viernes, 22 de mayo de 2015

¿QUÉ DESEMASCARA LA BEATIFICACIÓN DE ROMERO?

Sobre las superficialidades de la derecha y de la izquierda católicas.

Por Emmanuel Sicre, sj

Cuando se destrabó la causa de canonización de Monseñor Romero hace unos años de la mano de Benedicto, y cuando se aceleró gracias a Francisco hasta llegar al 23 de mayo de 2015, comenzaron a desfilar los fantasmas del pasado.

Las dos piernas con las que camina la Iglesia se debatían haber quién había dado el primer paso. Si la “izquierda” reivindicaba su postura de una Iglesia dedicada a los pobres amparada por el testimonio del gran Romero como si fueran los únicos, o si la “derecha” concedía el permiso de subirlo a los altares dado que, siendo uno de ellos, ya lo habían purgado de su supuesta vinculación con las teologías de la Liberación de su último tiempo. ¿Cómo se puede manipular así lo que Dios hizo en la vida de un hombre de esta talla?

La cuestión pone de manifiesto, una vez más, la dualidad que desde sus orígenes hubo en la Iglesia Católica. En verdad, más que de una dualidad se trata de los dos extremos de tensión donde se ubican las innumerables pluralidades del cristianismo. Esta riqueza de experiencias creyentes es la que los medios de comunicación fotografían, pero en sus polos de oposición para vender su producto: el conflicto que separa. Los católicos despistados terminan asumiendo, así, una postura no personal, sino mediática, frívola y suavizada de Romero.

Lo triste es que la beatificación de Romero sirva para poner de manifiesto esta superficialidad de los católicos de “derecha” y de los de “izquierda”, frente a un fenómeno que tiene una significación desbordante de sentido. ¿Cuándo entenderemos que el testimonio de un santo es algo radical?


A los de “izquierda”, como caricatura de la polaridad, san Romero les sirve para desempolvar sus ideologías, para retomar sus discursos oxidados, para olvidar el tiempo y volver a cargar las tintas contra una Iglesia que, con derecho o no, puede no gustarles. La “izquierda” hace, con ayuda de la hipérbole, del mártir Romero un personaje equiparable al Che Guevara. ¡Lamentable!

A la “derecha”, por su parte, como la otra polaridad de esta caricatura, el beato les sirve para acusar a los de la izquierda de haberlo hecho uno de los suyos, les sirve para atacar al Papa Francisco por sus supuestas ideas sospechosas de estar demasiado con los pobres, para atrincherarse esperando que esta “reforma” se acabe tarde o temprano. La “derecha” hace de Romero un ser voluble que, como se llegó a decir cuando se encontraron en su biblioteca con libros de la Teología de la Liberación, “que los tenía pero nunca los leyó”. ¡Lamentable!


Es evidente que, como sostiene Sobrino, no hace falta beatificar a Romero porque el pueblo ya lo hizo desde el momento en que una bala injusta le robaba la vida. Pero hoy la Iglesia ha dado el paso de asumir a este hombre como un mártir de la fe en una época terrible no muy distinta a la nuestra que también mata cristianos, y lo que hacen los católicos “ilustrados” es dedicarse a ver quién ocultó más el proceso, o “limpiar” de ideologías el prontuario del santo.

Y resulta que Romero celebra con los pobres de Jesús que el Evangelio haya sido una buena noticia de esperanza, en una historia marcada por la sangre, el horror, y la injusticia. Una vez más como aquél terrible 24 de marzo de 1980 en que Romero comenzaba a entrar en la casa del Padre para convertirse en profeta de su tiempo, hoy también San Romero de América vuelve a plantearnos la pregunta por la clase de cristianos que somos: ¿de los que ideologizan a su favor el Evangelio de Cristo? ¿De los que dejan que las injusticias sean una responsabilidad del ámbito civil que no debe mezclarse con la fe? ¿De los que disfrazan sus intereses descuidados de Palabra de Dios? ¿De los que tienen miedo a que la Iglesia sea llevada por el Espíritu del amor, la libertad y la esperanza, y se refugian en las trincheras de las doctrinas, en las cavernas del miedo y en la salvación de unos poquitos justos? ¿De los que temen que Cristo sea piedra de escándalo para los poderosos de la historia? ¡Vamos!
 
¿No querrá decirnos este hermoso evento de la beatificación de Romero que el verdadero milagro no es el que se comprueba científicamente jugando el juego de la modernidad al que la Iglesia le cuesta renunciar; sino que el milagro de Oscar Arnulfo Romero, mártir de la fe, es enseñarnos que Dios pasa por la historia de aquellos que se animan a jugárselas por los preferidos de Jesús, a dejarse transformar por la justicia que exige la fe, porque descubrieron que el amor de Cristo entregado en la cruz puede resucitar en la fe de los que son capaces de creer sin ver?  



martes, 5 de mayo de 2015

¿Y si Cristo no estuviera fuera sino dentro?




