domingo, 29 de mayo de 2016

¿POR QUÉ LA MISA ABURRE? De la misa a la eucaristía

Por Emmanuel Sicre, SJ

En el contexto de la desmedida cultura del entretenimiento, de la banalización de las tradiciones, de la autoridad deslucida de los relatos fundadores de identidad, y de la inflación de un ego desilusionado de sí mismo, la misa se encuentra rodeada y cuestionada. Especialmente, por los espíritus más jóvenes. Lógico, son ellos los que reclaman el sentido a los mayores y los que señalan las grietas de la realidad que están heredando.


La misa viene sufriendo desde hace tiempo los efectos del contexto de manera contundente. El hecho de que en más de una celebración nadie conozca, ni le interese conocer muchas veces, a nadie, se llama individualismo. Que la misa sea un acto particular al que cada uno va a hacer lo suyo y no mueve un pelo del compromiso social, se llama privatización de fe. Que todo esté centrado en el sacerdote y el resto sólo pueda participar ayudándole a algo que él podría hacer perfectamente solo, se llama clericalismo. Que nadie comprenda bien el porqué de cada movimiento, de cada palabra, de cada gesto y se limite a repetir automáticamente, se llama ritualismo. Que uno vaya a misa pudiendo no haber ido y sentirse igual al salir, se llama pasividad. Que algunos sientan el peso de tener que ir por precepto, o sentir culpa por no ir, o enojarse porque no quieren que los presionen a hacer algo que no quieren, se llama obligatoriedad. Que se controle las conciencias, se llama impiedad. Que algunos atribuyan a la misa efectos mágicos al encerrarse en el templo olvidándose de los demás, se llama devocionalismo. Que aún se pague por misas a difuntos u otras cuestiones, que se les rece una determinada cantidad, o que el cura reciba por cada misa celebrada un estipendio, se llama mentalidad administrativa. Que el marco formal de cada memoria patria o familiar incluya una misa porque toca, se llama ‘misismo’. Que el cura someta a los fieles a escucharlo incansablemente, se llama autoritarismo. Y así…
Ante este panorama se hace evidente que hay que cambiar de paradigma, y atender a que el culto debe ser una expresión antropológica de la existencia humana. Hay que llevar a cabo una liturgia que sea fuente y culmen de una vivencia personal y comunitaria. Es necesario tener la experiencia de celebrar el sentido que renueva la historia cotidiana. Es decir, pasar de la misa a la eucaristía.
Este cuestionamiento al que nos lleva el contexto actual nos remite a la pregunta tan refrescante por los orígenes de la eucaristía. ¿De dónde viene? ¿Qué se hacía en ella? ¿Acaso Jesús también aburría con sus ‘misas’?

Lo humano de la eucaristía: comer y beber juntos



Pensar que la eucaristía cayó del cielo como el maná del Antiguo Testamento no puede ser más que una metáfora. La raíz de la eucaristía encuentra en las acciones humanas del comer y beber juntos su realidad más próxima.
En este sentido, todo comenzó compartiendo la mesa. Y un acto tan cotidiano como el de comer y beber juntos es el fundamento de toda humanización. Porque no comemos solo para alimentarnos biológicamente, sino porque en la mesa también nos nutrimos de la vida compartida.
La mesa, además, es símbolo de socialización porque nos hace ir más allá de nosotros mismos como seres individuales. (Todo lo contrario al fast food de la cajita feliz personal). El compartir una mesa larga de domingo entre amigos y familiares, sin tiempo, hace para todos la casa feliz.
Lo impresionante de esta realidad del convivir en la mesa, es que se trata de algo que va más allá de las culturas que son las que le dan el color particular a un hecho global como es sentarse a comer y beber. En efecto, esto es lo que hace que dicha vivencia sea algo que nos lance a una experiencia religiosa y profundamente trascendente, por eso la mesa es símbolo de celebración, de fiesta, de conmemoración, de encuentro, entre quienes tienen un vínculo real.


El comer y beber juntos de Jesús



Sin embargo, nos preguntamos ¿qué relación tiene la mesa de cada día con la celebración de la eucaristía? ¿Qué tiene que ver Jesús aquí? ¿Es la eucaristía un invento de la religión? ¿Por qué la última cena de Jesús con sus discípulos?
Siendo fieles a la historia, sabemos por lo que nos cuentan Pablo, primero, y los evangelios después, que la última cena de Jesús fue un hecho histórico. Más allá de los énfasis de cada uno, la cuestión es que Jesús tuvo una cena de despedida con sus amigos en donde pasó algo muy significativo que no se ha perdido de vista hasta ahora. ¿No llama la atención que desde hace dos mil años se esté conmemorando este hecho? La verdad que sí.
Resulta que la última cena de Jesús con sus seguidores fue la parábola más clara de lo que había sido toda su vida. ¿Por qué? Porque es en aquella mesa donde Jesús se pone a servirles indicándoles que Dios ha venido perdonar a los arrepentidos, a incluir a los marginados, a curar a los enfermos, a llamar a los necesitados de amor, justicia y paz. Porque es en aquella mesa donde el pan se parte y se reparte señalando cómo es que él quería quedarse entre ellos, haciéndolos una comunidad de hermanos y hermanas. Porque en aquella cena comenzó a girar el vino haciendo que todos bebieran de la misma copa, y con este gesto se revelaba que, para vivir en alianza con él, hay que compartir la misma suerte de entrega absoluta a los demás. Con esta cena se condensaba todo el sentido de su anuncio del Reino de Dios.

