martes, 21 de julio de 2015

A LOS AMIGOS DE ALGUIEN QUE SE FUE CON EL DIOS DE JESÚS


Por Emmanuel Sicre, sj

Cuando pasa el tiempo y quien ha muerto se hace cada vez más presente, la tristeza, la nostalgia, el recuerdo no hacen más que traernos a la memoria lo que fue. Natural. Surge en nosotros un deseo irrefrenable de hacer nuestros los versos de Miguel Hernández cuando a su amigo ido antes de tiempo le dice:

“No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida”.

Lamentamos su partida como sin creerlo, como esperando que regrese, o con la ilusión de poder hacer algo, como imagina el mismo poema:

“Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte”.

Aquí el poema hecho canción por el genio de Serrat: https://www.youtube.com/watch?v=RL_3R-QVLks

Nada más duro y triste que muera quien amamos, o hubiésemos querido amar más. Tan dolorosa es la partida que infinitos intentos de consuelo se han hecho canción, poema, abrazo, llanto, palabra, arte… en fin, no nos resignamos a que alguien se vaya y listo. Nos cuesta, y debe ser así. Y tanto nos cuesta que, detrás del féretro, van en procesión todas las angustias de nuestra vida, los fracasos, los dolores, el peso de la historia, las desilusiones, los miedos de lo que no sabemos controlar, la lista negra de nuestros “porqués”. Pareciera que la nostalgia lo invade todo por dentro. Es más, corremos el riesgo de “mediovivir” en este estado por largo tiempo, regodeándonos.

Con el tiempo me fui dando cuenta que me consuela pensar en la experiencia que vivieron los amigos de Dios cuando lo mataron injustamente en la cruz. Ellos también sintieron esa desazón inexplicable y llena de reclamo. Es probable que muchos tengan su conflicto con Dios porque suele ser el derrotero de nuestro despecho ante una muerte anticipada. Es lógico, tantas veces nos dijeron que él es el dueño de la vida que resulta reprochable cuando decide sobre quienes nos importan. Es como un dios caprichoso que arrebata a las personas para su cielo, dejándonos impotentes. Pero me temo que este es un falso dios.

Dios no lleva ni trae a nadie, al menos el Dios de Jesús. Dios no es un delivery. Es la vida que tiene sus propias leyes y Dios las respeta con infinita paciencia. Él mismo hizo la vida con su propio ritmo para que no fuéramos los títeres de un espectáculo, sino los artífices de nuestra propia existencia. Pero ¿cómo entender entonces que Dios haya hecho un mundo de seres librados a la muerte? ¿Cómo comprender a un Dios que deja morir a su propio Hijo sin “hacer” nada? “Si eres el Hijo de Dios, sálvate a ti mismo y bájate de la cruz” (Cf. Mt. 27, 35-44), le decía uno de los ladrones crucificado con Jesús. Nos es muy natural demandar a alguien que nos explique la muerte.

Entonces Dios decidió hacerlo. Se encarnó en Jesús y de tan bueno, tan amable, tan justo, tan solidario, es decir, tan transparente de la divinidad, lo mataron injustamente. Y él aceptó la muerte, con miedo, con sudor, pero la aceptó. Alguno podrá decir que siendo Dios sabría que el Padre lo resucitaría. ¡Stop! Otro dios falso por allí dando vueltas. Dios no es un adivino. Jesús sufrió su muerte como hombre: “Padre, por qué me has abandonado” gritó. (Cf. Mt. 27, 46). ¿Y por qué habría de aceptar la muerte Dios si es tan dura? Para decirnos que está con nosotros siempre, aún en lo que parece definitivo. Que nos entiende en nuestro sufrimiento, que nos consuela, que sufre con nosotros lo que nosotros sufrimos. Pero, ¿de qué “serviría” un Dios pañuelo?  Tiene que haber algo más.