Por Emmanuel Sicre, sj

Despertar la connaturalidad con la vida de Dios, supone dejar que se despierte en nosotros la conciencia total de que Cristo ya está cristificándonos, haciéndonos otros Cristos como él. 
¿Y qué sucede, entonces? Se rompe el esquema de la imitación del modelo donde los cristianos hacen lo que hizo Jesús de manera esquemática, voluntarista y débil. Cuando comenzamos a notar en nuestra vida interior que el Espíritu nos desempolva la imagen en  la que fuimos creados por el Padre, aparece Cristo, el que está dado desde nuestro nacimiento. 
¿Y qué hace ese Cristo que está adentro? Sana, cura, libera, alimenta, sostiene, pero sobre todo, pide salir. Pide abrirse a formar comunidad con los demás hombres y mujeres que llevan su Cristo, su semejanza con el Padre. Especialmente, pide salir al encuentro de los Cristos rotos, heridos, fragmentados, sufrientes, empobrecidos.  
¿Y por qué sucede esto? Porque Dios es una familia de amor dinámica que lleva al amor de unos por otros hasta el extremo, como los padres por los hijos. Por eso busca que todos los hombres vivan esa plenitud sembrándoles ese deseo en el corazón. Y mientras no sucede, sufre la cruz con nosotros hasta que llegue una pascua que libere y lleve al gozo. 
¿Para qué? Para alcanzar la vida plena, para vivir en el amor, para contagiar la paz, para vivir la justicia del Reino, para perdonar y sentir el perdón, para que de una vez por todas nos abramos a la misericordia, para que nos demos permiso para vivir una alegría indescriptible, para que vos y yo seamos aquello que tanto nos gustaría para toda la humanidad. 
¿Y cuándo sucede esto? Al decirle sí. 

domingo, 26 de abril de 2015

EL MOMENTO DE LA GRACIA


Por Emmanuel Sicre, sj
El momento de la gracia es el de “caer en cuenta de”. Es un instante de fronteras movedizas que uno no puede atrapar, sino que siente “es atrapado en la propia interioridad”. Es tomado desde lo profundo. Es hoy... 
Cuando caemos en la cuenta de la gracia que nos habita percibimos un plus de nosotros mismos, algo no inventado por nuestra mente, no generado por lo que pudimos hacer ni ser, sino donado, dado desde adentro como un borbotón de agua fresca que nos nace.
El momento de la gracia es el asalto de la conciencia que nos avisa de la bendición de Dios que con su Espíritu está obrando incesante en nuestra vida.
¿Y qué hace el Espíritu en nuestro interior más íntimo?
Nos regenera,
nos repara,
nos justifica,
nos salva,
nos vivifica y desata,
nos dota,
nos consuela,
nos eleva,
nos ahonda,
nos abre a más…

Por eso quien se abre al Espíritu que lo habita, comienza a mirar con amor al otro e intenta repararle sus grietas.
Pretende justificarlo desde su dignidad de hijo porque vio su dignidad.
Busca salvarlo a pesar de sus errores, como hace el Padre con él.
Quiere que sea vivificado e insuflado en la plenitud de la vida que siente surgir en sí mismo con libertad.
Lo ayuda a que descubra su inagotable ser lleno de posibilidades.
Intenta por varios medios consolarlo de sus sufrimientos.
Desde donde ha sido puesto por la acción de Dios, busca atraerlo hacia la cima del amor.
Quien se abre al Espíritu mira con “ojos de Reino” las honduras de la realidad y lo desea para el otro, por eso comunica.
Quien se abre al Espíritu indaga con cariño y firmeza por esa fisura interior que todos tenemos, en busca del manantial donde brota el agua y la sangre de la vida albergada en cada corazón…

domingo, 12 de abril de 2015

¿UN DISCERNIMIENTO SEXUAL DESDE JESUCRISTO?

Criterios para pensar sobre la sexualidad desde una perspectiva cristiana

Por Emmanuel Sicre, sj

Cuando estamos en una encrucijada nos viene la clásica pregunta “¿qué hago?”, o “¿qué está bien y qué está mal?”. Y pasamos mucho tiempo pensando las posibilidades. Este es un proceso de discernimiento en el que nos encontramos más de una vez en nuestra vida. Al mismo tiempo, cuando sumamos la voz de Dios a nuestras reflexiones hacemos un ejercicio de discernimiento espiritual.