Comer y beber juntos después de Jesús



Los primeros creyentes en Jesús después de su muerte y resurrección comenzaron a reunirse y a recordar a su maestro. Una vez que había pasado la angustia de la pasión, sintieron la memoria viva del Señor como una presencia clara de Jesús resucitado. Fue esta experiencia la que los llevó a congregarse en pequeñas reuniones a las que llamaban comunidad de mesa para compartir y celebrar la herencia recibida en el mensaje y la vida del resucitado.
Fue así que, según donde se iba regando la noticia de un tal Jesús por la acción de los misioneros como Pablo, se constituían comunidades de creyentes en esta nueva noticia de Dios que había venido en la persona de Cristo a salvarlos de sus debilidades. Fue en estas reuniones donde comenzaron a comprender que lo de Jesucristo no había sido un sacrificio expiatorio de autoinmolación violenta al que su Padre lo había obligado; sino que era un ofrecimiento de amor gratuito de un hijo agradecido y de autodonación generosa para restablecer el vínculo de Dios con los seres humanos, que sus propias fragilidades habían dañado. Por eso, la muerte y resurrección de Jesús es el punto de inflexión de toda la historia.
La eucaristía de las primeras comunidades recogía en la mesa la acción de gracias por este servicio tan grande y definitivo que Jesús había hecho; a la vez que celebraba su presencia resucitada, anunciaba la buena noticia que él había anunciado a través de los relatos de su vida (la Palabra), y les hacía vivir lo que él les recomendó hasta que volviera: la fraternidad, el ser hijos de un mismo Padre. Sin embargo, desde los inicios no fue fácil comprender esto y Pablo los regaña porque las mesas se habían convertido en motivo de borracheras y olvido de los más necesitados de la comunidad. (Cf. 1Co 11).

Comer y beber juntos hoy: sin vínculo no hay eucaristía


Hasta aquí el contraste con el planteamiento inicial pareciera irreconciliable. ¿Qué de comunitarias tienen nuestras eucaristías? ¿Qué de todo esto celebran nuestras misas preocupadas, muchas veces, por superficialidades? ¿Qué nos queda de la eucaristía como banquete del Reino de amor, justicia y paz? ¿No sería vital pasar de la misa a la eucaristía? ¿No estaría bueno acaso que nuestras reuniones eucarísticas tengan esa fragancia de abrazo, de comunión, de entrega para vivir la vida cotidiana de una manera más luminosa para el mundo?
Decimos, sin miedo a equivocarnos, que sin vínculo no hay eucaristía. Si la vida, muerte y resurrección de Jesús restableció nuestro vínculo con Dios para siempre, la eucaristía es el símbolo incompleto de esta realidad. Incompleto porque hasta que todos no puedan compartir el banquete del Reino de Jesús ya sea por hambre, por injusticia, ignorancia, o cerrazón, en la fiesta nos faltan seres por querer. Por eso es necesario descubrir la íntima unidad que hay entre la mesa compartida y la justicia social, entre la vida vivida y la celebración litúrgica, entre la experiencia religiosa y la sed de alianza con el Dios de Jesús. Esta es, en términos antiguos, la verdadera sustancia del cuerpo y sangre de Jesús: vivir la entrega hasta dar la vida para que seamos la familia humana que el Buen Dios soñó desde siempre.  

(En acción de gracias por lo estudiado en la Javeriana con Víctor Martínez, sj)


jueves, 26 de mayo de 2016

CÓMO ACOMPAÑAR LOS PROCESOS DE APRENDIZAJE DESDE LA PERSPECTIVA IGNACIANA. Incluidos e incluyentes

Si quieres leer la conferencia-taller sigue este link:


https://www.academia.edu/25636030/_C%C3%93MO_ACOMPA%C3%91AR_LOS_PROCESOS_DE_APRENDIZAJE_DESDE_LA_PERSPECTIVA_IGNACIANA_Incluidos_e_incluyentes