Y sí, hay algo más. Lo que sucedió con los amigos y las amigas de Jesús después de su muerte es lo más conmovedor. Con el tiempo, y después de haberlo llorado mucho, comenzaron a darse cuenta de que cuando lo recordaban aparecía de una manera especial entre ellos. Que en vez de sentirse tristes se sentían animados a vivir más aún. Resulta que cayeron en la cuenta de que si bien la vida de Jesús les había cambiado la mirada sobre muchas cosas, su muerte les decía mucho más todavía. Vivían una paradoja: la muerte del amigo hacía que se sintieran más vivos que antes; la muerte del amigo les decía que no se había muerto, sino que vivía entre ellos de una manera definitiva; la muerte del amigo les decía que no se había muerto, porque si no, no podrían estar viviendo ese impulso vital de amor por todos tan arrollador; la muerte del amigo les decía que había algo más allá de sus nostalgias que los invitaba a hacer de sus vidas una Vida en serio, entregada, plena, activa, conectada con la del amigo que conocieron. Y así nació entre ellos la fe en la resurrección. Así fue que la muerte creaba más vida. Así se dieron cuenta de que Jesús había resucitado en y por ellos y por eso comprendieron que no había de qué tener miedo. Se les abrieron los ojos y descubrieron que el Dios de Jesús era un Dios de esperanza, de amor, de servicio y de entrega sin límites, porque había vencido el límite al que tanto temían: la muerte. Y así es que desde que Jesús murió, Dios vivía cada vez más cerca de ellos. Y podían hablarle, y contarle sus cosas, y alabarlo, y celebrarlo, y compartirlo. Así fue que les contaron a todos que sus vidas habían quedado transformadas, porque tenían un Amigo que les enseñó muchas cosas, que lo mataron, pero que no se había muerto porque aún vivía en ellos resucitado.

Y los que escuchaban esta Buena Noticia inaudita, quedaban transformados por la experiencia de un Dios que invita a todos, a quienes caminamos en la tierra y a quienes nos anticipan en el camino de lo que llamamos Cielo, a vivir la fiesta de la Vida aquí para seguir allá donde nos esperan los que tanto extrañamos.


¿Qué sucedería si nos dejáramos tocar por un Dios así de cercano y esperanzador? 

ORACIÓN POR UN AMIGO

Jesús, Dios amigo del hombre, llego hasta ti
para pedirte para mi amigo una bendición…

Cuídalo en el camino y hazlo fuerte a las espinas;
Dale paz para ver su historia, y que al transitarla descubra la salvación en el amor sincero y compañero de quienes pusiste en su camino;
Sostén su alegría, para que sus sonrisas iluminen a los suyos y sea motivo de otras alegrías;
Pon siempre en su corazón el amor puro con el que nos acostumbraste en tu Cruz y tu Resurrección;
Hazlo paciente en la prueba y fecundo en el trabajo;
Alimenta sus sueños y proyectos con la entrega sin límites que viene de tu amistad;
Dale conciencia de sus dones y ánimo para ofrecerlos sin prejuicios en la construcción del Reino;
Concédele perdón y misericordia en el error; ánimo y profundidad en las dudas;
Que siempre reconozca tu presencia en los seres que ama.

Señor, mi corazón agradece su amistad y pone en tus manos lo vivido y lo que vendrá.

Amén…

miércoles, 24 de junio de 2015

CUANDO UNO ORA...

“Yo dije: ¡‘Aquí estoy, aquí estoy!’”
Is 65, 1

por Emmanuel Sicre, sj


Cuando uno ora goza de una pobreza inusitada. La desnudez es total. Y por mucho que se cubra tarde o temprano queda desvelado. Orar es de esas experiencias que no se pueden explicar totalmente, sólo hay que tomar coraje, paciencia y entrar en la embajada de Dios en el propio interior.