¡Cuánto más problemática se vuelve esta pregunta si la enfocamos al tema de la sexualidad y la afectividad! ¿Por qué? Porque esta dimensión humana fundamental y constitutiva ha sido muy descuidada en casi todos los niveles: biológico y antropológico, emocional y sicológico, intelectual y conceptual, individual y social, espiritual y religioso. ¿Qué nos pasó para que esto tan importante para la vida se convierta en un problema? He aquí una primera intuición: estamos hablando de la vida en su aspecto más dinámico, potente y maravilloso.
 ¿Qué sucedería si nos dedicamos a explicitar algunos puntos de discernimiento humano-espiritual que nos ayuden a percibir y analizar esta realidad de manera tal que nos permitiera orientar nuestra respuesta concreta a la pregunta "qué hacer con la sexualidad y afectividad"?  Surgirán replanteos de algunas precomprensiones,  y lograremos dilucidar por dónde es que se nos cuela el mal espíritu (que sólo busca someternos, esclavizarnos y provocar infelicidad, tanto a nivel personal como colectivo).
 Reconocer el proceso
En primer lugar, hay que reconocer en qué etapa del camino de mi vivencia sobre la propia experiencia sexual y afectiva me encuentro. Tal vez algunos aún no se han preguntado mucho, otros quizá demasiado, habrá quienes ya tienen una larga tradición de terapias sobre el tema, otros que por primera vez se plantean estas cosas en relación con otras dimensiones personales, como la espiritual.
¿Qué significa para mí ser una persona sexual? ¿Cómo ha sido mi historia con esta dimensión? ¿Qué sé, qué me intriga? ¿Qué desconozco aún? ¿Cómo me gustaría que fuera esto? ¿Qué se me dificulta y es como una cruz? ¿Qué tentaciones vivo? ¿Tiene el Dios de Jesús un lugar en esta dimensión de mi vida?
Es probable que surjan los primeros temores. En este sentido, es necesario desplazar el miedo, para poder pensar y tomar con libertad estas cuestiones a fin de que ganemos en confianza. 
 Atender a las voces del discernimiento

Discernir sobre la vida sexual implica distinguir con agudeza algunas voces que intervienen y que casi todos escuchamos en nuestra vida: las voces de cómo me enseñaron (o no) sobre este tema a nivel familiar y escolar; las voces de lo que dice la religión que aprendí; las voces de los medios masivos de comunicación y redes sociales; las voces de las personas que me rodean; las voces del mal espíritu; y por último, notemos la más importante, la voz de mi propia conciencia donde Dios se comunica conmigo de una manera especial.
¿Cómo encontrar en medio de este bullicio de voces aquellos criterios que me ayuden más a vivir mi sexualidad en paz y plenitud? ¿Es tan fácil seguir la voz de la conciencia donde Dios habita cuando la cosa no es tan clara?
En este sentido, es necesario decir que la voz del Espíritu de Dios siempre actúa trayendo serenidad, calma, luz, claridad, orden y armonía sobre un determinado aspecto en un proceso lento. La voz del Espíritu inquieta de manera suave pero firme e insistente cuando hay algo que está desordenado en nuestra vida, a diferencia de la voz del mal espíritu que remuerde la conciencia dejándola tirada por el piso sin poder levantarse por la culpa. La voz de Dios es sincera, honesta y amable para hacernos caer en la cuenta de lo que nos hace más humanos. La voz de Dios nunca es intimista y solitaria, siempre busca el vínculo y lo sana, lo restaura e invita a la comunión y la comunicación con otros. A diferencia de la voz del mal espíritu que siempre trabaja en el secreto y ocultando de manera irracional apurando los procesos.
Actitudes ante las voces
Por lo general, lo que nos pasa es que abandonamos la responsabilidad de escuchar la voz de la conciencia y la ponemos fuera de nosotros. No sólo por pereza, sino porque muchas veces tenemos temor a las consecuencias. Es el caso de aquel que en vez de buscar consejo en un sacerdote, por ejemplo (u otra figura de autoridad moral), le pregunta qué es lo que está bien o está mal para ver si hay otro que le resuelva el problema del discernimiento. O la situación de aquellos que buscan en un "catecismo" (o sistema regulativo-legal) qué es lo que tienen que hacer como si fuera un recetario de comportamiento seguro. También le pasa a aquellos que nunca se cuestionan nada porque creen que todo es relativo y da lo mismo, y nadie les puede sugerir qué hacer, ni siquiera ellos mismos y se dejan llevar por el momento. O aquellos que creen perder identidad si hablan de esto. Por eso actúan de manera individualista y olvidan su entorno.
En estos casos lo que está desajustado es la relación consigo mismo y con los demás en la sociedad, porque no se asume el discernimiento que conlleva toda decisión importante tomada con responsabilidad. Además, creen que sus acciones no tienen repercusiones más allá de ellos mismos.
 ¿La sociedad en mi intimidad?
 Alguno podrá preguntarse, quizá, qué tiene que ver la sociedad en mi vida íntima. En realidad nos han hecho creer que la sexualidad es un tema de “intimidad” que no se habla sino es cuando hace falta y bajo un cierto tabú, disfrazado de “respetismo”, difícil de quebrantar. Y lo que la realidad pone en evidencia, a partir de los múltiples círculos en que nos movemos, es que la sexualidad está recorriendo todos los capilares de nuestra cultura porque forma parte de nuestra vida cotidiana: en las redes sociales, con las amistades, con el humor, con la religión, con la escuela, con las salidas, con la publicidad, la TV, el cine, el arte, el deporte, y un largo etc.
En verdad el tema de la sexualidad no es un tema personal solamente, sino social, y merece atención para que podamos crecer como comunidad humana. Por lo general, lo tratamos de manera privada, pero las consecuencias no son individuales sino públicas y colectivas. O si no ¿por qué se dan tantas heridas en este campo y se resuelven hiriendo a otros por el mismo lugar en que fuimos heridos, haciendo de la convivencia humana un caos?

