaciano)

 

[3] “Tenemos dificultades con las ambigüedades y las áreas grises de la realidad. Debido a que estamos capacitados para un compromiso total, proyectamos fácilmente la verdad total sobre cualquier compromiso al que nos sentimos llamados, y nos volvemos ciegos a los matices, las ambigüedades e incluso las contradicciones de una cosmovisión “en blanco y negro”. (Adolfo Nicolás, ex padre General)

 

[4] Dice el P. Decloux: “Si la Compañía de Jesús no se define por un trabajo determinado, al servicio de un país u otro, de una u otra clase social, es porque se dedica por entero al servicio del sacerdocio de Jesús, según la dimensión universal, que reviste su ministerio. De ahí nace la diversidad, tan sorprendente, de los compromisos apostólicos asumidos por los jesuitas; de ahí brota el impulso misionero tan impresionante, que, desde sus comienzos y a lo largo de toda su historia, atraviesa a la Compañía de Jesús”.

 

miércoles, 15 de julio de 2020

¿QUÉ HACER CON LA PASTORAL EDUCATIVA EN CUARENTENA?

 

Tres elementos para un discernimiento que nos ayude a responder al desafío que nos toca

 

Por Emmanuel Sicre, SJ[1]

Podríamos comenzar la reflexión haciéndonos esta pregunta como punto de partida: ¿Qué hacer con lo que no podemos elegir? Ciertamente, no pudimos prever ni anticiparnos demasiado a la complejidad que se nos impuso casi de un día para el otro. Este tiempo de pandemia nos redujo de una manera drástica el margen de alternativas para responder al reto de educar.

Por eso: ¿qué hace un corazón ignaciano con lo que no puede elegir? Tres respuestas. La primera respuesta es lo posible, lo que está nuestro alcance, lo que nuestras fuerzas, inteligencias y disposiciones puedan porque lo imposible deberemos dejárselo a Dios. La segunda es afrontarlo con realismo y valentía como intuyo que se ha hecho hasta ahora en la mayoría de los centros educativos. Y la tercera, discernir.

A esta última respuesta me gustaría ofrecerle tres elementos para el discernimiento de este tiempo: una clave, una certeza y una actitud.

UNA CLAVE: AGRADECER

Me pregunto por dónde empezar este discernimiento teniendo en cuenta que llevamos ya un buen rato desde que comenzaron las medidas de bioseguridad. El primer paso creo que es agradecer todo lo que se ha podido hacer. Y agradecer es más que felicitarnos, más que haber aprobado o sacar una buena calificación en la resolución de conflictos. Agradecer nos ubica en un plano distinto: el del reconocimiento del bien recibido y que nunca podría haberse conseguido individualmente. Entonces, primero, agradecer lo que vivimos, aunque suene paradójico.

Seguramente, no ha sido sencillo para nadie en la comunidad educativa, por ejemplo y en el mejor de los casos, transferirse a la modalidad virtual. Tampoco el tener que descubrirse haciendo tantas cosas nuevas, resolviendo situaciones que nos superan, acompañando procesos a distancia y sin la preparación adecuada. No ha sido fácil permanecer en casa, soportar las tensiones de las convivencias y el exceso de asuntos pendientes, aceptar las renuncias que conlleva la pandemia, postergar el placer de encontrarnos con los afectos, tener que dejar para otro momento tantas ilusiones, deseos, planes. En muchos casos las dificultades económicas han despertado escenarios realmente duros en las familias. Y la escuela, como ha podido, siguió funcionando. Entonces, lo primero, es agradecer los muchísimos esfuerzos que supone esta “nueva normalidad” a cada una de las personas (estudiantes, docentes, familias, autoridades, personal en general de las instituciones), a las estructuras, a los medios y a los recursos. En fin, agradecer donde estamos aún en pie.  

¿Por qué agradecer en medio de la dificultad? Bueno, porque el agradecimiento descansa, anima, abre los ojos, expande, dilata el corazón y le muestra una perspectiva renovada de la realidad de siempre. Necesitamos agradecer lo que vamos descubriendo en este tiempo como valioso y, por tanto, como sagrado.