Una vez que aceptamos el generoso ofrecimiento de asomarnos a lo inefable del Misterio, conducidos por la búsqueda, habitamos la relación que tenemos con él. Entramos en su Carpa. Muchas veces decimos que es necesario profundizar nuestra relación con Dios, pero cuando el deseo se convierte en realidad, es decir, ingresamos y nos dejamos misionar, todo se vuelve más complejo por su simplicidad. Lo más genuino de dicha experiencia es perder el control de casi todo. Nuestro ser se confunde con el ser de Dios. Entonces, no podemos sujetar los pensamientos, la imaginación desacatada va y viene, las emociones aparecen sin distinción, los discursos a veces son monólogo, otras, diálogo, los sentimientos son conocidos pero se mezclan con la novedad del momento, la cabeza comienza a querer llevar la situación tomando distancia, pero no alcanza. Nada parece muy claro. Y sin embargo, cuando permanecemos allí (y no cedemos) la presencia invisible de Dios resulta de alguna manera u otra. Algo comienza a tomar forma. Encontramos, por pura gracia, la punta del ovillo y se comienza a tejer con las agujas del alma la relación con Dios. Se da que estamos con Él. Habitamos con Él el aquí de un mismo espacio que es un no-espacio (lo infinito) y discurrimos el ahora de un tiempo que es también un no-tiempo (lo eterno). Emerge desde nosotros el Cristo interior que, con los remos del Espíritu, nos lleva al Padre para asemejarnos más y más a Él.  
Como toda relación se construye de a dos. Pero no en un cálculo retributivo de cincuenta y cincuenta. Con el Dios de Jesús, todo es ciento por ciento. Su cien y mi pobre cien, siempre rescatado por Él. Así es como la relación de ambos transita por escenarios diversos. Como cuando viajamos con un amigo. Sucede que este particular amigo es el que debe llevar el mapa porque conoce la cartografía de mi código psico-espiritual mejor que yo. Hay que dejarse guiar, no queda otra. Eso cuesta, y hasta duele. No hay costumbre. Pero su ternura deviene una brújula certera. Para relatar este periplo no hay palabras adecuadas. Unas veces uno migra desesperado buscando refugio, otras es un peregrino pacífico, otras un niño temeroso, y hasta un fanfarrón engreído. Lo cierto es que si Él direcciona el timón la cosa avanza.
Entonces la gratuidad, acunada por el silencio, se hace alabanza. Me explico.
En verdad no hay un porqué al acercamiento de Dios a la conciencia de nuestra vida, no hay un porqué nos ama tanto, no hay un porqué lo deseamos, ni siquiera hay una razón convincente para que estemos buscándonos de este modo. Es porque sí. Se da y listo. Una vez tocados por el aguijón del Misterio quedamos prendados, como seducidos. Es cierto que podemos rechazarlo. Sí, hasta ahí llega la gratuidad, pero ya no se puede ser más inocente. Hemos perdido la ‘virginidad espiritual’ para comenzar a dejarnos fecundar por el don de Dios. Hemos advertido lo Otro que nos desarma el círculo de nuestra mirada egoísta hacia nosotros mismos y nuestros intereses mezquinos, y nos conecta con aquello que da la vida: el encuentro con el otro.
De allí florecen todas las cosas positivas que podremos hacer en nuestra vida. De allí brotan las palabras, los versos, las rimas, las imágenes, los íconos. De allí salen los recuerdos, la memoria, el reconocimiento. De allí surgen cada uno de los deseos arrolladores por cambiar el mundo. De allí germinan la paciencia, la pequeñez, el perdón, la compasión y la alegría. De allí la fuerza para luchar. De allí viene, también, el silencio. Sin él no somos nada. Él es la cuna de la palabra, pero también la madre, el alimento, la sintonía de la música de Dios, el cincel con el que el Carpintero talla su rostro en nuestra madera. El silencio aprendido de lo natural nos humaniza de tal modo que somos capaces de dirigir nuestra mirada a las geografías interiores de nuestro cuerpo, para que el Cartógrafo Jesús haga el milagro de transformarnos. El silencio es como una partera que nos ayuda a dar el grito de bienvenida a la Vida verdadera. Por eso repito: sin silencio no somos nada.


Y cuando algo de esto sucede, llega, como donada de lo más alto y desde lo más hondo, la alabanza. No hay cómo no alabar, dar gracias, dejarse admirar por el don de lo que somos, de lo que hemos recibido, de lo que deseamos hacer por los demás. Allí descubrimos que el amor lo atraviesa todo, lo conecta y lo armoniza todo, y al caer en la cuenta, reverencia, canta, adora. 

viernes, 22 de mayo de 2015

¿QUÉ DESEMASCARA LA BEATIFICACIÓN DE ROMERO?

Sobre las superficialidades de la derecha y de la izquierda católicas.

Por Emmanuel Sicre, sj

Cuando se destrabó la causa de canonización de Monseñor Romero hace unos años de la mano de Benedicto, y cuando se aceleró gracias a Francisco hasta llegar al 23 de mayo de 2015, comenzaron a desfilar los fantasmas del pasado.

Las dos piernas con las que camina la Iglesia se debatían haber quién había dado el primer paso. Si la “izquierda” reivindicaba su postura de una Iglesia dedicada a los pobres amparada por el testimonio del gran Romero como si fueran los únicos, o si la “derecha” concedía el permiso de subirlo a los altares dado que, siendo uno de ellos, ya lo habían purgado de su supuesta vinculación con las teologías de la Liberación de su último tiempo. ¿Cómo se puede manipular así lo que Dios hizo en la vida de un hombre de esta talla?