martes, 24 de mayo de 2016

EL PROBLEMA DE INTERPRETAR A FRANCISCO

Por Emmanuel Sicre, sj

Sorprende a menudo la increíble ligereza y liviandad con la que se interpreta no sólo el magisterio de Francisco (es decir, los textos oficiales de la Iglesia como Evangelii Gaudium, Laudato Si’, y su reciente Amoris Laetitia), sino también, sus gestos y restantes discursos a nivel político y eclesial. Tanto los de derecha como los de izquierda, progresistas y conservadores, doctos e ignorantes… pareciera que todos tenemos algo que decir. Cuando hablo de ligereza y liviandad, no quiero referirme a los periodistas que no ejercen, por lo general, el oficio de interpretar, y que sólo comentan, y, la mayoría de las veces, lo hacen de forma corta y superficial. Quiero referirme a quienes llamamos cardenales, teólogos, obispos, sacerdotes, monjas, catequistas y profesores de religión.
Las tradiciones de comprensión
En el marco de la opinión como derecho de la subjetividad pareciera que las posibilidades son infinitas. Cada uno, sepa o no sepa sobre el tema, puede decir lo que le viene a la mente, juntando algunos pocos conceptos preconcebidos (cuando no prejuicios) y reformularlos con un ropaje nuevo pero con el mismo pensamiento de siempre. Como quien pinta con idéntico color todas las veces.
La cuestión de las tradiciones de comprensión resulta ser aquello que provoca la pluralidad de lecturas que se hacen de Francisco. Y esto pareciera que da para todo. ¿A qué se debe? Por un lado, al estilo simbólico y metafórico con el que a menudo se expresa el Papa, haciéndolo imposible de atrapar en un concepto único, claro y distinto. Los matices que ofrecen sus imágenes hacen justicia a la inagotable realidad siempre tan rica y preñada de sentidos, la de Dios y la nuestra. Y, por otro lado, resulta paradójico porque, mientras que a la mayoría de los fieles les queda muy claro lo que dice Francisco, a los de la academia o la cátedra les cuesta “aclarar” lo que expresa, enredados en sus tradiciones intelectuales y formativas.
Si redujéramos a dos las tradiciones, quedarían en intérpretes historicistas e intérpretes dogmatistas. Los primeros, más cercanos al espíritu que impulsó el Concilio Vaticano II (1959-1965), logran percibir en los textos y gestos de Francisco, la vida del Espíritu, dada su dinámica siempre en movimiento y en marcha en la historia, dispuesta a autocuestionarse y abrirse a lo que Dios pide a la Iglesia hoy. Por eso, los intérpretes historicistas, aman las posibilidades de cambio, aunque solo sean un preámbulo a algo que no se ha visto del todo.
Los intérpretes dogmatistas, en cambio, se sienten más afines al espíritu de las disposiciones venidas del Concilio de Trento (1545-1563) que aún sigue funcionando en la mayoría de las mentes y prácticas religiosas de la feligresía católica. Esta tradición ve algo irrefutable, infalible e intocable en las formulaciones de las verdades de la fe; como si fueran cosas almacenadas en un depósito de alguien que amábamos y al que solo vamos a reverenciar; como si fueran verdades caídas del cielo -todas juntas- y no como producto de una comprensión progresiva (¡después de dos mil años de cristianismo!) que se alcanzó en un momento de la historia de la Iglesia y que hoy no tienen, por lógica, la misma fuerza vital que hace, por ejemplo, un siglo. Así, los dogmatistas, parados sobre una concepción estática de la doctrina, festejan el nuevo impulso solo cuando desempolva sus viejos manuales de moral con los que juzgan los movimientos del Espíritu en la Iglesia. El depósito limpio y ordenado.
Y Francisco, al igual que un artista interpreta lo esencial del Evangelio pero con una música nueva (decía por allí el General de los jesuitas Adolfo Nicolás) que al ritmo de metáfora, símbolo y gesto, comienza a hacer crujir las viejas versiones de la misma partitura. Como cuando escuchamos un tango de Gardel interpretado por Piazzola. Ambos son geniales, pero es notable la diferencia, por muy valiosos que sean.
Al son del discernimiento
Entre estas dos tradiciones -simplificadas aquí-, hoy nos encontramos tratando de oír el ritmo del papado. En mi opinión, la ambivalencia que se registra radica en el lento tránsito que hace la Iglesia para comprenderse a sí misma y su misión. Más allá de la personalidad inclasificable del Papa. Esto provoca incertidumbre, pues, estábamos acostumbrados a una Iglesia poderosa y bien definida. Pasar de ser príncipe en un palacio a un enfermero de hospital de guerra puede ser un poco traumático para algunos.
A nivel doctrinal, lo que está sucediendo es que, por primera vez, se hace tanto énfasis en el discernimiento. Esta es la categoría por la que parece jugarse Francisco, fiel a su tradición ignaciana. El caso de la comunión de los separados vueltos a casar lo muestra claramente. ¿Se les permite o no el acceso al sacramento? Los dogmatistas dicen que no, porque la doctrina lo impide y la doctrina no cambia (cosa falsa si nos acercamos a la historia de la Iglesia, por ejemplo). Los historicistas, en cambio, preguntan a los orígenes del cristianismo para saber cómo se hacía antes, entendiendo que volver a los inicios puede ser una manera de purificar la experiencia cristiana de tanta “crema pastelera”.
Francisco dice que hay que discernir a la luz del Espíritu, hay que ver con los ojos del Padre misericordioso, hay que evaluar y ayudar a las personas a que se hagan cargo cada vez más de su fe y dejen de delegar en el cura las decisiones de su conciencia. Porque este Papa confía más en el santo Pueblo fiel de Dios que en las doctrinas demasiado claras y distintas, que terminan cargando pesos insoportables sobre las espaldas de los creyentes.
Esta homilía en Santa Marta aclara aún más lo que se quire decir: http://www.romereports.com/2016/05/20/el-papa-en-santa-marta-la-verdad-no-se-negocia-nunca
Esta realidad descrita hasta aquí da la sensación de una división en la Iglesia. Pero esto no debe sorprendernos porque, a decir verdad, la Iglesia nunca estuvo unida, materialmente hablando. La diversidad de culturas desde los orígenes cristianos hasta nuestros días hace que sea algo imposible para nosotros. Sólo el Espíritu ha sido capaz de regalarnos el don de la unidad, pero no en el Papa, sino en Cristo. Por eso, algunos católicos tiemblan cuando les cuestionan la infalibilidad del Papa (al creer erróneamente que el papa nunca se equivoca) y rezan a diario para que el papa no meta la pata.
Ya es hora



Es momento de aprender a leer al Papa sin aprovecharse de desviar el agua hacia el propio molino. Agua con la que podríamos ahogar a quien busca honestamente saciar su sed en Dios, demostrando con eso que no nos importa la sed profunda del otro, ni tampoco la actitud de Jesús, quien no cayó en la trampa de las soluciones meramente jurídicas que le planteaban los fariseos. ¿Es lícito?, solían preguntarle. Pero Él no respondía con una ley o un mandamiento, sino, que se remitía a la voluntad del Creador. Jesús no legisla, enseña. Por eso se le reconoce como Maestro, me dijo un buen profesor.
Es necesario dejarse sorprender un poco para que por alguna grieta entre el Espíritu y nos bendiga con su vitalidad. Alguna vez, quizá, podremos abrir los ojos para sentir, como decía la sabia Simone Weil, que “uno no se compromete a amar a Dios, uno cede a ese compromiso operado en uno mismo sin uno mismo”. Incluso en cuestiones doctrinales.

domingo, 24 de abril de 2016

CUANDO LAS COSAS NO VAN COMO UNO QUISIERA...


