Por Emmanuel Sicre, SJ
En la vida espiritual no todo malestar interior es señal de que algo va mal, ni toda sequedad indica necesariamente un retroceso. Si así fuera, el discernimiento sería una tarea simple y casi automática. Sin embargo, San Ignacio advierte que el mundo interior es un territorio más complejo, donde incluso la desolación —esa experiencia de oscuridad, desgano o pérdida de gusto espiritual— puede tener orígenes distintos y sentidos contrapuestos. Así como enseña que no toda consolación es garantía de estar en Dios, tampoco toda desolación viene del Mal espíritu. Por eso, se hace necesario aprender a distinguir entre la desolación que empobrece y la desolación que purifica.LA MALA DESOLACIÓN
Cuando una persona ha optado sinceramente por el bien y desea avanzar en la vida de fe -es decir, tiene una opción fundamental, de base, por el Bien aunque cometa errores-, el Mal espíritu no suele presentar tentaciones de manera burda o evidente porque las descubriría y las rechazaría. Entonces su modo habitual de actuar es más sutil (bajo ángel de luz): introduce lentamente y con astucia una falsa consolación que, poco a poco, nos va llevando a la desolación para desanimar, confundir y, sobre todo, buscar separar a la persona de sus buenos propósitos en la fe y el seguimiento de Cristo.
En estos casos, la desolación suele venir acompañada de pensamientos que, disfrazados de intimidad con Dios, luego aíslan entristeciendo; de una culpa neurótica por no poder lograr hacer bien las cosas que no conduce a la conversión sino al encierro narcisista; de una sensación de fracaso continuo de la libertad disimulando humildad; o de la tentación de abandonar prácticas y decisiones tomadas en tiempos de luz por no alcanzar el ideal del ego. Así, el Mal espíritu exagera, dramatiza, apura, agita con las dudas. Hace creer que lo que se siente ahora será así para siempre, que no hay salida posible y que Dios se ha retirado definitivamente de su vida o se ha convertido en alguien que nunca estará satisfecho con lo que somos. “Todo”, “nada”, “siempre”, “nunca” son palabras típicas de esta situación.
Esta desolación del Mal espíritu deja un sabor particular: empobrece el corazón, lo achata y le ensombrece el sentido de las cosas. Aunque pueda presentarse con ropajes de realismo y lucidez sobre la realidad, sus frutos son claros con el paso del tiempo: disminuye la esperanza, rompe la confianza, enfría el deseo y empuja a la persona a replegarse sobre sí misma haciéndola indiferente a los demás, en especial, los más vulnerables. Su mirada queda atrapada en sí misma y no se ven posibilidades de traspasar, de trascender, de ir más allá. Este tipo de desolación no busca enseñar ni purificar, sino detener el camino y encarcelar el alma. Es la desolación de la que san Ignacio dice “mucho aprovecha el intenso mudarse contra la misma desolación”, en vez de mudar los buenos propósitos ahora cuestionados.
LA DESOLACIÓN PEDAGÓGICA
Sin embargo, existe otra experiencia de desolación que Ignacio reconoce y que puede diferenciarse de la que acabamos de describir: la desolación pedagógica. Es decir, una prueba o desasosiego benéfico que viene del Buen espíritu. Esta no aparece para destruir, sino para transformar. Suele darse cuando una persona está caminando con sinceridad, cuando hay entrega real, aunque todavía mezclada con ilusiones, búsqueda de seguridades o imágenes demasiado controladas de Dios y de sí misma. En estos momentos, el Buen espíritu permite la sequedad, retira los consuelos sensibles -sensación de paz, amor, esperanza, claridad, sentido- y deja a la persona más a la intemperie, no como abandono, sino como pedagogía. Como cuando un padre deja a su hijo que aprenda a caminar por sí mismo y se temple “sin tanto estipendio de consolaciones y crecidas gracias”, dirá en la regla 9 de los
Ejercicios.A diferencia de la desolación del Mal espíritu, esta prueba no rompe la relación con Dios, aunque la haga pasar por el silencio. No aplasta el deseo, aunque lo purifique. No genera huida, aunque cueste. En ella aparece una tristeza sobria, una inquietud que no acusa sino que pregunta, una lucidez que desarma falsas imágenes de omnipotencia espiritual. Es una desolación que duele, pero no encierra; que vacía, pero no destruye; que desinstala, pero no desorienta del todo.
El criterio decisivo para distinguir estas experiencias no está tanto en la intensidad del sufrimiento o de los sentimientos negativos que son los que predominan en ambos casos, como en los frutos que dejan con el tiempo.
La desolación del Buen espíritu, aunque incómoda, abre a mayor verdad, a un conocimiento más humilde de las propias fragilidades, a una fe menos apoyada en sensaciones y más en la confianza. No invita a abandonar el camino, sino a recorrerlo de una manera más realista, con menos idealismo espiritual y más gratuidad en el vínculo con Dios. Es una desolación que ensancha el corazón, lo prepara para recibir más gracia, aún cuando sienta que camina a tientas por la noche.
Esta distinción no resulta fácil de hacerse en el momento mismo de la desolación, no siempre se ve con claridad sin escucha y experiencia. Por eso, no hay que tomar decisiones apresuradas, sostener lo que se eligió en tiempos de luz, hacer memoria de las consolaciones pasadas y abrir la experiencia en el acompañamiento espiritual, tal como recomienda Ignacio. El discernimiento verdadero no es instantáneo: se realiza a la luz de la oración, del tiempo prolongado y de los frutos duraderos.
Podríamos decir, entonces, que el Mal espíritu provoca la desolación para separarnos y empobrecernos, mientras que el Buen espíritu la permite para unirnos más profundamente y purificar el amor haciéndonos más desinteresados, maduros y gratuitos en el vínculo con Dios.
Aprender a reconocer esta diferencia no elimina el tránsito de la noche espiritual, pero sí evita el autoengaño y abre la posibilidad de atravesarla con sentido. En ese aprendizaje se juega buena parte de la madurez espiritual que San Ignacio quiso ofrecer a quienes se animan a tomarse en serio la propia vida interior.