La cuestión pone de manifiesto, una vez más, la dualidad que desde sus orígenes hubo en la Iglesia Católica. En verdad, más que de una dualidad se trata de los dos extremos de tensión donde se ubican las innumerables pluralidades del cristianismo. Esta riqueza de experiencias creyentes es la que los medios de comunicación fotografían, pero en sus polos de oposición para vender su producto: el conflicto que separa. Los católicos despistados terminan asumiendo, así, una postura no personal, sino mediática, frívola y suavizada de Romero.

Lo triste es que la beatificación de Romero sirva para poner de manifiesto esta superficialidad de los católicos de “derecha” y de los de “izquierda”, frente a un fenómeno que tiene una significación desbordante de sentido. ¿Cuándo entenderemos que el testimonio de un santo es algo radical?


A los de “izquierda”, como caricatura de la polaridad, san Romero les sirve para desempolvar sus ideologías, para retomar sus discursos oxidados, para olvidar el tiempo y volver a cargar las tintas contra una Iglesia que, con derecho o no, puede no gustarles. La “izquierda” hace, con ayuda de la hipérbole, del mártir Romero un personaje equiparable al Che Guevara. ¡Lamentable!

A la “derecha”, por su parte, como la otra polaridad de esta caricatura, el beato les sirve para acusar a los de la izquierda de haberlo hecho uno de los suyos, les sirve para atacar al Papa Francisco por sus supuestas ideas sospechosas de estar demasiado con los pobres, para atrincherarse esperando que esta “reforma” se acabe tarde o temprano. La “derecha” hace de Romero un ser voluble que, como se llegó a decir cuando se encontraron en su biblioteca con libros de la Teología de la Liberación, “que los tenía pero nunca los leyó”. ¡Lamentable!


Es evidente que, como sostiene Sobrino, no hace falta beatificar a Romero porque el pueblo ya lo hizo desde el momento en que una bala injusta le robaba la vida. Pero hoy la Iglesia ha dado el paso de asumir a este hombre como un mártir de la fe en una época terrible no muy distinta a la nuestra que también mata cristianos, y lo que hacen los católicos “ilustrados” es dedicarse a ver quién ocultó más el proceso, o “limpiar” de ideologías el prontuario del santo.

Y resulta que Romero celebra con los pobres de Jesús que el Evangelio haya sido una buena noticia de esperanza, en una historia marcada por la sangre, el horror, y la injusticia. Una vez más como aquél terrible 24 de marzo de 1980 en que Romero comenzaba a entrar en la casa del Padre para convertirse en profeta de su tiempo, hoy también San Romero de América vuelve a plantearnos la pregunta por la clase de cristianos que somos: ¿de los que ideologizan a su favor el Evangelio de Cristo? ¿De los que dejan que las injusticias sean una responsabilidad del ámbito civil que no debe mezclarse con la fe? ¿De los que disfrazan sus intereses descuidados de Palabra de Dios? ¿De los que tienen miedo a que la Iglesia sea llevada por el Espíritu del amor, la libertad y la esperanza, y se refugian en las trincheras de las doctrinas, en las cavernas del miedo y en la salvación de unos poquitos justos? ¿De los que temen que Cristo sea piedra de escándalo para los poderosos de la historia? ¡Vamos!
 
¿No querrá decirnos este hermoso evento de la beatificación de Romero que el verdadero milagro no es el que se comprueba científicamente jugando el juego de la modernidad al que la Iglesia le cuesta renunciar; sino que el milagro de Oscar Arnulfo Romero, mártir de la fe, es enseñarnos que Dios pasa por la historia de aquellos que se animan a jugárselas por los preferidos de Jesús, a dejarse transformar por la justicia que exige la fe, porque descubrieron que el amor de Cristo entregado en la cruz puede resucitar en la fe de los que son capaces de creer sin ver?  



martes, 5 de mayo de 2015

¿Y si Cristo no estuviera fuera sino dentro?




