Por Emmanuel Sicre, SJ
La mesa de pino es apenas un tablón despojado. Sobre la madera, el tintero de peltre y las plumas gastadas parecen esperar una orden que no termina de bajar. Ignacio apoya las manos en el borde; la pierna herida le duele más cuando el aire refresca en Roma, pero hoy el malestar no viene del hueso. Viene del fajo de cartas que se acumula a un costado, selladas con la cera roja de las fronteras.
Un golpe discreto rompe el silencio de la cameretta.
—Adelante.
Entra Polanco con otro manojo de pliegos. Los deja sobre la mesa con el cuidado de quien sabe que, entre aquellos papeles, viajan reinos enteros.
—Han llegado esta mañana.
Ignacio no los toca.
—¿Más consultas?
Polanco asiente.
—Desde Portugal. Desde Alemania. Desde Sicilia. También de las Indias. Todos preguntan cosas distintas...
Hace una pausa.
—...pero, en el fondo, preguntan lo mismo.
Ignacio levanta lentamente la mirada.
—¿Y qué es lo mismo?
—Cómo seguir siendo un solo cuerpo cuando cada uno vive en un mundo diferente.
El silencio vuelve a ocupar la habitación.
Ignacio cierra los ojos y la cameretta se llena de rostros. Regresa a París. Las habitaciones estrechas del colegio de Santa Bárbara. El pan duro compartido entre estudiantes pobres. Las conversaciones interminables al caer la tarde. Eran siete. Luego diez. Bastaba una mirada para comprender qué fuego ardía en el pecho del compañero que dormía al lado. No hacían falta reglamentos. La unidad era el roce cotidiano.
Pero aquel suelo se había ensanchado hasta volverse inabarcable.
La Compañía ya no era un grupo de amigos que se cruzaban en un pasillo. Era un cuerpo apostólico disperso por continentes enteros.
No era solamente que hubieran crecido. Durante diez años, cada decisión había nacido como respuesta a una situación concreta: una misión inesperada, una consulta llegada desde lejos, un colegio que comenzaba, un obispo que pedía ayuda, un compañero enviado al otro extremo del mundo. Ahora comprendía que no bastaba con responder caso por caso. Era necesario descubrir el hilo invisible que unía todas aquellas decisiones y dejarlo escrito para quienes vendrían después.
Polanco rompe el silencio.
—¿Qué esperan de usted?
Ignacio tarda unos segundos en responder.
—Tal vez esperan una regla.
Sus dedos acarician distraídamente una de las plumas.
—Y yo debo descubrir algo más difícil.
Polanco espera.
—Un modo de proceder.
El secretario asiente en silencio y se dispone a retirarse.
Cuando llega a la puerta, Ignacio habla casi para sí mismo.
—Antes necesito medir el tamaño del viento.
La puerta se cierra.
La habitación queda otra vez sola con sus pensamientos.
La tentación está al alcance de la mano. Bastaría seguir el camino conocido de tantas órdenes religiosas: observancias idénticas, horarios uniformes, una organización tan precisa que pudiera funcionar casi sin preguntas. Frente a un mundo que cambia con una rapidez desconocida, la rigidez siempre promete seguridad.
"Si el molde es de hierro, se quebrará con el primer frío."
Sabe que, si redacta un reglamento minucioso, quizá preserve el orden, pero corre el riesgo de sofocar aquello mismo que Dios ha hecho nacer. ¿Cómo sostener la dispersión sin apagar el Espíritu? ¿Cómo hacer que unos hombres permanezcan profundamente unidos cuando tal vez nunca vuelvan a verse?
Su mirada se posa sobre el manuscrito de los Ejercicios Espirituales.
Allí descubre la respuesta.
Durante años ha visto cómo los Ejercicios transforman lentamente a una persona. No fabrican hombres obedientes a un código; enseñan a ordenar la propia vida para buscar y hallar la voluntad de Dios con creciente libertad. Forman un modo nuevo de mirar, de juzgar y de elegir.
Entonces comprende.
Las Constituciones deberán hacer con un cuerpo entero lo que los Ejercicios hacen con un alma.
No imponer un molde desde fuera, sino cultivar una ley interior capaz de mantener a todos disponibles para la misión. No un corsé, sino una costura elástica. No una máquina perfecta, sino un organismo vivo.
Moja la pluma en la tinta negra.
El trazo es limpio, despojado de la retórica de las cancillerías. No escribe para legislar la quietud, sino para organizar el movimiento.
Traza las líneas de la autoridad y del envío. Pero inmediatamente introduce el contrapeso que impedirá que la norma se convierta en cárcel: atendiendo a los tiempos, los lugares y las personas.
Pasa horas limando palabras. Busca un equilibrio casi imposible entre firmeza y flexibilidad, entre obediencia y libertad, entre unidad y creatividad apostólica.
Conoce el peligro de toda institución: terminar sirviendo a la estructura y olvidar la misión para la que fue creada.
Por eso la unidad de la Compañía no descansará solamente en la autoridad del superior, sino en hombres formados para discernir, capaces de abrir su conciencia con verdad, de dejarse enviar allí donde el bien mayor los reclame y de sostener, mediante una incesante conversación de cartas, una comunión que ninguna distancia pueda romper.
La vela parpadea al borde de la extinción.
Ignacio escribe una de las últimas anotaciones.
Piensa en una Europa desgarrada por guerras, reformas y facciones, donde cada bando exige levantar murallas y elegir enemigos. Él, que conoció las armas, elige una audacia más difícil. Escribe que el jesuita deberá conservar «un amor universal que abrace todas las partes, aunque entre sí sean contrarias». Porque la misión podrá llevarlo precisamente allí donde los hombres se dividen, y tendrá que aprender a amar sin dejarse capturar por el odio de ninguno de los bandos.
Cuando apoya la pluma, el alba empieza a recortar los tejados de Roma.
La puerta vuelve a abrirse.
Polanco entra sin decir palabra.
Sobre la mesa descansan los folios todavía húmedos de tinta.
Los mira un instante.
—¿Ya está?
Ignacio sonríe apenas.
—No.
Levanta la vista hacia su compañero.
—Ahora empieza lo más difícil.
Polanco espera.
—Que otros aprendan a tocar esta partitura cuando nosotros ya no estemos.
El secretario inclina apenas la cabeza. Toma con cuidado los primeros pliegos y los acerca a la luz del amanecer, como quien sostiene algo demasiado frágil para apretarlo y demasiado valioso para dejarlo caer.
Sobre la mesa no ha quedado un monumento de piedra ni un reglamento para burócratas del espíritu.
Ha quedado un modo de proceder.
Una partitura abierta para un cuerpo llamado a vivir disperso sin perder la unidad. Una arquitectura construida no para resistir al viento, sino para sostenerse gracias a él. Porque comprendió que el Espíritu no habita en las paredes que inmovilizan, sino en la libertad compartida de quienes aprenden a dejarse enviar. Y solo una obra edificada sobre ese viento podría desplegar sus alas sin romperse en medio de la tormenta.