Mirada esperanzada de una realidad inesperada 
Por Emmanuel Sicre SJ

Más de una vez nos sucede que las cosas toman un rumbo inesperado, poco deseado, que no nos gusta. Si miramos la política internacional no pareciera que haya en realidad un esfuerzo por acabar la guerra o el hambre. Al observar nuestros países vemos que un manto de indignación encubre nuestros ojos, tanta corrupción, tanto revanchismo, tanto egoísmo y desmemoria.
Y así nos vamos acercando a nuestro mundito. Las condiciones en las que trabajamos podrían mejorar, pero a menudo se estancan y nos quedamos en una especie de mediocridad ambiente. Las personas con las que vivimos no son como quisiéramos que fueran. Sin miedo a equivocarnos podemos recodar más de un proyecto por el que apostamos buena parte de nuestras mejores energías mentales, espirituales y físicas, y nada. Se cayó, fracasó o simplemente salió el tiro para otro lado. Como cuando rezamos para que alguien se cure, y pasa todo lo contrario. Entonces, nos invade un sentimiento como de bronca, de hastío, de resignación... Aunque en el fondo quizá sea un dolor no aceptado.
Este sinsabor amarga nuestra sensibilidad que poco a poco se va endureciendo para no volver a pasar por lo mismo. Nos ponemos más bien defensivos, toscos contra la realidad y los demás, y nos involucramos cada vez menos en procesos personales, sociales o estructurales de transformación.
El mal espíritu nos sopla al oído que "siempre me pasa lo mismo", o "a mí nunca me salen bien estas cosas", " a los otros siempre les va bien", “siempre lo mismo”. Y así es que nos suspendemos hasta que aparece algún otro proyectito que nos entusiasme de nuevo. Pero vamos precavidos, como quien se quemó con leche y ve una vaca y llora. A veces tan cautelosos que lo dejamos pasar. Y con los años hasta se llega a adormecer la capacidad de soñar. Todo bien condimentado con el sarcasmo, la ironía y el escepticismo.

¿Qué puede decirnos esta situación? 
Quizá que el fracaso y la decepción no son tan malos como parecen porque pueden llegar a convertirse en una fuente de sabiduría interesante. Experiencias de ruptura son las que nos detienen a pensar, a reflexionar sobre nosotros mismos y sobre los demás, aún con el riesgo de caernos dentro de nuestro ego desilusionado.
En verdad, lo que ha pasado cuando fracasamos es que en algún momento nos adueñamos de la realidad y pretendimos controlarla de tal manera que nos comimos el cuento de que éramos todopoderosos de nuevo, como cuando niños.
Alguna vocecilla traviesa nos dijo que podíamos hacer y deshacer a nuestro antojo, y lo creímos. Por eso, el fracaso en verdad nos cura de la omnipotencia infantil y nos redirecciona hacia lo real mismo. Hacia aquello que no nos pertenece, hacia la necesidad de despojarnos para quedarnos con aquello que es invisible a los ojos.

¿Y entonces…?

Es el momento de agachar la cabeza y empezar de a poco a juntar los pedacitos de nuestro interior herido para rearmarse con paciencia.
Es el momento en que aceptar con humildad ser parte de la realidad y no sus amos nos da la certeza de que caminamos hacia la madurez.
Es el momento de dejar que nuestro pretencioso ‘yo’ se desinfle y descanse en los brazos de quien  puede darle paz.
Es el momento de evitar todo autocastigo alejando cualquier sentimiento de culpa malsana que pueda llegar a hundirnos en la depresión de jugar al todo o nada.
Es el momento de sentirnos pequeños e insignificantes para dejar que sean los vínculos con quienes nos aman de verdad los que nos sostengan y ayuden a pararnos.
Es el momento de reconocer la fragilidad que intentamos maquillar y acariciarla diciéndole: “vamos de nuevo”.

Es el momento de abrirnos y dejar pasar el consuelo de Dios que se va filtrando lentamente por nuestras grietas como un bálsamo que todo lo regenera.
E insistir, e insistir, e insistir…



jueves, 31 de marzo de 2016

LA VERGÜENZA DE TENER FE

Un sentimiento frecuente de los creyentes en el espacio público. 

Por Emmanuel Sicre, sj


¡Qué difícil resulta para algunas personas reconocer su fe ante otros! Tal como si fuera un lunar algo feo en un lugar visible, o un
pariente impresentable, o un defecto que sólo conocen unos pocos en mi entorno. ¿Es que acaso ser creyente trae pocos beneficios?


Creyentes en una sociedad plural

Ser creyente en una sociedad que se dice plural pero desprecia a los que tienen fe porque los considera como bobos, o anticuados, o faltos de lucidez, no resulta nada fácil. Creer en Dios ha devenido la caricatura, muchas veces, de una persona santurrona, abstraída, y fuera de moda que va todos los domingos a misa y sostiene unos valores bastantes cuestionables desde la ciencia, la academia, la política, el mundo del arte y la técnica.
En efecto, por eso en varios momentos de la vida la mayoría de los creyentes desarrolla una doble moral, un doble comportamiento, uno para pertenecer a la sociedad 'plural' y otro para los espacios religiosos que frecuenta. No es justificable, pero se entiende desde el punto de vista de que todos necesitamos ser aceptados, y que la sobrevaloración social a la pertenencia exacerba esta tendencia.
Y se comprende más aún cuando nos preguntamos por el tipo de dios que está detrás de esa creencia, porque a decir verdad el creyente se parece mucho al dios al cual le ‘reza’. A dios-juez, creyente-juez. A dios-castigador, creyente-castigador. A dios-permisivo, creyente laxo. A dios-Ley, creyente legislador. A dios-mágico, creyente iluso. A dios-templo, creyente de sacristía. A dios-sacerdote, creyente clericalista. A dios-sacrificio, creyente negociante. A dios-obsesivo sexual, creyente reprimido. A dios-culposo, creyente culpógeno. A dios-triste, creyente de cara larga. ¡Qué panteón Dios mío!

Creyentes que contagian

Pero qué distinto es un creyente alegre, fecundo, audaz, servidor, orante, amigos de los pobres y humildes, libre de estructuras asfixiantes y cuestionador de la sociedad en favor del bien común. Qué lindo es conocer a un creyente amante de conocer más a su Dios, que no condena los errores ajenos porque reconoce su debilidad, que no juzga como dueño de la verdad sino que se declara buscador de ella como todos, capaz de sufrir con el que sufre y gozar desinteresadamente con quien goza, comprometido a amar a todos sin distinción de ningún tipo, dispuesto a entregar su vida por lo que cree y experimenta en el corazón propio y de su comunidad. ¿Te suena en qué Dios cree alguien así? Sí, el Dios de Jesús.