Por Emmanuel Sicre, sj

Despertar la connaturalidad con la vida de Dios, supone dejar que se despierte en nosotros la conciencia total de que Cristo ya está cristificándonos, haciéndonos otros Cristos como él. 
¿Y qué sucede, entonces? Se rompe el esquema de la imitación del modelo donde los cristianos hacen lo que hizo Jesús de manera esquemática, voluntarista y débil. Cuando comenzamos a notar en nuestra vida interior que el Espíritu nos desempolva la imagen en  la que fuimos creados por el Padre, aparece Cristo, el que está dado desde nuestro nacimiento. 
¿Y qué hace ese Cristo que está adentro? Sana, cura, libera, alimenta, sostiene, pero sobre todo, pide salir. Pide abrirse a formar comunidad con los demás hombres y mujeres que llevan su Cristo, su semejanza con el Padre. Especialmente, pide salir al encuentro de los Cristos rotos, heridos, fragmentados, sufrientes, empobrecidos.  
¿Y por qué sucede esto? Porque Dios es una familia de amor dinámica que lleva al amor de unos por otros hasta el extremo, como los padres por los hijos. Por eso busca que todos los hombres vivan esa plenitud sembrándoles ese deseo en el corazón. Y mientras no sucede, sufre la cruz con nosotros hasta que llegue una pascua que libere y lleve al gozo. 
¿Para qué? Para alcanzar la vida plena, para vivir en el amor, para contagiar la paz, para vivir la justicia del Reino, para perdonar y sentir el perdón, para que de una vez por todas nos abramos a la misericordia, para que nos demos permiso para vivir una alegría indescriptible, para que vos y yo seamos aquello que tanto nos gustaría para toda la humanidad. 
¿Y cuándo sucede esto? Al decirle sí. 

domingo, 26 de abril de 2015

EL MOMENTO DE LA GRACIA


Por Emmanuel Sicre, sj
El momento de la gracia es el de “caer en cuenta de”. Es un instante de fronteras movedizas que uno no puede atrapar, sino que siente “es atrapado en la propia interioridad”. Es tomado desde lo profundo. Es hoy... 
Cuando caemos en la cuenta de la gracia que nos habita percibimos un plus de nosotros mismos, algo no inventado por nuestra mente, no generado por lo que pudimos hacer ni ser, sino donado, dado desde adentro como un borbotón de agua fresca que nos nace.
El momento de la gracia es el asalto de la conciencia que nos avisa de la bendición de Dios que con su Espíritu está obrando incesante en nuestra vida.
¿Y qué hace el Espíritu en nuestro interior más íntimo?
Nos regenera,
nos repara,
nos justifica,
nos salva,
nos vivifica y desata,
nos dota,
nos consuela,
nos eleva,
nos ahonda,
nos abre a más…

Por eso quien se abre al Espíritu que lo habita, comienza a mirar con amor al otro e intenta repararle sus grietas.
Pretende justificarlo desde su dignidad de hijo porque vio su dignidad.
Busca salvarlo a pesar de sus errores, como hace el Padre con él.
Quiere que sea vivificado e insuflado en la plenitud de la vida que siente surgir en sí mismo con libertad.
Lo ayuda a que descubra su inagotable ser lleno de posibilidades.
Intenta por varios medios consolarlo de sus sufrimientos.
Desde donde ha sido puesto por la acción de Dios, busca atraerlo hacia la cima del amor.
Quien se abre al Espíritu mira con “ojos de Reino” las honduras de la realidad y lo desea para el otro, por eso comunica.
Quien se abre al Espíritu indaga con cariño y firmeza por esa fisura interior que todos tenemos, en busca del manantial donde brota el agua y la sangre de la vida albergada en cada corazón…

domingo, 12 de abril de 2015

¿UN DISCERNIMIENTO SEXUAL DESDE JESUCRISTO?

Criterios para pensar sobre la sexualidad desde una perspectiva cristiana

Por Emmanuel Sicre, sj

Cuando estamos en una encrucijada nos viene la clásica pregunta “¿qué hago?”, o “¿qué está bien y qué está mal?”. Y pasamos mucho tiempo pensando las posibilidades. Este es un proceso de discernimiento en el que nos encontramos más de una vez en nuestra vida. Al mismo tiempo, cuando sumamos la voz de Dios a nuestras reflexiones hacemos un ejercicio de discernimiento espiritual.