Los testimonios de muchas personas de las comunidades educativas rescatan, en primer lugar, los vínculos, las amistades, los afectos. Quizá nunca hayamos tenido tanta conciencia de lo importante que son en nuestras vidas como ahora que no podemos vernos, que no podemos tomar contacto ni saludarnos en los pasillos cada día, ni encontrarnos en los espacios comunes de la sala de docentes o el salón de clase, ni compartir el abrazo que tanta falta nos hace. El confinamiento nos demuestra que estamos constituidos de vínculos que nos sostienen en comunión más allá de todo.

En efecto, las renuncias abren espacio a la pregunta por el sentido de muchas cosas que dábamos por normales, comunes, dadas.

Sería un muy buen ejercicio preguntarnos ¿por qué aquello que extrañamos y deseamos que vuelva a nuestras vidas es tan significativo? Y dejar que el corazón hable, se exprese y manifieste la hondura que lleva al misterio de las cosas sagradas que nos sostienen.

 

UNA CERTEZA: DIOS ESTÁ TRABAJANDO EN ESTE TIEMPO

El ejercicio de agradecer ojalá nos ayude a caer en la cuenta de que el Dios de Jesús está trabajando por cada quien donde sea que se encuentre hoy.

Dios está trabajando artesanalmente en lo oculto de nuestras historias personales, en lo secreto de nuestras conciencias, en las renuncias cotidianas; también en una nueva sensibilidad frente a la vida, la salud, el cuidado, la Creación. Del mismo modo, se nota la asistencia del Buen Espíritu en nuestras creatividades desplegadas a través de muchísimas formas de respuesta a las exigencias de las eventuales ydesafiantes rutinas que nos impuso la pandemia.

Además, podemos percibir su labor en las nuevas formas de presencias mediatizadas por las pantallas, pero intencionadas realmente con el corazón, la mente y el espíritu de quienes están de un lado y del otro. Estamos aprendiendo, por contraste, qué significa la presencia física del otro/a sus gestos, su aroma, su color, su voz, su aura que señala su estar con vida frente a mí.

Finalmente, esta certeza del trabajo de Dios guarda una esperanza. En efecto, podemos reconocer que el trabajo de Dios en cada una de nuestras vidas, en la de las instituciones y en la de la historia humana nos está preparando para lo que viene. ¿Quién sabe si lo que se está gestando en las entrañas de este tiempo no nos sirva para lo que nos toque vivir en un futuro? No tenemos mucha idea de qué se trata, ni nos es posible profetizar demasiado sobre lo que pasará. Incluso, podríamos pensar que volveremos a lo mismo de siempre, pero algo se está transformado en nuestras relaciones humanas con el mundo y debemos prestar atención a cómo Dios se cuela en los entresijos de la realidad.

Lo cierto es que el porvenir no pareciera ser muy fácil, sin embargo, debemos confiar, siguiendo la lógica providente de Dios, en que lo que estemos viviendo hoy nos prepara para el mañana. Dios siempre está trabajando por el bien de sus hijos e hijas aún en la cruz. Desde ahí deberemos darnos a la tarea de luchar contra las tentaciones propias de toda resistencia sabiendo que no estamos solos/as y que toda prueba conlleva una misión.   

 

UNA ACTITUD: SUMARNOS A LO QUE JESÚS HARÍA EN ESTE TIEMPO

El tercer elemento del discernimiento quizá pueda nacer naturalmente después de ejercitarnos en la gratitud y la confianza: la actitud de sumarnos a lo que Jesús haría en este tiempo.

Una de las primeras cosas que podríamos contemplarle hacer es acercarse buscando sostenernos. Jesús se solidariza con nuestros cansancios, con nuestras angustias, con el dolor, la impotencia, las sensaciones de hastío. En fin, cumple su promesa y está con nosotros. Y una de las características propias del modo de Jesús es que lo hace de manera personal. 