La privatización de la fe

Sin embargo, nos ha sucedido es que tanto relegar la fe a lo privado, terminamos apagándola y haciéndola extraña al espacio común de un grupo de amigos, de una comunidad de trabajo, de una familia entre familias, de una institución cualquiera. Es increíble ver cómo las personas creen que la fe es una cuestión individual, íntima y personal que sólo se sostiene en el fuero interno. Lamento desilusionar a alguno, pero no. La fe es un hecho social, comunicable, práctico y que se nutre en la apertura hacia los demás. ¿Por qué? Porque la única forma de saber si nuestro Dios es verdadero es confrontando con los demás las experiencias de fe, no conservándola en un laboratorio particular alejado de la realidad en el cual entran algunos expertos en el tema. La fe es comunitaria y se sostiene comunitariamente.
Por eso cuando la compartimos nos expande el corazón, nos abre la mente, nos invita a amar más, a entregarnos más, a tener esperanza en medio de los conflictos, nos despeja la mirada para ver más allá, nos oxigena los momentos de dolor y nos acerca cada vez más a una vida plena, vivible, feliz. Esta es la señal de una fe auténtica.
Es cierto, hay actitudes de personas que se dicen de fe que son lamentables y nos sirven para escondernos de la responsabilidad de responder personalmente al misterio de la vida. Cuando la hipocresía o el fanatismo, errores que condensan lo peor del creyente, invade un ámbito todo queda relativizado y se vuelve cuestionable. Las personas de a pie se sienten extrañas a esto.
A su vez, resulta curioso que la coherencia se le exige a las personas de fe con mucha más fuerza que a las personas de ciencia, o del arte, o de la política, o de la técnica. Un médico puede hacer de su vida privada lo que quiera mientras cure, pero un creyente no puede hacer lo que se le monte con su vida privada y poner linda cara para cumplir con su religión. ¿Ves hasta dónde la vida es atravesada por la fe?
Quizá esta santa inconformidad ante la incoherencia viene porque justamente vemos que la fe es un valor tan alto para el hombre que quien lo manosea, trastoca también la experiencia de fe de cada uno de nosotros. 

Recibir la fe


Por lo general nos gusta pensar que tener fe es una decisión personal, pero, hay que decir, por otro lado, que se trata más bien de una forma de responder a lo que hemos recibido de toda una larga tradición de personas que nos trasmitieron algo que ellos creyeron importante para la vida.  Es un don, un regalo. En efecto, lo recibido forma parte fundamental del ser humano. Desde la antropología podemos afirmar que el hombre está preparado para tener fe porque su existencia está atravesada por la experiencia de trascender y ser trascendido. Somos trascendidos por el mundo en el que gozamos de nuestro estar vivos. Somos trascendidos por nuestro propio ser cuando hacemos el ejercicio de conocer nuestro cuerpo, nuestros pensamientos y nuestro espíritu de libertad. Somos trascendidos por los demás porque conforman nuestro mundo de relaciones. Somos trascendidos, finalmente, por el misterio de la existencia, del límite, del fundamento, de lo desconocido y más allá de nuestro control.
En esta dinámica de ser trascendidos es que se ubica la fe, como respuesta a algo que nos viene desde adentro, no como algo impuesto desde afuera. Por eso hay tantas personas sin fe que crecieron en ambientes muy religiosos pero cuando avanzan en la vida no quieren saber nada. Esto sucede porque a fuerza de meter ideas de ‘catecismo’, no se nace a la experiencia vital de la fe. Sino cuando nos damos cuenta de que somos trascendidos. Y como cuando vamos madurando las preguntas crecen también las respuestas deben estar a la altura, cosa que sucede poco, teniendo en cuenta el grado agudo de ignorancia de los cristianos sobre las Escrituras, el origen de su fe y el mensaje de Jesucristo.

Experimentar la fe  

Tener fe es darse cuenta de que estamos habitados por una Vida que nos desborda cuando caemos en la cuenta de que nos invita a vivir felices, cuando nos mueve a amar de una manera amplia a quienes nos rodean, cuando descubrimos que no caminamos solos en el deseo de servir.
La fe nace del encuentro con la voz de Cristo en nuestro interior que siempre está susurrando paz, esperanza, entrega. Si te animas a abrir los oídos interiores te sentirás como aquel ser humano que se descubre tan habitado por el Dios de la vida, que se abre a ser su hijo y se anima a ser hermano de los demás hombres en pos de un mundo mejor.  


AGREGADO de un LECTOR muy valioso: Gracias por tu artículo, Emmanuel. Nos ayudas a pensar. Quisiera comentarte que habría que considerar que no hay dos polos de creyentes: lo que no confiesan su fe por falta de preparación, por vergüenza, por miedo al qué dirán, y los convencidos que mencionas en el apartado "Creyentes que contagian". Muchos creyentes se encuentran a medio camino, o en camino de un polo al otro. La vergüenza de confesar la fe tiene muchas causas, y creo que muchos no se sienten seguros todavía en ella. Hasta los más preparados se pueden sentir inseguros en la confesión de su fe porque se encuentran en ambientes muy agresivos, porque no tienen respuestas a muchas preguntas y porque, muchas veces, no es tan fácil comunicar la experiencia fundante. La no confesión de la fe no sólo se da en ambientes latinoamericanos, sino también en otras latitudes. Lo encontré también en Europa. La maduración de la fe es progresiva, y hay que hacer dialogar con frecuencia la presencia de Jesús en nuestros corazones con el Evangelio, que siempre será una referencia autentificadora de nuestra propia imagen de Dios y de Jesús, así como un llamado a una humilde revisión de nuestras concepciones siempre incompletas del mismo Jesús. Los creyentes siempre necesitamos estar en proceso de crecimiento en nuestra fe pero, y en esto coincidiríamos, necesitaríamos tener el valor de dialogar más abiertamente sobre nuestras creencias y nuestras propias dudas. 

viernes, 18 de marzo de 2016

¿QUÉ TRAE EL REGALO DE LA PASCUA?