¡Cuánto más problemática se vuelve esta pregunta si la enfocamos al tema de la sexualidad y la afectividad! ¿Por qué? Porque esta dimensión humana fundamental y constitutiva ha sido muy descuidada en casi todos los niveles: biológico y antropológico, emocional y sicológico, intelectual y conceptual, individual y social, espiritual y religioso. ¿Qué nos pasó para que esto tan importante para la vida se convierta en un problema? He aquí una primera intuición: estamos hablando de la vida en su aspecto más dinámico, potente y maravilloso.
 ¿Qué sucedería si nos dedicamos a explicitar algunos puntos de discernimiento humano-espiritual que nos ayuden a percibir y analizar esta realidad de manera tal que nos permitiera orientar nuestra respuesta concreta a la pregunta "qué hacer con la sexualidad y afectividad"?  Surgirán replanteos de algunas precomprensiones,  y lograremos dilucidar por dónde es que se nos cuela el mal espíritu (que sólo busca someternos, esclavizarnos y provocar infelicidad, tanto a nivel personal como colectivo).
 Reconocer el proceso
En primer lugar, hay que reconocer en qué etapa del camino de mi vivencia sobre la propia experiencia sexual y afectiva me encuentro. Tal vez algunos aún no se han preguntado mucho, otros quizá demasiado, habrá quienes ya tienen una larga tradición de terapias sobre el tema, otros que por primera vez se plantean estas cosas en relación con otras dimensiones personales, como la espiritual.
¿Qué significa para mí ser una persona sexual? ¿Cómo ha sido mi historia con esta dimensión? ¿Qué sé, qué me intriga? ¿Qué desconozco aún? ¿Cómo me gustaría que fuera esto? ¿Qué se me dificulta y es como una cruz? ¿Qué tentaciones vivo? ¿Tiene el Dios de Jesús un lugar en esta dimensión de mi vida?
Es probable que surjan los primeros temores. En este sentido, es necesario desplazar el miedo, para poder pensar y tomar con libertad estas cuestiones a fin de que ganemos en confianza. 
 Atender a las voces del discernimiento

Discernir sobre la vida sexual implica distinguir con agudeza algunas voces que intervienen y que casi todos escuchamos en nuestra vida: las voces de cómo me enseñaron (o no) sobre este tema a nivel familiar y escolar; las voces de lo que dice la religión que aprendí; las voces de los medios masivos de comunicación y redes sociales; las voces de las personas que me rodean; las voces del mal espíritu; y por último, notemos la más importante, la voz de mi propia conciencia donde Dios se comunica conmigo de una manera especial.
¿Cómo encontrar en medio de este bullicio de voces aquellos criterios que me ayuden más a vivir mi sexualidad en paz y plenitud? ¿Es tan fácil seguir la voz de la conciencia donde Dios habita cuando la cosa no es tan clara?
En este sentido, es necesario decir que la voz del Espíritu de Dios siempre actúa trayendo serenidad, calma, luz, claridad, orden y armonía sobre un determinado aspecto en un proceso lento. La voz del Espíritu inquieta de manera suave pero firme e insistente cuando hay algo que está desordenado en nuestra vida, a diferencia de la voz del mal espíritu que remuerde la conciencia dejándola tirada por el piso sin poder levantarse por la culpa. La voz de Dios es sincera, honesta y amable para hacernos caer en la cuenta de lo que nos hace más humanos. La voz de Dios nunca es intimista y solitaria, siempre busca el vínculo y lo sana, lo restaura e invita a la comunión y la comunicación con otros. A diferencia de la voz del mal espíritu que siempre trabaja en el secreto y ocultando de manera irracional apurando los procesos.
Actitudes ante las voces
Por lo general, lo que nos pasa es que abandonamos la responsabilidad de escuchar la voz de la conciencia y la ponemos fuera de nosotros. No sólo por pereza, sino porque muchas veces tenemos temor a las consecuencias. Es el caso de aquel que en vez de buscar consejo en un sacerdote, por ejemplo (u otra figura de autoridad moral), le pregunta qué es lo que está bien o está mal para ver si hay otro que le resuelva el problema del discernimiento. O la situación de aquellos que buscan en un "catecismo" (o sistema regulativo-legal) qué es lo que tienen que hacer como si fuera un recetario de comportamiento seguro. También le pasa a aquellos que nunca se cuestionan nada porque creen que todo es relativo y da lo mismo, y nadie les puede sugerir qué hacer, ni siquiera ellos mismos y se dejan llevar por el momento. O aquellos que creen perder identidad si hablan de esto. Por eso actúan de manera individualista y olvidan su entorno.
En estos casos lo que está desajustado es la relación consigo mismo y con los demás en la sociedad, porque no se asume el discernimiento que conlleva toda decisión importante tomada con responsabilidad. Además, creen que sus acciones no tienen repercusiones más allá de ellos mismos.
 ¿La sociedad en mi intimidad?
 Alguno podrá preguntarse, quizá, qué tiene que ver la sociedad en mi vida íntima. En realidad nos han hecho creer que la sexualidad es un tema de “intimidad” que no se habla sino es cuando hace falta y bajo un cierto tabú, disfrazado de “respetismo”, difícil de quebrantar. Y lo que la realidad pone en evidencia, a partir de los múltiples círculos en que nos movemos, es que la sexualidad está recorriendo todos los capilares de nuestra cultura porque forma parte de nuestra vida cotidiana: en las redes sociales, con las amistades, con el humor, con la religión, con la escuela, con las salidas, con la publicidad, la TV, el cine, el arte, el deporte, y un largo etc.
En verdad el tema de la sexualidad no es un tema personal solamente, sino social, y merece atención para que podamos crecer como comunidad humana. Por lo general, lo tratamos de manera privada, pero las consecuencias no son individuales sino públicas y colectivas. O si no ¿por qué se dan tantas heridas en este campo y se resuelven hiriendo a otros por el mismo lugar en que fuimos heridos, haciendo de la convivencia humana un caos?