Discernir la sexualidad de cara a Cristo
El objetivo de mi discernimiento tiene que ser lo más claro posible: discierno para saber qué hacer, y qué es lo bueno para mí y los demás en este momento de mi vida, de cara al Dios de Jesús.
Por eso me tengo que preguntar: ¿para qué quiero pensar, meditar u orar sobre este aspecto de mi vida? Quiero liberarme de culpas malsanas que me torturan para vivir con plenitud mi sexualidad y ser más consciente de lo que hago. O deseo aclararme sobre algunos puntos concretos que me afectan en mi relación con los demás. O tengo que tomar una decisión dentro de mi propio proceso. O tal vez, quisiera saber qué es lo mejor en mi relación con otra persona. O bien me gustaría descubrir lo que Dios quiere de mí en esta dimensión. En fin, cada uno sabrá.
Una vez que se pueda aclarar en dónde estoy parado en verdad y sin engaños, y cuál es mi deseo es que puedo continuar con mi discernimiento. (NOTA: Es posible que a medida que vaya remando encuentre nuevas perspectivas y luces, que me amplíen la mirada y me ayuden a llegar a un puerto quizá más prometedor y fecundo que aquel al que pretendía llegar. Esa es la aventura de discernir con el Dios de Jesús).  
El criterio para discernir de cara a Cristo lo tiene a él como fundamento. Hay que ponerlo a él en el centro de la mirada y desde allí discernir. ¿Cuál habrá sido la actitud de Jesús respecto de la sexualidad humana? ¿La habrá condenado, despreciado y restringido? Seguramente no se habrá parecido a la actitud de la religión judía de su tiempo un poco desviada hacia la hipocresía que él mismo ataca. ¿Será que difiere, quizá, de la actitud de la religión en la que fui formado que da la impresión de pedirme “imposibles”?
La actitud de Jesús es siempre de acogida misericordiosa con la persona que busca honestamente salud, salvación, luz, paz, liberación, esperanza. Si lo busco también en las zonas incomprendidas de mi sexualidad, seguramente él me dará luces, pero si no lo dejo entrar en contacto con todo lo que soy el proceso de transformación interior queda disminuido.
 Jesús lo único que parece no soportar es la hipocresía, y por eso los evangelistas lo ponen discutiendo tanto con las autoridades religiosas de su época. Su relación con las normas de su época es, al parecer, conflictiva porque habían ahogado al ser humano en un esquematismo legal. Por eso, si bien se cuida de no contradecirlas en su contenido, lo que hace es ubicarlas en el verdadero plano de aplicabilidad, es decir: estar al servicio de los hombres para encontrarse con Dios y no al revés.
Jesús quiere que las personas descubran que tienen un Padre Bueno que los ama sin medida, que los quiere felices porque así los creó, y que está dispuesto acompañarlos en sus sufrimientos ofreciéndoles una vida que nadie más podría darles. Jesús nos revela la fascinación de Dios Padre por cada uno de los hombres. De allí su centralidad en la persona humana. Nunca veremos a Jesús destruyendo la sicología de alguien para que cumpla una norma, todo lo contrario, libera, desata, abre, ubica, confronta, corrige. Y esto también sucede en el plano de la vida afectivo-sexual.
¿Será del Dios de Jesús que tengamos que escondernos de la sexualidad y verla como pecado si es creación suya? ¿Acaso existe algo en la persona “intrínsecamente malo” para los ojos del Dios de Jesús? ¿Será el Dios de Jesús un ciego que no quiere salvarnos de aquello que nos esclaviza en nuestro comportamiento sexual? ¿Será del Dios de Jesús que tengamos que cumplir normas sin saber por qué, o simplemente porque nos dijeron sin hacer un proceso de reconocimiento personal de lo que significan para mi vida? ¿Será del Dios de Jesús que tengamos que vivir una doble moral porque no podemos congeniar nuestra experiencia sexual con lo que proponen ciertas normas sobrevaluadas por algunas sicologías excesivamente rígidas? ¿Será del Dios de Jesús que todo lo que llamamos pecado se ubique de la cintura para abajo sin distinciones? ¿Es acaso el Dios de Jesús un obsesivo sexual que está pendiente de todos mis comportamientos genitales de tal manera que me mira y me acosa? ¿Será el Dios de Jesús un Dios desinteresado de mí y que le da lo mismo lo que haga con mi cuerpo y el de los demás cuando lo tomo como un objeto de mi placer egoísta? ¿Será el Dios de Jesús permisivo y hedonista que no asume el dolor y el fracaso humano? ¿Será el Dios de Jesús un juez condenador que anda persiguiéndome para que haga sacrificios de modo que no se enoje conmigo? Al parecer este no es el Dios de Jesús, debe ser otro diosito barato.
Quizá alguno piense que estamos haciendo una apología del libertinaje sexual. No hace falta, eso ya lo han hecho otros. Lo que queremos poner en el centro es la pregunta por el discernimiento sexual de cara a Jesús.