Por Emmanuel Sicre, SJ


¿Presenta algún desafío interesante este tiempo de Pascua que estamos viviendo? Para los cristianos más distraídos quizá solo sea un receso o el tener que ir a unas misas largas en el caso de que asistan. Pero puede suceder que más de uno se pregunte ¿qué cambia el hecho de que cada año celebremos la Pascua después de la Cuaresma? ¿Hay alguna novedad en mi año por la Pascua? ¿O da igual? Si resulta que la Pascua es el acontecimiento central del cristianismo, ¿no debería aportar algo a los creyentes en Jesús de hoy?

La Pascua primera: 
Como es sabido entre los cristianos, el término Pascua viene del hebreo pésaj y significa paso. En la tradición judía es todo un acontecimiento porque nuestros hermanos mayores en la fe, conmemoran el paso de la esclavitud que estaban viviendo en Egipto a la liberación que Dios los invitaba a vivir en la Tierra Prometida de la mano de Moisés. Este minúsculo pueblo del Medio Oriente fundado por Abraham, pobre, explotado y deprimido encuentra en su miseria que Dios quiere rescatarlo. Los israelitas sienten que su relación a nivel comunitario con Dios se intensifica en la debilidad y claman tan alto a Yahvé que él escucha su llanto y les envía a un líder para liberarlos.
Moisés, aún con temor y cierta confusión, decide aceptar la propuesta de Dios y se enfrenta al Faraón para que le dé a los suyos para sacarlos de esa tierra extranjera. Cuenta la tradición que caminaron en medio del desierto padeciendo cualquier tipo de carencia, desolación y tentación. Pero iban juntos. Esto es lo propio de la mentalidad del pueblo al que perteneció Jesús: caminar juntos como pueblo de Dios aún en las dificultades con la confianza de que fue el mismo Yahvé quien los sacó de la esclavitud y les prometió una Tierra de prosperidad.
Fue entonces que, para poder mantener el mismo espíritu que los liberó, los del pueblo judío encuentran en la Ley lo que les ofrecía la posibilidad de protegerse entre ellos de los pueblos vecinos. Fue tal la profundidad con la que habían vivido la relación con Dios en ese acontecimiento de liberación que sintieron que Dios los había elegido de una manera especial. De ahí que el máximo peligro que vivió Israel siempre fue el de la idolatría a otros dioses, es decir, poner en el centro de su vida a quien no tenía la fuerza para sacarlos de las esclavitudes. 
Así es que, cada año, se transmitían de generación en generación lo bueno que había sido Yahvé con ellos al liberarlos.
Jesús celebraba la Pascua
Hasta llegar a la generación de Jesús que oyó durante toda su vida el relato de la liberación del pueblo, de su pueblo, en la celebración de la Pascua.
Jesús, consciente de lo que Dios le pedía, se fue dado cuenta de que la religión judía había caído en un esquematismo normativo asfixiante porque cumplían la Ley sin hallarle sentido, que sus líderes espirituales estaban preocupados más por el poder que por la religiosidad del pueblo, que los más débiles de la sociedad que buscaban a Dios estaban siendo apartados de su lado por sus propios ministros, autoproclamados los defensores de una Ley esterilizante.  
La misión de Jesús 
Entonces Jesús se pone en acción cumpliendo la voluntad del Padre de hacer realidad el Reinado de Dios entre los hombres que tanto había esperado su pueblo. Se pone en acción para despejar los obstáculos que impedía a los ciegos ver la verdad de Dios. Se pone en acción para sanar a los enfermos de cerrazón y parálisis ante la vida. Se pone en acción para reorientar las decisiones erradas hacia el Dios de la misericordia. Se pone en acción para despistar a los sabios y prudentes y agradecer por los débiles y humildes. Se pone en acción para darles a todos el lugar en la mesa de los hijos. Se pone en acción para liberar la libertad del hombre y decirle que Dios lo ha pensado desde siempre pleno, vivo y feliz con todos sus hermanos.
Pero este mensaje y estas acciones de Jesús no fueron bien vistas por los 'faraones' de su momento, ni por los 'líderes religiosos', ni por los que estaban cómodos con las cosas así. Entonces decidieron desaparecerlo. Y así fue que lo condenaron a muerte junto a otros tantos ajusticiados del imperio romano. 
El fracaso aparente de Dios
Jesús murió en Jerusalén después de haber padecido un sufrimiento que ni él ni su Padre querían. Este fracaso de Jesús en un principio le dio la victoria a sus detractores que habían logrado su objetivo. Jesús ya no estaba allí para poner a prueba la fe de nadie, ni para hacer ningún signo de la gloria de Dios, ni para desafiar a ninguna autoridad religiosa ni política. Jesús ya no estaba y sus discípulos se dispersaron cargando sus penas dentro del alma. Todo parecía muerto. Habían matado al hombre más justo y nadie pudo evitarlo. 
La Pascua incesante de los discípulos

Pero resulta que una vez pasada la tristeza y el shock de la cruenta pasión, algunos de los discípulos comenzaron a juntarse para hablar de lo que les había sucedido. Y mientras compartían empezaron a sentir la alegría de saber que Jesús estaba más vivo que nunca. Que sus memorias eran un hervidero de recuerdos que los hacían llenarse de un gozo indescriptible. Sentían de nuevo sus palabras y lloraban de emoción porque aquello de que iba a resucitar era cierto y lo experimentaban cada vez que se juntaban a rezar, cada vez que compartían la mesa de la comunidad, cada vez que hacían una colecta para los más pobres, cada vez que asistían a los enfermos de la comunidad, cada vez que consolaban a los abatidos por la muerte de algún ser querido.