Paradójicamente, esta pandemia nos ha permitido entrar en una relaciónmás personalizada en muchos casos. Ahora nuestras casas y recursos personales se convirtieron en espacios e instrumentos pedagógicos con los que antes no contábamos porque estábamos en la escuela. Aquí hay una nueva presencia, una nueva cercanía al contexto del otro –sea estudiante o docente- que me revela cómo relacionarme de una manera más pertinente y humana.

Esta misteriosa cercanía a la que nos invita el “quédate en casa” puede ser evangélica si logramos profundizar el interés por el otro, la otra. Quizá sea un tiempo donde podamos ayudarnos mutuamente a sostenernos, a aproximarnos y ser un canal de alivio, aún en la distancia física. Porque quizá esto nos ayude a comprender que la distancia no es sólo una cuestión de extensión en el espacio –lejanía, sino de una intensión en el tiempo: la “projimidad”, el hacerme samaritano/a.

En este sentido, podríamos acrecentar el sentimiento de comunidad tan hondo que vivieron los primeros creyentes en Jesús. Las comunidades cristianas nacientes experimentaron relaciones de cercanía en medio de pruebas muy difíciles, de persecuciones agobiantes, de asedios en muchos niveles (político, religioso, etc.), pero se mantenían unidas en la oración, en la solidaridad, en el compartir gracias al cultivo sostenido de la paciencia. ¿Podrá ser un testimonio para nosotros hoy?

La actitud de cercanía personalizada de Jesús nos lleva también a ponernos, como pastoralistas, en el lugar del otro y asumir la pregunta de Jesús al ciego Bartimeo: ¿qué quieres que haga por ti?” (Mc 10, 51) Quizá sea oportuno preguntarles a los/las estudiantes: ¿cómo podría ayudarte a cuidar tu fe? ¿qué puedo hacer personal e institucionalmente para que estemos atentos a cuidar la dimensión espiritual? Creo que podríamos llevarnos una sorpresa muy linda al escuchar sus respuestas. Incluso encontraríamos pistas para saber qué hacer cuando vemos cómo nuestras planificaciones volaron por el aire.

Esto puede ayudarnos a “medir” la clave pastoral de nuestros colegios, que no es sólo el contenido religioso, sino que es la misión evangelizadora que atraviesa todos los niveles y estructuras de la institución. En esta prueba que vivimos vamos a necesitar que todo el colegio sea un mensaje evangélico, no sólo con la solidaridad ad extra que siempre ha sido una característica constitutiva de nuestro modo de proceder, sino ad intra también en el modo de acompañar a las familias y docentes más afectados de la comunidad. 

En este sentido, la mirada atenta de la Pastoral puede librarnos de la tentación de sobrecargar espacios ya demasiado saturados, buscando todo lo contrario, ser alivio, consuelo, canal de ayuda, tal como lo hace Dios en este tiempo y encontrar las píldoras necesarias para fortalecer Su presencia constante en los pequeños gestos de proximidad significativa que Él mismo nos inspire.



[1]Texto publicado en la Revista Aurora. Voces jesuitas sobre la pandemia. N 6.

 https://jesuitas.lat/es/noticias/2168-revista-aurora-vol-6-educ-ando

miércoles, 29 de abril de 2020

EL DESIERTO QUE VIVIMOS

Una reflexión en torno a la experiencia del confinamiento como un camino por el desierto

Por Emmanuel Sicre, SJ

El desierto habla y mucho. Es más, sorprende todo lo que esconde y, por eso, no sólo es la superficie más extensa de nuestro planeta, sino también de nuestras propias regiones interiores.
Desierto remite a soledad, a despoblado, a silencio, a despojo. Sí, es la metáfora perfecta para algunos tramos de la existencia personal. Intentemos adentrarnos, especialmente en estos días tan difíciles, en el desierto que vivimos cada quien y el mundo entero.
PENETRAR EL DESIERTO
Quizá lo primero sea emprender un camino al desierto. Y al desierto no se va desprevenido, sin preparación, porque lo cierto es que muy difícilmente nos quedemos a habitarlo. Hay un poema de Jorge Luis Borges “El desierto” que puede sugerirnos algo interesante:

Antes de entrar en el desierto
los soldados bebieron largamente el agua de la cisterna.
Hierocles derramó en la tierra
el agua de su cántaro y dijo:
Si hemos de entrar en el desierto,
ya estoy en el desierto.
Si la sed va a abrasarme,
que ya me abrase.
Ésta es una parábola.
Antes de hundirme en el infierno
los lictores del dios me permitieron que mirara una rosa.
Esa rosa es ahora mi tormento
en el oscuro reino.
A un hombre lo dejó una mujer.
Resolvieron mentir un último encuentro.
El hombre dijo:
Si debo entrar en la soledad
ya estoy solo.
Si la sed va a abrasarme,
que ya me abrase.
Ésta es otra parábola.
Nadie en la tierra
tiene el valor de ser aquel hombre.

Lo que Borges está insinuando es que, anticiparse a los horrores de algún tormento es una manera de “aclimatarse” a una condición de adversidad. Pero ¿quién se atreve a semejante osadía? “Nadie en la tierra”. ¿Nos arriesgaremos nosotros al menos con las palabras? Intentémoslo.
El desierto es lo inhóspito, lo que no puede recibir huéspedes, lo que está deshabitado. No es un lugar de acogida. Etimológicamente es lo abandonado, lo que ha quedado solo, de ahí que comparta su raíz con la acción de desertar. Quien deserta es quien resigna alguna acción, quien olvida o renuncia dejando en el desamparo.
El desierto, podríamos decir entonces, es una región para atravesar, para pasar, para ir más allá. En este sentido, si bien representa un desafío, en la misma proporción contiene una promesa, una esperanza. Por largo que pueda ser el camino que lo surca, por compleja que se pueda convertir la orientación mientras andamos, no es posible quedarse ahí para siempre. Tarde o temprano hay que salir del desierto.
Sin embargo, es verdad que existen sólo algunas criaturas que pueden habitarlo. Son aquellas que han recibido el don de ser desierto con el desierto, de ser soledad, de vivir despojadas al tal punto que no viven de sí, sino del desierto. Pero no todos estamos preparados, por eso hay que, o recibir el don de ser desierto o alistarse a fin de pasarlo en medio de los peligros que encierra.

ELEGIR EL DESIERTO
El problema es que el tiempo que nos toca vivir nos puso en un tipo de desierto sin mucho aprestamiento ni disposición interior ni social. ¡A guardarse todo el mundo… YA! Ni las plazas ni calles de nuestras ciudades fueron avisadas de su nostalgia. No hubo profecía que hiciera presentir nada, sólo decreto. Y lo peor es que no hay culpables con quienes descargarse. Los chivos expiatorios terminamos siendo nosotros mismos.
Algo invisible nos confina, nos encierra, actúa como verdugo de nuestras ilusiones y nos hace desertar nuestras rutinas más sencillas. Desamparadas como están la gran cantidad de cosas que solíamos hacer, hemos tenido que despojarnos y caminar al desierto.
¿Qué haremos con esta imposición de la realidad? ¿Qué destino tomará nuestro camino en este desierto que vivimos sin quererlo? Al principio, hay que confesarlo también, algunos más afortunados vimos en este desierto que nos tocaba un remanso a nuestros mundos agitados, una oportunidad nueva de vivir algo totalmente distinto como comunidad global. Es como si hubiésemos caminado unos cientos de metros por la arena con un morral interno, quizá sin saberlo, bastante bien abastecido y, al poco tiempo, nos encontramos en el oasis de estar en casa. La casa es cada quien y aquellas personas con las que convivo -si es el caso. Aceptamos la dinámica del desierto incipientes (como novatos) e insipientes (ignorantes) como estábamos.
Mientras vamos transitando nuestra estadía en el desierto la experiencia marca en la sensibilidad de cada quien, según su ritmo, un paso a otra etapa. Al parecer este desierto que estamos universalmente obligados a atravesar es más largo y más ancho que nuestras expectativas. Una cosa es un paseo, una excusión, otra un viaje y otra más compleja una mudanza incierta. ¡Si lo sabrán los refugiados! Empezamos a enterarnos de lo arrasador del caso y cómo su vehemencia corta el hilo social por lo más fino: empobrecidos, quienes están en guerra –incluso dentro de casa, la población de riesgo, migrantes, sin techo, y la lista se prolonga tanto como este médano desdibujado por el que caminamos.
Me pregunto. ¿Qué estrategias nos servirán de apoyo cuando al tener que continuar caminando en el desierto no veamos el próximo oasis como resguardo? ¿O cuando se agote el agua del oasis que encontremos y tengamos que salir a buscar otro? La imprecisión del camino se adueña de nuestros días y las emociones se conjugan con miles de pensamientos que van y vienen.