Discernir la sexualidad de cara a Cristo
El objetivo de mi discernimiento tiene que ser lo más claro posible: discierno para saber qué hacer, y qué es lo bueno para mí y los demás en este momento de mi vida, de cara al Dios de Jesús.
Por eso me tengo que preguntar: ¿para qué quiero pensar, meditar u orar sobre este aspecto de mi vida? Quiero liberarme de culpas malsanas que me torturan para vivir con plenitud mi sexualidad y ser más consciente de lo que hago. O deseo aclararme sobre algunos puntos concretos que me afectan en mi relación con los demás. O tengo que tomar una decisión dentro de mi propio proceso. O tal vez, quisiera saber qué es lo mejor en mi relación con otra persona. O bien me gustaría descubrir lo que Dios quiere de mí en esta dimensión. En fin, cada uno sabrá.
Una vez que se pueda aclarar en dónde estoy parado en verdad y sin engaños, y cuál es mi deseo es que puedo continuar con mi discernimiento. (NOTA: Es posible que a medida que vaya remando encuentre nuevas perspectivas y luces, que me amplíen la mirada y me ayuden a llegar a un puerto quizá más prometedor y fecundo que aquel al que pretendía llegar. Esa es la aventura de discernir con el Dios de Jesús).  
El criterio para discernir de cara a Cristo lo tiene a él como fundamento. Hay que ponerlo a él en el centro de la mirada y desde allí discernir. ¿Cuál habrá sido la actitud de Jesús respecto de la sexualidad humana? ¿La habrá condenado, despreciado y restringido? Seguramente no se habrá parecido a la actitud de la religión judía de su tiempo un poco desviada hacia la hipocresía que él mismo ataca. ¿Será que difiere, quizá, de la actitud de la religión en la que fui formado que da la impresión de pedirme “imposibles”?
La actitud de Jesús es siempre de acogida misericordiosa con la persona que busca honestamente salud, salvación, luz, paz, liberación, esperanza. Si lo busco también en las zonas incomprendidas de mi sexualidad, seguramente él me dará luces, pero si no lo dejo entrar en contacto con todo lo que soy el proceso de transformación interior queda disminuido.
 Jesús lo único que parece no soportar es la hipocresía, y por eso los evangelistas lo ponen discutiendo tanto con las autoridades religiosas de su época. Su relación con las normas de su época es, al parecer, conflictiva porque habían ahogado al ser humano en un esquematismo legal. Por eso, si bien se cuida de no contradecirlas en su contenido, lo que hace es ubicarlas en el verdadero plano de aplicabilidad, es decir: estar al servicio de los hombres para encontrarse con Dios y no al revés.
Jesús quiere que las personas descubran que tienen un Padre Bueno que los ama sin medida, que los quiere felices porque así los creó, y que está dispuesto acompañarlos en sus sufrimientos ofreciéndoles una vida que nadie más podría darles. Jesús nos revela la fascinación de Dios Padre por cada uno de los hombres. De allí su centralidad en la persona humana. Nunca veremos a Jesús destruyendo la sicología de alguien para que cumpla una norma, todo lo contrario, libera, desata, abre, ubica, confronta, corrige. Y esto también sucede en el plano de la vida afectivo-sexual.
¿Será del Dios de Jesús que tengamos que escondernos de la sexualidad y verla como pecado si es creación suya? ¿Acaso existe algo en la persona “intrínsecamente malo” para los ojos del Dios de Jesús? ¿Será el Dios de Jesús un ciego que no quiere salvarnos de aquello que nos esclaviza en nuestro comportamiento sexual? ¿Será del Dios de Jesús que tengamos que cumplir normas sin saber por qué, o simplemente porque nos dijeron sin hacer un proceso de reconocimiento personal de lo que significan para mi vida? ¿Será del Dios de Jesús que tengamos que vivir una doble moral porque no podemos congeniar nuestra experiencia sexual con lo que proponen ciertas normas sobrevaluadas por algunas sicologías excesivamente rígidas? ¿Será del Dios de Jesús que todo lo que llamamos pecado se ubique de la cintura para abajo sin distinciones? ¿Es acaso el Dios de Jesús un obsesivo sexual que está pendiente de todos mis comportamientos genitales de tal manera que me mira y me acosa? ¿Será el Dios de Jesús un Dios desinteresado de mí y que le da lo mismo lo que haga con mi cuerpo y el de los demás cuando lo tomo como un objeto de mi placer egoísta? ¿Será el Dios de Jesús permisivo y hedonista que no asume el dolor y el fracaso humano? ¿Será el Dios de Jesús un juez condenador que anda persiguiéndome para que haga sacrificios de modo que no se enoje conmigo? Al parecer este no es el Dios de Jesús, debe ser otro diosito barato.
Quizá alguno piense que estamos haciendo una apología del libertinaje sexual. No hace falta, eso ya lo han hecho otros. Lo que queremos poner en el centro es la pregunta por el discernimiento sexual de cara a Jesús.