Y con el tiempo comenzaron a darse cuenta de que Jesús Resucitado les había transformado la vida de tal manera que se sentían repletos de gracia para salir a contarle a todo el mundo cómo es en verdad el Dios de Jesús. Estaban enamorados de la obra que Dios estaba haciendo en sus corazones porque eran habitados por el amor, la esperanza y la fe en la vida. 
 Contar la Buena Noticia
Los discípulos creyentes en Jesús cada vez que iban a la sinagoga a escuchar las Escrituras descubrían que aquella Alianza que Dios había hecho con el pueblo judío en el Sinaí donde Moisés recibió las tablas de la Ley, en Jesús, pues, había encontrado su significado pleno porque sabían que ahora Dios estaría para siempre con ellos; que la nueva ley era Cristo mismo que les había enseñado cómo vivir según el amor; que la infinita paciencia de Dios con su pueblo se había hecho carne para salvarlo desde adentro.
Y entonces comenzaron a narrar la vida de su Maestro y Salvador. Iniciaron a escribir en rollos de papiro un relato que cada vez que lo leían les hacía presente al Señor y se sentían, generación tras generación, invitados a compartir la mesa tal como les había enseñado Jesús. Y a ser hermanos, y a ensanchar el corazón.


… hasta nuestra Pascua de hoy
En que muchas veces nos pasa desapercibida. Para que nuestra Pascua se llene de sentido necesitamos sabernos también discípulos del Señor, y rastrear con nuestra memoria las situaciones en que Dios nos liberó, nos desató, nos invitó a la vida durante este último año.
Se hace evidente que no habrá Pascua en nuestra vida de discípulos si no nos abrimos al paso de Dios. ¿Y qué hace el Dios de Jesús cuando pasa? Hace Reino. Es decir, nos empascua, nos sana, nos levanta, nos consuela, nos desconcierta, nos corrige, nos alegra, nos resucita de nuestras muertes y nos promete que nunca nos dejará solos.
Y más, nos promete que resucitaremos con Él y con todos los que ya gozan de su presencia definitiva. Para que de una vez por todas compartamos el banquete de la alegría sin fin, donde todos nos reencontraremos después de las tristezas que la separación de la muerte nos provocó. Sólo siendo ‘sabuesos’ de la Pascua es que podremos dejar que Dios nos empascue la vida cotidiana. 

domingo, 13 de marzo de 2016

VIVIR ENTRE DOS TRIBUNALES: el de los hombres y el del Dios de Jesús.


Por Emmanuel Sicre, sj

La piedra se lleva en el bolsillo, no en la mano…
 “Pues bien, voy a hacer algo nuevo: ya está en marcha, ¿no lo reconocen?” Is. 43,19

Cuando dice: “El que esté libre de pecado que le arroje la primera piedra” (Jn 8,7), ¿acaso Jesús al no tirar la piedra se hace él también un pecador como los acusadores? Según su indicación él tendría que haber sido el único que podía hacerlo si creemos que él no tiene pecado. Cuestión compleja de ser 100% hombre y 100% Dios. Y sí, Jesucristo se identifica con el pecador porque es hombre y Dios (y no un ‘semidios’ como se suele pensar perdiendo el valor de su humanidad escondida en el cerebro de un ‘dios omnipotnete’). Pero no se identifica con el mal.

Porque el que se siente justo siempre está en el tribunal, refleja la respuesta de Jesús. Y lo que muestra Jesús es que él no es juez, sino defensor del ser humano pecador ante el pecado que le resta dignidad, vida y gozo. Cuando vivimos en el tribunal miramos a todos como por debajo o por arriba de nosotros mismos. Con esta asimetría justificamos hacer lo que se nos monta. Porque los que considero tanto debajo como arriba de mí, no entran en mi mundito donde yo soy juez. Nuestra sociedad nos ha acostumbrado a vivir en el tribunal del juicio a todo y a todos. Y así nos vamos adiestrando a aplicar la ley a troche y moche como si fuéramos los creadores del juicio final.

¿Acaso alguno de nosotros podría acercarse a la presencia de Jesús si lo único que hace es venir al otro con la piedra del juicio condenatorio en la mano? ¿Acaso no es esa la misma piedra que le tiramos al Justo antes de ser crucificado? Claro está, nunca aplicamos el juicio de salvación de quien se equivoca. Tan preparados estamos a tratarnos mal a nosotros mismos que si yo me condeno interiormente, los demás también tienen que ser condenados por mi propia ley y más aún, castigados por sus obras fuera de lugar. Tanto castigarnos nos quedamos con el derecho a castigar a quien no entra en nuestro código legal personal o familiar, olvidando, claro está, de que todos los defectos son iguales.

Jesús restablece el tribunal pero para defendernos del mal que nos amenaza recordándonos que somos imagen y semejanza suya, no para condenarnos por nuestros errores como hace el Mal Espíritu. Quien vive en el tribunal salvador de Jesús logra guardarse la piedra en el bolsillo de su conciencia sabedora de su debilidad. Quien vive en el tribunal salvador del Dios de Jesús, aprende a callarse a tiempo ante el error del hermano porque busca su bien, no el del propio 'ego-juicio'. Quien vive en el tribunal salvador de Jesús dice con Pablo: “lo que antes consideré ganancia, ahora lo tengo por pérdida a causa de Cristo” (Flp 3,7). Quien vive en el tribunal salvador de la Trinidad, comprende que o se deja amar aún en sus fracasos, o seguirá a medias pensando que tiene algún poder sobre los errores de los demás.

Si nos dejamos decir por el Señor: ¿dónde están tus acusadores? (cfr. Jn 8,10)  se nos abrirá el corazón para que echemos de ahí adentro al acusador que llevamos adentro, y venga a nosotros el brote de esperanza que nace del Buen Espíritu siempre dispuesto a enseñarnos cómo es esto del amor a nosotros mismos y entre los que somos hijos de un mismo Padre. 


PD: se cuenta que después de un tiempo la mujer rescatada del pozo y de la pedrada, habló a los de su comunidad y les dijo (Cfr. Flp. 3, 7ss):
 Hermanos: todo aquello que para mí era ganancia, ahora lo considero pérdida por causa de Cristo. Es más, todo lo considero pérdida por razón del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo he perdido todo, y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo mi salvador,  y encontrarme unida a él. No quiero mi propia justicia que procede de la ley y que me hubiese dejado morir por mis errores, sino la que se obtiene mediante la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios, basada en la fe. Lo he perdido todo a fin de conocer a Cristo, experimentar el poder que se manifestó en su resurrección, participar en sus sufrimientos y llegar a ser semejante a él en su muerte. Así espero alcanzar la resurrección de entre los muertos.
No es que ya lo haya conseguido todo, o que ya sea perfecta. Sin embargo, sigo adelante esperando alcanzar aquello para lo cual Cristo Jesús me alcanzó a mí. Hermanos, no pienso que yo misma lo haya logrado ya. Más bien, una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está delante, sigo avanzando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece mediante su llamamiento celestial en Cristo Jesús.