EL DESIERTO DE TODOS
Quienes saben de dolor advierten una consigna que lleva luz: “No tratar de no sufrir ni de sufrir menos, sino de no alterarse por el sufrimiento” (WEIL, La gravedad y la gracia, 120). La primera convicción es que esta desgracia repartida en grados de intensidad muy diversos e injustos hará que siempre haya alguien peor que yo. Y la segunda es que el sufrimiento es inevitable en el alma humana en cualquier momento de su existencia. Quizá este sea uno de esos momentos.
Pareciera que la forma más clara de “no alterarse” podría llevar el nombre de compasión. Sin embargo, ser consciente de que otros sufren más que yo me altera, pero en el sentido profundo y positivo de esta palabra: me muda, me mueve, me cambia, me transfigura, me hace otro. “No alterarse por el sufrimiento” implica hacerle comprender a nuestro ego la verdad de que no está solo en el desierto.
Hoy estamos todos confinados, todos desterrados de nuestros hábitos más queridos como el abrazo. Y esto, contra el dicho popular “mal de todos, consuelo de tontos”, es también un alivio. Israel caminó como pueblo en el desierto y alcanzó la Tierra Prometida. ¿Qué pueblo humano somos hoy y hacia dónde caminamos? ¿Cuál es la promesa que está después de este desierto impreciso?
La convicción de que no estamos solos atravesando esta realidad debería aumentar en nosotros una virtud que, al decir de santa Teresa, “todo lo alcanza”: la paciencia. Muchas veces he pensado si esta virtud sólo depende del cultivo de cierta mesura, abnegación, templanza, o del simple hecho de soportar lo que me molesta. Está relacionada con la perseverancia y la constancia, sí. Pero es algo más. Practicar la paciencia no es un acto voluntario primero y menos impuesto como cuando nos dicen: “paciencia” como significando: “aguanta”. No viene de fuera, sino como donada desde dentro.
Es necesario descubrir su raíz más profunda para saber de dónde viene la savia que nos la permite. La paciencia no se da por generación espontánea en nosotros, no resulta de un simple darse cuenta de que tengo que ser paciente y “tragar saliva”, o tolerar como haciendo lo políticamente correcto.
A ser pacientes se llega por una pasividad. La paciencia es algo que se recibe primero, algo que nos llega de visita como una amistad hermosa. Algo que, al hacerle espacio, nos da gusto acoger, saberla con nosotros. La oración de la santa dice: “la paciencia todo lo alcanza” y nosotros nos experimentamos con tantos límites y sin poder alcanzarlo todo. La extensión de esa paciencia tiene que venir de una fuente infinita.
Caminar este desierto pacientemente implica saber que hemos aprendido a caminar porque nos han tenido paciencia. No se puede gatear en el desierto. Nuestra posibilidad de ser pacientes nace de la memoria agradecida de quienes nos enseñaron, sosteniendo nuestras manitos hacia arriba, a dar los primeros pasos, a levantarnos cuando nos caíamos, a celebrar con un abrazo el caminito que inauguró nuestra existencia de caminantes.
Aquí está la fuente infinita: el amor de quienes nos sostienen. ¡Impacientes, no olvidemos el amor que se nos tiene, incluso secreta y anónimamente!
Aquí está nuestro apoyo y la certeza de que la paciencia sí se cultiva –o, mejor, emerge- con pequeños actos cotidianos, pero cuando parece agotarse, deberemos recurrir a esa fuente inagotable para que nos señale dónde está el “agua viva” (Cf. Jn 4).
Para quien cree, esa fuente es Dios.