Las consecuencias de no discernir
 En efecto, no intentamos dar respuestas a las cuestiones personales, sino abrir el abanico para que el discernimiento sexual-espiritual forme parte de las preguntas de la vida de los jóvenes (y por qué no de algunos adultos), y no que las consecuencias decidan sobre la vida personal. Como sucede cuando los embarazos indeseados interrumpen procesos de madurez de los adolescentes, o cuando la cantidad de anticonceptivos y el latex trastocan el sistema sexual, o cuando las enfermedades de transmisión o trastorno sexual llegan a los cargos públicos, o cuando la ignorancia religiosa de algunos perturba la sicología de los más jóvenes en la confesión, o cuando se destrozan las vidas de quienes continúan aquí y otras de quienes Dios recibe con amor allá, o cuando sólo se considera pecaminoso lo que tiene que ver con el comportamiento sexual y se olvidan los compromisos sociales y políticos que son un omisión cristiana grave, o cuando la pornografía resuelve la soledad y da un modo erotizado de relacionarse con las personas, o cuando las miles de formas de abuso que un varón o una mujer ejercen terminan por desconocer el amor gratuito y desinteresado. Cada uno podrá continuar la lista.
Si no ponemos en la mesa las cartas de este ámbito vital para la comunidad de creyentes, tendremos que sufrir las consecuencias de una catequesis normalista basada sólo en reglas y no en la vida de las personas de cara a Jesús, de una Iglesia jueza de las decisiones que no toma, de unos proyectos de vida truncados, de unos sacerdotes y monjas mal formados, de unos docentes indiferentes, de una sociedad traidora de las conciencias, de unos machismos inadecuados, de unas enfermedades esterilizantes para el mundo, de una educación sexual genitalista y cientificista separada del ser humano total, de un patrón de conducta animalizado y poco pensante, de unas conciencias retorcidas y culpógenas que sólo ven pecado en lo sexual, de unos inconscientes entretenidos con sus fantasías reprimidas, de unas paternidades irresponsables y unos “hijos sorpresa”, de una ignorancia atroz en el manejo de las emociones que provocan desastres familiares, y lo que es peor, de personas que se las arreglan como pueden sin esperar vivir en este ámbito la plenitud gozosa y fecunda que el Dios de Jesús quiere para cada uno de nosotros, en cada etapa de nuestra vida.

domingo, 1 de marzo de 2015

LA CUARESMA DE LOS GORDOS


(oración letánica para adelgazar de uno mismo y llenarse más del Dios Pascual)

por Emmanuel Sicre, sj

Es probable que muchos de los que hemos entrado ya en plena preparación para la Pascua, único sentido de la cuaresma, necesitemos una ayudita para que cale más hondo el momento del sentido espiritual de este tiempo. Vaya aquí esta oración de la cuaresma de los gordos:


Señor de la Plenitud,
Ayúdame a preparar mi corazón repleto de accesorios que la cultura del consumo en la que vivo me ofrece.
De la gordura de afectos desordenados, líbrame Jesús
De la gordura de imágenes sensitivas, líbrame Jesús
De la gordura de actividades sin sentido, líbrame Jesús
De la gordura de quejas incesantes, líbrame Jesús
De la gordura de prejuicios malsanos, líbrame Jesús
De la gordura de tristezas pegajosas, líbrame Jesús
De la gordura de caras de trasero, líbrame Jesús
De la gordura de insensateces, líbrame Jesús
De la gordura de placeres pasajeros, líbrame Jesús
De la gordura de mal humor y mal genio, líbrame Jesús
De la gordura de egoísmo autocentrado, líbrame Jesús
De la gordura de reclamos y reproches, líbrame Jesús
De la gordura de críticas destructivas y condenas, líbrame Jesús
De la gordura de resentimientos históricos, líbrame Jesús
De la gordura de gastar dinero porque sí, líbrame Jesús
De la gordura de dobles discursos, líbrame Jesús
De la gordura de la envidia y los celos, líbrame Jesús
De la gordura de autojustificaciones permanentes, líbrame Jesús
De la gordura tecnológica, líbrame Jesús
De la gordura de superficialidades y distracciones, líbrame Jesús
De la gordura de culpas insanas, líbrame Jesús...

Y de afecto por los que me rodean, lléname, Dios de la Pascua
Y de imágenes de vida plena rodeándonos, lléname, Dios de la Pascua
Y de actividades para amar y servir, lléname, Dios de la Pascua
Y de oraciones por los que sufren, lléname, Dios de la Pascua
Y de deseos de salvar al otro más allá de sus acciones, lléname, Dios de la Pascua
Y de nostalgias superadas por la aceptación, lléname, Dios de la Pascua
Y de sonrisas resucitadas, lléname, Dios de la Pascua
Y de sentido y sensatez, lléname, Dios de la Pascua
Y de placer de encuentro con los demás, lléname, Dios de la Pascua
Y de humor que haga la vida llevadera, lléname, Dios de la Pascua
Y de salida de mí mismo, lléname, Dios de la Pascua
Y de reclamos por los los que sufren injusticias, lléname, Dios de la Pascua
Y de críticas que construyen la vida y liberan las trabas, lléname, Dios de la Pascua
Y de perdón por las heridas que me causaron, lléname, Dios de la Pascua
Y de deseos de invertir dinero en lo que vale la pena, lléname, Dios de la Pascua
Y de coherencia y testimonio, lléname, Dios de la Pascua
Y de generosidad y gratuidad, lléname, Dios de la Pascua
Y de humildad para aceptar mis límites y equivocaciones, lléname, Dios de la Pascua
Y de conexión espiritual con los que me rodean, lléname, Dios de la Pascua
Y de profundidad para vivir, lléname, Dios de la Pascua
Y de liberación de nuestra libertad, llénanos, Dios de la Pascua

Para amarte más crucificado en los crucificados de la historia,
Para amarte más resucitando en cada uno de nosotros, 
mientras esperamos la feliz memoria de la vida definitiva que nos ofreces cada día!!!

Amén








miércoles, 25 de febrero de 2015

Silencio y paz…


Medito en lo impotente que uno se siente ante la muerte y lo pequeñas, e inútiles, que son las palabras frente al dolor.

No nos queda nada más que suplicar consuelos que el corazón siempre necesita, mientras la memoria haga la labor de emparchar los agujeros de la ausencia.
Sin embargo, en este momento sólo es importante una cosa: SILENCIO Y PAZ.
Que nada más llene el corazón que ya tanto ha llorado. Es dejar de respirar sollozando para empezar a tomar el aire despacito, es empezar a mirar la naturaleza que nos habla de vida ante tanto dolor por la muerte, es empezar a creer en ese abrazo que vendrá al final cuando todos seamos felices en la casa del Padre.
Es mirar el rostro de Jesús y en él contemplar la vida de los que quedamos, los que nos sentimos solos y desamparados, desesperados ante algo con lo que nada podemos hacer: sólo SILENCIO Y PAZ.
Será empezar a callar las voces violentas que nos susurran al oído y contar con el sonido armonioso del corazón que, de apoco, se va adueñando de sí y se pone a llorar en silencio.
Dios, sin dudas, no quería esto, es la vida la que nos ha jugado una mala pasada.
Hoy es hora de callar y esperar que el recuerdo y el tiempo hagan su trabajo como abejas que, muy despacio, crean una nueva miel para los ojos, para la boca, para los oídos, para el corazón…
Hoy nos queda Silencio y Paz, certeza de que Dios recibe siempre a todos y que lo puso cerca suyo para que de ahora en más nos empiece a bendecir de una manera diferente.
Que el Señor calme esos llantos y que lento reponga las fuerzas, que se adueñe del dolor y lo haga santo respiro de sus llagas.