Las consecuencias de no discernir
 En efecto, no intentamos dar respuestas a las cuestiones personales, sino abrir el abanico para que el discernimiento sexual-espiritual forme parte de las preguntas de la vida de los jóvenes (y por qué no de algunos adultos), y no que las consecuencias decidan sobre la vida personal. Como sucede cuando los embarazos indeseados interrumpen procesos de madurez de los adolescentes, o cuando la cantidad de anticonceptivos y el latex trastocan el sistema sexual, o cuando las enfermedades de transmisión o trastorno sexual llegan a los cargos públicos, o cuando la ignorancia religiosa de algunos perturba la sicología de los más jóvenes en la confesión, o cuando se destrozan las vidas de quienes continúan aquí y otras de quienes Dios recibe con amor allá, o cuando sólo se considera pecaminoso lo que tiene que ver con el comportamiento sexual y se olvidan los compromisos sociales y políticos que son un omisión cristiana grave, o cuando la pornografía resuelve la soledad y da un modo erotizado de relacionarse con las personas, o cuando las miles de formas de abuso que un varón o una mujer ejercen terminan por desconocer el amor gratuito y desinteresado. Cada uno podrá continuar la lista.
Si no ponemos en la mesa las cartas de este ámbito vital para la comunidad de creyentes, tendremos que sufrir las consecuencias de una catequesis normalista basada sólo en reglas y no en la vida de las personas de cara a Jesús, de una Iglesia jueza de las decisiones que no toma, de unos proyectos de vida truncados, de unos sacerdotes y monjas mal formados, de unos docentes indiferentes, de una sociedad traidora de las conciencias, de unos machismos inadecuados, de unas enfermedades esterilizantes para el mundo, de una educación sexual genitalista y cientificista separada del ser humano total, de un patrón de conducta animalizado y poco pensante, de unas conciencias retorcidas y culpógenas que sólo ven pecado en lo sexual, de unos inconscientes entretenidos con sus fantasías reprimidas, de unas paternidades irresponsables y unos “hijos sorpresa”, de una ignorancia atroz en el manejo de las emociones que provocan desastres familiares, y lo que es peor, de personas que se las arreglan como pueden sin esperar vivir en este ámbito la plenitud gozosa y fecunda que el Dios de Jesús quiere para cada uno de nosotros, en cada etapa de nuestra vida.