DESIERTO Y PRUEBA SON LO MISMO
Querámoslo o no, esta época de desierto es una prueba de “resistencia de materiales”. Este desierto probará de qué estamos hechos. La calidad y cantidad, social y personal, de nuestra resiliencia para enfrentar las inclemencias de las que el desierto es casa. Tal como Jesús que va al desierto a ser tentado antes de su misión (Cf Mt 4, 1-11; Mc 1, 12-13; Lc 4, 1-13), nosotros podremos asumir este examen de consistencia para la misión que venga a posteriori de esta experiencia colectiva histórica. En ambos casos no estamos solos, somos llevados por el Espíritu. No a padecer las tentaciones, sino a luchar contra ellas, a descubrir la fuerza superior que viene de lo más Alto y lo más Hondo y nos acompaña siempre en el peligro.
Pero hay quienes nos preceden en esta prueba. Son personas que ya han comenzado a sentir las inclemencias de estas semanas de camino. Asumieron por vocación ser auxilio de quienes caminamos más desprevenidos. Siendo sacerdote y religioso consagrado ahora comprendo que la “crisis de vocaciones” estaba quizá invisibilizando lo que ahora se ve con tanta claridad: son muchas, muchísimas, las vocaciones consagradas al servicio del otro las que se están arriesgado por nosotros. Hay gente que da la vida, la suya, por la del otro. Tal como un Cristo.
Quizá sea este el nuevo “sacerdocio del desierto” de hombres y mujeres con dedicación completa, cuerpo-alma-espíritu, a servir, lo que cuestione a la “casta clerical” de quienes se sirven de su profesión para sí mismos y sólo buscan la autopreservación. Se ha hecho visible en tantos agentes sanitarios, de seguridad, de la comunidad científica, de múltiples servicios que no cesan, etc., que, o la vocación es para la vida humana de las sociedades, o se encierra en el ego idolatrado y lleno de ambiciones que se acaba con algo invisible para la historia. De ahí que la vocación de la economía no pueda estar desconectada de la vida real y concreta del planeta que habitamos.
¡Benditas estas personas! ¡Benditas todas aquellas que están donándose! ¡Benditas quienes las aman porque les llegará, junto con el dolor, una paz inmortal de haber sido fuente de consuelo! ¡Y, por favor, perdonen nuestras mezquindades!
Ellas han comprendido aquello que experimentaba Etty Hillesum en tiempos de la guerra europea del siglo pasado: “Sólo una cosa es para mí cada vez más evidente: que tú [Dios] no puedes ayudarnos, que debemos ayudarte a ti, y así nos ayudaremos a nosotros mismos. Es lo único que tiene importancia en estos tiempos, Dios: salvar un fragmento de ti en nosotros. Tal vez así podamos hacer algo por resucitarte en los corazones desolados de la gente. Sí, mi Señor, parece ser que tú tampoco puedes cambiar mucho las circunstancias; al fin y al cabo, pertenecen a esta vida… y con cada latido del corazón tengo más claro que tú no nos puedes ayudar, sino que debemos ayudarte nosotros a ti y que tenemos que defender hasta el final el lugar que ocupas en nuestro interior… ahora estoy empezando a estar un poco más tranquila, mi Señor, por esta conversación contigo.” (Diario 12/02/1942).