Que el consuelo que ya está tejiendo el Señor del silencio cubra los días que vienen…

domingo, 22 de febrero de 2015

EL CONFLICTO SEXUAL DE LOS JÓVENES CRISTIANOS


Por Emmanuel Sicre, SJ

Tomaremos, en la medida de lo posible, con gran respeto, dedicación y simpleza un tema complejo que merece provocar reflexión, conciencia, y atención espiritual: la situación de conflicto con la sexualidad de algunos jóvenes cristianos. Lo más probable es que no abarquemos todo lo que este tópico implica, y también puede suceder que quizá no satisfaga todas las demandas que surgen al respecto.

La cuestión es tan importante que a lo largo de la historia reciente, sobre todo a partir de la revolución sexual de los años sesenta, se han intentado abordajes muy diversos de parte de los ámbitos religiosos, psicológicos, biológicos, pedagógicos. Algunos más acertados que otros, pero siempre resulta un tema que conlleva debates, miedos, exageraciones o retrocesos dado que se trata de la vida en su plano de la intimidad.

Comencemos a preguntarnos de manera radical: ¿evitaremos pensar con responsabilidad en algo que nos constituye como personas en nuestro nivel de desarrollo bio-psico-afectivo-religioso-sexual? ¿Dejaremos que los tabúes, la ignorancia biológica y teológica condicionen nuestros comportamientos y comprensiones de la vida sexual? ¿Relegaremos a la “pornografía” y a ciertos textos silenciosos la educación en este campo? ¿Quitaremos la vista de las consecuencias que trae para la vida de todos y cada uno este tema si no lo tomamos en serio? ¿Ignoramos acaso que muchas vidas inocentes terminan porque sus padres no supieron qué hacer con su sexualidad? Las culpas poco sanas que se generan al no poder abordar este tema con naturalidad, seriedad y habilidad, nos llevan a los extremos de una represión disfrazada de discreción, procesos adictivos y de un libertinaje pintado de libertad. Es necesario crecer en este aspecto de comunicabilidad porque si no sigue ganándonos el mal espíritu.

No podemos olvidarnos, siguiendo la lógica del mercado del entretenimiento sexual, por ejemplo, de que el exceso de estímulos eróticos destinados a provocarnos placer en todo nivel: biológico, psicológico, social, espiritual, buscan que evitemos la reflexión de la conciencia, porque así se logra que sean los instintos, en desconexión con el resto de las dimensiones de la vida, los que gobiernen nuestras decisiones. Por eso se da con tanta frecuencia, un encuentro genital precoz respecto de la madurez psicológica y una paternidad temida y no deseada. Sin la mediación de la reflexión y de la apropiación del propio proceso de desarrollo no hay posibilidad de crecimiento auténtico en el placer de la vida. Porque el placer que proporciona esta lógica inmadura dura muy poquito.

El conflicto

¿En qué nivel se da el conflicto de los jóvenes cristianos que han recibido una educación religiosa en tensión “negativa” con lo que experimentan sexualmente? La dificultad se plantea a partir de la experiencia de una doble moral, es decir, de un doble comportamiento en el cual sostengo racionalmente algo aprendido (y hasta puedo llegar a reproducirlo), pero no puedo vivirlo en la dimensión afectiva de mi vida. Más específicamente sería: debo respetar mi cuerpo y el de los demás porque son creación a imagen de Dios; no debo consentir en pensamientos impuros; debo casarme para procrear y elegir a una sola persona para toda la vida; no debería tener relaciones prematrimoniales; pero me cuesta no masturbarme con pornografía o prostitución, ni usar el cuerpo del otro o el propio en una noche de salida, no puedo controlar mis fantasías, no sé bien cuál es el drama de usar métodos anticonceptivos como el preservativo o las pastillas mientras estoy en pareja, no sé cómo ser fiel al otro y tengo problemas de celos y autoestima.

Muchos de los jóvenes cristianos buscan respuestas en lo que “dice” la religión pero sólo encuentran trabas a su situación. No esto, no aquello. Otros no conocen tampoco qué es exactamente lo que se dice, pero intuyen que es algo que los coarta, por lo que prefieren prescindir de saber y hacer su propio camino más aisladamente.

Las consecuencias de este conflicto son múltiples: me termino alejando de la fe porque es un corsette que no me deja ser libre, Dios se me convierte en un ser que vigila y castiga mis pensamientos y comportamientos sexuales, pierdo mi sentido espiritual del encuentro con el otro y aquella experiencia de fe que decía tener ha quedado como algún pueblo visitado en el pasado de mi vida. Hay quienes buscan sostener su fe en un grupo o personalmente permaneciendo en la religión, pero deciden resolver el conflicto perpetuando una doble vía paralela donde Dios-fe-religión-espíritu (asociado a pureza-claridad-limpieza-inmaculado) van por un lado, y sexo-genitalidad-afectividad-erotismo (asociado a  pecado-sucio-cochino-oscuro) van por otro y ni por casualidad se pueden entrelazar. ¿No es esto una verdadera “esquizofrenia moral”? Situación que se da en muchas interioridades estén o no cerca de la fe cristiana porque responde a un problema de nuestra cultura.