Gracias por ser mis hermanos. 








martes, 26 de enero de 2016

REVERENCIA, CONTRADICCIÓN e IMPOSIBILIDAD: tres puertas a Dios


Por Emmanuel Sicre, sj

La experiencia de oración tiene una puerta de ingreso: la reverencia. Sólo cuando llamamos a esa puerta se nos permite entrar al misterio del encuentro con Dios. ¿Es que acaso se trata de una reverencia superficial o protocolar como si nos encontráramos ante una autoridad religiosa o política? Nada de eso. La reverencia de quien ora parte de una delicadeza de actitud que no viene marcada por una decoración espiritual, sino por la finura de la honestidad del propio corazón ante el misterio. Es decir, cuando logramos estar ubicados en la perspectiva correcta: él es Dios y yo soy un hombre. Esta actitud supone, como es evidente, haber soltado el control de la situación. Si quiero estar con Dios, debo despojarme de todas mis defensas: psíquicas, físicas y espirituales con las que ando habitualmente. Y comenzar a caminar detrás de quien sabe el camino.

De allí en adelante todo pareciera conducir a una condición para entrar en contacto con la fecundidad de Dios. Que el Dios de Jesús sea fecundo en mí depende de que le sea dado un lugar real de nuestra alma, un espacio geográfico con buena tierra, una región verdadera. La condición, entonces, es que le demos el lugar que tiene siempre nuestro ‘yo’ y nos mudemos. Sí, hay que dejar que ese elemento de propiedad privada que tanto protegemos y que en los momentos más duros y difíciles es lo único que nos queda, se quiebre. No es fácil, para nada. Menos aún cuando las únicas formas de disminución del yo que conocemos son violentas. Ya porque las padecimos desde niños o porque aprendimos a infligírnoslas a nosotros mismos con un dejo de masoquismo interior disfrazado de ‘humildad’. Pero, justamente, “la humildad consiste en saber que en lo que se denomina ‘yo’ no hay ninguna fuente de energía que permita elevarse” (Simone Weil).  

La forma en que Dios busca su espacio en el alma para poder trabajar en la disminución del yo es otra muy distinta, se llama misericordia. Funciona así. Una vez que hemos decidido darle parte a Dios, su bondad nos va desvelando nuestra contradicción cotidiana con los demás, con lo creado, con nuestra historia y con nosotros mismos. Entonces, cuando caemos en la cuenta de que hicimos lo que hubiéramos preferido evitar, comienza a florecer una bella vergüenza y un sentimiento de confusión que nos demuestra que el placer de algunas cosas se evapora dejando una sequía. En ese momento en que la contradicción te hace ver en el espejo de aquellos a quienes tanto criticaste, en ese momento es que viene en rescate el perdón para aliviar tu carga y decirte que dobles la cabeza para poder dejar tu orgullo, reconocerte frágil y aceptar ‘el quiebre del yo’. Así es que se comienza a cantar y bendecir: “Gracias, Señor, por los que me han perdonado en el silencio de su corazón”.

Pero hay otro punto más de encuentro que se divisa luego de esta experiencia. Si la reverencia es la puerta de la oración, y la contradicción es la de la misericordia, tiene que haber otro acceso para ir cada vez más hondo en la relación con Dios donde él pueda transformarnos. Hasta aquí no ha pasado más que la aceptación del hombre del perdón que el Buen Dios le ofrece siempre. Pero como Dios no ha querido simplemente ser un dispensador de faltas, decidió ser uno más con nosotros para darnos una vida mejor, de mayor calidad, más viva. Es entonces que se hace hombre, se encarna, se hace historia humana.

Quizá lo curioso no sea la opción de Dios de hacerse hombre, sino la manera. Cualquiera podría pensar que para tener una vida así hay que habérselas con un método muy eficaz. Bueno, sí, pero depende con qué ojos se mire. La estrategia de Dios es irracional, rompe con toda lógica humana: Dios se hace fracaso, fragilidad, pobreza y desde allí promete y da la salud, la justicia y la paz.

Que más de uno diga que esto es imposible, no sería raro. Porque lo es. Pero para nosotros. Así es que hemos descubierto la tercera puerta de acceso a Dios: la imposibilidad. Simone Wiel: “La imposibilidad es la puerta que da a lo sobrenatural. No queda más remedio que llamar a ella. Otro es el que abre”. Y el que abre es un Niño con una Cruz. Es entonces cuando comprendemos que la vida es enorme y a la vez muy pequeña, que es una paradoja fascinante. Tal es así que ante el Recién Nacido se nos descubren nuestras irreverencias, ante un Justo que sufre se nos abre la tapa de nuestras contradicciones y ante la Cruz que redime queda delatada la prepotencia de nuestro yo inflado.   

Toda la itinerancia misionera de Jesús, toda su pedagogía de Dios y su Reino, sus curaciones, liberaciones y bendiciones contadas por los evangelios, reflejan el apuro y la preocupación porque participáramos en este misterio de Dios que ha venido a transformar la vida del hombre. Por eso el Reino tiene una atracción irrefrenable porque invierte la lógica del mundo para invitarnos a la locura del amor al otro hasta dar la vida. Pero ni los discípulos que estuvieron con Jesús, ni nosotros hoy podemos comprenderlo si no es con los ojos nuevos de la Pascua. Sólo la fuerza liberadora del sufrimiento de la cruz redimido nos hace capaces de ver con otros ojos la vida nueva que está en nosotros y a la que nos invita incansablemente el Dios de Jesús.