La prueba tiene un horizonte. No atravesamos este desierto cruel como si fuéramos de “necroturismo”, como le llaman. Todo esto es para algo, aunque nos sintamos perdidos y sin rumbo, o nos duela mucho a veces. En este sentido, se hace más visible que nunca que estamos en el umbral de un cambio de paradigma, el mundo parece que no puede seguir como siempre, y esta es una de las pruebas más intensas: ser detenidos por algo que no estamos pudiendo controlar cuando vivimos con frecuencia en la fantasía del control. 
Este desierto/prueba tiene una función. Porque “la desgracia obliga a reconocer como real aquello que no creemos posible.” (WEIL, La gravedad y la gracia, 120). Las regiones desérticas conviven naturalmente con la erosión como su principal característica. En este desierto que atravesamos se está erosionando nuestro narcisismo personal y colectivo. ¡Tan poderosos nos creímos![1] ¡Tantas veces continuamos volteando la cara al sufrimiento injusto!
Nuestro ego está siendo golpeado por los vientos recios –muchos de ellos preexistentes- del desánimo, del agotamiento, del aburrimiento, de la mezquindad, de la preocupación por el futuro, de la muerte. Nuestro ego se está horadando por los extremos climáticos de las tensiones con las que tenemos que convivir ahora que estamos privados de tantas cosas y presionados por tantas otras. Nuestro ego siempre luchará por sobrevivir a fuerza de ornamentos, pero este desierto lo desenmascara todo: “Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos”. (Francisco, Homilía. Bendición Urbi et Orbi extraordinaria. 27/03/2020).
Si este desierto logra cumplir su misión en nosotros sobrevivientes, habremos pasado, si no quedaremos confinados a vivir en el desierto humano del egoísmo y la autopreservación. O en un mundo conspiracionista donde se cumpla epitafio humano de Hobbes: “el hombre lobo del hombre”.
¿Cómo superar esta prueba? ¿Cómo vivir y convivir en este desierto por el que caminamos? Dejando que nuestro ego planificador se arruine, se quiebre, en fin, se erosione al punto de que pueda filtrarse el yo auténtico que bebe del río universal de los humanos venidos al mundo por y para el amor. Dejar que traspase por las paredes agrietadas de nuestro narcisismo el bálsamo de la solidaridad con quien está sufriendo más. Permitirle a la erosión que lime las asperezas con las que lastimé tantas veces a los demás y me permita reconocerme frágil, con deseos de perdón, de reconciliación. Olvidar que es posible estar por encima de los demás y descubrirme uno más en esta barca humana que teme el naufragio. Renunciar a percibirme con más dignidad que nadie –que absolutamente nadie- y que el sentimiento de humanidad rescate los deseos de comprender con empatía por qué el otro no es como yo quiero, sino como puede ser. Que sus errores podrían ser los míos tarde o temprano.   
Y una vez que con el tiempo veamos brotar por las fisuras de nuestro ego herido la savia de la vida auténtica, preguntarnos ¿qué he de hacer yo en este mundo roto? ¿Cuál es el sentido de mi vida? ¿Para quiénes vivo y me preservo? Los héroes y heroínas de este camino pueden darnos una pista. Y las víctimas que se fueron sin despedida en pleno desierto nos acompañan ya resucitadas para consolarnos.