De hecho, la tradición en la que hemos sido formados nos constituye como personas y es desde allí donde nos relacionamos con los demás y con la vida. Pero, en la historia, las tradiciones de educación son vastísimas al nivel de que en una misma familia se dan modos de comprender el mundo y a las personas distintos. ¿No plantea un problema a la conciencia humana que se está formando el hecho de que no pueda cuestionar sus propios fundamentos por miedo o pudor? ¿Qué clase de temor es aquél que anula una reflexión sobre determinada conducta, pensamiento, análisis, evitando meditar, reflexionar, contemplar, e incluso, orar, las propias bases sobre las que se asientan las creencias que tenemos sobre la vida, y en este caso sobre la sexualidad?

Es evidente que necesitamos formarnos, grandes y jóvenes, en una visión sobre la sexualidad que responda a los cuestionamientos reales del mundo, sin miedo a que nos roben nada. Con una mirada positiva y cristiana sobre el cuerpo, la sexualidad, los afectos y el amor. Si no, cómo pretendemos que la vida en abundancia que nos promete el Dios de Jesús penetre nuestra realidad presente y futura.

¿Qué hacer?

Es evidente que tenemos que preguntarnos “qué hacer”, para ser fieles a nuestro objetivo inicial de provocar reflexión, conciencia, y atención espiritual sobre este tema.

Reflexionar sin temores y desplazar el sentimiento de culpa predominante (reconocido o no) en la mayoría de los casos, por uno de confianza en la vida que nos circula. Tomar mi ser sexuado, mis pulsiones, mis afectos, mis fantasías, mis represiones, el otro, mis sueños, mis placeres, mis preocupaciones, mi genitalidad, mis dudas y conflictos; y ponerlos delante de mí mismo. Conocerlos, no taparlos, mirarlos y describirlos para mí mismo. ¿Qué me pasa con esto? De a poco irá bajando la tensión que pueden llegar a provocar estas cosas. Y cuando esté preparado comenzar a comunicar lo que vivo con alguien que me dé confianza y no me juzgue.

Preocuparse por conocer más sobre una vivencia plenificante de la dimensión sexual y de la fe en Jesucristo, que no están nunca en conflicto. Porque cuando nos dice “he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10,10) está hablando a cada una y a todas las personas del universo, en todas las dimensiones de ser humanos. Tenemos que saber que el conflicto se da porque por sobre el nivel de la experiencia de mi sexualidad y mi genitalidad, se han “añadido” normas religioso-morales sin ser reflexionadas de verdad, sobre su fundamento real, por eso carecen de sentido vital y no me dicen nada más que “prohibición”. Evidentemente esta reflexión no es sencilla, hace falta leer algo, preguntar, formarse; pero no hacerlo es una negligencia que se paga con infelicidad culposa y reproducción de esquemas de injusticia respecto de las conciencias. Hay que buscar visiones diversas sobre estos temas de tal manera que pueda hacerle preguntas apropiadas a mi interior para crecer. Porque quien responde al amor de Dios no es la norma que asumo, sino la conciencia con la que discierno.

Darnos tiempo para una atención espiritual sobre mi sexualidad.  Es decir,  animarme a discernir lo que vivo en esta dimensión de mi vida con el Espíritu de Dios que habita en mi carne. Sabiendo que Dios no se espanta de nada, que nada podrá separarme de su amor (Rm 8, 35ss), que soy su hijo y que quiere que viva con gozo esta vida aquí y ahora, que nunca excluyó el placer sexual de la vida del espíritu, y que la vivencia plena de mis búsquedas está acompañada por el amor que me tiene. Esto significa comprender que no hay nada que no esté habitado por la presencia amorosa de Dios, incluso lo que nos parece lo último, porque esta es la Buena Noticia que nos trae Jesús con su encarnación, al poner por sobre todas las normas al hombre que vive, al hombre real, no al hombre idealizado y perfecto. Es fundamental tomarse este tema con una espiritualidad que discierna a conciencia, sin culpas malsanas, sin autocastigos ni penitencias egocentradas.

Y confiar. Confiar en la vida que nos circula por dentro, en los deseos de fecundad que nos mueven, en el ánimo para amar y entregarse, en el placer y el gozo de dejarse amar y conquistar por el cariño de otros. Confiar con esperanza que no hay nada de mí que no sea un buen trampolín para encontrarme con el Dios del amor. Porque Dios está a la puerta y llama, incluso a la puerta de tu sexualidad, si lo oyes y le abres, entrará, y cenarán juntos en el banquete de la vida. (Ap 3, 20)