“EL DESIERTO ES BELLO”
El escritor y aviador francés Antoine de Saint-Exupéry fue un amante del desierto. De hecho, pasó en el Sahara temporadas enteras descubriendo ese mundo. Se hizo huésped de lo inhóspito. Con la frescura y profundidad que caracterizan a su máxima obra quiso poner en boca del famoso personaje estas palabras: “el desierto es bello”. Fue la respuesta del principito, en el capítulo XXIV, al narrador con su avioneta varada en el desierto que temía morir de sed después de 8 días y habiendo bebido su última gota de agua. Si bien pensaba que era un absurdo, caminaron juntos en silencio por el desierto buscando un pozo hasta que los encontró la noche. En el diálogo que mantienen el narrador reconoce:
“[...] A mí siempre me gustó el desierto. Uno se sienta sobre una duna de arena. No se ve nada. No se escucha nada. Y sin embargo hay algo que irradia en silencio...
- Lo que hace al desierto tan bello – dijo el principito – es que esconde un pozo en algún lado...
[...]
- Sí – le dije al principito –, [...], ¡lo que produce su belleza es invisible!”

Lo invisible es una condición esencial de lo bello. La belleza de este desierto que nos toca atravesar lejos de ser un proceso superficial de cosmética o de diseño gráfico es una realidad invisible, pero no imperceptible.
Caminar este desierto juntos como comunidad humana y a pulso de silencios, de cruces compartidas, de pequeñas porciones de humor cotidiano, puede darnos la posibilidad de ver lo invisible, de percibir la “hiriente belleza” de este tiempo cruel. ¿Tendremos la fuerza? Es una pregunta retórica. No lo sabemos.
Lo que sí sabemos es que en este desierto por el que vamos caminando como podemos hay muchos pozos escondidos. Son tesoros humanos que ni nos imaginábamos ver y que han surgido en los peores momentos de la historia. Responden al secreto que le obsequia el zorro al principito: “No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”. Y a las pantallas, cabe que agregar. Quien se le anime a esta mirada con el corazón sediento de VER se salvará de esta pandemia, quien no, aunque sobreviva, morirá.
También es cierto que el desierto es un lugar de peligros y amenazas, no sólo de tentaciones. La batalla contra la ponzoña no es fácil y somos demasiado débiles casi todo el tiempo, más aún si caemos en la división. Los peores momentos, además, muestran lo infame de lo que somos capaces. Nadie dijo que el camino por el desierto fuera un paseo en bus.
Lo que determinará el modo de caminar será el VER la promesa de que saldremos mejorados personal y comunitariamente. Si estamos esperando volver a nuestras vidas, a nuestro mundo, como antes no VEREMOS la belleza invisible de nuestro desierto. La vida a la que volvamos debería VER, en el gozo del reencuentro, el abrazo más hermoso de su propia historia; en el beso, el sello de una victoria y en el llanto, la esperanza redoblada por un mundo mejor. Habremos estado confinados, pero no encerrados en nosotros mismos. Aislados, pero conectados. A la distancia, pero en comunión. Deberíamos volver como la biodiversidad desplazada por nuestra mano que ahora sobrevuela en paz nuestros cielos claros, nuestra tierra tranquila, nuestro aire renovado, nuestras aguas limpias. Con el ánimo de una recreación donde cada quien tiene su lugar.  (Cf. Francisco, Carta Encíclica Laudato Si, NN 76-100).
Quizá nuestro material humano sea el mismo, pero habremos conocido su templanza y podremos caminar más seguros hacia un tipo de vida nuevo. Esto se logra a fuerza de dar batalla juntos, sosteniéndonos, defendiéndonos. Hay que enamorarse de esta utopía para que sea un poco realidad al menos.
Este camino de despojo que estamos viviendo no parece acabar con vencer el virus. El después, que no promete ser menos difícil, nos encontrará con las heridas de guerra florecidas, la vanguardia diezmada y el espíritu cansado. El enemigo lo sabrá e intentará zaherirnos de muerte para que no veamos y gane el “sálvese quien pueda”. Es ahí cuando la mirada del corazón cultivada en el camino por el desierto nos dará, como casi sin notarlo, las palabras y las acciones justas de quien ha peleado el buen combate (Cf. 2Tm 4, 7).
Pero, ahora, mientras vamos caminando y no veamos claro el horizonte deberemos abrir los oídos porque el desierto habla. Una Voz acompaña nuestra caravana humana en busca de salvación. Quizá podamos asociarnos a Francisco Luis Bernárdez y preguntar:

“¿De quién es esta voz que va conmigo
por el desierto de la noche obscura?
¿De quién es esta voz que me asegura
la certidumbre de lo que persigo?

¿De quién es esta voz que no consigo
reconocer en la tiniebla impura?
¿De quién es esta voz cuya dulzura
me recuerda la voz del pan de trigo?

¿De quién es esta voz que me serena?
¿De quién es esta voz que me levanta?
¿De quién es esta voz que me enajena?

¿De quién es esta voz que, cuando canta,
de quién es esta voz que, cuando suena,
me anuda el corazón y la garganta?”




[1] “La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió́ el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así́ de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad”. (Francisco, Homilía. Bendición Urbi et Orbi extraordinaria. 27/03/2020)